Magia

3

Por el Psic. Fernando Reyes Baños


I

Mi padre era un jefe militar que había logrado grandes conquistas para el imperio, y cada vez que podía, me hacía ver su inmenso deseo de que yo me convirtiera, una vez que alcanzara la adultez, en su digno sucesor. Pero mi inclinación natural por la filosofía, puesta de manifiesto en incontables ocasiones por mi asiduidad por la lectura de los textos más eruditos, parecía frustrar el futuro que él me tenía preparado.


Mi padre viajaba mucho; periódicamente, emprendía expediciones a diferentes puntos del planeta para verificar que la expansión del imperio marchara sin ninguna clase de tropiezos; y aunque sus viajes solían ser breves, eventualmente llegaba ausentarse de casa por varias semanas.
En ese entonces, mi mayor interés era viajar; quería conocer nuevas personas, explorar otros lugares y ser testigo de costumbres diferentes a las mías, y vi en los viajes de mi padre, el salvoconducto que me permitiría hacerlo.

Después de mucho insistirle, logré convencerlo para que me dejara acompañarlo en su próximo viaje; y así, partimos de Ciudad Azul rumbo a la aldea de Shimea en el estado de Kadan tres días después de habérselo pedido por primera vez. Supongo que si aceptó fue porque pensó que comenzaban a interesarme los asuntos que tenían que ver con el ejército, pero lo cierto era que yo tenía motivos muy diferentes: conocer y explorar nuevos horizontes.


II

Nuestra flota no llegó precisamente a la aldea de Shimea, como yo me lo había imaginado, sino que, pasándola de largo, siguió volando por encima de una zona boscosa, hasta que finalmente, descendió cerca de un campamento situado a unos cuatro kilómetros de ella. La primera impresión que tuve de dicho campamento cuando pisé tierra firme fue el obvio contraste que presentaba su enorme estructura metálica con el grávido verdor del bosque que nos rodeaba.

Tan pronto vino a nuestro encuentro un comité de oficiales a recibirnos, mi padre pidió con exigüidad protocolaria que nos llevaran con el mago, y escoltados por algunos guardias, fuimos conducidos al interior del establecimiento a través de un largo corredor, que por algunos instantes, llegó a parecerme interminable.

Yo, como la mayoría de quienes vivíamos bajo el auspicio del imperio, ignoraba muchas cosas acerca de los magos, pues todo lo que hacía referencia a ellos o a sus habilidades especiales había sido prohibido en el imperio desde hace muchos años. Sólo había unos pocos mitos sobre su magia y muchas razones, en cambio, que parecían justificar la prohibición de su conocimiento. Por un lado se decía, por ejemplo, que eran capaces de levantar montañas y hacerlas volar a vertiginosa velocidad por el cielo, por otro lado, empero, se decía que si eran capaces de hacer eso lo hacían con la única finalidad de provocar el caos en el mundo. Efectivamente, la concepción que de ellos se tenía en el imperio era casi completamente negativa. Y digo “casi”, porque al menos yo, tenía mis dudas respecto a todo este asunto de la prohibición. ¿Cómo podía juzgar tan duramente a los magos si no contaba con ninguna certeza sobre ellos o su magia? Por ello, cuando llegamos donde él estaba mi desconcierto fue mayúsculo ya que esperaba ver cualquier otra cosa menos una sucia y oscura celda con un prisionero dentro.

Se trataba de un anciano vestido con una especie de túnica que lo cubría de pies a cabeza, el cual, yacía acostado sobre un montón de paja en el piso. Dos moretones en su rostro y la sangre seca que manchaba su ropa en algunas partes de su cuerpo evidenciaban el abuso que los guardias del imperio habían ejercido sobre él. No obstante, la serenidad de su respiración y la jovialidad que sus facciones irradiaban podían hacerle creer a cualquiera que, aún en sus circunstancias, había cabida para pernoctar plácidamente, sin la más mínima preocupación. Era sin duda, una impresión extraña.

-¿Ha causado problemas? Preguntó mi padre.

-No-le respondió el guarda encargado de su custodia-. Lo hemos mantenido sedado desde su captura. Es más…seguro.

¿Más seguro? ¿Quería decir su custodio que el mago en estado de vigilia resultaba peligroso para todos aquellos que guarnecían el campamento? ¿En que consistía ese peligro? Esperaba ansioso que mi padre hiciera algún comentario al respecto. Más sin embargo, mi padre sólo le preguntó:

-¿Cómo lo capturaron?

-Amenazamos a los campesinos con destruir la aldea si no nos lo entregaban. No tuvimos que hacer nada más. De hecho, él mismo se entregó.

-Excelente-mi padre miró una vez más al prisionero, con más detenimiento esta vez, pero con la misma expresión severa en su rostro-. Mañana a primera hora deberá ser ejecutado-y agregó-. Ahora vayamos a la aldea.


III

Salimos del área de reclusión, y abordando varios vehículos terrestres mi padre y yo, junto con una docena de hombres armados, nos dirigimos a la aldea por un camino zigzagueante que los mismos aldeanos habían hecho tiempo atrás para cruzar el bosque.

Haber presenciado las condiciones en las que tenían al mago y saber que mañana mismo sería ejecutado trajo como consecuencia, que en mi mente desfilara una multitud de incógnitas en busca de respuestas, y tan indómito fue su influjo, que me atreví a preguntarle a mi padre por qué motivo condenaba automáticamente a ese hombre a muerte. Mirándome como aquél que sabiéndolo todo le habla a quien nada sabe, me dijo que ese prisionero, a quien los aldeanos apodaban el mago, había cometido muchos crímenes en contra del imperio y que cualquiera de ellos, aún el más insignificante, podía ser motivo suficiente para condenar a quien fuera al mismo destino más de una vez. Agregó que lo mejor sería que procurara ser objetivo acerca de tal incidente, sugerencia válida también para lo que vería en la aldea porque todas estas personas, que el gobierno tan merecidamente castigaba, eran rebeldes que sólo querían impedir la expansión de Ciudad azul.

Yo acepté sus respuestas y su sugerencia dócilmente. Decidí no hacerle más preguntas, aunque interiormente persistía una sola de ellas demandando una contestación: ¿Eran esas todas las respuestas?

Tampoco en esta ocasión pude conocer de cerca la aldea porque en lugar de entrar en sus calles y plazas, nos detuvimos en un sitio a las afueras de ésta, donde un gran número de aldeanos, hombres y mujeres, estaban a punto de ser ejecutados por una avanzada de nuestras fuerzas armadas. Eran quizá una veintena de ellos y todos estaban a espaldas de una imponente pared de piedra, la cual, parecía estar ahí sin más propósito que fungir como testigo mudo de atrocidades semejantes.

En toda mi vida jamás había visto en el rostro de alguien, la expresión de angustia y desesperación que vi en esas personas, cual efigies perfectas de la desolación humana. Mi espíritu se hallaba perturbado casi hasta el límite, más no podía permitirme flaquear entonces, pues la honra de mi padre frente a sus subordinados peligraría. Así que luche interiormente contra mi propia repulsión hacia lo que veía y trate con todas mis fuerzas de ser “objetivo”.

Tratando de ver cualquier otra cosa, me percaté que la escena estaba siendo observada también por una gran cantidad de aldeanos. De hecho, eran tantos que juntos formaban un perímetro en torno nuestro, y a juzgar por la inefable expresión de sus rostros, era obvio que lo único que los mantenía al margen eran las armas de nuestros hombres. Entre ellos, había un hombre calvo con una argolla dorada en la oreja derecha, que observaba la escena con la misma desesperación que yo. Me pregunté qué pensamientos podían estar cruzando por su cabeza en ese preciso instante, qué pensamientos brotaban de su psique ante la ominosa situación que estaba por ocurrir. Entonces, volteó a verme repentinamente y clavó sus ojos en los míos y pude ver con mayor claridad en su mirada, una emoción que aún no había podido identificar: el odio. Luego se marcho, abriéndose paso entre la gente sin ninguna consideración, hasta desaparecer entre las calles de la aldea. Mi ropa y mi cercanía con las tropas obviaban mi procedencia. ¿Quiénes éramos nosotros entonces, los malos o los más malos?

