Por el Psic. Fernando Reyes Baños


En la primera parte nos referimos a las formas de evitar las distracciones provenientes del exterior (relacionadas con el lugar donde estudiamos, con el asiento que usamos, con la cercanía del material con el que nos equipamos, con la fuente de luz con la que nos iluminamos y con el ruido ambiental). Ahora, trataremos algunas formas de evitar las distracciones internas, es decir, aquellas que provienen de nosotros mismos, de nuestro interior. Ellas son: 1) Planificar, 2) Evitar fantasías, 3) Confrontar problemas personales y 4) Trabajar la ansiedad ante la materia.

Veamos a continuación, con más detalle, cada una de ellas:

1. Planificar. Walter Pauk dice que “la indecisión es la causa de la distracción” (2002). ¿Cuál es la forma más fácil de ser indeciso en los estudios? Ser desorganizado. Por consiguiente, la forma más difícil de ser indeciso es ser organizado, esto es, planificar con antelación qué materias se habrán de estudiar, qué tareas se habrán de realizar y qué repasos resultan imprescindibles hacer, tomando en cuenta desde luego, los tiempos de que dispongamos día con día durante cada semana.

Si afirmaciones como:

  • “Se me dificulta empezar a estudiar y todo el tiempo se me va como preparación para hacerlo”,
  • “Mientras estudio pierdo tiempo saltando de una materia a otra sin dedicarle el tiempo suficiente a cada una” y
  • “No estudio el material directamente relacionado con mis estudios porque me distraigo con otra clase de temas”,

describen la cotidianidad de tu rendimiento académico durante tus sesiones de estudio, de repaso o para hacer trabajos escolares, significa que:

a) En el mejor de los casos, necesitas re-evaluar tu forma de planificar tus sesiones de estudio, considerando que hay aspectos que podrías mejorar: Enlistar, por anticipado, qué vas a estudiar exactamente; calcular cuánto tiempo requerirás para cada materia o tema de acuerdo a su dificultad; disponer del material, y solamente del material, que vas a estudiar, etc.

O

b) En el peor de los casos, que no has considerado hasta el momento que tus sesiones de estudio deban estar planificadas con antelación, lo cual, probablemente, ha contribuido en cierta medida a tu falta de concentración en tus estudios.

Lo que importa de esta primera sugerencia es que te tomes muy en serio esto de la planificación. ¿Por qué? Porque si planificas, por adelantado, tus sesiones de estudio podrás dedicar toda tu atención a trabajar con efectividad. Ahora imagínate qué pasaría si de verdad te propusieras incorporar esta estrategia a tu forma habitual de estudiar. La consecuencia obvia sería, desde luego, un aprovechamiento más óptimo del tiempo que utilizas para estudiar. La decisión es tuya. Siempre lo ha sido. De ti depende que ésta, como cualquier otra estrategia que pongamos en tus manos, permanezca solamente como palabras impresas en estas páginas o se convierta en un aspecto importante de tu forma de ser como estudiante. Citando nuevamente a Walter Pauk, terminaríamos esta parte diciendo que: “Si sabes lo que vas a hacer a continuación, no tendrás que perder tu tiempo pensando en ello” (2002).

