Por el Mtro. Fernando Reyes Baños


Una de las primeras tareas que realicé en el posgrado que terminé el año pasado (sobre administración de instituciones educativas), consistió en responder algunas preguntas desde mi propia perspectiva, tomando como punto de partida mis conocimientos y experiencias como docente universitario, con el propósito de clarificar la postura que uno como profesor tiene acerca de aspectos que indudablemente resultan torales para todo proceso educativo.

¿Por qué podría ser importante hacer un ejercicio como éste para quienes nos dedicamos, ya sea parcial o totalmente, a dar clases (cualquiera que sea el nivel educativo en el que nos desempeñemos)? Obviamente porque promueve la reflexión en torno a nuestra práctica docente (esto, que podría ser objeto insalvable de varios cuestionamientos, queda plenamente justificado si consideramos que esta actividad requiere, más allá de ejercerla cotidianamente, de altos en el camino y espacios para trabajar con otros docentes, que sirvan para establecer diálogos que tengan como finalidad su profesionalización), pero sobre todo porque nos aproxima a definir con mayor precisión, los términos en los que podría expresarse la intencionalidad que hacemos operativa cotidianamente en las aulas escolares, lo que resulta elemental para seguir evolucionando, en una espiral ascendente (no necesariamente lineal) hacia una mejor práctica docente.

Para responder las preguntas de la tarea en cuestión, se nos solicitó que leyéramos antes un texto que Paulo Freire (1921-1997), uno de los pensadores más influyentes en cuestiones educativas de finales del siglo XX, denominó Pedagogía de la autonomía*. Si bien esta obra puede ser un poderoso incentivo para la reflexión de los docentes en torno a su práctica, sobre todo si se desea hacer énfasis en aspectos como la igualdad, la transformación y la inclusión social de todos los individuos, habría quizá textos alternativos de donde podrían seleccionarse segmentos que serían útiles para este propósito, por ejemplo, los textos de Savater (1997) y de Rugarcía (1999).

Según lo descrito en los párrafos precedentes, las preguntas que debían responderse para elaborar este trabajo reflexivo son las siguientes:

1. ¿Cuál es el rol del profesor?
2. ¿Cuál es el rol del alumno?
3. ¿Cuál es el rol de un investigador educativo?
4. ¿Cuál es la finalidad de enseñar?
5. ¿Cuál es la finalidad de aprender?
6. ¿Cuál es la finalidad de realizar investigación educativa?
7. ¿Qué saberes pones en juego al enseñar?
8. ¿Qué es el aprendizaje?
9. ¿Qué relaciones hay entre profesor-alumno y enseñanza-aprendizaje?

Comparto a continuación, mis respuestas a tales preguntas. Recuérdese que las respuestas que se elaboren representarán una perspectiva personal sobre la práctica que cada quien tenga como docente, ya que partirán de sus conocimientos y experiencias particulares, además de que variarán, en algún sentido, dependiendo de cuál sea el texto que se utilice como incentivo para la reflexión (precisamente por factores como éstos, resultará importante considerar que no hay respuestas correctas o incorrectas, pero si respuestas más o menos fundamentadas, analíticas o coincidentes con el sistema de creencias de cada docente); en este sentido, mi intención de dar a conocer públicamente mi perspectiva no persigue otro objetivo que el de ejemplificar cómo puede llevarse a cabo tal ejercicio, con la esperanza desde luego de que otros docentes (o instructores con experiencia en formación docente) _que lean y se interesen por leer este artículo_ también lo hagan:

¿Cuál es el rol del profesor? Propiciar las condiciones para que se genere el aprendizaje en los estudiantes a través de la estructuración que éste haga de experiencias dentro del salón de clases y de sus intervenciones como facilitador, coordinador y moderador, sirviéndose de su preparación académica y de su experiencia profesional; esta postura se relaciona parcialmente, con algunas ideas expuestas por Freire (2004) cuando afirma que la función del profesor tiene que ver con “…incitar al alumno para que él, con los materiales que ofrezco, produzca la comprensión del objeto en lugar de recibirla integralmente de mí. Él necesita apropiarse del entendimiento del contenido para que la verdadera relación de comunicación entre él, como alumno, y yo, como profesor, se establezca. Es por eso por lo que… enseñar no es transferir contenidos a alguien, así como aprender no es memorizar el perfil del contenido transferido en el discurso vertical del profesor” (p. 37); como es posible apreciar, las ideas de Freire tienen como foco de atención, por un lado, las condiciones que el profesor necesita implementar para enseñar (no transferir o transmitir), y por otro lado, la responsabilidad que el estudiante tiene, como sujeto activo, dentro del proceso educativo.

