Por el Mtro. Fernando Reyes Baños


La palabra “pensar” implica, de entrada, una dificultad polisémica. ¿Pensar es igual que formular una opinión?: “yo pienso que Peña Nieto es un hijo de la Malinche.” ¿Representa una actitud?: “¡Piensa positivamente!” o “¡No seas mal pensado!.” ¿Es una creencia?: “si piensas que algo malo ocurrirá, ten por seguro que ocurrirá.” ¿Es igual a recordar?: “te juro que no dejo de pensar en ti cuando estás ausente.” Pareciera, a simple vista, que todos estamos pensando en algo todo el tiempo, pero quizá algo más cercano a la realidad sería que la mayoría de nosotros nos encontramos inmersos en “nuestros” pensamientos y que algunas veces, cuando nuestras circunstancias así lo demandan, hacemos uso de ciertas habilidades, que nos facilitan afrontar las circunstancias que nos circunscriben. Pero la cuestión es… ¿Los pensamientos que “pensamos” todo el tiempo son realmente nuestros? ¿Cuánto de lo que pensamos realmente es producto de ese proceso que llamamos pensar? Sin pretender dar respuestas claras a tales interrogantes, abordaremos algunas ideas en torno suyo, sobre todo, para distinguir algunos términos con los que a veces se confunde esa palabra tan socorrida que es “pensar”.

¿Qué es pensar? Para empezar, debemos aceptar que no es lo mismo que opinar, creer, recordar o tener una actitud hacia algo o alguien. Pensar es un proceso mental intencionado, resuelto y orientado hacia un objetivo, es decir, es un conjunto de actividades concebidas por el sujeto para poner en práctica (en la realidad) un objetivo específico. Paul (1996) lo expresa de la siguiente manera: “El buen pensamiento es el pensamiento que cumple con la tarea que le establecemos.” Lo anterior significa, desde luego, que pensar no es lo mismo que divagar, que “pensar” sin dirección (por eso, cuando alguien nos dice: “¿qué, estás pensando en la “inmortalidad del cangrejo”?, lo que realmente nos está diciendo es que nos perdamos el tiempo, que en lugar de estar “en la baba” mejor hagamos algo útil).

Muchas veces confundimos también pensar con ser inteligente, pero… ¿Una persona inteligente es necesariamente un buen pensador? Al respecto, y con la intención de problematizar esta relación (que usualmente establecemos sin ningún problema), me gustaría citar la siguiente anécdota, que trata sobre el diálogo entre un ordenador y un usuario:

Ordenador: “Soy una máquina inteligente”.
Usuario: “¡Demuéstramelo!”.
Ordenador: “¿Qué aceptaría como prueba de mi inteligencia?”
Usuario: ¡?

La anécdota anterior parece insinuar, a semejanza de lo que se decía en los tiempos de Binet, que inteligencia es lo que mide un test de inteligencia, dicho de otra manera, pareciera que ésta es lo que queramos que sea (lo que el usuario de la anécdota aceptara como prueba de ésta): resolución de problemas, capacidad de aprender, facilidad para adaptarse, etc. Parafraseando a Chalmers (1990), tendríamos que preguntarnos qué es esa cosa llamada inteligencia y en psicología, ciertamente, no hay tema más escabroso que éste para intentar dilucidar una definición que satisfaga a todos los que tengan algo que decir al respecto. Tradicionalmente, según afirma Andrés (1999), se usa una definición ostensiva, que involucra la consideración de un comportamiento prototípico, según el punto de vista de las teorías científicas (explícitas) y las construidas socialmente por quienes no están dentro de alguna ciencia (implícitas), de tal suerte que se consideraría más o menos inteligente a la persona cuyo comportamiento se ajustara mejor al modelo en cuestión. Sin embargo, atendiendo a planteamientos “más modernos”, cada vez se acepta más la idea de que la inteligencia es un fenómeno multifacético, y es así como a la lista de las vacas sagradas (Spearman, Guilford, Cattell, etc.), se agregan autores nuevos (Sternberg, Goleman, Gardner, etc.) con nuevos planteamientos.

Sí pensar es un asunto de estrategia idónea, que representa el modo cómo las personas emplean su (o sus) inteligencia(s), entonces la inteligencia puede considerarse: “la capacidad de resolver problemas, o de crear productos, que sean valiosos en uno o más ambientes culturales” (Gardner, 1994), en tanto que la habilidad de pensar puede considerarse el empleo más conveniente de la misma. Si bien se necesita inteligencia para usar categorías conceptuales, razonar deductiva e inductivamente, desarrollar y usar modelos conceptuales, aprender, entender, etc., es la habilidad de pensar la que nos permitirá usar, para un propósito específico, tales capacidades.

