Por el Psic. Fernando Reyes Baños


En sexto trimestre teníamos un compañero que se llamaba Juan y una maestra que se llamaba Juana.

Juan venía, creo, de El Salvador y siempre buscaba ser el líder. Mientras estuviera rodeado de gente trataba de brillar de la forma que fuera y, casi siempre que participaba en clases, hacía mención de la escena de una película clásica como si los únicos recursos internos que tuviera a su alcance provinieran de su experiencia cinéfila o televisiva.

Juana era una señora más o menos madura que, si bien no podría calificarla como la mejor docente que pudiéramos tener en asuntos relacionados con el módulo, parecía hacer su mejor esfuerzo, para explicarnos los temas que revisábamos y aclararnos las dudas que nos iban saliendo al paso.

¿Qué ocurrió entre Juan y Juana que propiciara que, al final del curso, la maestra abandonara el salón de clases casi con lágrimas en los ojos y que nosotros, como estudiantes de la UAM, no la volviéramos a ver jamás? La respuesta tiene que ver, como habrá de suponerse, con Juan, quien desde el principio fue el principal impulsor de que la maestra, con la que volveríamos a repetir el siguiente trimestre según lo establecía el programa, fuera relevada por alguien que tuviera, según decía él, mayor preparación y experiencia; para ello, tendría que redactar una carta dirigida al director(a) de la carrera que estuviera firmada por cada uno de nosotros, solicitando el cambio de docente para el próximo trimestre.

Yo no creía que las cosas ameritaran un cambio de docente, en tal caso, pensaba que sería mejor hablar con Juana y resolver con ella algún cambio en su didáctica que apaciguara la disconformidad de algunos compañeros; en otro orden de ideas empero, un cambio de maestro no parecía tan mala idea, porque podríamos conocer un punto de vista que nos aportara una mejor perspectiva sobre los temas que estábamos revisando (desarrollo humano), aunque me preocupaba un poco la reacción de Juana, a quien planeaban hablarle sobre todo este asunto en la última clase del curso.

¿Qué hice cuando me hicieron llegar la hoja para que firmara y expresara mi acuerdo con la solicitud del cambio? Lo dudé por un momento. La hoja permaneció ante mi vista mientras un subalterno de Juan esperaba a que firmara. Finalmente decidí firmarla, aunque en mí no desapareció del todo esa preocupación por la reacción de la maestra, con quien curiosamente sentía la confianza de participar en clases, lo que no siempre me ocurría con otros docentes.

Todo parecía marchar hasta ese momento de acuerdo al plan maquiavélico de Juan. Pronto llegaría la última clase del curso y con ella su oportunidad de consumar su golpe, llevándonos a todos con él al frente y dejándonos en la incertidumbre para el resto del periodo vacacional sobre quién ocuparía el lugar de Juana. Pero ocurrió un pequeño incidente que opacó la posibilidad de que el proceso se diera limpiamente. En el último minuto, antes de comenzar la última clase del curso, me arrepentí y busqué la manera de que se borrara mi nombre de la lista, pero los adeptos del cinéfilo salvadoreño me dijeron que la carta ya había sido entregada a la dirección y que, inclusive, ya había sido aceptada hace algunos días. Ya no había nada que pudiera hacer para cambiar, al menos, mi participación en este asunto como uno de los golpistas. Sólo esperar a ver cómo se desenvolvían los hechos.

Cuando terminó la clase estalló “el juanazo”. Su protagonista, sintiéndose en la gloria con los reflectores visuales del salón siguiendo a detalle su actuación, comenzó diciendo algo como “pensamos que un cambio en la clase nos vendría bien, usted sabe, conocer una segunda opinión acerca de estos temas…”, siguió hablando, pero no necesito hablar tanto para que Juana se percatará de lo que sucedía, del cambio que habían propuesto en la dirección a sus espaldas, sin haberle hecho hasta ahora el más mínimo comentario que la pusiera al tanto de la necesidad de mejorar su forma de darnos clase. “Esto es como una puñalada en la espalda”, comentó la maestra y, sin decir más, se levantó de su asiento y salió del salón. No recuerdo haberla visto otra vez en la UAM después de ese día. Pensé entonces que: no sólo los estudiantes teníamos asuntos de los cuales sintiéramos ganas de vez en cuando de querer huir, para no volver a saber más de ellos.

Todo parecía haber terminado y algunos compañeros comenzaban a levantarse de sus asientos (incluyéndome a mí), cuando Juan nos pidió que nos esperáramos un poco, porque todavía había un asunto pendiente que tratar. Pensé “¿Otro más? Acabamos de correr a la maestra, ¿Qué más quieren?”.

