Por el Psic. Fernando Reyes Baños


Si se admite la idea de que el trabajo del docente constituye, frecuentemente, un reflejo de sus valores personales, entonces la cuestión que deberíamos atender aquí para empezar una reflexión en torno a sus valores tiene que ver con lo que al docente le interesa comunicar a sus estudiantes mientras les da clases.


Al profesor, por ejemplo, puede interesarle que sus alumnos valoren la honestidad en la presentación de exámenes, la puntualidad en la entrega de trabajos, la objetividad y el juicio crítico al participar en cualquier actividad y la iniciativa para realizar las tareas y los trabajos que se les encomienden. Valores como estos pueden pertenecer a una persona con poca o mucha experiencia en la docencia. La cuestión comienza a ponerse interesante si nos preguntamos por el tipo de situaciones que podrían provocar que el docente cuestionara sus valores personales y si tales situaciones, por la difícil solución que pudieran demandar, lo hacen preferir, con el paso del tiempo, valores distintos. Podemos conjeturar que situaciones de toda índole pueden presentársele al docente para poner a prueba los principios morales que conciernen a su práctica docente. Situaciones en las que se le insinúa corromper con la transparencia del proceso, en donde las reacciones más viscerales exigen o suplican por una mayor flexibilidad en el sistema de calificación y en las que hasta la línea, aparentemente infranqueable de la formalidad, puede verse amenazada por propuestas potencialmente comprometedoras. Afrontar estas situaciones muchas veces puede implicar un reto, pero que sea resuelto a favor o en contra de cualquiera de ellas, dependerá de cuán firmes sean los valores que cada profesor tenga. Y mientras unos se prestan, sin ninguna clase de escrúpulos, a lo que ellos consideran oportunidades que no pueden dejar pasar, otros optan por afianzarse a las ideas que acerca de la educación valoran.

Este optar por afianzarse a las ideas que se valoran y defenderlas cuando se afronta un dilema moral en la práctica docente representa, simultáneamente, dos aspectos que no siempre ocurren juntos en la realidad: los valores que se practican y los valores que se declaran; de manera que, con cierta frecuencia, un profesor puede declarar su devoción por cierta convicción, pero manifestar otra cosa con su comportamiento cuando se presenta la ocasión de ponerla en práctica.

La incógnita a resolver consiste en saber si los valores practicados por el profesor responden a sus valores declarados o si llega a ocurrir, de alguna manera, que el profesor tome decisiones contrarias a los valores que profesa. La puntualidad, por ejemplo, puede ser uno de los valores que el profesor con más frecuencia profesa, pero también uno de los que menos práctica, al menos no de manera consistente todo el tiempo. Para una clase que comienza a las siete de la mañana, póngase por caso, el profesor puede ser uno de los docentes que casi siempre llega con algunos minutos de retraso, mientras que para su clase de las diez de la mañana, el mismo profesor puede ser quien invariablemente llegue primero al aula. La objetividad y el juicio crítico pueden ser otros de los valores más profesados, pero en la práctica no ser de los más practicados, pues el mismo profesor, que es tan meticuloso para trabajar los contenidos escolares, puede no serlo tanto en cuestiones atingentes a las relaciones humanas.

La honestidad y la búsqueda de trascendencia, en cambio, pueden cohabitar armoniosamente en algunos casos. Téngase presente el caso de un profesor que, para la clausura de un curso académico, le pidieron decir algunas palabras ante sus compañeros y algunas autoridades escolares. Este maestro no siempre estuvo del todo conforme con la calidad de los contenidos vistos en dicho curso, no obstante, siempre participó en cada una de sus sesiones, expresando su punto de vista respecto a los temas que en él se trataban. Por eso no dejo de extrañarle que fuera a él, precisamente, a quien le hicieran esta petición. El día de la clausura, él y otro profesor compartieron públicamente su punto de vista acerca del curso académico en cuestión. El otro profesor, que pasó en primer lugar, pronunció un discurso soberbio que elogiaba magnánimamente lo que se había hecho. Cuando al fin llegó el turno de nuestro profesor, algo de lo que dijo consistió en las palabras siguientes:

“Todos concordamos en que este curso ha enriquecido enormemente nuestra práctica docente, pero también estamos de acuerdo en la necesidad de mejorar su estructura y contenidos en interés de mejorar su implementación posterior.

