Aportando una nueva actitud

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Por el Mtro. Fernando Reyes Baños


Para Norma y Vilma,
quienes inspiraron estas líneas.


Hace un par de meses intercambié con una amiga, ex compañera de la maestría que estudiamos en línea (la que por cierto felizmente, ya terminamos), algunas impresiones sobre la ola de violencia que estábamos (o estamos, según le parezca a cada quien) viviendo en México. Nuestros puntos de vista no eran del todo coincidentes: ella defendía la necesidad de no hablar o escribir sobre la violencia (porque de esa manera se aminoraba, de alguna manera, su impacto psicosocial) y de la importancia de ocuparse, con exclusividad, de los aspectos positivos de la realidad; mientras que yo, sin restar importancia a los aspectos positivos, abogaba por la necesidad de trabajar con los aspectos negativos también, sobre todo, para entenderlos y encontrar una manera viable de contrarrestarlos. A este intercambio se agregó incluso, una tercera opinión (la del Ing. Sergio Amaya) que buscó reconciliar ambos enfoques, arguyendo que ambos puntos de vista no eran mutuamente excluyentes.

Este día, último día del año 2011, me pareció oportuno rescatar algunos extractos de lo que escribí entonces, aclarando que las circunstancias que vivimos en la actualidad probablemente no sean las mismas que hubo hace algunos meses, a lo que tendríamos que agregar la consideración sobre nuestra ubicación geográfica en particular, presuponiendo que la violencia (o cualquier otra eventualidad) se vive de manera diferente, dependiendo del lugar en el que nos encontremos.

La intención de este artículo es incitar a la reflexión de los lectores en torno a este tema, ni más ni menos. No está dirigido a nadie en particular, ni tampoco espero recibir comentarios (si los hubiera) completamente a favor o en contra del punto de vista que expongo, el cual es ciertamente, personal. No escribí este artículo como psicólogo (si así fuera, continuaría con una exposición rimbombante sobre la violencia colmada por tecnicismos con pretensiones cientificistas), ni como maestro o profesor. Escribí estas líneas buscando a toda costa ser sencillo, cualidad que desde siempre me ha parecido la más difícil de lograr como expresión de cualquier pensamiento humano (y que, por supuesto, tardaré mucho tiempo todavía en lograr a plenitud). Finalmente, cuando hablo de violencia no sólo me estoy refiriendo a una expresión específica de la misma, por lo que incluyo a través de su enunciación cualquiera de sus manifestaciones conocidas.

Entrando en materia, sobre la violencia que caracteriza a nuestras sociedades veo dos opciones: una, hablar solo de lo bueno, pretender que nada malo pasa, hacer cada quien lo suyo y esperar que de lo demás alguien más se encargue o que por su propio peso caiga; y dos, procurar ver la realidad en su totalidad, con lo bueno y lo malo y diagnosticar el problema, porque sólo sabiendo en qué consiste éste es como se puede afrontar adecuadamente.

De las dos opciones, la que me parece más sana es la segunda: en la planeación se empieza con un diagnóstico de la institución como punto de partida para las estrategias que habrán de implementarse. En la medicina, el médico debe saber qué tiene el enfermo para saber que recetarle; en la psicología clínica, se recomienda empezar con la recopilación de información y la aplicación de pruebas para tener una idea más clara sobre lo que se va hacer en las sesiones sucesivas… y los ejemplos podrían seguir, pero la cuestión es: ¿por qué nuestra realidad social debería demandar algo diferente? ¿Sería recomendable acaso adoptar un modelo en una institución sólo porque ha funcionado muy bien en otras, sin preguntarse siquiera por las circunstancias que caracterizan a ésta? ¿Sería recomendable que los médicos recetaran medicamentos u ordenaran hacerse una operación sin hacer un diagnóstico previo, el cual además debiera ser lo más adecuado posible (y que inclusive tuviera como antecedente la opinión de otros expertos)? ¿Sería recomendable que los psicólogos y psiquiatras atendieran a la gente sin tomarse la molestia de preguntarles qué les pasa, sin hacer estudios que les sirvieran de puntos de referencia para saber cómo atenderlos? ¿Sería recomendable entonces pasar por alto lo que está ocurriendo ahora en nuestro país? ¿Qué no hay, para nuestro infortunio, demasiadas personas que ya lo están haciendo desde hace mucho tiempo y por eso, precisamente por eso, hemos llegado al aquí y al ahora en tales circunstancias?