2. Evitar fantasías. ¿Fantasear es malo? ¡No! El problema es hacerlo cuando pretendes estudiar. Fantasear mientras se estudia es una fuente de distracción interna que rompe con nuestra concentración y nos hace escapar, temporalmente, del aquí y del ahora. Es, al fin de cuentas, una forma de evasión. Es cierto que para algunos contenidos de nuestras materias sería útil, y hasta deseable, que usáramos todo nuestro poder imaginativo para visualizar, de algún otro modo, los contenidos que los libros expresan con sólo palabras, o con frecuencia, de manera poco creativa, pero a excepción de este uso, digamos, “académico” de la fantasía, su aparición durante las horas de estudio suele ser problemática. La sugerencia, como resultará obvio, es evitar fantasear. Algunos estudiantes, con desconfianza, exclamarán: “Pero… ¡¿Cómo?! ¿Cómo evitar fantasear, si cuando uno menos se lo espera, ya está divagando con la cita amorosa de las ocho, con la fiesta del viernes, con el último grito de la moda en celulares, etc.?” Seamos sensatos: ¿”Cuándo uno menos se lo espera”? De acuerdo… hagamos una concesión aquí y digamos que así es, pero finalmente puedes darte cuenta de cuándo estás fantaseando, ¿Verdad? Puedes percatarte de ello, fácilmente, porque ya no estás concentrado en lo que estabas estudiando, ¿Si o no? Al momento en que te descubres soñando despierto, ¿De qué más puedes darte cuenta? Uno, que ya perdiste tiempo valioso para estudiar por estar con tu mente en otra parte; dos, que te queda menos tiempo para seguir estudiando y que tendrás que decidir entre conformarte con el tiempo que resta para terminar tu sesión de ese día o tendrás que extenderlo un poco más para reponer el tiempo perdido; y tres, exactamente, ¿Qué ganaste por estar soñando despierto? Este doble “darte cuenta” (de que estabas fantaseando y de las consecuencias negativas que el fantasear implica) enmarca el mejor momento para dejar de lado las fantasías… por lo menos, a la hora de estudiar, repasar o hacer tareas. Al fin de cuentas, aunque al principio parezca difícil concebirlo así, es cosa de autodisciplina. Y disciplinarse en una sugerencia tan sencilla como esta significa llevarla a la práctica una y otra vez, de manera consistente, hasta que se vuelva un hábito, hasta que ya ni siquiera tengas que tomarte la molestia de pensar en “evitar fantasear” para lograr hacerlo (porque, de hecho, lo harás automáticamente).

3. Confrontar problemas personales. En muchos cursos de didáctica, y como parte incluso de la plática de algunos estudiantes, se aborda el tema de las características que debe tener todo docente universitario, pero… ¿Y qué pasa con las características que los docentes esperan que tengan sus estudiantes? ¿Cómo podríamos describir, por ejemplo, al estudiante cuyo poder de concentración le permitiera prestar atención durante toda la clase? Díaz Vega (1990) nos da algunas aportaciones al respecto. Él describe al “estudiante atento“ como alguien capaz de equilibrar, armoniosamente, sus facultades mentales, es decir, una persona con dominio sereno de su imaginación, equilibrio de sus afectos y control de su voluntad. Algunos estudiantes podrían protestar ante esta descripción y con justa razón porque en nuestra sociedad, así como están las cosas actualmente, no es fácil vivir exentos de problemas emocionales, tensiones y presiones de todo tipo, provocadas por nuestras relaciones personales con los demás. Irónicamente para estos iracundos estudiantes, lo que parece válido para ellos también puede serlo para quienes les dan clase, simplemente, porque afrontar ciertas situaciones en este mundo no es una empresa tan sencilla como pareciera ni para aprendices ni para enseñantes. Pero concentrémonos en ustedes, nuevamente, y revisemos algunas cuestiones en torno a estas situaciones, que genéricamente hemos llamado problemas personales, y cuya importancia radica en que sus efectos pueden ser tan poderosos, que pueden provocar la pérdida de concentración, y a su vez, problemas en tu rendimiento escolar.

Pero, ¿Qué clase de situaciones podríamos considerar como un problema personal en la vida típica de cualquier estudiante? Díaz Vega, por ejemplo, nombra las siguientes situaciones:

  • Problemas con los padres,
  • Fricciones con los compañeros del grupo (o de cuarto o casa de huéspedes si se vive en esas condiciones),
  • Problemas con el novio(a),
  • Preocupaciones económicas,
  • Enfermedades propias, de un familiar o amigo(a),
  • Etc.

