Lo que distingue al hombre

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Por el Psic. Fernando Reyes Baños

Estando Odiseo a punto de morir entre las serpenteantes murallas del desierto azul, llegó a su encuentro Poseidón, dios del Mar, para decirle que si le había reservado con tanto recelo cuantiosas adversidades durante su regreso a Ítaca, era porque deseaba que comprendiera que ellos, los dioses, eran el poder de donde emanaba todo cuanto había en el universo. Odiseo, que entonces se encontraba sostenido de tan sólo un pedazo de madera, postergó la reflexión correspondiente a lo que la deidad le dijera para varios días después, cuando se encontró al fin bajo el resguardo de una embarcación, perteneciente a un rey que le había ofrecido su ayuda para llevarlo. Fue ahí, mientras contemplaba el ocaso de otro día de navegación, cuando Odiseo dijo para sí mismo: “Al fin he comprendido que en el mundo donde estoy soy un hombre solamente, ni más ni menos.“ ¡Pero ay, una expresión semejante deja entrever mucho más de lo que a simple vista pareciera! Tanto las circunstancias que enmarcan nuestra vida como lo que pensamos, sentimos y hacemos todos los días son aspectos que no están a merced de las libertades que un ser supraterrenal se tome para aleccionarnos sobre quién manda a quién. En la actualidad sabemos, de hecho, que muchos de esos aspectos pueden ser explicados científicamente por medio de leyes afines con la naturaleza. Si no hay entonces ninguna deidad vengadora que nos obligue a repensar nuestro estar en la Tierra, ¿Cómo entender entonces las palabras dichas por el personaje homérico? ¿Qué significa ser solamente un hombre?

En un sentido lógico, el concepto hombre engloba en su contenido notas esenciales que lo vinculan con la conceptualización del resto de los animales por compartir con ellos algunas características, pero también incluye notas que lo distinguen claramente de todos ellos por referirse a características que le son propias.

Evidentemente, la capacidad de razonar marca un hito en la distinción que suele hacerse, casi por tradición, entre el hombre y el resto de las criaturas con las que comparte este planeta, pero de acuerdo a lo mencionado anteriormente, existen otras características que resultan importantes para considerar tal distinción. Estas notas en particular son constitutivas de lo que podríamos denominar un aspecto trascendental de nuestra esencia como humanos, porque tales características aluden a lo que nos distingue de todo cuanto conocemos. Es así como podemos preguntarnos: ¿Qué características debemos tomar en cuenta para comprender cabalmente una frase como: ser un hombre solamente en el mundo? Incluyendo al raciocinio, podríamos considerar los siguientes: historicidad, proyección a futuro, libre albedrío, responsabilidad, conceptualización y uso del tiempo, autocrítica, autotransformación y transformación del entorno, creatividad, cultura, risas y lágrimas, sistema córtico-ponto-cerebeloso, perseverancia y amor.

Veamos a continuación cada una de estas:

Raciocinio. El ser humano es la única criatura capaz de pensar sobre sí mismo, pensar sobre su mundo y pensar sobre su propio pensamiento. Cuenta con los recursos necesarios para crear sus propias herramientas, procurarse los satisfactores que le hagan falta para cubrir sus necesidades (tanto personales como de grupo) e inclusive, inventar necesidades y persuadir a sus semejantes para que las experimenten y deseen así eliminarlas posteriormente como si se tratara de algo urgente y poder ofrecerles, casi de inmediato, el satisfactor idóneo que por supuesto, también será de su invención.

Así como la vulnerabilidad del hombre parece obvia si comparamos su fortaleza física con cualquier evento que se suscita a una escala sideral, tales eventos parecen perder ventaja si usamos como parámetro nuestro raciocinio, que dicho sea de paso nos permite discriminar según sea el caso, a los grandes pensadores de aquellos que constantemente reaccionan tan solo ante las circunstancias. En la reclasificación que varios eruditos hicieran en la primera mitad del siglo XX de su obra, Blaise Pascal expresa maravillosamente esta idea de la siguiente forma:

“El hombre no es más que un junco, el más débil de la naturaleza, pero un junco que piensa. No es necesario que el Universo entero se arme para aplastarle. Un vapor, una gota de agua son bastantes para hacerle perecer. Pero aún cuando el Universo le aplaste, el hombre sería más noble que lo que le mata, porque él sabe que muere. Y la ventaja que el Universo tiene sobre él, el Universo no la conoce.”