IV

A una orden de mi padre, todos los aldeanos puestos a espaldas del gran muro de piedra fueron acribillados. Fue cosa de un par de segundos. En uno, muchos gritos pavorosos, y en otro, una veintena de cuerpos trémulos cayendo ante una ráfaga de energía cósmica. Nada más. Y a pesar del terror que me invadió en ese preciso instante no pude dejar de mirar sus muertes. Algo más poderoso que yo me hizo mantener los ojos abiertos. Casi pareciera que, la muerte quería revelarme a toda costa su abominable realidad.

Para cuando regresamos al campamento ya había caído la noche. Mi padre y sus oficiales decidieron que, dadas las circunstancias, podían adelantar su completa victoria del día de mañana con un pequeño festejo previo. De manera que, sintiéndose en las vísperas de la consumación de su misión, comenzaron a festejarse, haciendo alarde de sus habilidades para la guerra y del status que cada uno lograría con sus victorias en el imperio. Por mi parte, opté por retirarme pronto al cuarto que me habían asignado como dormitorio, poniendo como pretexto que, me sentía muy cansado para seguir un instante más despierto. Nadie, ni siquiera mi padre, puso un solo reparo a mi objeción de seguir acompañándolos en su festejo. Después de todo, convinieron algunos entre sí, era la primera contienda que presenciaba, y sólo era cuestión de tiempo, para que llegara a disfrutarlas.

Acostado en el catre que habían improvisado para mi arribo, trate de dormirme en más de una forma, pero todo cuanto intenté fue inútil. La inquietud en mi mente exigía, no la relajación, sino algo que esclareciera los hechos que había visto ese día. No podía olvidar así nada más, el dolor que observé encarnado en los rostros de esos aldeanos, cuando después de la ejecución, tuvieron que cargar con los cuerpos de su gente para llevárselos silenciosamente hasta la aldea. Estaba casi seguro sobre la ausencia de una pieza importante, oculta más allá de lo que había visto y lo que había escuchado por parte de mi padre y la gente del imperio, que debía encajar para tener una visión completa del rompecabezas que buscaba descifrar. Tenía que averiguarlo, y para lograrlo, tenía que visitar la aldea por cuenta propia. Así que, tomada la decisión, me vestí y esperé un par de horas para que todo estuviera más tranquilo, tiempo que aproveche para planear mi fuga y mi retorno. Estaba completamente consciente de lo que me esperaba si mi padre descubriera que yo no estaba en el campamento, pero la fuerza que me impulsó a burlar más tarde, la guardia que vigilaba sus puertas de acceso e internarme en el pequeño bosque que separaba a éste de la aldea, estaba más allá de su influencia.

Por temor a que alguien me viera, caminé en paralelo a lo largo del camino serpenteante que habíamos recorrido en el día para dirigirnos a la aldea. Para mi fortuna, la luz de las tres lunas y las estrellas eran suficientes para vislumbrar su fantasmagórico reflejo en el camino empedrado.

Casi media hora después, me hallaba cruzando el tétrico muro que había servido como paredón de fusilamiento. Opté entonces por apresurar el paso y dirigirme al interior de la aldea, que a esas horas de la noche, lucía en apariencia tranquila a pesar de los funestos acontecimientos del día. Quizá debido a esa extraña quietud, me sentí atraído automáticamente, tan pronto caminé por sus estrechas calles, a una taberna de donde provenía un gran escándalo, provocado seguramente por una riña entre los lugareños.

Con sigilo, me acerqué a la taberna, y acurrucándome en la penumbra producida por el marco de la entrada, me puse a observar fascinado el interior de la misma, aprovechando la visibilidad que me permitían los varios agujeros que había en la puerta de madera. Efectivamente, todas las personas que estaban reunidas adentro estaban discutiendo con furor. Hablaban básicamente de tres cosas: de la reciente ejecución de sus compatriotas, del mago y de cómo rescatarlo.

Traté de atender lo más que pude a cada una de sus palabras, pues desde mi ubicación, no apreciaba con claridad todo cuanto decían. Tal llegó a ser mi concentración, que no pude darme cuenta de la presencia de alguien detrás de mí. Me sujetó de los brazos, y sorprendido me di vuelta, sólo para encontrarme con una mano enorme que se aferró a mi cuello con tanta rapidez y violencia, que casi podía estar seguro de que algo en mi cuello se había roto. Se trataba de un aldeano. De uno que ya había visto antes. Era el hombre calvo con una argolla dorada en la oreja derecha, mirándome con la misma expresión de odio en sus ojos.

V

-Eres uno de ellos, ¿Verdad?-me preguntó de la manera más tosca posible, al tiempo que, acercaba su rostro ofensivamente al mío. Su áspera voz parecía estar cargada de una furia incontrolable-. ¡Has venido a espiarnos! ¡Ahora veras que hacemos con facinerosos como tú!

Sin darme ninguna oportunidad de poder explicar la razón de mi presencia en ese lugar, debido a que la presión de su mano sobre mi cuello apenas y me dejaba respirar, me empujó con violencia por la puerta al interior de la taberna y una vez adentro, prácticamente, me tiró al piso en medio de todos los ahí reunidos, a quienes les anunció con gravedad, que yo era uno de sus enemigos y que había estado espiando detrás de la puerta para delatar sus planes ante mis superiores.

Las discusiones y los gritos que habían atiborrado con anterioridad el ambiente de la taberna cesaron inmediatamente y un gran número de pares de ojos se fijaron en mí. Por un muy breve instante reinó el silencio absoluto, pero tan pronto prestaron atención a la ropa que vestía, comprendieron a la perfección lo que el hombre calvo había querido decir.

-¡Hay que matarlo! Gritó uno de los aldeanos y todos lo apoyaron con frenesí.

El numeroso grupo comenzó a cercarme, mientras me insultaban y me tiraban cosas a la cara, acercándose cada vez más a mí. La ventaja de quienes me asediaban no sólo era numérica, sino también física, ya que el hostigamiento de quien me descubrió observándolos me había dejado por el momento bastante maltrecho.

-¡No!-gritó el hombre calvo, interponiéndose a los demás, al situarse de un salto a mi lado-. ¡No podemos matarlo todavía! ¡Si lo hacemos ahora sólo haríamos peligrar aún más la vida del mago!

El cerco formado por los aldeanos dejó de estrecharse.

-Entonces, ¿Qué propones? Le preguntó una mujer de aspecto desaliñado, que tenía un cuchillo en la mano derecha y que se había detenido a menos de un metro de nosotros.

-Que hagamos un trueque. Respondió el calvo.

-¿Un trueque?-Intervino otro hombre-¿Piensas que cambiarán al mago por este mocoso?

-Escuchen-volvió a insistir el calvo-. Hoy cuando ejecutaron a los Rostain vi a este mocoso cerca del jefe de guerra que llegó en la mañana. Creo que podría ser su hijo-el calvo me sujetó bruscamente por los hombros, y cual si fuera un muñeco de trapo, me levanto en el acto para que yo pudiera pararme. Y entonces, incrustando su terrible mirada en mis ojos, me preguntó con la misma severidad de antes-, ¿No es así muchacho?-tuve que analizar rápidamente mis opciones-. ¿No es así?-volvió a preguntarme, casi como si temiera equivocarse, o más aún, como si temiera que yo cometiera un error. Pronto llegue a la conclusión, de que más me valdría ser quien él esperaba (aunque fuera cierto), pues de lo contrario, no tendría posibilidades de salir con vida de esta. Así que, tuve que asentir-. ¿Lo ven? ¡Es su hijo! ¡Hagamos el trueque!

La mujer desaliñada pareció meditar su propuesta, pero después de sólo unos segundos, dijo con resolución:

-Yo digo que lo matemos. Y el numeroso grupo de aldeanos gritó al unísono clamando por mi cabeza. El sitio continuó estrechándose esta vez en torno al hombre calvo y a mí.

-Será mejor que no te opongas Bishop-le dijo la mujer mientras blandía el cuchillo que llevaba en la mano derecha-, porque si lo haces, entonces tendremos que matarte a ti también.