Obviamente lo más importante, al hablar de este tema, es proponer algún “método”, por así decirlo, que nos permita afrontar estas situaciones. Para ello, nos valdremos de las aportaciones de De Bono (2000) y de Rodríguez Estrada (1988), para proponer un modelo que, al integrar las ideas más ilustrativas de ambos autores respecto a este tema, nos sirva de guía para explicar en qué consiste este método.

Para ello, observa el siguiente esquema:




Nuestra explicación, como resultará obvio, irá en cuatro pasos:

I. El problema. Para Walter Pauk, que el estudiante afronte el problema que le ocasiona falta de concentración y agotamiento, depende de la gravedad del mismo. Si el problema no es grave pero molesta, explica, sugiere que lo escribas en alguna hoja de papel y te digas que te ocuparás de él tan pronto termines de estudiar; en cambio, si el problema es grave y/o urgente, sugiere que mejor lo resuelvas o trates de buscarle una solución lo más pronto posible, ya que solamente después de ocuparte de él podrás concentrarte, cabalmente, en tus estudios.

El problema radica en que, generalmente, no podemos estar completamente seguros de cuál es, con exactitud, el problema. ¿Por qué? Porque éste es percibido de maneras distintas por las personas que están involucradas en él, y aún cuando nos haga sentir incómodos, debemos aceptar que la mayoría de las veces, nos resulta más fácil conformarnos con nuestra propia percepción del problema, antes que ponernos en los zapatos de los demás y vivirlo como ellos lo viven. Es cosa de experimentar, supongo. ¿Te gustaría intentarlo? Para ello, escoge algún problema que actualmente interfiera con tu concentración en los estudios. Empecemos con algo sencillo. Pongamos, por ejemplo, alguna dificultad con tus compañeros de grupo. Antes que des por sentado que comprendes a la perfección dicha dificultad, cualquiera que esta sea, date tiempo para preguntarte si tu percepción de las cosas sería diferente si trataras, con toda la disposición que te sea posible, de imaginar como la perciben cada uno de tus compañeros. Seguramente encontrarás que, analizando cómo vive la situación cada uno de ustedes, el problema, al principio quizá muy simple desde tu sola óptica, adquiere otros matices. Si llegado a este punto, logras apreciar que la situación puede ser mucho más compleja de lo que te habías imaginado al principio, tal vez incluso puedas también sospechar, que su solución bien puede admitir, además de lo que tú mismo puedas proponer al respecto, otras aportaciones: las de tus compañeros. Pero antes de pre-ocuparnos por encontrar alguna solución, necesitamos estar seguros de que hayamos comprendido bien en qué consiste el problema. De ahí la importancia de cobrar conciencia de cómo lo están viviendo cada una de las personas involucradas. La intención es que de este primer paso obtengamos un diagnóstico que pueda revelarnos, entre otras cosas, toda la complejidad que pueda estar implicada, para que de esta forma tengamos elementos para ocuparnos de lo más importante después de la solución misma que podamos proponer: La respuesta a la pregunta, ¿El problema es… ?

II. Reconocimiento y aclaración. Habiéndonos ocupado anteriormente por saber de que trata exactamente nuestro problema, estamos en condiciones ahora de enfrentar un reto aún mayor: ¿Cómo formo yo mismo parte del problema en cuestión? Siendo sinceros, debemos admitir que tener un problema con otro u otros es estar en un problema con alguien más. El problema afecta a todos los involucrados, aunque de distintas maneras y en diversos grados. En cada caso además, y dependiendo de cuál sea la situación específica de que se trate, asumiremos diferentes roles que nos harán defender posturas personales con mayor o menor fuerza. Si, esto parece un poco complicado para pretender abordarlo como segundo paso de un proceso explicado a propósito de las distracciones internas y las sugerencias para contrarrestarlas. Por ello diremos que, antes de ponernos a sopesar cuáles podrían ser las posibles rutas que podrían conducirnos y aproximarnos a la solución, hay dos interrogantes que deberemos intentar responder para ganar claridad acerca de cómo estamos formando parte del problema, o lo que es lo mismo, cuál es exactamente nuestra posición con relación a éste: primera, cómo nuestras actitudes contribuyeron para que surgiera el problema y/o para que éste continuara; y segunda, cuáles son realmente mis propósitos personales con relación a éste. ¡¿Cómo _se preguntará alguno de ustedes_ responder a estas preguntas puede acercarnos más a la solución del problema en el que nos encontramos?! Veamos con más detalle cómo ocurre esto.