El hombre es también capaz de desarrollar habilidades de pensamiento crítico y creativo con las que, o articula una nueva realidad a partir de la que ya existe dándole un enfoque diferente o construye una entidad argumentativa, espacial o artística, que tome referentes de las estructuras previamente establecidas, pero dándole un giro que procure ser auténtico. También, tiene la posibilidad de aplicar diferentes tipos de razonamientos según convenga al caso de que se trate, pudiendo ser algunos de estos razonamientos: el inductivo, el deductivo, el analítico, el sintético, el analógico, el axiomático, el heurístico y el semiológico.

Otro aspecto importante dentro de esta particularidad humana es la capacidad de abstraer, es decir, de rescatar de la singularidad de las cosas efímeras un símbolo que las represente en una entidad indiferente al tiempo y al espacio. De ahí que se diga que el lenguaje del hombre es simbólico y que su relación con sus semejantes y con su entorno físico inmediato es indirecta, porque entre él, los otros y lo demás se encuentra siempre interpuesto un devenir continuo de representaciones mentales, que le permiten contar con una explicación acerca de las personas y de la realidad, a los que puede interpretar desde una postura mítica, religiosa, filosófica o científica.

Creador de los pensamientos que utiliza e intermediario en la relación que establece entre su pensar y el ambiente que lo circunda, el hombre puede desafiar, gracias a su forma de comunicarse, su propia muerte, para trascender no sólo el tiempo que le toque vivir, sino también el espacio donde comúnmente habite.

Historicidad. Decía Marx: “Un pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla”; así, el hombre es una criatura que tiene conciencia sobre lo que ha hecho, hace y hará, y además, por la característica anterior, tiene la capacidad de reinterpretar ese pasado, dándole una connotación diferente y así vivir un momento más lúcido en el presente y sentirse libre para anticipar el futuro. De hecho, no sólo puede cambiar su manera de concebir los tiempos en los que ha estado, está o estará, sino también, de imaginar explicaciones alternas, de emitir diferentes conjeturas y de abrigar ciertos planes con respecto a los tiempos a los que les competan semejantes operaciones.

Proyección a futuro. Una metáfora de Marx expresa que el hombre y el topo son dos criaturas que cavan túneles, con la diferencia empero, de que el hombre define primero el plano del túnel que va a realizar y el topo se aventura inmediatamente a construir el túnel que lo llevará hacia algún lugar. Esto significa que el hombre, a diferencia de los animales, es capaz de concebir planes y programas que orienten su actividad, dándole un sentido a las cosas que realiza durante su vida. Pero eso no es todo. El hombre es capaz de abstraer del medio en el que vive construcciones ideales, que aún cuando no tengan vigencia material todavía, pueden ser concebidas mentalmente o expresadas y preservadas a partir de algún medio conveniente, para que puedan ser ejecutadas en un momento dado; lo que equivale a decir, que la intencionalidad del hombre se manifiesta en cada uno los proyectos que busca concretar en cierto plazo con base en un plan determinado. De esta manera, el hombre puede fijarse metas y ordenar racionalmente las actividades y el tiempo que le llevará su realización.

Libre albedrío. Veamos lo que algunas personas han opinado respecto a este rubro. Jean Paul Sartre, autor relacionado con “La filosofía de la angustia” por obras como Las moscas y La nausea, dijo alguna vez: “Estamos condenados a la libertad“. Por su parte, Víctor Frank, un psiquiatra judío, fue libre de pensar en su familia y en sus futuros libros mientras era prisionero en los campos de exterminio nazis, no eligiendo en cambio la alternativa que parece más obvia, es decir, pensar en el miedo, el hambre y el frío que seguramente estaba padeciendo en aquellos difíciles momentos, lo cual, probablemente no le hubiera sido muy útil porque la vivencia plena de circunstancias semejantes lo habría incapacitado para seguir adelante. Otro ejemplo es Fernando Savater, quien al dirigirse a su hijo de dieciséis años para explicarle entre otras cosas qué es la libertad, muestra la no tan evidente paradoja que encierra una extraña orden que rezaba “haz lo que quieras”:

“Si te digo ‘haz lo que quieras’ parece que te estoy dando de todas formas una orden, ‘haz eso y no lo otro’, aunque sea la orden de que actúes libremente. ¡Vaya orden más complicada, cuando se la examina de cerca! Si la cumples la desobedeces (porque haces lo que tú quieres en lugar de lo que yo te mando... ¡Pero eso es precisamente lo que te estoy mandando!) Créeme, no pretendo mantenerte en un rompecabezas (...)”

