Por el Psic. Fernando Reyes Baños


En el tercer trimestre tuve una maestra a la que, en secreto, algunos de nosotros apodábamos “el amo del calabozo” (quien esté cerca de los 40´s y haya visto la serie de televisión de dibujos animados Dungeons & Dragons se imaginará el por qué). No diré su nombre, pero sí mencionaré el autor de un libro que parecía ser su biblia dentro del curso: el historiador francés François-Xavier Guerra; de hecho, la maestra sustituyó el contenido del curso por el contenido de una de sus obras y nos pidió que leyéramos las más de 300 hojas de principio a fin. De acuerdo: no era tanto que leer, pero su lectura me resultó tan aburrida y complicada, que en nada me ayudó o motivó para que participara ni una sola vez a lo largo del curso. Para Luis, con quien compartiría por última vez el mismo grupo, las cosas eran, a diferencia de cómo ocurrió con Yocelevzky, exactamente iguales que para mí, es decir, los dos parecíamos estatuas en medio de mimos que intentaban ganarse el favor y la benevolencia del amo del calabozo.

Paulatinamente, la única oportunidad que nos pareció válida para superar las temibles consecuencias de este impasse en el reino literario de François fue apostarlo todo al trabajo final que, lejos de ser una simple monografía, consistía en un proyecto que unía la proyección de filminas dedicadas a un personaje de la historia de México y la narración grabada en un casete que expusiera la vida y obra de ese personaje, acompañada por música de fondo que tuviera que ver con los sonidos que en aquel entonces se escuchaba e interpretaba en el país. Hoy, semejante trabajo parecería un juego de niños, pero hace 18 años no era cualquier cosa. No sólo implicaba hacer el guión que sería narrado, sino también conseguir todos los elementos técnicos que nos harían falta, producir el trabajo con la mayor sincronía que fuera posible y ejecutarlo el día de la presentación, además existía un factor de presión extra: entre nuestros compañeros habían varios que cursarían la carrera de comunicación y lo que todos suponíamos es que ellos, sin tantas limitaciones como nosotros, fácilmente opacarían al resto.

Esta vez se integraron con nosotros dos compañeras del Estado de México que poco, en realidad, contribuyeron con el desarrollo del trabajo; digo, yo elaboré el guión y tuve que regresar a Acapulco para fotografiar las fotos con la cámara que mi padre me prestó para después revelarlas en forma de filminas y Luis buscó a un amigo chiapaneco que tenía muy buena dicción para que fuera nuestro narrador, consiguió el material discográfico que serviría como música de fondo y consiguió que unos familiares suyos nos prestaran el equipo de sonido que necesitábamos para grabar el guión… ¿Qué hicieron ellas además de acompañarnos todas las veces que tuvimos que ir con la maestra a una cafetería próxima a la Librería Gandhi, justo enfrente del metro M. A. de Quevedo, para que nos asesorara en compañía de un café que, delicioso o no, teníamos que comprar si no queríamos quedar como unos estudiantes _dijera Luis_ tercermundistas? Aunque parezca contradictorio, esta no es una protesta añejada largo tiempo en mi interior esperando la ocasión para ser plasmada con desmesura ahora, sino la oportunidad de redimir, en mi memoria al menos, a las integrantes del equipo que con su convivencia, buen humor y comprensión hicieron de estas experiencias un reto más fácil de superar: Carmen y Susana, así se llamaban nuestras amigas mexiquenses quienes al final, para compensar su escasa participación en el desarrollo del trabajo, equilibraron la balanza al costear la mayor parte de lo que tuvimos que invertir para tener listo, en tiempo y forma, el proyecto.

Finalmente el día de las presentaciones llegó. Pasaron algunos equipos antes que el nuestro, incluyendo el de los compañeros que estudiarían comunicación, de cuyo trabajo no puedo decir que me haya sorprendido como creía lo haría. Momentos antes de que nosotros empezáramos, sorprendentemente, Luis decidió salir del salón de clases y esperar afuera. Salí también y le pregunté por qué se salía si nuestro equipo estaba a punto de pasar. Sólo me dijo que empezáramos sin él. No tenía idea de por qué estaba reaccionando de esa manera, pero como la segunda vez que intenté convencerlo obtuve la misma respuesta no tuve más remedio que entrar al salón otra vez a esperar que el amo del calabozo diera la señal para comenzar.