En esencia, todo problema interpersonal es un conflicto. Un conflicto es un choque de fuerzas y su continuidad sólo es posible si tales fuerzas siguen contraponiéndose, una contra la otra, con la misma intensidad. En el momento en que la intensidad de alguna de tales fuerzas cede ante las demás, el conflicto tiene cierta posibilidad de resolución. Que ésta sea benéfica o conveniente para la mayoría de las partes involucradas dependerá de la manera particular cómo se haya procurado llegar a la solución. Al margen de cada una de las alternativas que podríamos considerar para desarrollar este último punto, lo que de veras importa aquí es reconocer que todos nosotros, al ser parte de un conflicto, contribuimos de algún modo para que éste surja o continúe, y que por esa misma razón, somos también capaces de contribuir a su solución.

Ahora bien, ¿Por qué razón podríamos contribuir a la creación o continuidad de un problema? Podría ocurrírsenos infinidad de razones. La cuestión aquí no es analizar cada una de ellas, ni siquiera para clasificarlas de algún modo. De lo que se trata es de reflexionar si, al estar en conflicto con alguien más, estamos al tanto de cuáles son nuestros valores con relación a éste. Esto implica preguntarse por la solución que uno mismo desea y que podría convenirnos más, pero también implica preguntarse por la solución que los demás desearían para sí mismos, y por aquella que además fuera, la solución más conveniente (¿y quizá también la más justa?) para todos los involucrados en una situación asumida como “nuestro problema”.

Como ves, no siempre resultará fácil resolver ésta o cualquier otra clase de problemas. Tal y como lo venimos explicando, llegar al paso donde es cosa ya de ocuparse de encontrar una solución viable, implica pensar en la mejor solución, no sólo para ti o para algunos cuantos de los involucrados (ni siquiera para todos en su conjunto), si no para el conflicto en sí, para que éste deje de significar un problema para quienes lo están viviendo como tal, y puedan las fuerzas que se contraponen en él, fluir en los mejores términos que haya posibilidad de negociar.

III. Diseño de alternativas posibles. Sabemos ya cuál es nuestro problema y cómo lo perciben los demás involucrados. También reconocemos nuestra contribución a la creación o continuidad de éste y hemos logrado cierto grado de claridad sobre los valores personales que estamos implicando en él. Ahora es el momento de proponer creativamente, el diseño de alternativas posibles para aproximarnos a su solución.

Generalmente, transitamos casi de manera automática a este tercer paso, y buscamos selectivamente, la forma que parezca la más conveniente para el problema que creemos tener entre manos. Sin embargo, la mayoría de las veces lo hacemos de manera incompleta e incorrecta. Incompleta, porque al no prestar atención a los pasos anteriores terminamos omitiendo aspectos importantes que nos permitirían, entre otras cosas, darnos cuenta de cuál es realmente la dificultad; e incorrecta, porque nos apresuramos a emitir juicios acerca de cuán posibles o probables son las alternativas que proponemos, eligiendo una de estas como si esperásemos que lo más productivo de nuestra labor pensante, se encontrara depositada en la opción elegida.