No digo que no sea importante hablar de lo bueno, porque estoy convencido de que si algo nos ha hecho falta en este país es hablar de las cosas buenas que los mexicanos han hecho y no sólo hablarlo, sino también hacer de esas buenas acciones productos que todos podamos ver, comentar y disfrutar, ¿por qué sólo los norteamericanos, por citar un ejemplo, deben hacer películas y series de televisión sobre lo que sus héroes patrios, deportistas y científicos han hecho? No es que nosotros no los tengamos, es que no nos hemos ocupado de hacer de tales logros algo que la gente, en lo cotidiano, comente y lo comunique con gusto y deleite. Pero está esa otra parte, que desafortunadamente muchos atienden solamente hasta que les toca vivirlo de cerca, que amerita atenderse y hablarse no para chismorrear con morbo sobre los detalles más escabrosos, sino para afrontarlo, crear consensos y planear, como comunidad, qué podemos hacer para protegernos.

¿Sería recomendable que los jóvenes mexicanos, ya de por sí embobados por los modelos más actuales de telefonía móvil, las películas de superhéroes y la socialización interminable y superflua en las plazas comerciales, vivan sin atender a la realidad, creyendo que están en el país de las maravillas cuando las circunstancias actuales ameritan no salir en las noches después de cierta hora o no llegar tan tarde a casa, sobre todo si andan solos (como el México de no hace... ¡No sé cuántos años!) Yo pienso que no, o por lo menos, no en el México que algunos mexicanos vivimos actualmente (se sobre entiende que, en sentido figurado, hablar de “México” puede implicar hablar simultáneamente de “varios Méxicos”). ¿Debemos esperar a que suceda algo peor que lo ocurrido en agosto del 2011 en Casino Royal? De entrada, creo que lo importante es que a nosotros no nos ocurra nada malo, si en ese "nosotros" incluimos solamente a nuestra persona y a nuestra familia. Pero me pregunto... ¿Habrán circunstancias, como las que vivió la Ciudad de México con el temblor de 1985, que ameriten reconsiderar esa palabra, es decir, que nos haga incluir en ese "nosotros" no sólo a las personas más allegadas, sino también a la familia más lejana, a los vecinos con los que compartimos la colonia, a los ciudadanos con los que compartimos la ciudad, aunque no los conozcamos, aunque en algún momento nos hayan hecho pasar un mal rato por un roce cotidiano, aunque en el fondo no nos importe tanto? Creo que en esos términos es necesario afrontar circunstancias como las actuales, porque lo otro equivale a pretender tapar el sol con el dedo, a "hacerse de la vista gorda", a pretender seguir viviendo en un valle de rosas, aunque la extensión de éste se vaya reduciendo cada vez más… ¿sería sensato esperar que lo único que nos reste sea refugiarnos en nuestras casas de lo que pueda suceder afuera, esperando que alguien más lo afronte, lo que quizá no suceda nunca si tomamos como brújula lo que ha venido ocurriendo en México en los últimos años?