-De sobra sabes que están errados-le gritó Bishop, interponiéndose entre los aldeanos y yo-. La ira los ciega, ¡Malditos sean!

Sentía que esta vez mi muerte era ineludible e inminente.

-¡Alto!-gritó de pronto una potente voz que hasta entonces no se había escuchado-. ¿Qué sucede aquí? Preguntó.

La colérica turba se detuvo ipso facto y cada uno de los aldeanos, incluyendo a Bishop, volteó a mirar silenciosamente a quien había pronunciado esas palabras, cual si fueran niños que hubieran sido sorprendidos por su padre en el preciso instante de estar haciendo una fechoría. En mitad de mi zozobra, también volteé con la esperanza de que se tratara de alguien que yo conociera, pero a quien vi recargado sobre una pared, cerca de donde se hallaba la puerta, nada tenía que ver con mi lugar de procedencia.


VI

Se trataba de un joven que nos observaba a todos con una expresión colmada de severidad en su rostro. Era mucho mayor que yo y tenía puesta la ropa más extraña que había visto jamás, pues su vestimenta era toda negra y se componía de varias piezas, que en conjunto, le cubrían todo el cuerpo. Quién fuera, me observó por algunos segundos, y aún no pude apreciar el menor asomo de aversión en su semblante, supuse que su reacción hacía mí no sería muy diferente a la de los demás.

Bishop se adelantó hasta él.

-Este muchacho es un espía del imperio Malbus-le explico el calvo con desazón-.Yo lo sorprendí asechando a los demás detrás de la puerta. Les propuse que nuestra mejor opción sería cambiarlo por el mago, pues quiso la buena fortuna, que se tratara ni más ni menos que del hijo de un jefe de guerra, pero ellos no quisieron oírme. Están furiosos por lo que les paso a los Rostain y quieren matarlo. Eso solamente podría empeorar las cosas.

-¿Un jefe de guerra que manda a su hijo como espía a una aldea colmada de odio hacia el imperio? No lo creo. Los de Ciudad Azul podrán ser unos asesinos pero saben cuidar bien a los suyos-dijo Malbus con escepticismo-. De cualquier forma, has hecho bien Bishop. Te agradezco que me hayas puesto al tanto, pero yo me encargaré de rescatar al mago. No quiero correr más riesgos con esto.

-Entonces, ¿Qué vamos a hacer con el muchacho?

-El me acompañará a cenar mientras pienso que hacer con él.

Bishop y los aldeanos voltearon a mirarse unos a otro. Parecía resultarles inconcebible la idea de que yo acompañara al recién llegado a la mesa. Sus rostros iracundos reflejaron entonces su indignación y su desacuerdo.

-¡Pero Malbus...! Exclamó Bishop confundido

-¡He dicho que él se sentará a mi mesa!-reiteró Malbus-. Y si quiere cenar, cenará.

Nadie se movió de su lugar. Yo estaba completamente seguro, que en cualquier momento, una nueva oleada de odio se alzaría, y que esta vez, Malbus también estaría incluido en su blanco. Por ello, me preparé a eludir la primera embestida que la mujer del cuchillo hiciera contra mí. Pero la mujer desaliñada, en lugar de atacarme, lanzó el cuchillo en otra dirección, el cual, después de surcar el espacio interior de la taberna, termino clavándose en una columna de madera. Luego, como si ese acto fuera la impronta de su resignación, todos los aldeanos se dispersaron para ocupar un lugar en las mesas, aunque hubo quienes, prefirieron salirse definitivamente.

Habiéndose tranquilizado un poco los ánimos, Malbus se acomodó en una mesa del centro y me indicó con un guiño que tomara asiento. Dude por unos segundos. No tenía idea de lo que acababa de ocurrir ahí, y menos aún, de quien era Malbus para ordenarles a todos de manera tan arbitraria lo que debían hacer. Además, no había obstáculo visible que se interpusiera entre la puerta de salida y yo. Podía escapar, pero… ¿Cuán lejos podría correr sin que ellos me alcanzaran? ¿Tenía probabilidades de evadir su persecución? Quizá si, pero mínimas. Por otro lado, ¿No estaba presentándoseme ahora mismo la oportunidad de conocer la otra versión de los hechos, en otras palabras, la pieza que completara el rompecabezas que buscaba descifrar? Fascinado por esta última idea, ignoré esa molesta sensación en mi estomago que me impelía con urgencia a emprender la fuga, y tomé asiento frente a Malbus, aún cuando era obvio que tal consideración de su parte hacía mí era difícil de tolerar para los aldeanos que llegaron a quedarse en la taberna. El mismo Bishop, quien resultó ser el dueño del establecimiento, apenas podía disimular la desconfianza que mi persona le inspiraba cada vez que se acercaba a la mesa a atendernos.

-¿Cómo te llamas? Preguntó mi anfitrión.

Era extraño, pero… sentado a su mesa, acompañándolo a cenar, todo parecía estar bien. Ignoro si tan sólo era mi alivio por ya no tener que vérmelas con la furia de sus compatriotas, o si de hecho, se trataba de una sensación tan inefable que me resultaba imposible entenderla con mi intelecto; lo único que podía asegurar, era que su presencia parecía irradiar algún tipo de bienestar que lo hacía sentirse a uno a salvo de cuanto peligro pudiera haber. Repentinamente, las palabras que mi padre me había dicho hace apenas unas horas brotaron desde mi fuero interno para hostigar mi conciencia con su eco; todos ellos eran rebeldes, rememoré, personas que se habían sublevado en contra del imperio para vivir irresponsablemente en un mundo ominoso construido por ellos mismos. Después de todo, ¿No habían intentado matarme hace poco? ¿No era un acto semejante prueba irrefutable de la irresponsabilidad e insidiosa naturaleza de cualquier ser?

Sin embargo, también había piezas que no encajaban; por ejemplo, ¿Quién o qué era el mago para que ellos lo protegieran tanto? Y tras un examen más meticuloso cabía preguntarse, ¿Podía adjetivarse a cualquiera como un malvado tan sólo por ser diferente a uno? Esa gente, a pesar de la violencia de un primer encuentro enmarcado en tales circunstancias, no parecía realmente mala; parecía estar desesperada, sólo eso, desesperada y sola.

-Me llamo Deimos-contesté-. Soy hijo de Dorian Kartang, jefe de guerra del imperio de Ciudad Azul.

Malbus no pareció impresionado, lo admito, por mi falta de modestia al presentarme, tan sólo dio muestras de haberse enterado de ello. Probó otro bocado del estofado que estaba comiendo y luego de pasarlo con un poco de vino, me dijo:

-Espero que no vuelvas a contestar así cuando por aquí pregunten por tu nombre.

-Al menos sirvió para mantenerme vivo un poco más esta vez.

-Quizá o tal vez sólo tuviste suerte de que yo llegara a tiempo para impedir que te lincharan.

Por lo visto, no era yo el único exento de modestia sobre la mesa.


VII

-En fin-Malbus respiró profundamente como si estuviera a punto de comenzar una larga disertación-, escucha con atención lo que voy a decirte: esta aldea, probablemente representa el último reducto de un mundo ya fenecido, para el cual, contar con el auspicio y la bendición de un Dorsen o mago, como suele llamársele de manera profana, es de suma importancia. Probablemente también, esta aldea sea una de las pocas que, debido a su difícil ubicación, siempre pudo permanecer al margen de todo cuanto ocurría en el exterior. Nunca hubo la necesidad de buscar otro lugar para estar… hasta ahora.

-Los cambios no siempre son malos. Comenté.

-Cualquiera de nosotros estaría de acuerdo con ello. No somos misoneístas. Pero la distinción de las diferentes intenciones que hay detrás de tales cambios se vuelve obligatoria cuando éstos representan, o bien, nuestra decisión para proseguir en una dirección distinta, en cuyo caso, optaríamos libremente por la alternativa que vislumbramos como la más favorable; o por el contrario, una imposición irracional y despótica por parte de un imperio, tú imperio, al cual le debemos además, la agonía del mundo que nuestra aldea representa.