Si estamos poniéndonos al tanto sobre la forma completa de abordar este tercer paso, ¿Cuál sería entonces la forma correcta de hacerlo? Respuesta simple: diseñando creativamente alternativas posibles para intentar resolver el problema. Esto significa proponer toda alternativa que pueda aproximarnos a su solución, sin detenernos a pensar si estas son viables o no. Se trata de ser creativos y de diseñar todas las propuestas que podamos hasta agotarlas, evitando autocensurarnos debido a que algunas de ellas puedan parecernos muy ambiciosas o muy descabelladas o hasta risibles. Llegados a este punto sería inevitable que alguno de ustedes, quizá con una visión muy práctica de las cosas, preguntara con cierto desconcierto: ¿Para que diablos quiero todas las alternativas que podrían ocurrírseme si desde un principio podría descartar aquellas que considere inútiles o poco factibles? Este ejercicio, piedra de angular de este paso y cuya práctica nos recuerda a la técnica grupal lluvia de ideas, adquiere todo su sentido en el paso final de este método, en donde la selección de la mejor alternativa entre aquellas que se propusieron será sustituida por una estrategia diseñada a partir de cada uno de los elementos propuestos. Hasta entonces entra a escena el pensamiento crítico, es decir, aquel que usa referentes como fundamento y que siempre sigue una dirección determinada. Por mientras, en el paso tres sólo hay cabida para la producción exhaustiva de ideas que puedan aportar elementos valiosos que nos aproximen a la solución que buscamos. Casi resulta innecesario decir que, entre más rica sea la producción de ideas que se haga durante este paso mayor será el número de elementos que se tengan en el siguiente para diseñar la estrategia con la que se buscará solucionar el problema.

IV. Diseño de la estrategia e implementación de la misma. Supongamos que hasta ahora hemos seguido fielmente los pasos propuestos por este método para intentar resolver un problema hipotético, digamos, aquella dificultad entre tus compañeros de clase que te solicitamos en el paso uno. Ante nosotros tendríamos como resultado, una serie de ideas que hemos propuesto como alternativas posibles para solucionar tal escollo. Seguramente, nuestro primer impulso sería elegir entre ellas aquella que pareciera la más conveniente, pero si obráramos de esta manera, le robaríamos toda la coherencia y cualidad innovadora al método que hemos seguido hasta ahora. Más aún: correríamos el riesgo de desaprovechar muchos de los recursos que podrían encontrarse implicados en algunas de las alternativas que, por nuestra labor selectiva, no consideramos.

¿En qué consiste entonces la pieza clave que propone este método para la realización de su último paso? Diseñar, no seleccionar, la estrategia con la que intentaremos resolver nuestra dificultad. ¿En qué radica la diferencia? Seleccionar es elegir entre varias alternativas aquella que consideremos la mejor. Diseñar es revisar cada una de las alternativas propuestas e identificar, en cada una de ellas, los aspectos más relevantes para la solución del problema y construir, con tales aspectos, una estrategia que sea útil a ese propósito. De esta manera, la lluvia de ideas que hicimos para el paso tres resultaría provechosa y no descartaríamos, en su revisión, ninguna de las alternativas propuestas. Para el diseño de esta estrategia, en contraste con lo que planteábamos para el paso tres, definitivamente requerimos usar nuestra criticidad. ¿Por qué? Porque de lo que se trata ahora es de implementar esta estrategia para afrontar, de manera directa, la dificultad que pretendemos resolver. Dicha estrategia, ¿Es la más viable?, ¿Es la más práctica?, ¿Es la que tendrá mayores probabilidades de tener éxito?, ¿Es la más justa para todas las partes involucradas? Estas y otras preguntas, que procuran analizar cuán factible es nuestra estrategia para su implementación, deberemos planteárnoslas a nosotros mismos para estar seguros de que ha llegado el momento de pasar a la última parte de todo este proceso. ¿En qué consiste este último paso? En llevar a la acción la estrategia que diseñemos. ¿De qué serviría la mejor estrategia que pudiéramos diseñar si no la lleváramos a la práctica? ¿Cómo sabríamos si ésta representa lo mejor que podemos hacer para resolver esa dificultad? ¿De qué otro modo podríamos conocer sus efectos?

