Por el Psic. Fernando Reyes Baños


Aunque el término "intelectual" comenzó a usarse como sustantivo desde el Siglo XVII en Inglaterra, la existencia de quienes han buscado intensamente el conocimiento de los símbolos, nuestro mundo y el cosmos, data de tiempos muy remotos. Con el ascenso del intelectual laico, la influencia de los intelectuales durante los últimos doscientos años ha crecido sin cesar, a grado tal que el cumplimiento de su función en la sociedad, ha sido determinante para la configuración del mundo tal y como lo conocemos actualmente.

Una característica de nuestro tiempo es que el acceso al conocimiento y la producción ideológico-cultural se han democratizado, gracias a condiciones muy distintas a las que vivió la sociedad europea del Siglo XVI, lo cual ha motivado a muchos estudiosos, a formular un significado del término “intelectual” más ad hoc con estas nuevas condiciones. Lo anterior no significa que el significado e importancia social de este término haya perdido vigencia, sino que éste ha cobrado nuevas connotaciones.

Sin embargo, el objetivo que nos proponemos alcanzar con este escrito es mucho menos ambicioso. Se trata de responder a una simple pregunta: ¿quiénes son los intelectuales? Para ello: distinguiremos este término de otros con los que se le ha confundido, precisaremos su significado y propondremos una definición propia, misma que complementaremos con otras ideas colaterales para formular, finalmente, algunas conclusiones. Las preguntas particulares que nos servirán de guía durante este escrito serán las siguientes: ¿Un intelectual es todo aquel que trabaja “con la cabeza”? ¿Los universitarios y la gente culta son intelectuales? ¿Los intelectuales son un grupo distinguible en la sociedad? ¿Qué función cumplen los intelectuales? ¿Un profesor es un intelectual? ¿Qué papel tienen los intelectuales en la sociedad?


Trabajo intelectual

Cuando la gente habla de los intelectuales, con frecuencia, hace alusión a quienes trabajan con su cabeza (Eco, 2007). Resulta tentador referirse al tipo de trabajo que la gente hace, ya sea con la cabeza o con las manos, como criterio para definir lo que es un intelectual (Bolívar Meza, 2002); sin embargo resulta evidente, en primer instancia, la simplicidad de tal consideración, más aún si se revisan dos aspectos que desde lejos se entrevén problemáticos.

Primero, ¿de quiénes podría decirse que trabajan con la cabeza? Francois Bourricaud enlista a quienes podría hacerse esta referencia: eruditos, escritores, artistas, científicos y expertos pertenecientes a una categoría social calificada; sin embargo, esta lista podría ser mucho más extensa porque así como podría calificarse de intelectual el trabajo que realizan filósofos, científicos y profesores, también podría calificarse de intelectual el que realizan empleados de banco, notarios, y en algunos casos, el que efectúan técnicos de toda clase en el sector terciario; aunque paradójicamente, no sería posible incluir en esta categoría a quienes ejecutan trabajos tan delicados como la cirugía o la escultura.

Segundo, las condiciones de nuestro mundo actual han difuminado la línea que antaño parecía dividir, tan claramente, el trabajo intelectual del trabajo manual. Al respecto, Villamarín C., Marcelo (2004) afirma: “Al hacerse infinitamente más complejas las relaciones sociales, atravesadas por un modo de producción que integra en un mismo proceso funciones intelectuales y manuales, pierde vigencia la separación entre el trabajo intelectual y el trabajo manual o, al menos, la diferencia se hace muy sutil (…)”