Por fin, el documental fue proyectado. Mi trabajo consistía en cambiar manualmente las más de 50 filminas a un ritmo tal que cada una de ellas correspondiera con lo que la grabación decía, minuto a minuto, en un lapso de un cuarto de hora. Sorprendentemente, la sincronización entre las filminas y la grabación salió mejor que cualquiera de los ensayos que habíamos realizado antes. La maestra, después de encender las luces nuevamente, felicitó al equipo por el esfuerzo y la dedicación que habíamos invertido en la realización de este trabajo. Sus comentarios positivos y el hecho de que aceptara, sin objeciones, que nos evaluáramos con la máxima calificación tuvieron eco al fondo del salón donde los futuros comunicólogos murmuraban, entre dientes, que… ¿La verdad? Ya no recuerdo que dijeron, sus rostros apenas los vislumbro con los ojos de mi mente, pero estoy seguro de que, desde el lugar donde se encontraban, “nos deseaban lo mejor”.

Estoy seguro de que ninguno de los cuatro se lo esperaba. Carmen y Susana en ningún momento parecieron estar preocupadas. Luis, que entró al salón tan pronto acabó la retroalimentación de la maestra, seguro que tampoco lo sospechó. Yo, convencido de que nuestro esfuerzo nos auguraba buenos resultados, jamás lo creí posible, pero sucedió… El amo del calabozo, acólito fiel en el reino de François, nos reprobó. ¿Por qué? Porque ninguno de los cuatro participó en clase a lo largo del trimestre, porque ninguno de los cuatro abrió la boca ni una sola vez, aunque fuera para decir alguna sandez. No hubo contra argumento que valiera. El amo del calabozo, otrora la maestra que vanaglorió nuestro esfuerzo, nos mandó sin piedad directo al extraordinario.

¿Qué sucedió después? Recuerdo que el periodo vacacional que siguió, preludio del primer trimestre que correspondería realmente a la carrera que uno escogió, fueron días extenuantes de intensa preparación. Para empezar, tuve que revisar en qué consistía el programa original del tercer trimestre. Compré libros y saqué cientos de fotocopias. En Acapulco estudiaba diario por las mañanas y por las tardes. Hice resúmenes y reuní un paquete de fichas de trabajo que, por su grosor, fácilmente podrían rivalizar con un libro de verdad. Pensé que, quizá, la institución aceptaría esas fichas como evidencia de que me había preparado muy bien para presentar el examen.

Para cuando regresé a la Ciudad de México me sentía preparado. Había hecho lo que debía hacer y no tenía miedo de presentar el extraordinario. Pero camino a la universidad, unos días antes del examen, apareció ante mí un dilema ético, de cuerpo entero y con nombre también: Luis. Obviamente no se había preparado para el examen y preguntándome esto y aquello sobre cómo había aprovechado yo las vacaciones para hacerlo supo del paquete de fichas de trabajo que planeaba entregar. Enseguida me lo pidió prestado para sacarle copias. Me pregunté entonces qué debía hacer: yo había trabajado mucho por estudiar para el examen, ¿era justo que él, que no se preocupó ni se ocupó durante las vacaciones del mismo, de buenas a primeras se hiciera de esas fichas para estudiar unos días antes del examen y, quizá, aprobarlo? Pensé entonces en la importancia que podían tener la fichas en cuestión: éstas eran el resultado final de una serie de resúmenes que miraban en breve y de forma significativa muchas páginas de copias y libros, si por algo eran importantes lo eran debido a su relación con este proceso por el cual pasé yo y no Luis; si se las prestaba, le servirían como un abstract a un lector interesado en un tema determinado de investigación, es decir, le indicarían a dónde mirar, pero dependería de él reconocer si lo que observara resultaría útil como material de estudio para el examen. Después de pensar en estas consideraciones, decidí prestarle las fichas y, al despedirnos, hasta le desee buena suerte.

Presentamos el examen y, tiempo después, cuando nos dieron a conocer los resultados, supe que tenía razón: Luis pasó el examen, pero yo lo pasé además con muy buena calificación. No supimos qué fue de Carmen y Susana. No las vimos presentar el examen y sólo nos las topamos un par de veces durante el trimestre que siguió a esta experiencia. Ese fue el primero y el último examen extraordinario que hice en la universidad y, si la experiencia con la maestra de tercer trimestre me enseñó algo, tenía que ver obviamente con mi participación en clases, con trabajar este aspecto de mi vida escolar y esforzarme por ser más participativo… y congraciarme mejor con el siguiente François que se atravesara en mi camino.



El contenido plasmado en este blog es producto de la reflexión de su autor, de sus colaboradores y de los pensadores que en él se citan. Cualquier semejanza con la realidad o alguna ficcón literaria, televisiva, psicótica paranoide o de cualquier otra índole es mera coincidencia

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