Ahora bien, ¿Es lo mismo pensar que saber? Nótese que desde el párrafo precedente está afirmándose que pensar es una habilidad y que, por lo mismo, es susceptible de ser desarrollada a través de un entrenamiento específico… entonces: si saber es el resultado final de que el sujeto conozca algo, “…el acervo de representaciones internas adquiridas y conservadas por (éste)” (Chávez, 1990), ¡¿cómo puede ser los mismo una habilidad que un estado o situación en el que se encuentra dicho sujeto?! Pero considérese la siguiente cuestión: pensar hábilmente tiene que ver también con aplicar el conocimiento de manera eficaz, por lo que el desempeño intelectual será mayor, cuanto más basto y consolidado sea el conocimiento que el sujeto tenga (esto último podría denominarse riqueza mental). Todos hemos conocido, en algún momento de nuestras vidas, a personas que aún cuando parecían tener el mismo conocimiento, en la práctica (a la hora de la verdad, digamos), se diferencian notoriamente por la habilidad con que aplican lo que saben. ¿Qué significa esto? Que el acto de pensar, además de las dificultades que pudieran presentarse en los ámbitos de la codificación, las operaciones y los objetivos, puede verse potenciado o limitado por la magnitud de lo que sabemos.

Si pensar es un proceso mental enfocado a un objetivo específico que nos permite crear, con asistencia de la inteligencia, un producto culturalmente valioso en la realidad, ¿significa que todos somos “buenos pensadores”?, porque si cada uno de nosotros nos encontramos inmersos con cierta frecuencia en nuestros pensamientos no debería haber motivo para contestar con un “no” a esta pregunta. Pero lo cierto es que la mayoría de “nuestros” pensamientos no son solamente nuestros: los escuchamos, los leímos o los “vimos” a través de algún medio y los hacemos circular indefinidamente en nuestra mente, asumiendo (con poca humildad, claro) que tenemos la “cabeza llena de locas ideas”, cuando en realidad nuestra contribución ha sido más bien mínima. Peor aún: muchos de nuestros “pensamientos” ni siquiera son realmente pensamientos en el sentido estricto de la palabra: son opiniones (propias o ajenas que asumimos como nuestras), creencias, recuerdos o expresiones con las que reaccionamos ante las personas u objetos que nos rodean (representaciones cognoscitivas de una actitud determinada). ¿Por qué de un tiempo a la fecha se viene insistiendo tanto con el tema del pensamiento crítico y creativo y la importancia de desarrollar cierta habilidad para su puesta en práctica? Obviamente porque la mayoría de nosotros no fuimos entrenados, desde pequeños, a ser pensadores críticos y/o creativos de nuestra realidad (externa e interna). La criticidad y la creatividad las manifestamos cuando logramos crear, producir o diseñar resultados apropiados a nuestros fines, lo que implica una alianza con criterios útiles para evaluar y monitorear sí se está logrando o no un fin determinado. Alguien dirá seguramente: “pero yo conozco a fulanito y a perenganito, ellos nunca han tomado un curso para desarrollar sus habilidades de pensamiento, y son las personas más críticas y creativas que se pueda imaginar”. ¿Y saben…? En muchos casos esta réplica sería cierta, pero también es cierto que sería bastante provechoso que la mayoría de nosotros, una vez que asumiéramos el hecho de que no todo lo que habita en nuestra mente es producto de ese proceso mental que hemos llamado pensar, buscáramos la oportunidad de desarrollar nuestras habilidades para convertirnos en buenos pensadores.

Se dice que pensar empieza con el compromiso de comprender algún objeto o situación. Esta comprensión no es un asunto de creación y producción arbitrarias, ya que implica pensar en sintonía con las restricciones específicas correspondientes al objeto o situación en que se piensa. Parecería evidente que los espacios institucionales donde se nos enseña (o debería enseñar) a hacer esto son las aulas que forman parte del sistema escolar, pero la realidad es que la escuela, junto con las universidades y centros de estudios superiores, han sido históricamente criticadas por fomentar precisamente lo contrario: el adoctrinamiento, la educación bancaria (Freire, 2004), el culto al conocimiento y la reproducción de las relaciones de producción que defiende ideológicamente el statu quo (Braunstein, Pasternac, Benedito, y Saal, 1990). Cortada de Kohan (1996) denuncia esta situación, pero también anuncia algunas directrices sobre lo que requieren los estudiantes de estos tiempos:

“Es necesario (…) cambiar el concepto de orientar hacia una profesión por el de orientar para el ajuste al cambio. No tiene ya mucho sentido enseñar hechos, leyes, normas, teorías o fenómenos cuya explicación varía a los pocos años y que como mera información podría acumularse en las memorias de las máquinas electrónicas; más bien, se debe enseñar a estudiar, a pensar: proveer a los jóvenes con recursos y técnicas para la expresión o la creación de conocimientos, pues éstas son precisamente las funciones que ninguna máquina puede realizar.”

Actualmente, mientras la posmodernidad nos lleva a cuestas a un futuro incierto, se busca un cambio de dirección en lo educativo. Para bien o para mal, las escuelas (y algunas universidades) tratan de acoplarse al modelo europeo que busca explotar las competencias (si bien todavía les falta implementar satisfactoriamente los postulados provenientes del constructivismo). Las diferencias individuales y su consideración en el proceso de enseñanza-aprendizaje se vuelve una prioridad: ya no se trata de enseñar a todos de la misma manera, se trata de que todos aprendan haciendo uso de sus características personales, entre ellas, las diferentes inteligencias que los particulariza y, por supuesto, las habilidades de pensamiento que les permita realizar un fin específico, gracias a un proceso mental intencionado, resuelto y orientado, que implica de parte del sujeto el compromiso de comprender cierto objeto o situación.

En los últimos años se han impartido cursos en algunas universidades a profesores y alumnos para fomentar el desarrollo de las habilidades del pensamiento. De acuerdo: ¡No basta! ¿Qué más podría hacerse al respecto? Una posible recomendación sería que la propuesta curricular de tales procesos académicos aterrice en aplicaciones útiles para la cotidianidad de los asistentes, es decir, que se implementen estrategias y actividades que vinculen las habilidades de pensamiento cuyo desarrollo se está buscando promover con los ámbitos profesional, socia, familiar y personal de quienes participen, de tal suerte que pensar se vuelva parte integral de sus vidas y usen las habilidades que le son inherentes en beneficio propio y también (porque no hacerlo resultaría incompatible con un enfoque ético) de las personas con las que conviven.


Referencias
  • Andrés Pueyo, A. (1999). Manual de psicología diferencial. España: McGraw-Hill.
  • Braunstein, N. A., Pasternac, M., Benedito, G. y Saal, F. (1990). Psicología: ideología y ciencia. México: Siglo XXI.
  • Chalmers, A. F. (1990). ¿Qué es esa cosa llamada ciencia? Una valoración de la naturaleza y el estatuto de la ciencia y sus métodos. México: Siglo XXI.
  • Chávez Calderón, P. (1990). Lógica. Introducción a la ciencia del razonamiento. México: Trillas.
  • Cortada de Kohan, N. (1996). El profesor y la orientación vocacional. México: Trillas.
  • De Bono, E. (2000). El pensamiento paralelo. De Sócrates a De Bono. México: Paidós.
  • Freire, P. (2004). Pedagogía de la autonomía. Sao Paulo: Paz e Terra S. A.
  • Gardner, H. (1994). Estructuras de la mente. La teoría de las inteligencias múltiples. México: Fondo de Cultura Económica.
  • Paul, R. W. (1993). Pensamiento crítico. Cómo preparar a los estudiantes para un mundo velozmente cambiante. Santa Rosa, Ca.: Jane Willsen& A. J. A. Binker.

Nota: este escrito es, digamos, la versión en prosa de una presentación que publiqué en este mismo blog en el año 2007. Puede consultarse dicha presentación en esta dirección: http://periplosenred.blogspot.mx/2007/12/algunas-consideraciones-sobre-el.html

2 Comentarios:

Carlos dijo...

Reflexion en serie: http://reflexionserie.blogspot.com.es/

fdoreyesb dijo...

Carlos: se agradece el comentario, pero se agradecería más si además de solo promocionar tu blog a través de su URL aquí, hubieras hecho alguna aportación interesante al artículo a este blog. Saludos.



El contenido plasmado en este blog es producto de la reflexión de su autor, de sus colaboradores y de los pensadores que en él se citan. Cualquier semejanza con la realidad o alguna ficcón literaria, televisiva, psicótica paranoide o de cualquier otra índole es mera coincidencia

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