Ahora que conoces este método en su totalidad probablemente tengas la impresión de que llevarlo a la practica podría resultarte complicado, pero valdría la pena que te preguntaras qué resultados podrías esperar si, al intentar resolver tu próxima dificultad, actuaras como siempre lo has hecho en lugar de hacerlo sistemáticamente con base a un método que busca brindarte mayor seguridad en tus decisiones. En cualquier caso, nuestra aportación final respecto a este tema es que consideres la posibilidad de resolver, de un modo más certero, los problemas en los que consideres tengas tú algo que aportar.

4. Trabajar la ansiedad ante la materia. ¿Te ha pasado alguna vez que alguna de tus materias te ponga ansioso? ¿Recuerdas por qué? Pueden haber muchas razones: que el profesor te parezca o sea realmente muy estricto, que el contenido de la materia te resulte sumamente complicado y confuso, que las clases de esa materia “te maten de aburrimiento” y te hagan desinteresarte de ella, etc. Por el motivo que sea, si te descubres sintiendo ansiedad ante alguna de tus materias, la mejor recomendación que podríamos hacerte es que lo comentes con el profesor de la materia en cuestión. ¿De qué te serviría eso? Para empezar, permitirías que el profesor se diera cuenta de tu situación. ¿Qué crees que piensa tu profesor cuando en la clase les pregunta si alguno de ustedes tiene dudas sobre el tema que acaba de explicar y todos se quedan callados? ¡Claro! El profesor termina su clase y se va pensando que todo estuvo bien. Hablar con tu profesor de tu ansiedad le permitirá darse cuenta de que su enseñanza necesita algunos ajustes, y que estos deben dirigirse por lo pronto, a reducir tu ansiedad hacia la materia que imparte. A simple vista pareciera una práctica común entre los estudiantes hablar de este tema con sus profesores, pero la realidad demuestra lo contrario. Si eres tímido, podrías preferir hablar con tus compañeros de clase, lo cual podría redituarte en algún beneficio, por ejemplo, que alguno de ellos te explicara los temas que no entiendas, pero los beneficios que esta opción puede aportarte son limitados. En cualquier caso, la recomendación es que hables de tu ansiedad. No tiene sentido que te quedes callado. Habla de ello con tus compañeros y haz lo posible por tratar este tema con tu profesor. Al fin de cuentas, no sabrás el resultado de este diálogo hasta que no lo pongas a prueba en la realidad, ¿Verdad?

Finalmente, cuando vayas a estudiar, hacer tareas o simplemente repasar para un examen, busca tener siempre una meta que puedas alcanzar con la actividad que te dispongas hacer. Subrayamos esta última parte porque es vital que las metas que te fijes siempre sean realistas. Veamos un caso donde no se cumple esto: Un estudiante universitario, tras haber sacado una mala nota en el semestre, decide disciplinarse y ser un buen estudiante, para lo cual, anota en su hoja de programación diaria 4 horas para estudiar diariamente en las tardes… ¡Cuando ni siquiera tiene la costumbre de estudiar diariamente! ¿Cuál sería la consecuencia obvia de este proceder? Quemarse, dirían los deportistas, o frustrarse terriblemente, si al cabo de unos cuantos días no logrará continuar con lo programado.

Si el caso anterior, querido lector, fuera tu situación actual, ¿Cuál sería la forma más lógica de lograr una meta tan ambiciosa? ¡Hacerlo gradualmente por supuesto! Si no tienes la costumbre de estudiar diariamente comienza por hacerlo por periodos breves cada día durante las primeras semanas. Si logras habituarte al simple hecho de hacerlo día con día, si esa sesión de 20 o 30 minutos logra infiltrarse a tus actividades diarias hasta quedarse afianzada como una más de dichas actividades, entonces y sólo entonces, será hora de que comiences a programar sesiones cada vez más largas hasta lograr la meta que te habías propuesto.