¿Cuál es el rol del alumno? Participar activamente en su proceso de aprendizaje personal, responsabilizándose de aprovechar al máximo las condiciones generadas por el profesor y la institución escolar para su beneficio, con el propósito de desarrollar las competencias profesionales que le permitan alcanzar los conocimientos, las habilidades, las destrezas y las actitudes que lo aproximen a cumplir con su plan de vida; en contraste, Freire (2004) afirma que: “En la diferencia y en la ‘distancia’ entre la ingenuidad y la crítica, entre el saber hecho de pura experiencia y el que resulta de los procedimientos metódicamente rigurosos, no hay para mí una ruptura, sino una superación.” (p. 11); por tanto, el rol del alumno debe caracterizarse por la búsqueda de éste por superar esa ingenuidad y ese saber formado meramente por experiencias, de manera activa y responsable, lo que le permitirá alcanzar la criticidad y el rigor metodológico.

¿Cuál es el rol de un investigador educativo? Para efecto de una investigación formal, estudiar una problemática detectada en el contexto de una comunidad determinada con el propósito de entender de qué se trata ésta e, inclusive, de brindar una solución o un aporte que contribuya a su mejoría; para efecto de las clases que todo docente desarrolla frente a grupo, prepararse continuamente para que los contenidos que se trabajen, las estrategias que se utilicen, los medios de que se apoye, etc., se mantengan a la par de los cambios que, día a día, ocurren en la sociedad y que, actualmente, se caracterizan por ocurrir cada vez con mayor velocidad. Freire (2004) expresa estas ideas con mucha mayor claridad: “De allí que sea tan importante conocer el conocimiento existente cuanto saber que estamos abiertos y aptos para la producción del conocimiento aún no existente. Enseñar, aprender e investigar lidian con esos dos momentos del ciclo gnoseológico: aquel en el que se enseña y se aprende el conocimiento ya existente y aquel en el que se trabaja la producción del conocimiento aún no existente. La "dodiscencia" -docencia-discencia- y la investigación, indivisibles, son así prácticas requeridas por estos momentos del ciclo gnoseológico” (p. 10) Enseñar sobre lo que existe y que se conoce, aprender sobre lo que ya existe para poderlo integrar en la enseñanza e, inclusive, investigar para aprender, enseñar y contribuir en la elaboración de nuevo conocimiento, son pautas que no sólo enriquecen al profesor y a sus estudiantes, sino que también sirven para mantener a raya al automatismo, al estancamiento y a lo rutinario.

¿Cuál es la finalidad de enseñar? Informar y formar a quienes deciden estudiar para hacerse de las competencias que les sirvan para desarrollarse en un ámbito profesional, lo cual implica no sólo trabajar aspectos académicos, sino también aspectos cuya adquisición implica el desarrollo integral de los estudiantes. Para Freire (2004), la enseñanza tiene más de una finalidad, entre ellas, que el estudiante aprenda a pensar correctamente, particularmente, porque “Pensar acertadamente… implica tanto el respeto al sentido común en el proceso de su necesaria superación como el respeto y el estímulo a la capacidad creadora del educando.” (p. 10); aprenda, en sus relaciones con los demás, a asumirse “…como ser social e histórico, como ser pensante, comunicante, transformador, creador, realizador de sueños, capaz de sentir rabia porque es capaz de amar.” (p. 14); además de aspirar a otras cualidades: curiosidad epistemológica, rigor metodológico, ética, etc.

¿Cuál es la finalidad de aprender? Saber, saber hacer y saber ser, en otras palabras, se aprende con la finalidad de adquirir conocimientos, desarrollar habilidades y destrezas, y consolidar actitudes y valores, que no sólo propician que la persona que aprende sea un profesionista más competente para el trabajo y para la vida, sino también un mejor ciudadano. Acerca de este último punto, Freire (2004) tiene ideas que complementan esta respuesta; así pues, cuando reflexiona y dice: “…mi presencia en el mundo no es la de quien se adapta a él, sino la de quien se inserta en él. Es la posición de quien lucha para no ser tan sólo un objeto, sino también un sujeto de la Historia.” (p. 18); dicho de otra manera, una finalidad importante del aprendizaje, más allá del consabido (sin restarle ningún mérito por supuesto) discurso sobre las competencias, es promover en los estudiantes la posibilidad del cambio, la posibilidad de que éste pueda ocurrir a través de su intervención en el mundo y, de forma más inmediata, en el contexto en el cual están circunscritos, siempre y cuando se asuman claro está como sujetos activos, como sujetos con esperanza, como sujetos éticos con una responsabilidad para con su libertad de elegir.