Lo que no sabía entonces es que el asunto pendiente tenía que ver conmigo y mi intento de desertar de lo que el grupo (que no solamente Juan) había decidido. El golpista salvadoreño comenzó a cuestionarme por qué había cambiado de opinión hasta ese momento en que todo estaba acordado y hecho. “¿Por qué si ‘el grupo’ ya lo había decidido así _me preguntó con todos nuestros compañeros de testigos_ cambiaste de opinión y quisiste que tu nombre no figurara en la carta que acordamos se enviaría a la dirección?”. Me habría gustado decirle que me parecía injusta la forma en que el grupo había procedido con la maestra, que ella nunca tuvo más oportunidad que resignarse a la decisión que habían tomado y que, de la forma como se lo dijeran (sin importar cuán diplomáticos intentaran ser), con sus acciones y omisiones era tanto como decirle que era una incompetente, que de nada nos servía que cambiara su manera de enseñar y que, simplemente, necesitábamos a alguien que realmente supiera de lo que hablara”, pero simplemente le dije que no lo sabía, que había cambiado de opinión y que no tenía ninguna explicación que ofrecer al respecto. Juan insistió con sus preguntas y yo insistí con la misma respuesta. Al final, como no parecía haber posibilidad de hacer más, él simplemente me dijo: “…y se supone que estás estudiando psicología, ¿no?, piénsalo”, se levantó y salió del salón, llevándose tras él a toda su comitiva.

Después de eso no me sentí muy bien conmigo mismo. La escena en que Juan me cuestionaba y yo no sabía que más responderle aparte de lo que le dije se repetía, una y otra vez, en mi mente. Estaba al tanto de algunas debilidades en mi persona, por ejemplo, que era inseguro y que por eso dudé cuando extendieron ante mí la carta para firmarla, y que también era indeciso y que por eso reconsideré que mi firma figurara en ese documento como evidencia de que yo estaba de acuerdo con todos ellos, pero… ¿Por qué no le hice saber a Juan en ese momento lo que pensaba?

Tarde un tiempo para comprenderlo hasta que me di cuenta de un detalle importante: Juan no estaba solo, tenía al grupo a su favor, como una especie de jurado que lo respaldaría con su veredicto cada vez que él expusiera un argumento para hacerles ver mi intento de traición. No es que estuviera interesado en saber el por qué yo había actuado de un modo distinto a los demás (mis respuestas si acaso las utilizaría para poner al grupo aún más en mi contra), lo que realmente le interesaba era hacerme ver que él era quien tenía el poder en el grupo, por eso los necesitaba ahí también, esa fue la razón de porque nos pidió a todos quedarnos después de haber acabado con la maestra.

¿Qué habría pasado de haberle respondido a Juan en ese momento si yo hubiera asumido un rol más activo? Una de dos: o él y el grupo “acababan” conmigo o, en una lucha feroz por el poder del grupo, inclinaba con mis respuestas la balanza a favor mío; en cualquier caso y dadas mis anteriores consideraciones acerca de mi inconsistencia personal con relación a la carta, supongo que opté por asumirme en una situación de desventaja ante la situación descrita. Pensé entonces que no era el momento, el mío al menos, para ofrecer respuestas ni mucho menos para intentar equilibrar el poder que en el grupo provenía de Juan.

Cualquiera pensaría, con justa razón, que Juan y yo jamás volveríamos a hablarnos. Pero eso sería inexacto. Un año después de haber visto por última a la maestra de sexto trimestre, Juan y yo desayunábamos juntos en el comedor de la universidad y platicábamos, más o menos fluidamente, de los temas que estábamos viendo ese trimestre. ¿Éramos amigos? No realmente, sólo platicábamos de vez en cuando como buenos conocidos. Nunca volvimos a tratar entre nosotros el tema de lo ocurrido un año antes. Curiosamente, mientras compartía conmigo su punto de vista acerca de las tareas que estaba dejando la maestra que teníamos ahora, pensé: “¡Que persona tan camaleónica es ésta! Cuando está rodeado de gente busca brillar como sea y ahora que lo tengo enfrente, sin ningún séquito alrededor, apenas y parece una mecha”.



El contenido plasmado en este blog es producto de la reflexión de su autor, de sus colaboradores y de los pensadores que en él se citan. Cualquier semejanza con la realidad o alguna ficcón literaria, televisiva, psicótica paranoide o de cualquier otra índole es mera coincidencia

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