Aunque el trabajo desempeñado por un cajero o un controlador de vuelo, por ejemplo, pueda parecernos en algún momento difícil e intrincado, la mayoría de nosotros estaría de acuerdo en que resultaría difícil pensar en ellos como intelectuales en tanto que, nuestras dudas serían menos, si el blanco de nuestras evaluaciones fueran un escritor o un pintor. Quizá el problema radique, justamente, en el criterio que estamos considerando para definir a los intelectuales. Dicho problema se torna más evidente cuando, atendiendo a lo escrito por Eco, nos preguntamos por la finalidad que tienen ambos tipos de trabajo (el manual y el intelectual), a lo cual, Eco responde: “Hacer bien las cosas”. Creo que todos podríamos tener cierta claridad acerca de lo que significa el hecho de que los profesionistas, los burócratas, los empleados, los técnicos y los administradores hagan bien su trabajo. A grosso modo, independientemente de que su trabajo lo hagan con las manos, con la cabeza o más en parte con una que con otra, que cualquiera de ellos haga bien las cosas equivale a decir que la finalidad de su trabajo es generar los elementos que faciliten o resuelvan efectivamente un problema determinado. Pero hacer bien las cosas, ¿convierte a quien “trabaja con la cabeza” en intelectual? No si aceptamos, a partir de este punto, que los términos “intelectual” y “trabajador intelectual”, de acuerdo a lo que revisaremos más adelante, no significan lo mismo. Del científico, del administrador, del analista en sistemas, etc., podríamos decir que son profesionistas exitosos, altamente reconocidos en el ámbito de su disciplina o que son, simplemente, eficientes en lo que hacen, pero no podríamos decir que por tales atribuciones pueda calificárseles, automáticamente, también como intelectuales, lo que no significa que la posibilidad de que puedan serlo en algún momento, pueda descartarse de manera definitiva.

Si aceptamos que "trabajador intelectual", según lo expresa Bolívar Meza, es quien “(…) realiza un trabajo cuyo esfuerzo descansa en el cerebro, por oposición al trabajo manual que descansa en un esfuerzo muscular-nervioso.” y que este término representa una idea distinta a lo que, sin adelantarnos, entenderemos por "intelectual", resulta evidente que, por el tipo de actividad que realicemos, podríamos ubicarnos en algún punto entre dos tipos de trabajo: uno de naturaleza manual y otro de naturaleza intelectual, lo cual no significa que, en algún momento, haya una ausencia total de uno y una presencia total del otro, como tampoco que por ubicar el tipo de actividad que desempeñamos lo más próximo al extremo de lo intelectual seamos, automáticamente, intelectuales.


Universitarios y gente culta

Muchas veces se confunde a los intelectuales con quienes poseen un título universitario y/o ejercen una profesión, lo cual representa según Bolivar Meza, una asociación poco afortunada porque, aún cuando un intelectual pueda ser miembro de una profesión cualquiera o tenga nexos con algún cuerpo colegiado, no deja de ser un hecho que mientras a unos profesionales podría reconocérseles como intelectuales, a la mayoría de ellos debería seguir denominándoseles profesionales a secas. ¿Por qué? Porque el conocimiento técnico, que liga a quien lo aplica al servicio de una profesión determinada, sumerge al profesional en la búsqueda de respuestas concretas a problemas concretos (situación no muy distinta a la que envuelve, de hecho, a la mayoría de las personas); en tanto que los intelectuales, quienes podrían compartir con los profesionistas los mismos títulos universitarios, presentan en su forma de ser y hacer las cosas cualidades distintas, a saber: una ferviente devoción a pensar, a crear e imaginar nuevas ideas, o como lo dijera el mismo Bolivar Meza, “(a) ir más allá de la tarea concreta e inmediata y de penetrar en un reino más general de significados y valores, mostrando una extraordinaria capacidad de reflexión.”.

Quizá podríamos suponer que, si bien el conocimiento técnico no hace al profesional automáticamente merecedor del calificativo de intelectual, un acervo de conocimientos más basto si podría hacerlo, lo cual podría valer tanto para el profesional como también para cualquier otra persona, independientemente de la profesión u oficio que ejerza; pero, ¿una persona, por el simple hecho de ser culta, merecería ser llamada intelectual?