-Yo no tenía…

-¿Idea de ello? Si, supongo que tal debe ser la condición de muchos de los que habitan tu mundo. Al principio creímos que, aceptando hasta cierto punto el nuevo orden, podríamos hallar el camino medio que posibilitara, la conciliación entre sus disposiciones y nuestra tradicional forma de vivir. Ingenuamente creímos que acatando la mayor parte de sus leyes podíamos coexistir en paz. Incluso llegamos a justificar y perdonar, la coacción que muchos de ellos manifestaban descaradamente en su forma de proceder. Pero pronto nos dimos cuenta que solo querían explotar nuestras tierras, nuestra fuerza de trabajo y nuestros productos sin la menor consideración. Fue entonces cuando opusimos resistencia y dejamos de ser la aldea recóndita que buscaba un punto de equilibrio con ellos, para convertirnos, en uno de sus problemas a resolver. Por un tiempo pudimos contrarrestar su ofensiva, y hubo quienes incluso, auguraron con optimismo nuestra victoria sobre el enemigo, pero todo eso cambió cuando nuestros atacantes supieron del mago y de la protección que éste brindaba a la aldea.

-Espera un momento-lo interrumpí-. ¿Estás diciendo que el mago es una especie de rey?

-No.

-Entonces, ¿Por qué los protege?

-Porque la misión más importante de un Dorsen es ayudar a otros seres a alcanzar su estado de plenitud. En cierto modo, todos nosotros somos sus discípulos y él representa nuestro líder espiritual. Quizá por mitos y leyendas, algunos jefes del imperio, del cual formas parte, están concientes de esto y por ello buscaron eliminarlo a toda costa. Pero ninguno de nosotros estaba dispuesto a dejarlo morir. Por ello, buscamos la manera de que el mago estuviera a salvo. Construimos una especie de fortaleza bajo la tierra donde el mago aguardaría hasta que nosotros pensáramos en una solución más eficaz para confrontar al imperio. Nosotros sentimos por el mago, la devoción más reverencial: fe absoluta en su enseñanza, en su autenticidad y en su linaje, la gente del imperio estaba al tanto de esto, y sabían también, que el mago sentía lo mismo por nosotros; así que, decidieron aprovecharse de esa fe para apresarlo de forma definitiva. Con certeza pensaron que, si ahora el mago estaba seguro, la gente de la aldea en cambio, debía estar, hasta cierto punto, desguarnecida. Era el mejor momento para atacar. De modo que, un día llegó al otro lado del bosque Tita un gran regimiento y ahí, junto a quienes habían sido parte de la avanzada, establecieron un campamento. Pronto, un batallón completo de soldados imperiales vino a la aldea y nos amenazaron con exterminar a todos sus habitantes si no les entregábamos al mago. Ignoro cómo él llego ha enterarse de lo que pasaba en la superficie, pero antes de que nosotros pudiéramos hacer cualquier cosa, él salió de su escondite y voluntariamente se entregó al imperio. Desde que se lo llevaron han pasado dos días. Ninguno de nosotros pudo imaginar entonces que él sacrificaría su propia libertad para salvarnos. Y como si lo ocurrido no fuera suficientemente malo, un día después de su captura, un grupo de aldeanos, incluyendo a una familia completa, los…

-¿Rostain?

-Exactamente, fueron al campamento y agredieron a algunos de los guardias, pero el colérico grupo no represento para los hombres del imperio más que un contratiempo, que antes de perjudicial resultó provechoso para ellos, porque utilizaron su captura y ejecución, al día siguiente en las afueras del pueblo, como una especie de ejemplo para los demás. Al parecer, Ciudad Azul no goza solamente de la coacción a secas con que procede, sino también, de la persuasión a ultranza que pretende lograr con sus crueles ejemplos para incrustar en los demás su ideología espuria. Quizá por eso nos conciben como amenazas. Les asusta nuestro estilo de vida y que nuestros lideres espirituales utilicen el conocimiento de una forma tan distinta. Les resulta más sencillo odiar nuestras diferencias que entender nuestras semejanzas. Ustedes no lo entienden. Su incomprensión es tal que sólo es comparable con la de los científicos cuando construyeron la maquina letífera hace siglos.

-¿Máquina letífera?

-¿No sabes nada de ella?

-No.

-Ya veo porque las cosas están como están. No importa. Algún día te hablaran de ella y tendrás oportunidad de sacar tus propias conclusiones. Lo que si puedo decirte es que, ahora la gente de la aldea esta enfurecida y desorientada. Creo que tú ya lo comprobaste hace rato, ¿No? Yo, como el discípulo más cercano al Dorsen, tengo la obligación de rescatarlo antes de que sea demasiado tarde. Sé que todo lo que te he dicho hasta ahora quizá haya sembrado más incógnitas en tu mente que respuestas. Por lo tanto, sólo ten en claro esto: lo que te haya dicho tu padre o cualquier otra persona del imperio sobre nosotros no es la única verdad que existe. Muchas personas sólo quieren hacerte creer lo que ellos quieren que creas. En lo que respecta a nosotros, no peleamos en contra del imperio en realidad, peleamos en contra de las nefastas condiciones en las que nos quiere hundir. Lo único que queremos es que nos dejen en paz para poder desaparecer de este lugar y no volver a saber de él nunca más.

-¡Pero el mago será ejecutado mañana a primera hora! Exclamé indeliberadamente.

Malbus no pareció inmutarse al principio, pero en cuestión de segundos, sus facciones expresaron la preocupación que mi noticia le había causado. Luego, un destello de arrojo emanó de su mirada.

-Entonces tendré que rescatarlo ahora mismo, ¡Bishop!-llamó al hombre calvo que estaba sentado a dos mesas de nosotros-. Ven por favor.

Bishop se acercó a nuestra mesa.

-¿Si?

-Enciérralo en un lugar seguro-le ordeno Malbus levantándose de su asiento-. Voy por el mago.

-Será un placer. Le contesto el hombre calvo con una gran sonrisa.

-¡Espera!-exclamé exaltado poniéndome también de pie-. ¡No puedes dejarme aquí encerrado!

-¿No?-Malbus pareció intrigado-. ¿Por qué no?

-Porque no sabes con exactitud dónde tienen al mago y yo…yo, puedo ayudarte a rescatarlo.


VIII

¿Me había vuelto loco? ¿En verdad estaba considerando traicionar a mi padre y al imperio? Porque viérase de la forma que fuera lo que yo les estaba proponiendo a ellos era eso, ni más ni menos: una traición a mi gente. ¿Mis razones podían justificar mi propuesta?

-¿En serio?-intervino Bishop con un tono saturado de mordacidad-. ¿Y por qué el hijo de un jefe imperial querría ayudarnos?

Era una buena pregunta.

-Escuchen. Hace tiempo que dudo de los fundamentos con que el imperio prohíbe el conocimiento de los magos. Acompañé a mi padre a este viaje porque deseaba conocer versiones distintas a las que hasta ahora he escuchado. Quería saber si podía odiar con justicia a quienes me decían que debía odiar, aunque no los conociera, o si debía en cambio, darme la oportunidad de conocerlos personalmente para comprender sus circunstancias, y poder así, tomar una decisión más sensata al respecto. Es por eso que, sin más compañía que mi propia osadía, vine hasta su aldea y me puse a escuchar furtivamente lo que discutían detrás de la puerta. ¡Quería conocer la verdad! Puedo reconocer ahora, que el imperio del cual soy parte no ha querido darse esa oportunidad y que prefiere optar por creer ciegamente que obra con justicia, cuando en realidad, las causas que defiende son erradas y perjudiciales para otros. Permítanme compensar el daño que les hemos causado. Déjenme hacerlo por ellos.

-¿Quién nos asegura que no nos traicionarás? Espetó Bishop.

-Tienen mi palabra de que no lo haré. Además, si algo saliera mal podrían usarme como rehén y hacer el intercambio que deseaban hacer antes. ¡Vamos! No tienen alternativa.

Pero, ¿Realmente no tenían otras alternativas? Después de todo, si Malbus era el discípulo más cercano al mago, entonces debía contar con alguna habilidad especial que le permitiera rescatarlo con cierta facilidad. ¿Por qué se arriesgarían entonces a creer en su palabra cuando era evidente que su ofrecimiento podría tratarse de una trampa? Para mi sorpresa empero, Malbus aceptó mi ofrecimiento.