Esta reflexión adquiere matices particulares para los docentes participantes, y es del todo factible decir, que el curso sembró en nuestras mentes no sólo respuestas a preguntas que ya habíamos pensado, sino también preguntas sobre aspectos que tal vez ni siquiera habíamos imaginado. ¿Cómo llegamos a ser el maestro que ahora somos? ¿Qué es lo más importante que hemos aprendido hasta ahora como docentes? ¿Qué nos falta por aprender? Son cuestionamientos que sólo aquel que posea cabalmente el deseo de saber buscará responder. Y estamos seguros de que entre los maestros que participamos en el curso hay la energía suficiente para seguir adelante. Porque no sólo es cuestión de experiencia y conocimientos, también es cuestión de amor a lo que hacemos diariamente en las aulas de la escuela.

De quienes nos hemos preocupado por perfeccionar nuestro trabajo, jamás se podrá decir que alguna vez expresamos con melancolía: ‘jamás pensé que acabaría dando clases’; sino al contrario, llegará a decirse que con frecuencia hemos expresado que nos gusta hacer lo que hacemos, que nos gusta acompañar al otro en su camino como discente; o lo que es lo mismo, que es nuestra labor hacerle ver al otro lo que nunca ha visto.”

Palabras audaces si se considera que todo cuanto “debía decirse” en ese recinto estaba destinado para loar las bondades del curso recibido y no para criticarlo o analizarlo objetivamente. Como se dijo antes, una respuesta unitaria respecto a esta cuestión de la concordancia entre los valores practicados y declarados no es factible, pues aunque haya valores del maestro que apuestan por la educación, también hay un proceso que les resulta inherente, el cual además, se abre paso por entre una gama de posibilidades difíciles de predecir.

Como podrá deducirse, la no concordancia entre los valores practicados y los valores declarados ocasiona, con cierta frecuencia, que el maestro transmita a sus alumnos con su forma de trabajar, de actuar y de relacionarse con ellos ciertos valores que, o pueden marcar direcciones opuestas a las que se expresan o pueden ensalzar, precisamente, la poca congruencia entre los valores que se profesan y su puesta en práctica a través de comportamientos que supuestamente debían reflejarlos.

Los valores que el profesor transmite involuntariamente a sus alumnos pueden contribuir a que se produzcan consecuencias negativas y positivas. En el primer caso, por ejemplo, puede ocurrir que un alumno exprese abiertamente ante un profesor cuando éste ha incurrido en una contradicción. “Pero si usted no hace lo que siempre nos dice que hagamos” o “¡Qué pasó profe! ¿No que la cosa no era así?”, son algunas de las amonestaciones que los estudiantes pueden hacerle llegar a su profesor en estas circunstancias. En el segundo caso, en cambio, el profesor puede darse cuenta de los valores que inspira, por los comentarios y las formas de comportarse de sus estudiantes. Uno de ellos podría expresarle de viva voz, por ejemplo, su admiración por alguna de las cualidades que lo caracterizan y su deseo de emprender un camino similar al suyo en lo tocante a su forma particular de trabajar intelectualmente.

A raíz de tales consideraciones queda claro que hacer conciencia sobre la cuestión de los valores, implicada inherentemente con la práctica del docente, significa analizar más a fondo muchas de las situaciones que el profesor vive con sus alumnos, lo cual permitiría clarificar, si hay algún tipo de conflicto entre los valores que declara y los que practica o entre los que transmite de manera intencional y los que inspira involuntariamente a sus alumnos.



El contenido plasmado en este blog es producto de la reflexión de su autor, de sus colaboradores y de los pensadores que en él se citan. Cualquier semejanza con la realidad o alguna ficcón literaria, televisiva, psicótica paranoide o de cualquier otra índole es mera coincidencia

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