Mucha gente no tendría objeciones para aceptar que las personas dotadas de un alto nivel de conocimientos son, por esa simple razón, intelectuales. Después de todo, según lo expresa Robert Michels, los intelectuales “(…) son quienes se ocupan vocacionalmente de las cosas de la mente” a diferencia de quienes se ocupan, con vocación o sin ella, de otro tipo de cosas: “(…) el intelectual _según afirma Francois Bourricaud_ es aquel sujeto que no hace cosas, sino que reflexiona sobre ellas, no maneja objetos sino símbolos y que sus instrumentos de trabajo no son las máquinas sino las ideas.” (Citado por Bolivar Meza).

Si aceptáramos la definición de intelectual como individuo que tiene cierto grado de conocimientos, esta definición incluiría a demasiadas personas, y una definición así, nos sería de poca utilidad. Además, parece haber un consenso entre los estudiosos de este tema sobre la línea que separa al intelectual del hombre culto: el nivel de creatividad que posee el primero en comparación con el segundo. Al respecto, Robert Michels explica: “(…) aunque el intelectual requiere un fondo de conocimientos, es sólo un vehículo que utiliza para el reconocimiento de las ideas importantes. La amplitud, diversidad y profundidad de conocimientos del intelectual es lo que le da la capacidad necesaria para descubrir ideas nuevas en muchas disciplinas.” (Citado por Bolivar Meza).


Nosotros, los intelectuales

Hay, por lo menos, tres acepciones más con las que a veces se hace referencia al intelectual: a veces se le concibe como el hombre de letras, como el que crea, distribuye y aplica la cultura o como el ideólogo de una clase que está en el poder o que aspira llegar a él. Estas acepciones empero, han sido descalificadas por los expertos por ser vagas, demasiado amplias o circunscribirse a situaciones históricas muy específicas.

Hay, sin embargo, aspectos colaterales que nos remiten a una cuarta manera de entender al intelectual: aquella que lo concibe como parte de una categoría social. Ésta, que en nuestro caso denominaremos simplemente con el término “intelectuales” (para referirnos al conjunto de personas que socialmente se reconocen como tales), se ha conformado históricamente para cumplir una función: la de producir y administrar los contenidos culturales representativos de la sociedad.

Los intelectuales no constituyen empero, una clase homogénea. Michael Löwy, aludiendo a los medios de producción y la estructura económico-social, señala que por fuertes que sean los condicionamientos económico-sociales, los intelectuales siempre podrán optar por los intereses de los opresores o por las demandas de los oprimidos; de manera que sus productos ideológico-culturales, según la alternativa que elijan, estarán enmarcados por la explotación o por la emancipación. Löwy enfatiza asimismo, que los intelectuales jamás podrán evitar elegir entre estas alternativas. ¿Neutralidad intelectual? Löwy diría, quizá, que tal cosa no existe. Una situación análoga podría establecerse con la situación que atañe al investigador social: “El estudioso de la realidad social recibe de la sociedad en que vive y de la institución o grupo al que sirve, condicionamientos político-ideológicos que imponen determinadas características a su práctica profesional (...) Como decía justamente Lenin, ‘en una sociedad erigida bajo la lucha de clases no puede haber una ciencia social imparcial’, por lo que el investigador social (y el intelectual) debe(n) tomar partido y lo hace(n) desde el momento en que asume(n) una actitud ya sea conformista y acepta(n) el estado de cosas existente o adopta(n) una postura de crítica y compromiso con las clases explotadas” (Rojas Soriano, 1994). De tal suerte que, el pensamiento, la ideología y la postura de quienes integran el grupo conformado por los intelectuales puede diferir notablemente entre sí, pudiendo haber intelectuales conservadores, autoritarios o clericales, al mismo tiempo que progresistas, liberales o laicos.

Referirse a los intelectuales como grupo incluye otro aspecto esencial: la afinidad de sus integrantes de relacionarse con otros intelectuales. Roderic Ai Camp puntualiza que para los integrantes de este grupo, aparentemente, resulta importante sentirse en contacto con personas que, al igual que ellos, estén motivadas por la curiosidad, el deseo de aprender algo nuevo, el placer que confiere la contemplación de la realidad y cuyo pensamiento, no estereotipado, se oriente a la reflexión y al pensamiento independiente.