¿Cuál es la finalidad de realizar investigación educativa? Entender una problemática determinada para brindar opciones que, de algún modo, aporten una mejoría o enriquezcan la situación estudiada y que, por lo general, guarda relación con los agentes que intervienen en el proceso educativo: la institución escolar, los trabajadores de la educación, los estudiantes y los padres de familia; en contraste y haciendo referencia a la relación entre investigación y enseñanza, Freire (2004) afirma que: “No hay enseñanza sin investigación ni investigación sin enseñanza. Esos quehaceres se encuentran cada uno en el cuerpo del otro. Mientras enseño continúo buscando, indagando. Enseño porque busco, porque indagué, porque indago y me indago. Investigo para comprobar, comprobando intervengo, interviniendo educo y me educo. Investigo para conocer lo que aún no conozco y comunicar o anunciar la novedad” (p. 10); en suma, si enseño sin investigar continuamente, me estanco, me rezago y lo que aporte, lejos de significar algún beneficio para alguien, perjudicará a quienes, por el momento, me sigan viendo como alguna clase de autoridad. Por eso Freire (2004) comenta: “…la práctica docente… me pone en la situación que debo estimular de que se me formulen diferentes preguntas, necesito prepararme al máximo para continuar sin mentir a los alumnos, para no tener que afirmar una y otra vez que no sé.” (p. 30)

¿Qué saberes pones en juego al enseñar? La formación académica, la experiencia profesional, lo que se ha investigado al paso del tiempo sobre la materia que se imparte, experiencias pasadas con otros grupos y materias que se han dado, la preparación del curso que se hace al iniciar el semestre y el plan de clase que se tenga que dar en ese momento. Freire, por su parte, comenta: “En cuanto presencia no puedo ser una omisión sino un sujeto de opciones. Debo revelar a los alumnos mi capacidad de analizar, de comparar, de evaluar, de decidir, de optar, de romper. Mi capacidad de hacer justicia, de no faltar a la verdad. Mi testimonio tiene que ser, por eso mismo, ético.” (Freire, 2004, p. 31)

¿Qué es el aprendizaje? Siempre se ha dicho que aprender es cambiar, ¿qué es exactamente lo que se cambia? Si cambiar es cambiar “una cosa por otra”, en primera persona, puede afirmarse que: “si antes no sabía algo, si no sabía hacer alguna actividad con ese algo o mi actitud, ante mi desconocimiento, implicaba una predisposición de determinadas características, ahora que lo sé puedo explicarlo, entenderlo, tener en claro de qué se trata, y además puedo hacer algo con ese conocimiento y puedo adoptar una actitud distinta, que no podía ser otra antes de que supiera de eso”. Freire agrega que: “lo fundamental en el aprendizaje del contenido es la construcción de la responsabilidad de la libertad que se asume.” (Freire, 2004, p. 30)

¿Qué relaciones hay entre profesor-alumno y enseñanza-aprendizaje? Son agentes y procesos que se complementan mutuamente, aunque entre ellos pueden producirse aspectos que, en la práctica, puede hacerlos parecer elementos aislados en algunos casos, por ejemplo, el profesor que no atiende al aprendizaje de sus estudiantes, que no constata que haya éste, puede estar haciendo presente en el salón de clases la enseñanza, pero no necesariamente al aprendizaje, por otra parte, los estudiantes que no se responsabilizan de su propio proceso de aprendizaje, que esperan que todo suceda sólo por estar sentados en sus butacas, probablemente no aprendan, aún cuando el docente pueda ser el mejor enseñando algo o, incluso, generando el aprendizaje en los alumnos. Freire (2004) aporta el siguiente comentario: “Enseñar y aprender tienen que ver con el esfuerzo metódicamente crítico del profesor por desvelar la comprensión de algo y con el empeño igualmente crítico del alumno de ir entrando como sujeto en aprendizaje, en el proceso de desvelamiento que el profesor o profesora debe desatar. Eso no tiene nada que ver con la transferencia de contenidos y se refiere a la dificultad pero, al mismo tiempo, a la belleza de la docencia y de la discencia.” (p. 37)


Referencia

Freire, Paulo (2004). Pedagogía de la autonomía. Sao Paulo: Paz e Terra S.A.
Rugarcía Torres, A. (1999). Hacia el mejoramiento de la educación universitaria. México: Trillas.
Savater, F. (1997). El valor de educar. México: Ariel.

[*] Puede consultarse el texto en Internet en el siguiente enlace: http://www.bsasjoven.gov.ar/areas/salud/dircap/mat/matbiblio/freire.pdf



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