Finalmente, quién escribiera El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha escribió en cierto pasaje:

“(...) bien sé que no hay hechizos en el mundo que puedan mover y forzar la voluntad, como algunos simples piensan; que es libre nuestro albedrío, y no hay hierba ni encanto que lo fuerce (...)”

En suma, nuestros actos y hasta nuestros pensamientos y sentimientos, están bajo el yugo de la libertad, al contrario de lo que sucede con los animales, cuyo comportamiento sigue las directrices de un programa biológico. Esto es así, porque el ser humano es tan complejo que para poder entender su mundo, no basta con el discurso que proviene de las ciencias naturales, sino también, con aquellos saberes que estudian al hombre por las obras que a ha producido, por su convivencia con un grupo social y por su propia historicidad. La sola circunstancia de que, el hombre se humanice en un mundo artificial que es producto de sí mismo ya problematiza suficientemente nuestra compresión al respecto.

Responsabilidad. A lo largo de la historia se han dado teorías o descubrimientos que de una manera u otra, le han quitado al hombre un estatus que lo eleva a una categoría por encima de cualquier criatura con la que comparte el globo terráqueo. Así, casi a mediados del siglo XVI Copérnico sentó las bases para expulsar al hombre del centro de la Tierra para situarlo como el habitante de uno más de los planetas que pueblan el universo, Darwin rebajó con sus principios evolucionistas su calidad de “hijo de dios” para enraizar su origen en los animales inferiores y justificar su singularidad por la evolución de su especie y finalmente, Freud mermó desde los primeros años del siglo pasado la completa autonomía de la conciencia para enunciar que gran parte del comportamiento humano estaba determinado por el inconsciente. Sin embargo, y a pesar del determinismo emanado de algunas escuelas de pensamiento como el materialismo histórico o el conductismo, el hombre, en su pequeño rincón de existencia, es libre para escoger entre las opciones que se le presentan en su panorama cognoscitivo, y por lo tanto, es responsable de sus actos. No podemos negar que haya factores que sirvan de influencia para que el sujeto emplee su libertad de tal o cual manera, ni tampoco podríamos asegurar por esto mismo, como lo dijera Louis L. Hay (1992), que la persona es cien por ciento responsable de sus actos, ya que habrá situaciones especiales que ameriten un estudio más cuidadoso para entender cabalmente su significado. Lo que sí podemos decir es que, la responsabilidad que cada uno tiene para con sus actos como sujetos con libre albedrío, es mayor de la que comúnmente se piensa. No obstante, cuando la ocasión no es del todo favorable a nuestra conveniencia generalmente preferimos culpar de nuestras acciones u omisiones a otras personas o a muchas de las circunstancias subyacentes a las que vivimos, antes que aceptar que fue nuestro poder como personas lo que operó en ese momento y propició tales consecuencias. La razón de que se presente esta situación tan a menudo se debe a que aparentemente resulta más fácil culpar a nuestros maestros, a nuestros compañeros de trabajo, a nuestros padres, a nuestros vecinos o al gobierno, de lo que hacemos o no hacemos que asumir con entereza, la responsabilidad inherente a nuestra libertad de elegir aún cuando esta pueda parecernos de lo más insignificante.

Conceptualización y uso del tiempo. En muchas ocasiones he escuchado aquel adagio que fuera acuñado por primera vez por Benjamín Franklin en el siglo XVIII que reza “el tiempo vale oro” de personas que se referían a la importancia de hacer un buen uso del tiempo, debido básicamente a su inexorable paso y a la imposibilidad de hacerlo regresar. Fue por ello sorpresivo para mí encontrarme con la opinión del maestro Fernando Arias Galicia sobre esta frase, pues él considera que expresa un punto de vista mercantilista y deficiente sobre el tiempo porque implica que nuestra calidad de vida es un factor secundario, el cual depende casi en su totalidad, de la explotación que hagamos de algún recurso para obtener el mayor beneficio material posible en un periodo de tiempo determinado.