Como ya se indicó anteriormente, un rasgo distintivo de los intelectuales es su creatividad. Ésta, que suele estar enmarcada en algún campo disciplinar, suele concretarse en creaciones, evaluaciones y análisis, los cuales, presentan a distintos tipos de audiencias de manera regular. La ventaja que tiene esta actividad es evidente: les permite a los intelectuales que otras elites los conozcan y conozcan también sus productos culturales.

Kart Mannheim se refiere a esta afinidad entre los intelectuales como una cualidad que otorga a su vocación factibilidad social. El autor explica: “A pesar de que se dice lo contrario, la mayoría de los intelectuales no pueden producir su trabajo en la soledad, sino que necesitan dar y tomar del debate y la discusión con sus iguales para poder desarrollar sus ideas. No todos los intelectuales son gregarios, pero la mayoría necesita poner a prueba sus propias ideas en intercambio con aquellos a quienes consideran sus iguales.” (Citado por Bolivar Meza).


Una definición

Si hacemos una revisión de lo que hemos dicho hasta aquí acerca de los intelectuales, tendremos que: en primer lugar, nos ocupamos de distinguir el término “intelectual” de otros con los que la gente, comúnmente, suele confundirlo (trabajador intelectual, universitario y hombre culto); y en segundo lugar, intentamos caracterizar al intelectual como parte de una categoría social, basándonos en las ideas que Bolivar Meza ha referenciado en torno a los trabajos de Löwy, Ai Camp y Mannheim. Tomando en cuenta lo anterior, esperamos tener ahora los elementos necesarios para contestar a la pregunta que nos habíamos planteado inicialmente: quiénes son los intelectuales. A continuación, la definición que proponemos como respuesta:

Personas que forman parte de una categoría social a la que se ha asignado la función específica (de hecho y de derecho) de crear, administrar y difundir conocimientos, teorías, doctrinas, ideologías, concepciones del mundo u opiniones, y cuyos productos ideológico-culturales, constituirán los sistemas de ideas de una época y sociedad específicas.

De Bolívar Meza agregaríamos dos comentarios más para complementar esta definición:

1. Los intelectuales nunca parecen estar satisfechos con las cosas tal y como se presentan. Cuestionan la verdad actual y buscan una verdad más elevada y extensa. Renuentes de ir a la par de cualquier convencionalismo, consideran que es parte de su deber defender ideas abstractas como la razón, la justicia y la verdad, y con frecuencia luchan por resguardar normas morales que son ignoradas por algunos sectores de la sociedad.

2. Textualmente, el autor explica: “Los intelectuales toman las ideas más en serio que los no intelectuales. Transforman los conflictos de intereses en conflictos de ideas y aumentan el conocimiento que una sociedad tiene de sí. Son guardianes de ideas y fuente de ideologías al mismo tiempo que tienden a desarrollar una actitud crítica. Son ellos los que ‘piensan de otro modo’, los que perturban la paz intelectual.” (Citado por Bolivar Meza).


La función intelectual

Michael Löwy afirma que, independientemente del lugar que ocupen las personas dentro de una estructura económico-social, cualquiera puede convertirse en creador de productos ideológico-culturales y cumplir, por esta razón, una función intelectual. Al menos dos preguntas se desprenden de la lectura de este enunciado: ¿Qué significa el término “función intelectual”? ¿Y qué quiere decir Löwy, exactamente, cuando afirma que cualquiera puede cumplir con esta función?

Humberto Eco, en su libro A paso de cangrejo, nos permite trabajar con algunas ideas para hallar las respuestas a tales interrogantes. Eco explica que, la “función intelectual” se manifiesta “(…) cuando alguien (no necesariamente siempre), ya sea trabajando con la mente o pensando con las manos, contribuye de forma creativa al saber común y al bien colectivo.”