Todo lo anterior, ¿equivale a vivir todo el tiempo pensando en la violencia: violencia aquí, violencia allá y en todas partes? Yo creo que no hace falta. Si algo caracteriza a los contenidos que podemos ver en la televisión, en el cine y en la Internet tiene que ver justamente con eso: con la violencia. Bastaría con preguntarle a cualquiera: niños, jóvenes, amas de casa, adultos y hasta personas mayores. ¿Y qué decir de lo que habla la gente en las calles, en los supermercados y en las plazas comerciales? Igual. Asumámoslo: vivimos en una sociedad violenta, donde los medios masivos de transmisión y comunicación muestran violencia y donde el habitante promedio habla de violencia y con cierta frecuencia se comporta de manera violenta con sus semejantes. Parecería lo más sensato no hablar de ello, porque "violencia genera más violencia", aunque en este caso no nos refiramos a la violencia pers se, sino al discurso cacofónico, insidioso y muchas veces infundado sobre la violencia que es percibida desde diferentes perspectivas. Pero ese es precisamente el problema: no se trata de hablar de violencia, sino de lo que nos ocurre como sociedad, del papel y la reacción que todos, en lo individual y en lo colectivo, estamos asumiendo al respecto, de lo que ocurrirá después, de lo que debería ocurrir, de lo que haremos (o no haremos) y de lo que deberíamos hacer; no se trata de hablar de violencia, sino de hacer de ella un objeto de estudio, de análisis, de reflexión, de plática cotidiana, pero en su justa dimensión, con inteligencia, con "objetividad" y, sobre todo, con honestidad y con actitud propositiva, aspirando quizá a pensar no sólo desde nosotros, sino desde NOSOTROS, como colonia, como ciudad, como país, como una comunidad que se haga merecedora de llamarse México.

Estimado lector: puedes expresar tu opinión respecto a este tema, a favor o en contra, lo que gustes, en lo único que no te puedo complacer es en dejar de difundir tales ideas, porque si hablar de lo bueno crea ejemplo, hablar de lo malo quizá creará consciencia y, en estos momentos de urgencia, creo que debemos estar muy al tanto de lo malo, para saber cómo tratarlo o como protegernos de ello, tal como sucede cuando nos sospechamos resfriados o con dolor de garganta: procuramos cuidarnos más, ¿no?, bueno, este es el mismo caso. Se trata también de una labor constante. Hay quienes aprovechan la oportunidad para organizar foros en torno a este tema, lo cual es bueno definitivamente, pero es una pena que después de consumar otros intereses, políticos por ejemplo, se olviden de asuntos que tristemente han sido, son y seguirán siendo tan cotidianos para muchos.

Hablar sobre lo bueno es una opción también. Muchas personas piensan que así es como debería de ser. Este enlace es de un artículo que el Mtro. Rodrigo Juárez escribió en este mismo blog sobre la violencia, para referirse sobre todo a lo delicado que resulta hablar de sus especulaciones. Me parece que también es una buena estrategia. El problema es cuando queremos ver solamente un lado de la moneda y pretendemos desconocer el otro, como pretendiendo que si no se habla de tal cosa, esa “cosa” simplemente dejará de existir, convirtiéndose en algo parecido a un rumor, un chisme molesto que debería erradicarse porque su mero tránsito entre las personas resulta perjudicial para cualquiera que lo escuche o participe en su intercambio.

Desafortunadamente, hablar (o pensar) en términos de sólo un aspecto de la realidad expresa (la mayoría de las veces sin que nos percatemos) nuestra resistencia a salir del área de confort en la que creemos hallarnos, ubicándonos en algo similar a una modalidad de stand-by, en la que esperamos indefinidamente a que las cosas cambien para bien por obra de alguien que sea capaz de hacer lo que nosotros nos conformamos con censurar. Claro que esta es mi opinión sobre el tema y es tan respetable como cualquier otra. El actuar democráticamente implica eso. El Dr. De la Fuente (al margen de nuestras posturas políticas en torno a su persona) expresó en una conferencia que dictó hace algunos años las siguientes palabras: “En una sociedad plural, como la nuestra, en una democracia, quizá lo mejor es que alentemos esa cultura de discrepar y coincidir como formas naturales de interactuar entre nosotros y que, ni una es sinónimo de ilegalidad, de rebelión o de infracción, ni la otra es sinónimo de lambisconería ni de servilismo. Podemos y debemos avanzar en México discrepando y coincidiendo. En algunos puntos discreparemos, en otros puntos coincidiremos y reconozcamos, cuando hay discrepancia, que no hay mayor problema y que, cuando hay coincidencia, que tampoco lo hay” (puede leerse una transcripción completa de esta conferencia en este otro post).