Ciertamente, dado que nuestra naturaleza implica un aspecto material, es de esperarse que luchemos por encontrar los medios materiales que nos den una cierta estabilidad económica, que nos permitan gozar de ciertos beneficios que aporten mayor seguridad y comodidad a nuestra existencia para poder así, dedicarnos a otros aspectos que apuntan a una dirección más allá de lo tangible para nuestros sentidos. Es por ello, que Erich Fromm en su discursiva apologética acerca del acto de dar cosas materiales escribe que:

“Sólo un individuo privado de todo lo que está más allá de las necesidades elementales para la subsistencia sería incapaz de gozar con el acto de dar cosas materiales. La experiencia diaria demuestra, empero, que lo que cada persona considera necesidades mínimas depende tanto de su carácter como de sus posesiones reales (...) No obstante, la pobreza que sobrepasa un cierto límite puede impedir dar, y es, en consecuencia, degradante, no sólo a causa del sufrimiento directo que ocasiona, sino porque priva a los pobres de la alegría de dar.”

Es necesario dilucidar que, la esfera más importante del acto de dar no es la que corresponde a las cosas materiales y que esta alegría de dar, equivale en nuestro caso, a la satisfacción que cualquier persona puede experimentar cuando, teniendo los medios adecuados, logra alcanzar una meta que lo haga trascender su singularidad como individuo. Por supuesto que, siempre habrá quienes confundan los fines con los medios o se ubiquen tan sólo en lo que aparenta ser relativo al ser humano con exclusión de cualquier otro aspecto y se olviden de lo que Bazdrech y Villegas (1994) llaman apertura a lo ilimitado, es decir, la posibilidad de alcanzar el Todo a partir de algunas de sus partes, lo cual aunque pueda parecer “difícil” o metafísico (o también parecer difícil por vislumbrarse metafísico), se acopla a una necesidad de trascendencia del hombre, donde la finalidad es él mismo y no los medios que debieran servir a este propósito.

El tiempo es algo más que una oportunidad que debe aprovecharse con fines utilitarios. Esto no significa que deba excluirse de la comprensión correspondiente a este concepto la idea con la que se le ha relacionado hasta ahora, aunque parece definitivo la necesidad de aceptarla con mayor frugalidad, significa más bien que dentro de su definición debe haber cabida para una connotación más, a saber: que el tiempo es vida y como tal, resulta sensato que adquiramos conciencia acerca de nuestra responsabilidad hacia su uso, así como también, de la finitud por la que nos caracterizamos dentro de su cause. Creemos con honestidad que la inclusión de semejante nota resulta demasiado importante como para seguir concibiendo al tiempo solamente de forma ortodoxa.

Autocrítica. ¿Quién no ha sentido indignación o aflicción al menos una vez en su vida cuando otros nos critican de mala o buena fe algún aspecto de nuestra persona que no es tan positivo o conveniente como habíamos creído, y que por lo mismo no reconocemos con facilidad, aún cuando ambas partes tengan la seguridad de que es cierto? En muchas ocasiones he presenciado cómo la verdad de algunas sentencias emitidas por alguien sobre cierto tipo de comportamiento o cualidad física hieren la susceptibilidad del destinatario, quien termina por defenderse detrás de una justificación o de una ofensa sin fundamentos e inclusive, de una crítica para quien “lanzara la primera piedra”, pudiendo resultar ésta tan exacta como la primera y provocando por consiguiente, una sensación tan dolorosa para esa persona como lo fue la primera para su interlocutor. Lo anterior apunta a un círculo vicioso, que lejos de posibilitar el desarrollo humano o de convertir los contactos con nuestros semejantes en relaciones (que no es lo mismo, dado que el grado de compenetración diferencia la superficialidad y la trascendencia que puede caracterizar el encuentro interpersonal), obstaculiza nuestra aprehensión consciente de una cualidad privativa del ser humano, que está ahí porque no somos perfectos, aunque sí tengamos la posibilidad de perfeccionarnos constantemente. La cuestión es que, siempre nos encontraremos en “proceso de” y nunca “llegados a“, porque de lo contrario, tal condición exhortaría a nuestra naturaleza humana a trasmutar en otra cosa.

Paulo Freire (1996) se refería a esta cuestión afirmando que, el ser humano “es y se sabe inacabado”, pero parece ser que la mayoría de las personas haya difícil aceptar este “inacabamiento” y en lugar de aceptarlo y hacer algo para hacer su rango cada vez más estrecho (dejando asentado que siempre quedará de cualquier manera un tramo por recorrer por medio de la educación) prefieren, por ejemplo, proyectar muchas de esas ausencias en otras personas, haciéndolas responsables de aquello que les es legítimo.