¿Quién puede contribuir creativamente al saber común y al bien creativo? Löwy y Eco parecen estar de acuerdo, aunque en dos sentidos diferentes, en que cualquiera podría hacer una contribución como ésta, pues su cumplimiento no depende de una ubicación específica dentro de la estructura social ni tampoco de la naturaleza intrínseca de la actividad que la haga posible. De tal suerte que, cuando un autor como Norberto Bobbio afirma que los intelectuales son quienes crean, transmiten, divulgan y/o desarrollan la cultura que caracteriza en cierto momento a una sociedad específica, bajo la óptica de tales consideraciones, tendríamos que hacer extensiva dicha aseveración, no sólo para referirnos a los profesores, artistas, poetas, escritores y filósofos, sino también para todo aquel que cumpla, efectivamente, con la función antes referida.

En la definición de Eco existe empero, un aspecto inquietante: cuando implica que alguien “no necesariamente siempre” contribuye creativamente al saber y al bien de la sociedad. Para este autor, ser reconocido como intelectual no es similar a ganarse un título que, indistintamente de lo que se siga haciendo, dure por tiempo indefinido porque, siguiendo con esta comparación académica, la vigencia del reconocimiento que se le atribuya estará en función de la continuidad de su contribución social. Un maestro, ejemplifica el autor, que haya puesto en práctica, una sola vez, nuevas técnicas pedagógicas habrá cumplido, por esa única ocasión, la función intelectual.

El aspecto más importante de la definición de Eco es, probablemente, la creatividad que caracteriza la contribución social del intelectual. Contribuir creativamente, según Eco, equivale a producir algo inédito que la comunidad estará dispuesta a reconocer, a aceptar, a hacer propio y a reelaborar, convirtiéndose este “algo” que el intelectual produce, en patrimonio colectivo, a disposición de todos y no para el disfrute exclusivo de unos cuantos. Por ello, la creatividad que parece manifestarse en las campañas publicitarias y políticas, cuya única finalidad es obtener mayores ganancias comerciales o votos para lograr una candidatura (sin mencionar que sus efectos son transitorios y están a merced de la conveniencia de quienes propongan dicha innovación), no pueden figurar como ejemplos de lo que autores como Eco y Michels entienden por creatividad.

Si la creatividad está ligada al cumplimiento de la función intelectual, lo mismo vale para otra cualidad, sin la cual, el cumplimiento de dicha función estaría incompleta: la “criticidad”. La “intelectualidad” sin creatividad es la mera transmisión de conocimientos, apenas un pretexto válido para promocionar ideas ya sabidas. La creatividad sin criticidad es pura fantasía, sueños de vigilia sin fundamento, que sólo serán útiles para quien los sueña. “La contribución creativa que el intelectual haga deberá ser analizada, y en caso de que dicha contribución provenga de la ciencia, también deberá ser susceptible de falseamiento”.


Conclusiones

¿Los profesores también son intelectuales? Si planteáramos esta pregunta a una muestra amplia de profesores, ¿Cuál sería su respuesta? Si se la hiciéramos a sus estudiantes, ¿qué dirían ellos? ¿Qué opinarían las personas en general? Podríamos especular y afirmar, provisionalmente, que la opinión entre estos grupos podría diferir en función de la composición de cada uno de ellos. ¿Responderían los profesores afirmativamente con mayor frecuencia que sus alumnos o sería la gente ajena al ambiente académico la que contestara, un mayor número de veces, con un “si”? Como es evidente, proseguir por este camino nos dejaría al final con la misma pregunta, sin respuesta, que nos habría servido como punto de partida. Una pregunta mucho más importante a formular sería: ¿los profesores tienen que ser, necesariamente, intelectuales para ejercer, de manera adecuada, la docencia? Nosotros pensamos que no, básicamente, por dos razones:

1. Porque la función más importante de quienes se dedican a la docencia es que sus estudiantes aprendan. En la educación formal, sobretodo si es a nivel universitario, lo que interesa es que las personas que estén al frente de un grupo escolar sean formadores efectivos y profesionales exitosos. Su meta es que los estudiantes que se titulen adquieran dominio sobre un conocimiento técnico determinado, con el cual, puedan encontrar soluciones concretas a problemas concretos; y

2. Porque, como ya revisamos anteriormente, el término “intelectual” ha sido utilizado con demasiada frecuencia de manera imprecisa, lo cual ha propiciado que demasiadas personas sean llamadas intelectuales, aunque sólo trabajen con su intelecto, tengan una formación universitaria o posean, lo que a veces se denomina, “conocimiento enciclopédico”. Los docentes, tal y como ocurre en una sociedad en la que escasea el hábito de la lectura y en la que súbitamente se observa a una persona leyendo, suele ser objeto de la misma atribución: ¿leyendo libros mientras la vida sigue su curso? No hay duda, ¡Debe ser un intelectual!