Finalmente es cuestión de gustos también, es decir, sobre la realidad habrá personas que prefieran hablar más sobre sus aspectos positivos que de sus aspectos negativos o viceversa. Mi punto es que no se puede priorizar uno de estos aspectos, cualquiera que sea, desconociendo o restándole toda la importancia al otro. Enfoque semejante implicaría siempre una descripción sesgada de la realidad, y probablemente sea cuestión de sensatez y sentido común, respetar la realidad (al margen también de nuestras consideraciones filosóficas al respecto) en la que vivimos, por la razón (sencilla más no simple) de que ella nos circunscribe, a nosotros, a nuestros semejantes y a nuestro mundo.

¡Feliz año 2012!

2 Comentarios:

Sergio A. Amaya Santamaría dijo...

Querido Fernando, ante todo, deseo para ti un Año Nuevo lleno de realizaciones, personales y profesionales.
Respecto a tu artículo, coincido plenamente con tu postura. Ahora bien, supongo que la sociedad, representada por tu compañera, estará harta de los comentarios de la prensa de nota roja. Es necesario que los especialistas en la materia, hagan, como el médico, un diagnóstivo previo y a fondo del estado del "paciente", determinen el mejor procedimiento quirúrgico y tratamiento post operatorio y no solamente tratar de aliviarlo a base de "cirugías" cruentas y sin sentido. Deberíamos tener un verdadero servicio de inteligencia y actuar en consecuencia. Pero tienes razón, hay que hablar de la enfermedad, para encontrar la cura. Te mando un abrazo.

fdoreyesb dijo...

Sergio: ¡Feliz año 2012! Efectivamente, lo que importa no sólo es el diagnóstico, sino también "la cura" (al margen, desde luego, de todo el contenido ideológico que pueda connotársele a este término bajo ciertas perpectivas teóricas). Tal vez lo que debiera seguir no tendría que ser algo necesariamente innovador (como "algo nunca visto" o "algo que no exista en ninguna otra parte")... tal vez, de una manera no idílica, ya se tenía en nuestro país antes, cuando las cosas no estaban como ahora. Quizá, más que de "curas" o fórmulas con las que mágicamente se pretendan resolver las cosas de manera absolutista, deberíamos hablar de "vías factibles para lograr consensos", con miras a seguir avanzando, de un modo u otro, pero sobre todo librándonos de la mojigatería y el puritanismo que a veces, más que ayudarnos, empañan la percepción de una realidad que demanda, nos guste o no, una solución a ultranza para la satisfacción de TODOS (y escribo en mayúscula esta palabra porque, para nuestro infortunio o desgracia, tengo que señalar así todo lo que ésta implica). Como lo veamos, estas "vías factibles para lograr consensos" entre las partes involucradas no auguran, seguramente, un camino sencillo y "de color de rosa" para conseguir la paz que TODOS deseamos (independientemente de los fines particulares de los interesados), pero dice el dicho "arrieros somos y en el camino andamos", por lo que es cuestión de esperar también que TODOS podamos darnos cuenta de las necesidades y expectativas de todos, para empezar a crear consensos, más allá de si "estamos de parte" de "los buenos" o de "los malos". ¡Saludos y hasta la próxima!



El contenido plasmado en este blog es producto de la reflexión de su autor, de sus colaboradores y de los pensadores que en él se citan. Cualquier semejanza con la realidad o alguna ficcón literaria, televisiva, psicótica paranoide o de cualquier otra índole es mera coincidencia

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