Autotransformación y transformación del entorno. Remitámonos a las ideas que John Locke expusiera en el siglo XVII (Hospers, 1972), cuando afirmaba que el ser humano era como una “tabla rasa” al venir al mundo y que su contacto con el medio circundante teñía de ideas el continente vacío de su mente. Para él, los objetos externos aportan a los sentidos del hombre su existir por medio de las sensaciones, las cuales, son susceptibles de ser percibidas por nosotros y convertidas así en ideas simples. Hasta aquí no hay problema. Tanto el hombre como el resto de los animales tienen sensaciones y tienen una percepción particular de las mismas. Ambos se percatan de una realidad, que dada su complejidad, permite la aprehensión a la vez de sólo alguno de los aspectos que la integran, ya sea que se trate de una idea cuya fuente es externa, ya sea que se trate de una idea sobre lo que ocurre en el organismo. La diferencia empieza a hacerse palpable cuando Locke expresa que el hombre, además de las ideas simples, también cuenta con ideas compuestas. Llamó a las primeras sensaciones e identificó a las segundas con el nombre genérico de reflexión. El hombre obtiene de su experiencia con el mundo sensaciones, que son ideas sobre los objetos, y hasta aquí, su mente resulta un agente pasivo con relación al mundo en el que habita, ya que únicamente se ocupa de reflejar, como si de un espejo se tratase, los elementos básicos que en su complejo existir conforman la realidad. Pero da un paso más allá al crear relaciones entre las ideas que ha puesto en él como reflejo de todo cuanto le rodea, de manera que aquello que surge de su pensar, resulta diferente a lo que habita fuera de él, aunque paradójicamente su génesis haya tenido lugar en el exterior.

Decir entonces que el hombre es un agente activo en la realidad en la que vive, se refiere a esa capacidad que tiene de visualizar en su mente el mundo que más tarde construirá de manera concreta, lo que poco a poco lo conducirá a modificar esa realidad de algún modo, hasta poder transformarla e irla transformando en lo que su reflexión plantea como modelo ideal a alcanzar. En esto estriba precisamente la diferencia que en este caso estamos señalando entre nosotros y el resto de los animales. Gracias a esta capacidad podemos participar en una experiencia dialéctica entre nuestra mente y nuestro entorno, para tener la oportunidad (entre otras cosas) de ser constructores de nuestro destino, en lugar de resignarnos solamente a lo que podemos captar del mundo a modo de representaciones sensoriales. Sin embargo, es importante aclarar que para lograr nuestro papel como constructores del mundo, como agentes activos en el diseño de nuestro destino, es necesario que haya un proceso que no solamente procure la repetición sin sentido o el vaciado de un contenido que se cree conveniente para un continente que “parece” no tener ideas a priori, sino que contemple la transformación como una potencialidad que debe ser descubierta y desarrollada a partir de experiencias significativas que permitan el autodescubrimiento, la autorrealización y la autotransformación. Este proceso se llama educación.

Creatividad. Es una habilidad del pensamiento que se traduce en una nueva configuración de los elementos que conforman algún fragmento de la realidad que nos circunda. No es tanto la innovación manifestada por algo completamente desconocido para los demás, sino la combinación diferente que hace que ese nuevo producto sea algo original. “No hay nada nuevo bajo el sol”, afirma Eclesiastés en el libro sagrado de los hebreos (aunque ciertamente dudo que sepamos con precisión cuán basto sea el mundo que se encuentra bajo los rayos solares), pero lo que sí podría tener un cierto grado de innovación es la relación diferente que el hombre hace de los elementos conocidos por todos, tal y como cada uno de nosotros lo hace a su manera en el mundo de los sueños.

Cultura. A través de la historia, las distintas generaciones (que han dado contenido y forma en distinta proporción a la historia del hombre) han instrumentado sus propias normas y fomentado su continuidad por medio de la educación. Es así como el hombre, al venir al mundo, no sólo debe adaptarse a un mundo natural, sino que también debe adaptarse a un mundo creado por las generaciones precedentes, y que actualmente sigue siendo transformado, por la acción de sus coetáneos y el resto de la humanidad. De esta manera, el universo del hombre guarda un aspecto material junto a otros aspectos de diversa índole, tales como el lingüístico, el procedimental, el normativo, etcétera.