Lo anterior no descarta, desde luego, la posibilidad de que el profesor, desde el área de conocimientos que maneja, el ejercicio mismo que hace de la docencia o la profesión que muchas veces ejerce a la par de su actividad académica, pueda cumplir, en algún momento, con la función que atañe a los intelectuales. Desde luego que, el docente universitario que toda su vida ha repetido ante sus alumnos las mismas lecciones que él aprendió cuando estudió su carrera o el docente que se conforma con “transmitir su conocimiento” porque todo este tiempo ha creído que educar consiste, únicamente, en informar a los estudiantes sobre ciertos contenidos, son ejemplos de profesores a los que no podría atribuírseles el cumplimiento de la función que hemos revisado en este artículo como propia de los intelectuales. Caso contrario sería, en cambio, el del profesor de literatura que, sin haber escrito nada, enseña a sus alumnos a re-leer de una manera nueva las obras de los escritores más renombrados de la historia.

En suma, los profesores no son, simplemente por ejercer la docencia, intelectuales, pero pueden serlo si cumplen con la función y las características asociadas a ellos.


¿Qué papel tienen los intelectuales en la sociedad? Plantear una pregunta como ésta es fácil. Lo difícil es intentar contestarla, sobretodo si las respuestas, lejos de establecer una conclusión consensuada y definitiva, implican más preguntas como también críticas hacia el papel que los intelectuales “deberían” tener en la sociedad y no tienen.

Así pues, se dice que los intelectuales representan el intelecto humano y la memoria organizada de la sociedad, construyen espejos de interés para que otras personas sean más reflexivas, críticas e imaginativas, y crean las ideas que facilitan el descubrimiento de las estereotipias que confunden, en vez de aclarar, los problemas a los que la sociedad se enfrenta.

Sin embargo, afirma Karl Mannheim, la función de los intelectuales estará incompleta si no actúan políticamente con el propósito de aplicar sus ideas en la realidad. Según este autor: “La función principal del pensamiento es saber y prever con el fin de actuar” (Citado por Bolívar Meza). Por ello, los intelectuales deben aprovechar su habilidad para comunicar las ideas que crean y administran, difundirlas a otros sectores de la sociedad (que no sea solamente el académico) y desarrollar su capacidad de dominio, con el doble propósito de a) Romper con el monopolio de las ideas que imperan y dificultan la cristalización de aspectos tan elementales como la justicia, la razón y la verdad, y b) Dar alternativas que permitan diseñar un orden social más humanitario y racional.

Sería absurdo pensar no obstante, que lo revisado con Löwy y Rojas sobre la neutralidad intelectual no sea válido también para conceptualizar la actuación política de los intelectuales, en cuyo caso tendríamos que precisar, que dicha actuación siempre estará inevitablemente orientada hacia los intereses de las clases opresoras o hacia las demandas de las clases oprimidas. Un extenso comentario de Jorge Majfud (2006) pone de manifiesto la visión, no demasiado optimista por cierto, que comparto con relación a este asunto: “Los intelectuales seguirán siendo una elite, como a su manera son una elite los electricistas y los calculistas. La virtud será que estas elites dejen de representarse y ser vistas en un orden vertical y comiencen a conformar una unidad más armónica y orgánica al servicio de las sociedades y no de algunas elites entronadas en el poder social. Me dirán que los intelectuales se han equivocado feo a lo largo de la historia; y tendré que darles la razón. Pero también se equivocan los electricistas, los médicos y los calculistas. Con la diferencia que, si bien cualquiera de estos errores pueden tener consecuencias trágicas en la sociedad, el trabajo del intelectual, por su naturaleza creativa sobre lo desconocido, sobre la nada, es mucho más difícil que la tarea del calculista, por ejemplo —y lo digo por experiencia personal: calcular la estructura de un edificio en altura implica una gran responsabilidad, pero su proceso no involucra, normalmente, ninguna duda fundamental.”

