Por la Psic. Laura Elizabeth Martínez Hernández


Es indudable que el fenómeno de las agresiones sexuales en México sigue representando una gran preocupación debido a su permanencia. Derivado de ello, se cuenta con la recomendación de especialistas en la materia para que se analice la efectividad en la aplicación de las medidas de atención, consideradas a nivel de tratamiento psicológico y jurídico.

El alto número de casos reportados de agresiones sexuales lleva a cuestionarnos si las acciones legales que establecen los códigos penales de nuestro país son los adecuados para que se lleven a cabo acciones efectivas que permitan erradicar dicha problemática, hablando tanto de casos de mujeres violadas, como de abuso sexual a menores, población considerada en los márgenes de los casos más frecuentes y típicos.





Sin embargo, también es importante contemplar la gran diversidad de la naturaleza humana, tomando en cuenta que las estadísticas quizá nos lleven a minimizar la presencia de aquellos casos que podrían ser considerados como atípicos tanto en la “naturaleza” del mismo acto como en su encuadre jurídico.

En ese sentido, El Lic. Eduardo Cevallos de Labra [1], en su artículo ¿Qué es la violación sexual?, señala que el código penal reconoce el acto de violación basado en la definición de cópula: “introducción del miembro viril”, equiparable con la introducción de cualquier objeto diferente al miembro viril en orificios corporales. Dicha definición excluye la posibilidad de que la mujer pueda ser sujeto activo en el acto de la violación sexual debido a su anatomía, lo cual trasciende en la dificultad jurídica para demostrar la agresión.

Como ejemplo de ello, el Dr. José Antonio García Andrade [2] comenta sobre “ las denuncias en dos ocasiones distintas que sendos padres de muchachos débiles mentales hicieron sobre sus vecinas, a las que acusaron de haber violado a sus hijos, en un auténtico abuso de la libertad sexual, al entender que la condición patológica de sus hijos, con índices intelectuales precarios, no les permitía conocer, discurrir y futurizar (sic) el alcance del coito al que les había lanzado esas dos mujeres, ya maduras y no muy agraciadas”.

Sin embargo, se van revelando datos, sobretodo en el rubro del abuso sexual hacia menores, asomando la presencia de mujeres adolescentes o adultas induciendo a menores (niñas o niños) a realizar actos sexuales. Aunque más allá de las estadísticas y reportes de investigación, resulta frecuente saber de persona a persona acerca de muchos casos en la que en la juventud de algunos varones, les tocó experimentar insinuaciones sexuales de parte de mujeres mayores, e incluso haber tenido sus primeras experiencias sexuales con señoras amigas de sus madres, vecinas, profesoras, etc.

Desde el punto de vista psicológico, es factible recurrir a las diferencias en la educación sexual para hombres y mujeres, donde la sociedad sigue generando expectativas de una actitud más recatada, discreta y sin iniciativa respecto a la relación sexual por parte de la mujer. Aunque como se acaba de mencionar, la revelación de casos donde la mujer es quien a través de la violencia moral o física también llega a agredir sexualmente, rompe con el mito de su pasividad, resultando la discrecionalidad de la mujer como un rasgo que permite llevar a cabo este tipo de acercamientos.

Los mitos acerca de la sexualidad femenina se ven confrontados cuando son compartidas las experiencias de algunos varones. Recientemente se trató un caso en Estados Unidos de una maestra acusada de pedofilia por mantener relaciones sexuales con un muchacho de trece o catorce años. El abogado defensor mencionaba que “esto es una práctica "normal" ya que la mujer no agredía al joven, el muchacho lo hacia con gusto y no estaba afectado psicológicamente.”

La discusión entonces se puede definir en términos de la naturaleza misma del acto de seducción de la mujer hacia el varón, y la consideración de que represente o no una experiencia traumática, dado que las consecuencias de primera instancia pueden señalarse más enfocadas en razón de una afectación en su normal desarrollo psicosexual, es decir, adelantar en el proceso de descubrimiento de su sexualidad al menor, lo cual ya es considerado factible de otorgar penalidad por el Código Penal del Distrito Federal en tales términos.

Hablar de pedofilia femenina como tal es retomar el fenómeno como una realidad, donde el abuso suele ser más bien de índole emocional, pero no por ello menos importante que los casos de acoso cometidos por un pedófilo masculino. Los casos reportados predominan en el ámbito docente (escuela primaria), pero también existen aquellos intrafamiliares, una tía o una hermana mayor por ejemplo, en los que la agresora puede ser tanto homosexual como heterosexual.

Ahora bien, además de los casos de abuso sexual hacia menores, cabe abrir la discusión hacia los casos en los cuales la agresión de tipo sexual se da de la mujer al varón. A la par del acoso sexual, el uso de las relaciones sexuales como medio de control por parte de algunas mujeres se hace presente en relaciones donde el varón adopta posturas pasivas. Sucede entonces que se condiciona la relación sexual, se hace burla de la sexualidad del varón y se llega incluso a la agresión física en el acto sexual por parte de la mujer, en el sometimiento del varón que socialmente es juzgado si responde también de forma agresiva.

Este tipo de casos son difíciles de captar, ya que el varón se siente confrontado en su masculinidad y “virilidad”, puesto que se vive con los roles invertidos quedando como sujeto pasivo del acto, recibiendo agresiones psicológicas y físicas (usualmente siendo rasguñados por la mujer), e inclusive experimentando relaciones sexuales dolorosas infringidas por la mujer. Aceptar ante los demás una experiencia de éste tipo, pone en duda su masculinidad en los cánones de la sociedad patriarcal.

A manera de conclusión me permito plantear que vale la pena impulsar el trabajo de investigación en torno al fenómeno de la mujer como sujeto activo de la agresión sexual, para que con ello se logren determinar claros lineamientos que remitan tanto al encuadre jurídico de tales casos, como para el abordaje de la atención psicológica.

La apertura en la educación sexual para los menores, mejorar la comunicación entre padres e hijos y el fortalecimiento de los lazos afectivos siguen siendo las medidas preventivas más efectivas ante la posibilidad de una agresión sexual, pero también abrir los ojos hacia lo que está sucediendo, sin negarlo, y tomar acciones que nos lleven hacia su erradicación.


Referencias:

[1] Lic. Eduardo Cevallos de Labra. “Qué es la violación sexual”, en
http://periplosenred.blogspot.com/2007/08/qu-es-la-violacin-sexual.html
[2] http://manuelcarballal.blogspot.com/2007/03/el-perfil-el-agresor-sexual.html


Bibliografía sugerida:

- Lore Aresti. La violencia impune. Fondo Cultural Albergues de México I.A.P. Segunda impresión, México, 1999.
- David Finkelhor. Abuso sexual al menor. Editorial Pax-México. Sexta reimpresión, 1980.
- Fox Robin. La lámpara roja del incesto.. Fondo de Cultura Económica.



El contenido plasmado en este blog es producto de la reflexión de su autor, de sus colaboradores y de los pensadores que en él se citan. Cualquier semejanza con la realidad o alguna ficcón literaria, televisiva, psicótica paranoide o de cualquier otra índole es mera coincidencia

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