Risas y lágrimas. Casi desde los inicios de la literatura, a través de fábulas, bestiarios e himnos, el hombre ha caracterizado a otras especies animales con las facciones que antaño lo han distinguido a él mismo de todas ellas. En una obra que rinde tributo a los cantos atribuidos a Homero, por ejemplo, nos encontramos con una figura poética que utiliza al mayor de los felinos para hacer algunas puntualizaciones acerca de la intención y el deseo previo a la acción humana:

“(...) se puso en marcha como el montaraz león que en mucho tiempo no ha probado la carne y su ánimo audaz lo impele a acometer un rebaño de ovejas yendo a la alquería sólidamente construida; y aunque en ella encuentre hombres que guardan las ovejas armados con venablos y provistos de perros, no quiere que lo echen del establo sin intentar el ataque, hasta que saltando dentro, o consigue hacer presa o es herido por un venablo que ágil mano le arroja; del mismo modo el deiforme Sarpedón se sentía impulsado por su ánimo a saltar el muro y destruir los parapetos”.

Sin embargo, atribuir pensamientos, sentimientos o motivos humanos a los animales como una forma de explicar su comportamiento, equiparándolo así, con las obras que son producto de las acciones u omisiones que corresponden a nuestra especie, puede conducirnos a caer en lo que Dennis Coon (1999) denomina error antropomórfico, debido básicamente, a que somos en realidad los únicos animales capaces de sentir alegría y tristeza y manifestar orgánicamente el efecto que estas emociones aportan a la totalidad de nuestro ser. Ciertamente las hienas parecerían compartir al menos la risa con el hombre, así como otros animales, tales como los perros y los gatos, pero el hecho de que estas conductas estén bajo un programa biológico implacable invalida dicha comparación. Además, que en el hombre se dan hechos curiosos. Un ejemplo de ello, son las sustancias llamadas endocrinas que son secretadas por nuestro cuerpo como producto de la risa o de alguna actividad placentera. Ello demuestra de alguna manera la unidad que mente y cuerpo son en el hombre. Cuando el hombre llora o ríe, todo él se siente triste o feliz.

Sistema córtico-ponto-cerebeloso. Nos permite coordinar movimientos finos ligados a una función mental. Esto significa, que somos el único animal que puede ser capaz de controlar su cuerpo con la precisión necesaria como para bailar una pieza de ballet o para interpretar con un violín una pieza musical. Además, de lograr trabajos que requieren cierta coordinación de movimientos efectuados simultáneamente.

Control progresivo de los instintos. Hemos logrado controlar los mandatos que tienen su origen en la parte biológica de nuestro ser, lo suficiente como para crear cultura y civilización. Somos los únicos que podemos llegar a posponer la satisfacción de nuestros instintos en aras de cumplir metas más allá de esos designios y darle existencia por ejemplo, a una obra maestra o a un orden social. Nuestro orden tiene que ver con una restricción a, por ejemplo, nuestra sexualidad y el libre cauce de nuestra agresividad, y con ello hemos construido mundos materiales e inmateriales, aunque también por ello, hemos dado origen a enfermedades privativas a nuestro género. El hombre construye a los ángeles que han de salvaguardar su paso por la madre tierra, pero también despierta en su lucha por crecer a demonios propios de sus sueños de grandeza.

Perseverancia. No sólo nos marcamos objetivos, también tenemos la voluntad de mantener la actividad que posibilite el cumplimiento de los mismos. Efectivamente, de nada nos serviría trazarnos planes con la expectativa de realizar en algún momento grandes proyectos, si no tuviéramos la persistencia que nos diera ánimos para seguir luchando y alcanzar el éxito.

Amor. Finalmente, ninguna lista que tratara de abarcar las características que distinguen a nuestra especie del resto de los animales estaría completa si no hiciera alguna mención sobre nuestra capacidad de amar.

Actualmente mucho es lo que se dice acerca de esta capacidad en los medios masivos de comunicación por la promoción que grandes empresas realizan sobre las obras que ellas mismas llevan a cabo supuestamente por amor a los niños, a los enfermos o por el bien del planeta. Simultáneamente, muchas son las cosas que se llegan a suponer también en la esfera de lo individual. Hay quienes se aventuran a sostener, por ejemplo, que conocen de amor y sosegadamente permiten que su comportamiento cotidiano se rija por ciertas ideas pertenecientes al sentido común (que ocasionalmente tiene más de común que de sentido) aún cuando la más de las veces su contenido pueda resultar erróneo, debido principalmente, a que su puesta en práctica termina en una situación caótica para quienes se hayan involucrados. Ante tal panorama, ¿Qué aportación podría adjetivarse en nuestro caso como valedera? En primer lugar, la consideración de que el amor es una propiedad exclusiva del ser humano. Quien haya tratado de divisar esta propiedad en los graciosos actos de su mascota o haya creído percatarse de su contraparte, el odio, en los ojos de un tiburón al momento de ser atacado por éste, ha sido testigo solamente de sus propias proyecciones instigadas por la esperanza de sentirse realmente acompañado o por el deseo de justificar su infortunio. Así pues, no existe afuera del mundo artificial creado por el hombre, nada parecido a esta propiedad de la que se habla y se supone tanto porque el mundo natural, que sirve de marco a nuestra existencia, se caracteriza en este rubro por su absoluta indiferencia. Pero, ¿Cómo se hizo el hombre de semejante propiedad? Una de las hipótesis más originales al respecto la encontramos en una de las obras de corte sociológico de Sigmund Freud. Citaremos a continuación con cierta extensión algunos de los pasajes más ilustrativos:

“Después que el hombre primordial hubo descubierto que estaba en su mano __ entiéndaselo literalmente __ mejorar su suerte sobre la Tierra mediante el trabajo, no pudo serle indiferente que otro trabajara con él o contra él. Así el otro adquirió el valor del colaborador, con quien era útil vivir en común. Aún antes, en su prehistoria antropoide, el hombre había cobrado el hábito de formar familias; es probable que los miembros de la familia fueran sus primeros auxiliares. Cabe conjeturar que la fundación misma de la familia se enlazó con el hecho de que la necesidad de satisfacción genital dejó de emerger como un huésped que aparecía de pronto en casa de alguien, y tras su despedida no daba más noticias de sí; antes bien, se instaló en el individuo como pensionista. (...) Por consiguiente, la convivencia de los seres humanos tuvo un fundamento doble: la compulsión al trabajo, creada por el apremio exterior, y el poder del amor, pues el varón no quería estar privado de la mujer como objeto sexual y ella no quería separarse del hijo, carne de su carne. (...) El primer resultado de esta (fase) fue que una mayor cantidad de seres humanos pudo permanecer en comunidad. (...) “Amor” designa (entonces) el vínculo entre varón y mujer, que fundaron una familia sobre la base de sus necesidades genitales; pero también se da ese nombre a los sentimientos positivos entre padres e hijos, entre los hermanos dentro de la familia, aunque por nuestra parte debemos describir tales vínculos como amor de meta inhibida, como ternura.”


Más allá de conjeturas como ésta, lo más importante a considerar bien podría ser el sentido que cada uno de nosotros ha llegado a formarse del amor. Por nuestra parte, pensamos que su principal función es hacer que alguien, diferente a uno mismo, crezca con plenitud. Esto significa que, si yo amo a una persona entonces trataré de buscar su desarrollo porque estoy interesado en que ésta explote y actualice por completo sus potencialidades. Lo interesante es que, haciendo esto podemos descubrir que aquello que hicimos y aportamos de nosotros mismos para ayudarle a crecer plenamente, ha propiciado también nuestro propio desarrollo. Esto hace sospechar que, sólo en comunión con otros es como podemos aspirar alcanzar la respuesta a muchas de las preguntas que cada uno tiene en cierto momento acerca de la vida. Amar es por tanto, encuentro con personas y unión de todo cuanto es uno con aquello que ama para formar una unidad coherente con el universo.

Ante tales características, mismas que en conjunto constituyen eso que hemos denominado el aspecto trascendental acerca de nuestra esencia como humanos, cabe conjeturar, tras realizar una sencilla contrastación con una realidad compleja y henchida de matices, que aún cuando cada una sea inherente y privativa a todo ser humano, todas ellas tienden a manifestarse de un modo más o menos diferente en cada caso en particular, es decir, que todas las características descritas están potencialmente presentes de una forma u otra en cualquier persona debido a su relación con el género humano, pero cada una llega a materializarse sincrónicamente en diferentes grados cada vez que alguien ejecuta alguna acción dentro de un marco dado de circunstancias.