Si los intelectuales son, como lo mencionamos antes, quienes representan el intelecto de la sociedad, no es ocioso preguntarse: ¿a quiénes, a qué sectores y a qué intereses de esa sociedad están los intelectuales representando exactamente? ¿A los adolescentes que viven en las colonias suburbanas de nuestra ciudad y quienes, para comunicarse entre ellos, utilizan casi todo el tiempo expresiones como: “Ch… t… m…”, “V… v…”, “P… p…”, etc.? ¿A los habitantes de esa ciudad en la que escasea el hábito de la lectura y que, al ver a alguien leyendo un libro en un autobús, en un restaurante o en un parque, se le quedan viendo como diciendo: “¡Que pérdida de tiempo!? ¿A ellos mismos?

Los intelectuales… ¡Que responsabilidad cae en quienes son reconocidos como tales! Como lo implicara Majfud en su escrito: sus productos ideológico-culturales están destinados a desentrañar las dudas fundamentales de la humanidad, no a construir edificios, no a construir puentes, sino a crear las ideas que configurarán, de un modo u otro, nuestra forma de pensar y de pensarnos a nosotros mismos. La esperanza que nos queda a nosotros, los no-intelectuales, es que la luz que aporten sus ideas llegue a la oscuridad de todas las mentes que conforman nuestra sociedad, y se traduzca su labor comunicativa y propagandística, en un foro que todos podamos compartir de algún modo. Es cierto: la responsabilidad no es toda de los intelectuales porque, para bien o para mal, su influencia no es la única que pesa socialmente. Así como los resultados del científico cuando investiga algo importante no dependen solamente de él, los intelectuales tienen que hacerse oír entre otras voces que a su alrededor hablan y contraponen, con razón o sin ella, ideas que expresan intenciones diferentes. ¡Cuán complicada no será esta situación cuando la población a la que están destinados los frutos de este esfuerzo no tiene interés en saber más, en volverse más crítica y en usar, estratégicamente, su creatividad!

Quizá esperar que, algún día, todos pudiéramos compartir algo de la función que por ahora sólo a unos les corresponde cumplir sea un sueño banal, pero… ¿Quién podría asegurar lo contrario? Quizá algún día alguien diga: lee, escribe, ¡Que hay un intelectual dentro de ti esperando salir!


Referencias

- Eco, Humberto (2007). A paso de cangrejo. México: Debate.
- Bolívar Meza, Rosendo (2002). Un acercamiento a la definición de intelectual. (Teoria). Consultado en 7 de septiembre de 2007 en http://www.accessmylibrary.com/coms2/summary_0286-4127256_ITM.
- Villamarín C., Marcelo (2004). El rol de los intelectuales en la sociedad moderna (Trabajo realizado con motivo del Encuentro de Intelectuales Populares y de Izquierda, realizado en Quito, del 15 al 17 de noviembre de 2004). Consultado en 8 de septiembre de 2007 en http://www.monografias.com/trabajos31/rol-intelectuales/rol-intelectuales.shtml.
- Rojas Soriano, Raúl (1994). Guía para realizar investigaciones sociales. México: Plaza y Valdés.
- Majfud, Jorge (2006). Esos estúpidos intelectuales. Consultado en octubre 30, 2007 en http://www.educar.org/articulos/esosestupidosintelectuales.asp.

* IMAGEN: Un mundo de Ángeles Santos, Valladolid, 1929



El contenido plasmado en este blog es producto de la reflexión de su autor, de sus colaboradores y de los pensadores que en él se citan. Cualquier semejanza con la realidad o alguna ficcón literaria, televisiva, psicótica paranoide o de cualquier otra índole es mera coincidencia

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