-Supongo que tienes razón-dijo-. Sólo ten cuidado de no cumplir tu promesa.

-¡Pero Malbus!-protestó Bishop-. No podemos confiar en la palabra de uno de ellos. Ni siquiera lo conocemos.

-Tanto lo conocemos que antes de que cenara conmigo poco falto para que ustedes lo lincharan. Para mi es suficiente. Él vendrá conmigo.

-Pero…

-Bishop-el discípulo más cercano al Dorsen posó su mano en el hombro de su compatriota-. Te pido por favor que confíes en mí.

Bishop permaneció en silencio por un momento. Parecía resultarle problemático creer que las cosas pudieran salir bien si Malbus confiaba en mis intenciones. Yo mismo me encontraba perplejo ante la espontaneidad con que había decidido ayudarlos, al grado que, casi me parecía intuir con vaguedad el influjo de un agente externo. Al fin y al cabo, Malbus había aceptado mi ayuda aún cuando todo parecía indicar que se trataba de una mala idea, ¿No? En vista de lo ocurrido hasta ahora, no resultaba tan descabellado imaginar que todo cuanto había pasado esa noche estuviera predispuesto por alguna fuerza extraña.

Por otra parte, todo cuanto les había dicho era cierto. Había sido sincero respecto a mí deseo de corregir la injusticia que el imperio estaba cometiendo en su contra, aunque lamentablemente, mi acción tal vez no haría reflexionar a mí padre, más bien, provocaría tan sólo que su furia se desatara. ¡Cuánto me gustaría hacerle ver que la acción y la reflexión constituyen la esencia indivisa de cualquier estrategia o táctica! También debía reconocer que había un motivo extra: vivir la acción que implicaría rescatar al mago de su prisión. Innegablemente tal empresa implicaba la aventura y no podía desaprovechar la oportunidad de estar en ella. Además, creo que me sentiría más seguro estando en cualquier otra parte que encerrado en algún cuarto de la aldea.

-Está bien. Contesto Bishop resignado.

Malbus me indicó que lo siguiera. Salimos de la taberna y nos dirigimos a una casilla rústica, situada a tres casas de ahí en dirección al centro de la aldea, en donde me proporcionó un traje negro, parecido al suyo, y una máscara del mismo color, que serviría para mantener mi anonimato durante el rescate. Cuando vi que él extrajo unos pequeños artefactos de la gaveta de un enorme mueble de madera, me pregunté con cierta suspicacia, si tales objetos serían alguna especie de arma. De algún modo, Malbus debió adivinar lo que estaba pensando porque, en tanto se los guardaba en sus bolsillos, me dijo:

-Pierde cuidado. Estas cosas son más eficaces de lo que a simple vista parecen.

Una vez preparados, volvimos a la calle y desandamos nuestros pasos hasta detenernos a la altura de la taberna, donde al parecer. Bishop había estado esperándonos en compañía de dos enormes bestias cuadrúpedas.

-Pensé que podrían serles útiles. Nos dijo.

Debido a que tales animales, llamados por ellos ñaks, eran similares a los que ocasionalmente montábamos nosotros para ciertas actividades, no tuve mayores problemas para subirme sobre su lomo y sujetarme del pelaje que cubría abundantemente la joroba que había justo arriba de sus hombros.

Malbus agradeció la atención del hombre calvo y sin más demoras, salimos de la aldea, para atravesar a todo galope el paredón de fusilamiento e internarnos en la espesura del bosque de Tita. Sin más fuente de la luz que la brindada por las tres lunas y las estrellas, cubrimos los cuatro kilómetros que separaban la aldea del campamento, aunque esta vez, Malbus me condujo por un atajo, que según él, era más seguro que ir en paralelo por el camino empedrado.

A unos metros del campamento, abandonamos nuestras monturas y con suma discreción nos aproximamos a éste, procurando todo el tiempo, pasar desapercibidos de cualquier guardia que pudiera estar observándonos. Finalmente, pudimos llegar junto a unos árboles enormes, detrás de los cuales, se hallaba la explanada que debíamos atravesar, si queríamos llegar hasta la puerta, que nos permitiría entrar a la enorme estructura metálica que se erguía ante nosotros.

Dos guardias estaban custodiando esa puerta.

-¿Y ahora que hacemos?-le pregunté en voz baja a mi compañero-. Cuando yo salí sólo había uno.

El discípulo más cercano al Dorsen buscó en sus bolsillos uno de los artefactos que traía consigo, y tan pronto sacó el que buscaba, lo lanzó con gran brío encima de nosotros.

-¡Pero…!-exclamé entre asustado y sorprendido-. ¿Qué haces?

Pero Malbus me indicó que guardara silencio. Completamente confundido por lo imprudente e inexplicable de su comportamiento, espere a que el extraño objeto cayera sobre nosotros, pero a decir verdad, éste ya se había dilatado en caer. ¿Sería posible que por casualidad se hubiera atorado en alguna rama? ¿Sería posible acaso, que Malbus hubiera previsto que eso pasaría? La verdad no tenía la menor idea de lo que pretendía hacer. Mi perplejidad aumentó cuando me di cuenta que de sus bolsillos extraía un segundo objeto. ¿Lo iría a lanzar como el primero tan pronto lo tuviera en sus manos? No lo sabía.

Esta vez, sin embargo, Malbus me mostró el artefacto para que lo viera. De poco sirvió que lo hiciera, pues éste era tan ajeno a cuanto yo conocía que no tenía referentes para poder caracterizarlo de algún modo.

-Escúchame con atención-me dijo al fin-. Vamos a caminar lentamente por la explanada hasta llegar a la puerta de acceso.

-¿Pero cómo vamos hacer eso? ¡Tan pronto salgamos de aquí nos verán!

-No si salimos así. Y con gran agilidad, giró el brazo con el que cargaba el artefacto, trazando un círculo en el aire en torno suyo, para súbitamente desaparecer ante mis propios ojos.

Atónito, estiré mi mano instintivamente, después de los dos o tres segundos que tarde en recuperar el aliento, para comprobar sí mi compañero todavía se encontraba ahí.

-¿Malbus? Pregunté.

Mi desconcierto era tal, que estaba seguro que con mis dedos sólo rasgaría el aire, pero casi inmediatamente, éstos palparon lo que sin duda era el pecho invisible de Malbus.

-Tranquilo-me dijo-. Aún estoy aquí.

-¿Qué hiciste? ¿Te volviste invisible?

-En realidad no-y de improviso, su cabeza y parte de su cuerpo aparecieron de la nada, haciéndome dudar seriamente, sí lo que veía era real o sólo el producto de mí alterada percepción-. Usaremos un recurso mimético para no ser descubiertos-y haciendo un movimiento parecido al anterior, pero esta vez sobre mí, agregó-. No te vayas asustar, ¿De acuerdo?

En un abrir y cerrar de ojos, mi cuerpo adquirió tonalidades y matices distintos a los habituales. Extasiado observé como el aspecto de mi piel era semejante a la noche, a los árboles y al suelo que nos rodeaba. ¡Era sencillamente increíble! Lo más curioso es que en tal condición, podía distinguir a Malbus de todo lo demás porque, aún cuando su cuerpo seguía resultando invisible, éste se me presentaba ahora como una distorsión sutil, algo incongruente que alteraba caprichosamente las formas del espacio. Al parecer su camuflaje no era tan efectivo para quien compartía el mismo recurso.

-Ahora tenemos que darnos prisa-me avisó Malbus, sacándome de mi arrobamiento-. Desafortunadamente, el efecto es muy breve.

-Pero, ¿Con qué objeto tiraste el primer artefacto?

-Lo sabrás tan pronto estemos frente a la puerta de acceso.