Pero el estudio no sólo es cuestión de cantidad sino también de calidad. ¿De qué serviría que tuvieras un libro en tus manos y tu vista puesta en sus hojas durante horas si tu mente se hallara en una dimensión de cual sólo tú sabes de qué trata? Apuesto que alguna vez te ha pasado, que después de “leer” un libro por un buen rato, descubres que a pesar de haber “leído” páginas y páginas no tienes idea sobre lo que ese texto trata. Esta situación ocurre porque en lugar de leer activamente el texto, es decir, de involucrarte de lleno con él, simplemente te estás dejado absorber por lo que se supone que estás haciendo. Dicho de otra manera: Sólo le estás haciendo al cuento, lo cual, representa el camino más corto para convertirse en un lector pasivo.

¿Cómo evitar convertirse en un lector pasivo? A continuación, una sugerencia en dos partes:

1. Siempre que vayas a estudiar, hacer tarea o repasar, formula un propósito para lo que te dispongas hacer y escríbelo. ¿Qué para qué lo tienes que escribir? ¡Pues para que no se te olvide! No te vaya a pasar lo de aquel estudiante que, después de una larga y tediosa sesión de trabajo escolar, terminó preguntándose: “¿Y qué se supone que tenía que hacer?”. Esta meta, por ejemplo, puede referirse a comprender el capítulo de un libro, a practicar los pasos necesarios para ejecutar un procedimiento matemático, o simplemente, a memorizar una serie de conceptos y sus correspondientes definiciones.

2. Siempre que estudies, hagas tareas o repases, verifica periódicamente si en realidad estás cumpliendo en ese momento con la meta que pretendes alcanzar. Para ello, ten a la mano siempre un lápiz o lapicero y un papel donde puedas registrar estas verificaciones. Pregunta ineludible: ¿Cómo registrar estas verificaciones? Dependerá de la actividad que estés haciendo por supuesto. Si estás leyendo, por ejemplo, te convendrá parar cada cierto número de párrafos y explicar lo que acabas de leer en ellos. No se trata de escribir exactamente lo que leíste (a menos que tal fuera el propósito que persiguieras), tampoco es indispensable (aunque si deseable) que tu explicación concuerde, fielmente, con lo que leíste. Lo esencial es que verifiques si eres capaz o no de explicarte a ti mismo lo que acabas de leer. Si verificas que si, eso significará que haz leído activamente hasta el momento, pero si verificas que no, es decir, si te pierdes en tu propia explicación o simplemente no brotan de ti las palabras para poder empezarla siquiera, entonces lo más recomendable será que regreses algunos párrafos atrás y vuelvas a intentarlo.

Recapitulemos: Esta última estrategia, que te proponemos con relación a la concentración que debes tener en tus estudios, consiste en que formules y escribas metas o propósitos realistas acerca de tus actividades académicas y que verifiques, durante la realización de las mismas, si realmente te estás concentrando en ellas. Cabe agregar que, si no te distraes durante la realización de tus actividades académicas, sobre las cuales tienes definidas metas específicas que alcanzar, no tienes porque tener obstáculos para lograr lo que te propongas.

2 Comentarios:

Mª Ascensión dijo...

Fernando gracias por este artículo que me viene a las mil maravillas. Mi hija está bloqueada en su proyecto de Arquitectura y se lo envío para que lo lea y medite porque pienso que le puede servir de ayuda. Muy interesante y provechoso lo que planteas aquí. Un abrazo enorme.

fdoreyesb dijo...

Mª Ascensión: ¡Muchas gracias por tu comentario! Me alegro de que te haya gustado. Espero sea útil y cumpla su cometido. ¡Salu2!



El contenido plasmado en este blog es producto de la reflexión de su autor, de sus colaboradores y de los pensadores que en él se citan. Cualquier semejanza con la realidad o alguna ficcón literaria, televisiva, psicótica paranoide o de cualquier otra índole es mera coincidencia

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