Por tales reflexiones, resulta importante considerar un último cuestionamiento: si la adquisición, desarrollo y/o adopción de todas o cualquiera de las características que hemos mencionado es posible, ¿Por qué razón las sociedades no han podido aprovechar la posibilidad que tales características presentan para cultivar lo que es inherente a la humanidad de un modo mejor? Más de una voz contestaría a esta pregunta arguyendo algo como: “sí, la sociedad ha podido cultivar en el hombre características que de hecho son inherentes a su naturaleza (y seguramente también, otras que no lo son tanto)” A lo largo de la historia hemos creado diversos aparatos ideológicos para educar a los individuos bajo cierta clase de parámetros, cada vez diferentes a los anteriores pero siempre efectivos. Instituciones como la iglesia, la familia y los medios masivos de comunicación se han encargado de su formación. El problema no es si las sociedades han podido o no aprovechar tales características para cultivarlas más eficazmente para algún fin, sino a qué dirección nos encaminamos los hombres (y a las mujeres) cuando las sociedades establecen que debemos cultivar tales o cuales características. Expresamos nuestra total aprobación a este segundo cuestionamiento por la mayor precisión con que está planteado. Pero también, nuestra total incertidumbre por ahora al respecto. Más aún, si consideramos que entre el hombre y la sociedad nos es posible vislumbrar un proceso dialéctico que confiere cierto grado de responsabilidad a una y a otra parte para lo que se establece, debemos admitir que el panorama, complicado de por sí, se vuelve todavía más complejo.

Concluiremos diciendo que, los hombres somos seres eminentemente complejos y que nos harán falta cuantiosas pesquisas para extraer cuestiones clarificadoras sobre nosotros mismos. Ahora más que nunca nos parece importante que haya un hombre en algún lugar que piense en voz alta algo como lo que dijo el personaje homérico: “Al fin he comprendido que en el mundo donde estoy soy un hombre solamente, ni más ni menos”, para que le preguntemos qué quiso decir con ello.


REFERENCIAS

Andrés Pueyo, Antonio (1999), Manual de psicología diferencial, España: Mcgraw-hill.

E. Tyler, Leona (1972), Psicología de las diferencias humanas, España: Marova.

Bazdrésch, Juán y Villegas, Patricia (1994). Introducción al problema del hombre. México: Editado por la Universidad Iberoamericana.

Braunstein, Néstor A., Marcelo Pasternac, Gloria Benedito, et. al. (1990),

Psicología: ideología y ciencia. México : Siglo XXI.

Chalmers, Alan F. (1999), ¿Qué es esa cosa llamada ciencia?, México: Ed. Siglo XXI.

Coon, Dennis (1999). Psicología. Exploración y aplicaciones (8° ed.). México: International Thomson Editores.

De Bono, Edward (2000), El pensamiento paralelo, México: Piados.

De Cervantes Saavedra, Miguel (1985). El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha (5° publicación). México: Fernández editores S. A.

Freire, Paulo (1996). La educación como práctica de la libertad (44° ed.). México: Siglo Veintiuno editores.

Freud, Sigmund (1996). El malestar en la cultura. Argentina: Amorrortu.

Fromm, Erich (1993). El arte de amar. México: Paidós.

Hay, Louise L. (1992). Tú puedes sanar tu vida (3° imp.). México: Diana.

Hospers, J. (1972). Introducción al análisis filosófico. México: Alianza editorial.

Ojeda, Jorge Arturo (1982). De Troya a Ítaca. México: Premia editora.

Pascal, Blaise (1999). Pensamientos. España: Folio.

Rubio y Rubio, Alfonso (1983). Lógica filosófica. México: Secretaría de Educación Pública (SEP).

Savater, Fernando (1998). Ética para Amador. México: Ariel.

2 Comentarios:

Nadia dijo...

"Solo soy un hombre"...me hace pensar en la conocida impotencia que sentimos ante las deidades, gobiernos, clases, prejucios y leyes que rigen nuestras vidas. Estamos a merced de un gran mecanismo de dominacion que va desde lo obvio hast lo sutil. Dominacion contra la que poco podemos hacer, y si, aunque contamos con libre albedrio nuestras "libres" decisiones son influenciadas por nuestras concepciones de bien y mal. Concepciones que casualmente fueron formadas a lo largo de nuestra historicidad viviendo bajo el dominio de la ideologia correspondiente a nuestro tiempo. En un tipico ejemplo de proyeccion, creo que Odiseo ventilaba la frustracion que sentia al luchar contra fuerzas colosales creadas, defendidas y temidas por los hombres. quizas Zeus y Odiseo sean una metafora para dominacion y hombre que osa luchar por liberarse.

F dijo...

Cierto. Sería interesante también preguntarse si los "dioses" son más libres que los hombres y pueden, a diferencia de aquellos, actuar con plena libertad. Todo parecería indicar que si, pero... ¿Qué sería de esas deidades si no hubiera alguien que las adorase? ¿Acaso cabe sospechar una tenebrosa dependencia que da cierto sentido a esta historia mítica? Muchas gracias por tu comentario Nadia y espero que haya muchos más. Saludos de México a Cuba



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