Sin más explicaciones, salimos de nuestro escondite, protegidos por el artificio mimético con que Malbus nos había equipado, y cautelosamente, nos acercamos hasta la puerta de acceso. A juzgar por su comportamiento rutinario, para los guardias paso completamente desapercibido el hecho de que nos deslizáramos entre ellos para situarnos justo en frente de la entrada. Malbus me indicó que esperara, y como yo no tenía la menor idea de cuál era su plan, decidí aguardar a ver que pasaba. Comenzaba a impacientarme, cuando de pronto, algo extraño ocurrió. Más allá de la explanada, entre los árboles del bosque, varios rayos de luz centellearon casi simultáneamente en múltiples direcciones, como sí un grupo de exploradores hubiera decidido repentinamente realizar una pesquisa desesperada en torno al mismo lugar donde nosotros habíamos estado antes. Tarde unos segundos para comprender de qué se trataba. De algún modo, aquel espectáculo multicolor era obra del primer artefacto que Malbus había lanzado encima de nosotros. Era un distractor, y muy efectivo por cierto, porque los guardias, tan pronto vislumbraron las refulgentes exhalaciones, corrieron a investigar. Había llegado nuestra oportunidad. Con otro de sus artefactos, Malbus abrió la puerta sin ninguna dificultad y entramos al campamento.

IX

En silencio y desplazándonos con la mayor prudencia, como si fuéramos parte de una piara constituida por depredadores al acecho de su presa, comenzamos a recorrer el largo corredor que nos separaba de la sección donde estaba prisionero el mago.

A medida que avanzábamos, fui tomando conciencia de una sensación incómoda, que poco a poco, al mismo tiempo que cruzábamos puertas, máquinas y otros corredores, se hacía más nítida. Había algo en el lugar que no me agradaba: su silencio, su excesivo y expectante silencio. Parecía como si camináramos de madrugada por las calles estáticas de una ciudad desierta, en lugar de que lo estuviéramos haciendo por los corredores de un campamento, cercado temporalmente por las ejecuciones de sus enemigos. ¿Tan confiados estaban de los guardias que cuidaban la entrada del campamento y sus alrededores que consideraban innecesaria la vigilancia dentro de sus instalaciones? ¿O es que sabían de antemano, o al menos sospechaban, de un intento por rescatar al mago como éste, y justo en este momento, nos estaban esperando en algún lugar del campamento para emboscarnos? ¿Por qué hasta ahora todo había salido tan bien?

A unos cuantos metros de nuestro destino, dejé de preocuparme tanto pues a punto estuvimos de chocar con dos guardias que iban en dirección opuesta. Respiré hondamente cuando estuvimos solos otra vez. Aparentemente, mi mortificación había sido infundada. Sin embargo, tan pronto pude sentirme algo más seguro del éxito de nuestra empresa, algo que ya había previsto Malbus ocurrió de repente, tomándome por sorpresa: el aspecto de nuestros cuerpos volvió a la normalidad, y en un abrir y cerrar de ojos, ambos éramos visibles otra vez. Cuando alerté a Malbus sobre este hecho, él tan sólo se encogió de hombros, como indicándome que ahora tendríamos que redoblar nuestras precauciones.

Consternado, tuve que autoconvencerme en tan sólo un segundo de que todo saldría bien, pues la sección donde estaba el Dorsen, estaba prácticamente frente a nosotros.

-Esa puerta-susurré, señalándola-. Al otro lado esta la celda donde tienen al mago.

-Bien.

Nos acercamos a la puerta de hierro que se erguía ante nosotros y Malbus, con el mismo artefacto que había utilizado antes para entrar al campamento, intentó abrirla. Estaba a punto de lograrlo, cuando escuchamos los pasos de alguien acercándose por el mismo corredor que nosotros habíamos utilizado para llegar ahí.

-¡Escóndete! Me advirtió Malbus en voz baja.

No hacía falta que me lo dijera.

Tan rápido como pude, me oculté detrás de una columna cercana a la puerta de hierro. Por primera vez desde que le propusiera a Malbus mi ayuda, pensé en las consecuencias que tendría que enfrentar sí era descubierto. ¿Tanto valía para mí hacer lo que hacía que ponía en juego la estabilidad que hasta ahora había caracterizado mí vida? ¿Y de que valdría estabilidad alguna si habiendo una situación injusta nada hiciera por cambiarla a pesar de saber acerca de su existencia?

Pensé entonces que mis razones debían ser, después de todo, lo suficientemente valiosas para mí, porque de lo contrario, en ese momento me encontraría en la comodidad de mi cama dormido. Conciente de mis prioridades, me limité a esperar, rezando al dios Taron, porque ninguno de los dos fuéramos descubiertos. Por el corredor, una silueta oscura se aproximó hasta el lugar donde habíamos estado, haciendo girar una lámpara de mano en todas direcciones, como si estuviera imitando el frenético movimiento con que el artefacto de Malbus había iluminado la noche desde el bosque de Tita. El haz de luz casi llegó a caer sobre mí en dos ocasiones, en una de ellas, se acercó tanto que daba por hecho que en cualquier momento el guardia me descubriría y me ordenaría salir con las manos en alto, pero cada vez que el rayo luminoso estuvo a punto de develar mi presencia, trémulo, se retiraba a tiempo para husmear por otro lado.

Al cabo de un minuto o menos, el guardia, al no encontrar nada, se dio por satisfecho, dio media vuelta y se fue, alejándose por el mismo corredor por el que había venido. Yo, sin embargo, permanecí en mi escondite quizá por un minuto más después de que sus pasos dejaron de ser audibles porque esperaba que mi corazón dejara de latir de forma tan vehemente y retornara a su ritmo habitual.

Malbus surgió de repente a mi lado.

-¡Vamos! Me susurró, poniéndome en alerta nuevamente.

Tras un segundo intento, Malbus logró abrir finalmente la puerta de hierro. Un pasillo cercado por los barrotes y las cerraduras de muchas celdas salió a nuestro encuentro una vez que estuvimos adentro. No tuvimos que caminar mucho para llegar hasta donde estaba el mago. Tal y como lo había visto la primera vez, el mago seguía dormido sobre el montón de paja respirando con la misma serenidad de antes y con esa extraña expresión de jovialidad en sus facciones.

-¡Maestro!-exclamó Malbus tan pronto lo vio-. ¡Maestro! Volvió a insistir, pero el anciano no despertó.

-Lo han mantenido sedado-le explique, en tanto él con su enigmático artefacto, abría la puerta de la celda-. Tendremos que llevárnoslo cargando.

Malbus no me contestó. Pero la expresión de su rostro hablaba por sí sola. La confusa mezcla de compasión y de rabia que su semblante irradiaba, evidenciaba sin lugar a dudas, que el estado en que habíamos encontramos al mago debió afectarle profundamente. Sólo se limitó a entrar en la celda y a arrodillarse a lado de su maestro. Permaneció así un momento, tan sólo mirándolo; luego, la expresión de su rostro cambió misteriosamente, pasando de forma repentina de la compasión y la rabia, a lo que me pareció, un semblante que implicaba la aprobación comprensiva sobre algo secreto. ¿Era posible que pasaran cosas aquí y ahora de las que no pudiera dar cuenta aunque las viera con mis propios ojos? La sola consideración de semejante posibilidad me abrumaba.

-¿Está bien? Le pregunté al devoto discípulo desde la puerta, esperando esta vez obtener alguna respuesta de su parte.

-Si-contestó él con una tranquilidad inexplicable-, creo que si. Ven. Necesito que me ayudes a cargarlo.

-Bien.

Me acerqué al montón de paja sobre el cuál dormía el mago y entre ambos lo cargamos, pasando sus brazos por encima de nuestros hombros, pero no habíamos dado ni un solo paso hacia la salida de la celda, cuando la luz de una lámpara de mano nos dio de lleno en la cara.

-¡Vaya, vaya!-dijo un guardia maliciosamente desde el marco de la puerta-. No estábamos solos después de todo, ¿Verdad?

A pesar de que la luz me impedía ver el rostro de quien nos había hablado, más no así parte del traje y las botas que lo identificaban como un guardia, pude distinguir a través de la cortina luminosa, el cañón de un arma imperial apuntándonos. En ese momento creí que todo había terminado. Incrédulo comprobaba de golpe que mis mortificaciones, al fin y al cabo, si tenían fundamento y que con mi labor de autoconvencimiento de hace rato no había hecho más que engañarme a mí mismo, con terrible ingenuidad, acerca del buen resultado de todo esto. Me pregunté con el corazón a punto de estallar qué pasaría entonces. Pero lo que ocurrió en el siguiente segundo nada tenía que ver con las atrocidades que ya habían comenzado a desfilar insidiosamente por mí turbada imaginación; de hecho, nada que yo hubiera supuesto con más tiempo podría haberme preparado para ello. Ocurrió que todo lo nos rodeaba, la sesión en la que estábamos, la celda que nos envolvía, la luz que caía directamente sobre nosotros y el guardia que nos apuntaba con el arma, todo cuanto había, comenzó a difuminarse y a desaparecer, cual si fuera obra de un mecanismo sobrenatural, que intencionalmente matizara la realidad a pincelazos hasta desvirtuarla al grado de hacerla escurridiza a nuestra mirada. Todavía alcancé a escuchar la voz pasmada del guardia llamándonos a gritos y el estallido de un arma disparándonos varias veces, pero justo antes de que cualquier bala u orden lograra alcanzarnos, todo desapareció definitivamente. Fue cuestión de un parpadeo, quizá menos, para que estuviéramos en un lugar diferente.

Mientras recuperaba el aliento, di un rápido vistazo al lugar donde nos encontrábamos. Se trataba, al parecer, de una cueva, iluminada abundantemente con lámparas de aceite que colgaban del techo o que se hallaban situadas sobre varios muebles, los cuales, indicaban que nos encontrábamos en una especie de recámara, probablemente, la recámara del mago.

Varios estantes, que tapizaban la mayor parte de las paredes de piedra casi hasta el techo, guardaban en sus anaqueles artefactos tan extraños, y seguramente tan insólitos, como los que le había visto utilizar a Malbus. Si esta no era la recámara del mago, sin duda, sí era la recámara de un mago.

Con el mago a cuestas, caminamos hasta una cama situada en el centro de la estancia, y con sumo cuidado, lo acostamos en ella. Malbus se apresuró a traer de otra habitación ropa limpia y algo que parecía ser alguna clase de ungüento. Acercó una silla que por ahí estaba, y colocándola al lado de la cama, me indicó con un guiño que tomara asiento mientras él atendía al mago.

Casi mecánicamente, acepté su ofrecimiento y me limité tan sólo a observar lo que él hacía. Viéndole cambiar la ropa y curar las heridas de su maestro no pude evitar sentirme conmovido y maravillado por la magnánima devoción que su discípulo estaba manifestándole. ¿Sería esto un ejemplo de lo que algunos taumaturgos, hace eones olvidados por los hombres de ciencia, llamaban compasión? ¡Cuán diferentes eran mis maestros! ¡Cuán diferentes sus alumnos! Los primeros declaraban cínica y hasta orgullosamente su relación contractual con nosotros, y los segundos, despersonalizábamos a ultranza su humanidad al exhibir con firmeza nuestra indiferencia hacia ellos.

Cuando Malbus terminó, acercó una silla y se sentó frente a mí. Ahora el mago lucía diferente, pero sólo exteriormente. Seguía sin recuperar el conocimiento, pero su semblante guardaba aún esa tranquilidad que había visto en él la primera vez. Más que nunca parecía dormir solamente, dormir y soñar con algo maravilloso. Yo estaba totalmente confundido, y estaba seguro que Malbus estaba al tanto de eso; por ello, si pretendía darme alguna explicación, consideré que lo mejor sería esperar a que él mismo me dijera qué había pasado.


X

-Magia. Dijo en voz baja después de un rato.

-¿Magia?

-Así es como llama tu gente usualmente a las habilidades del Dorsen: magia.

-Pero creí…

-¿Qué no existía? Apuesto que muchas personas te han dicho eso. Apuesto también, que hubo una época cuando la mayoría de las personas de este planeta pensaban que las tres lunas eran los ojos de un cíclope observándolas desde el cielo. La cuestión es, ¿Las cosas son tales por lo que son o existen en virtud del significado que les atribuimos? No es mi intención cambiar tu creencia, pero piensa en esto: a veces resulta más fácil desvirtuar la naturaleza de aquello que no conocemos o que aparenta ser tan diferente a nosotros que intentar comprenderlo a plenitud, porque lo primero, valiéndose de la mitificación y atribución falsarias, conduce a la ignorancia y al desprecio, actitudes muy cómodas de asumir, mientras que lo segundo, implica la expansión visionaria, y a veces incluso, un cambio total de perspectiva. Tal vez por esto último, el imperio intuye un peligro potencial en las habilidades del Dorsen. Sienten que el disfraz que ha reprensado hasta ahora la palabra magia para ellos, podría transformarse al menor descuido, en un peligro para su estabilidad.

Súbitamente, recordé lo que el custodio del mago había dicho cuando mi padre le preguntó sí éste le había causado problemas “… lo hemos mantenido sedado desde su captura-le informó titubeante-. Es más…seguro”. Al parecer, Malbus estaba confirmando ahora mis sospechas sobre el temor que intuí entonces en los hombres del imperio.

-Hay algo que todavía no comprendo, ¿Por qué decidiste rescatar al mago justamente cuando lo hiciste? Quiero decir, ¿Por qué esperaste a que yo estuviera ahí para hacerlo?

-Digamos que seguí las sugerencias de una voz interna.Haciendo una recapitulación de lo bien que nos fue con el rescate del mago, otra pregunta surgió en mi mente: ¿Cómo una voz interna podía sugerirle con tal certeza cuando actuar? Otra vez súbitamente, un recuerdo acudió a mi memoria: el misterioso cambio en el semblante de Malbus cuando en la celda miraba al mago, primero de un modo y luego de otro, como si mantuvieran secretamente una conversación inaudible. ¿Es qué maestro y discípulo compartían alguna clase de comunicación extrasensorial? Nuevamente, Malbus parecía confirmar de algún modo mis sospechas.

-Pero, ¿Qué pasará ahora con la gente de la aldea? En cuanto mi padre se entere de que el mago ya no está en su celda ni siquiera se va a tomar la molestia de capturarlo otra vez, ¡Querrá destruir la aldea inmediatamente y de forma definitiva!

-No te preocupes por la aldea, Deimos-dijo el mago acostado en la cama, quien sin habernos dado cuenta, parecía habernos estado observando desde hace rato con esa misma extraña serenidad en su semblante-. Cuando los primeros rayos del sol lleguen hasta la aldea todos nosotros estaremos a salvo.

Era la primera vez que veía al mago despierto. Y el efecto de su mirada compasiva y sus palabras, dichas con tanta contundencia y poder sibilítico, me conmovieron hasta el punto que casi me hicieron llorar ahí mismo, como si el sólo hecho de verlo y escucharlo me hiciera entrar en contacto con la parte más sublime de mi ser. ¡Qué sensación tan diferente a todo cuanto había experimentado antes! ¡Qué experiencia tan personal e intima! Por un momento, quizá insignificante temporalmente hablando pero inmortal para mi espíritu, fue como si vivenciara la muerte de todos los conceptos que guardaba acerca del mundo y me encontrara frente a frente conmigo mismo.

La intensidad de esta experiencia paso pronto, pero su vivencia sembró en mí, la esperanza de que al fin había encontrado la pieza para el rompecabezas que buscaba descifrar. De algún modo, todo parecía encajar en su lugar a la perfección.

-Nuestro pueblo estará a salvo muy pronto-agregó el mago-. Gracias por haber aceptado ayudarnos.

Por alguna razón, no me sorprendió que supiera mi nombre, ni siquiera perdí tiempo preguntándome cómo le había hecho para saberlo. Recordé, en cambio, algo que se me había ocurrido en la taberna hace algunas horas: la idea de que una fuerza extraña parecía estar detrás de todo lo que había ocurrido esta noche. Pero esta vez mi conjetura inicial no era del todo acertada. Ahora, sin saber cómo, podía verlo claramente. El breve comentario del mago había develado las tinieblas de mi ignorancia al respecto. Lo que yo había concebido entonces como un agente externo que influía en las circunstancias para que éstas se presentaran propicias para nosotros, era realmente la voz del Dorsen, hablándonos a unos y a otros simultáneamente desde la intimidad de nuestro ser. El mago me estaba dando las gracias por haber aceptado desde el principio seguir sus sugerencias. Para ello, debió buscar seguramente a un aliado entre la gente del imperio, encontrándome a mí entre todos ellos, como el más indicado para tal empresa.

-Maestro-le dijo Malbus sonriéndole-. Me alegra que esté otra vez con nosotros.

-Nunca he dejado de estar con ustedes, hijo.

Por un momento, pensé que lo que Malbus demostraba por el mago no era tan sólo la más intensa devoción que un discípulo podía sentir por su maestro, sino también, la que un hijo podía sentir por su padre; sin embargo, de algún modo podía intuir en su relación algo aún más sublime que ese vínculo. Podía sentir, si bien no sabría explicar cómo, que la naturaleza del lazo que los unía trascendía cualquier clase de relación convencionalmente conocida. Iba más allá del parentesco, del sexo, de la edad, y de cualquier otra variable que pudiera uno imaginarse. Si Malbus era o no era su hijo, y casi podría asegurar que sí lo era, para el mago antes que nada era su discípulo; y como hasta ahora, casi todas mis conjeturas iniciales habían sido acertadas, esta vez al menos, podía darle a esta el beneficio de la duda. Tal era la confianza que tenía ahora en mí intuición.

Pero en mí todavía existía una duda y una franca preocupación.

-Pero no entiendo-insistí en el tópico-, ¿Qué ocurrirá cuando amanezca? ¿Qué será de ustedes cuando mi padre ordene la destrucción de su pueblo?

-Justamente eso no es lo importante ahora. Comentó el mago.

-Entonces, ¿Qué es?

-Que estés en el campamento antes de que tu gente pueda descubrir tu ausencia-me informó Malbus-. Pero tampoco por eso debes preocuparte. Llegarás allá de la misma forma como llegaste aquí. Será cosa de un abrir y cerrar de ojos.

-¿Y sí no quisiera irme?-les pregunté esperanzado por la factibilidad de esa alternativa- ¿Sí quisiera quedarme para aprender de su magia?

-Si te quedaras-decretó el mago-, el imperio tendría su primer argumento real en contra de nosotros y las consecuencias que eso produciría serían impredecibles. Me temo que eso no es posible… por ahora.

¿Dijo por ahora? ¿Vaticinaban esas palabras un encuentro futuro? Una voz, que sólo podría comparar para describirla con las máximas de mí conciencia, respondió entonces a mi pregunta desde dentro de mí, diciéndome con claridad que si, que tales palabras implicaban mucho más que un augurio. Era la voz del Dorsen fluyendo dentro de mi mente. Era obra de su magia.

-Si, es verdad-admití resignado-. Pero... -había una última cuestión que me intrigaba-, ¿Cómo saben que pueden confiar en mí? ¿Cómo saben que no hablaré con nadie de esto?

-Si esta noche pudimos confiar mutuamente para salvarnos a pesar del abismo de incomprensión que parecía haber entre nosotros-afirmó el mago-, entonces, ¿Por qué no habríamos de confiar entre nosotros después de haber pasado por lo que pasamos?

Nuevamente, la voz del Dorsen fluyó dentro de mí. Esta vez le susurró a mi mente palabras que permanecerían por siempre grabadas en mi memoria: la amistad es la más alta magia que cualquiera puede hacer, dijo.

-Si-respondí después de tomarme un momento para meditarlo-, es verdad.

Definitivamente, esta noche significó para mí una gran lección.

-Nosotros también aprendimos mucho de ti-comentó Malbus-. En lo personal, conocerte me sirvió para desmitificar algunas cuestiones que anteriormente había atribuido injustamente a todos los habitantes del imperio. Esta experiencia me ayudará a ser más prudente con mis apreciaciones futuras.

-Bueno-dije al fin-, supongo que es hora de irme.

-Sólo bastara con que hagas una cosa-me informó el mago-. Cierra con fuerza los ojos por unos segundos, y cuando los abras otra vez, estarás de vuelta en el campamento.

No hubo palabras de despedida entre nosotros. Cualquier concepto que hiciera referencia al ir o devenir entre seres conscientes parecía haber perdido importancia justo en ese momento y lugar. Los vi por última vez por algunos segundos y luego cerré con fuerza los ojos. Mientras estuve así, consciente de que al abrirlos ya no estarían ahí, todavía sentí aflicción por lo que podría ocurrir al salir el sol, pero al mismo tiempo, experimenté el deseo de que pronto amaneciera para saber al fin, que extraña magia podría impedir, la destrucción de la aldea.

Cuando abrí los ojos nuevamente, me encontraba en el cuarto que se me había asignado en el campamento. Aparentemente, nadie se había dado cuenta de mi ausencia. Me cambié de ropa y aguardé sentado en el catre a que algo ocurriera. No tuve que esperar mucho. Minutos después, cuando el sol había comenzado asomarse a través de los árboles, mi padre irrumpió en mi cuarto y me ordenó que me preparara porque lo acompañaría a la aldea de Shimea. Cuando le pregunté por qué iríamos allá ni siquiera me contestó, pero no hacía falta que lo hiciera, pues su colérica actitud era señal suficiente para que yo supiera cuál era el propósito de su acción militar: destruir por completo la aldea. Conocía a mi padre y por eso sabía que jamás perdonaría que el mago hubiera desaparecido dentro de su celda sin dejar rastro. Para él, los aldeanos o cualquiera que permaneciera al margen del imperio, debía ser tratado como un rebelde potencialmente peligroso para éste, y cuando hiciera falta, debía ser castigado sin compasión, aunque el castigo significara su muerte.

Lo único que podía hacer ahora, mientras acompañaba a mi padre a la aldea junto con un batallón completo de militares, era rezar por que el mago, Malbus y los aldeanos estuvieran preparados para afrontar lo que les esperaba.

Fue hasta que llegamos a la aldea, cuando comprendí lo que el mago y su hijo me habían querido decir: la aldea, al otro lado del bosque Tita, había desaparecido. En su lugar había un enorme cráter en la tierra. Lo único que había quedado intacto era el tétrico muro de piedra, que otrora sirviera para el fusilamiento de los Rostain, situado a tan sólo unos metros de donde comenzaba la descomunal abertura. Recordé lo que se decía en el imperio sobre los magos, y supe entonces que, el mito que afirmaba que eran capaces de levantar montañas y hacerlas volar a vertiginosa velocidad por el cielo, era real. Casi simultáneamente, recordé algo que Malbus me dijo cuando lo acompañaba a cenar en la taberna: “Nunca hubo la necesidad de buscar otro lugar para estar… hasta ahora.” ¿Cómo podía sospechar entonces que Malbus realmente no estaba hablando en sentido figurado? ¡Cuán ingenuo había sido entonces!

-¡Por Taron!-exclamó mi padre sin dar crédito a lo que observaba-. ¿Qué fue lo que sucedió aquí? La expresión de su rostro era una consternada mezcla de furia y confusión.

Magia, pensé yo maravillado, esto fue obra de la magia. Y desde entonces, la historia de mi encuentro con los magos ha sido mi más preciado secreto.

3 Comentarios:

Sergio Amaya dijo...

La amistad es la más alta magia que cualquiera puede hacer.Tal vez recuerdes esta frase, pues creo que es la esencia de tu cuento "Magia", que por lo demás, mantiene atento al lector durante todo el desarrollo de la historia. Me gustó, en verdad; espero qaue sigas ejercitándote en esta rama de la literatura. Saludos afectuosos.

Sergio Amaya

Anónimo dijo...

Me gustó LA MAGIA, el contenido y la esencia
me gusta mucho su manera de expresar las cosas, tiene una sensibilidad que llega y penetra.
zaidena

Fdo. R. Baños dijo...

¡Muchas gracias por sus comentarios! Hasta el momento, sólo sé que ésta es la primera parte de algo, y que por falta de tiempo, inspiración y disciplina, las siguientes partes se han resistido a materializarse. La continuación anda dando vueltas en mi cabeza desde hace ya un par de semanas. Pronto, espero, tenga algo que presentarles. Saludos y gracias por comentar



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