Por Fernando Reyes Baños


La inteligencia, como antaño se concebía, se representaba como una, y además se decía: “quien la tiene, la tiene”, es decir, o se nacía siendo inteligente o se nacía siendo cualquier otra cosa, menos alguien que, con toda seguridad, llegaría a destacarse en el mundo de los números o de las letras. La escena del chico de preparatoria que destacaba por su inteligencia era bastante típica: el profesor dictaba problemas de cálculo de cierta dificultad y, casi inmediatamente después de terminar de dictarlos, el “niño genio”, el mismo que sacaba siempre promedios de cien, se levantaba de su lugar y llegaba con el profesor, sabedor (como todos sus compañeros) de que no solo había sido rápido, sino también certero. De esta guisa, autores como Spearman, Cattell, Vernon y Guilford, todos ellos representantes dignos de la extinta psicología que abordaba el tema de las diferencias individuales, propusieron modelos sobre la inteligencia cuya comprensión apuntaba casi siempre al diagnóstico, medición, predicción e investigación factorialista de semejante constructo, dejando más o menos de lado su aspecto humano, incluyendo toda la complejidad que siempre ha caracterizado su manifestación concreta.

Así pues, antes de que se pusiera de moda la propuesta de Howard Gardner, la comparación que se hacía entre las personas con relación a la inteligencia operaba en términos cuantitativos: no solo era importante saber quién era más inteligente, sino también cuán inteligente podía ser un sujeto en comparación con otros (el grupo normativo), sin descuidar en ningún momento el uso de herramientas psicométricas y el logro de ciertas propiedades que debían cumplir para garantizar que las mediciones en cuestión fueran valoradas siempre como válidas y confiables.

Tomando en cuenta lo referido anteriormente, ¿cuál podría haber sido el escenario lógico que en el ámbito educativo, particularmente tratándose de la interacción entre docentes y estudiantes, correspondiera a semejante concepción? Seguramente, un escenario que, en términos coloquiales, podría caracterizarse: por un proceso diagnóstico y evaluador totalizador, imprescindible y determinante, ya que de sus resultados se sabría por quién valdría la pena (y por quién no) apostar en la búsqueda de promesas educativas seguras; por su poca utilidad a la hora de saber qué hacer en la práctica, básicamente, porque la inteligencia estaría conceptualizada como una capacidad y no como una habilidad; y finalmente, por su miopía pragmática a la hora de considerar que las personas no solo son diferentes debido a los elementos constitutivos que los caracteriza como individuos, ya sea que se les estudie cuantitativa o cualitativamente, sino que también sus diferencias en sí mismas representan una riqueza, teórico y práctica, que resulta insoslayable ignorar en la vida real.

Lo interesante hasta este punto es que se ha marcado, implícitamente, un antes y un después entre la forma como se concebía la inteligencia y lo que propone Gardner, como si en la práctica las circunstancias actuales fueran otras para docentes y estudiantes en el aula. Pero la cuestión es que, salvo quizá algunas pocas excepciones, todavía sigue sin haber cambios significativos en la planeación, ejecución, evaluación y seguimiento de las actividades que docentes y estudiantes llevan a cabo en los salones de clase, el cual sigue siendo considerado hasta nuestros días, como uno de los espacios institucionales que menos se ha visto beneficiado por los cambios que ha sufrido la sociedad a lo largo de su historia. Cabe aclarar empero, que lo propuesto antes de Gardner no necesariamente debe descartarse, hacer “borrón y cuenta nueva” para que impere, en lo sucesivo, el orden de las inteligencias múltiples y sus muchas implicaciones, sino que resulta imperativo en cambio, buscar formas de abordar los diferentes modelos que existan en torno a la inteligencia e integrar los aspectos que auguren un mejor pronóstico en las actividades que docentes y estudiantes hacen en los salones de clase.

En la edición reciente de un periódico nacional puede leerse la siguiente nota: "Tres de cada 100 niños mexicanos nacen con sobredotación intelectual, es decir, con un coeficiente Intelectual (CI) mayor a 130 puntos, cuando la media es de 87 puntos. Se calcula que un millón son sobredotados en todo el país." Pronto, quizá, pueda leerse, además de semejante información, cuestiones referentes a las inteligencias múltiples de Gardner: sobre la posibilidad de desarrollar habilidades intelectuales, sobre la necesidad de que los docentes planteen escenarios y diseñen estrategias para facilitar la estimulación de las diferentes inteligencias y sobre el beneficio que tiene, tanto para docentes como para alumnos, que el proceso de enseñanza – aprendizaje se enriquezca con recursos que favorezcan ambientes de aprendizaje para todos. Lo anterior no significa que las escuelas, universidades e instituciones de educación superior no estén haciendo, desde hace algún tiempo ya, un gran esfuerzo para que ésta y otras propuestas, que corren a la par de las TIC, sean parte de la labor que realizan con sus estudiantes en formación. Gran parte de ellas, a través de cursos de actualización docente, directrices de operación y como puntos clave dentro de sus planes de desarrollo, trabajan para que su desarrollo sea una realidad para cada estudiante.

Pero si el esfuerzo se está haciendo, si las buenas intenciones están presentes en la educación en sus diferentes niveles y regímenes, ¿qué ha hecho falta para que el desarrollo pleno de las inteligencias múltiples de Gardner se convierta en el “pan nuestro de cada día” en las aulas escolares? Obviamente, la respuesta a semejante pregunta se antoja hartamente compleja y excede, con mucho, los límites permitidos para este trabajo. Una respuesta provisional, simple y llana sería, desde un punto de vista epistemológico, la siguiente: si la ciencia avanza lentamente, incluyendo el aspecto teórico de una propuesta psicopedagógica como la que nos ocupa, cabría esperar que el aspecto práctico e instrumental que le correspondiera a ésta avanzará con todavía mayor lentitud, máxime si el factor humano está involucrado, dadas las dificultades que siempre han caracterizado la búsqueda de consensos entre las diferentes comunidades a las que atañe un acuerdo respecto al qué, cómo y para qué de unos métodos y procedimientos, en lugar de otros.

El beneficio que se vislumbra tras la implementación exitosa de la propuesta de Gardner es grande: cada estudiante desarrollaría las habilidades intelectuales que realmente predominan en su persona, se acabaría el imperio de la lógica- matemática y la lingüística, a efecto de que éstas cohabitaran confabulatoriamente con otras inteligencias, los docentes atenderían las necesidades reales de todos y cada uno de sus estudiantes, ya no habría cabida para discriminar a nadie solo porque no es rápido o siempre certero para ciertas clases de problemas e, inclusive, se revalorarían los productos que hasta ahora han sido considerados socialmente valiosos, con lo que el abanico cultural de las sociedades se enriquecería gracias a que la diferencia se apreciaría como una fortaleza y no como una debilidad

No todo está dicho sobre las inteligencias múltiples y, probablemente, tampoco sobre las teorías que la precedieron. Vivimos una etapa de transición (que a esta época se le llame “post-modernidad” _y no de otra forma_ no es mera casualidad). Todavía parece muy aventurado afirmar qué dirección tomará en la educación implementar la propuesta de Gardner. Habrá que esperar, al igual que con el modelo de competencias, para ver si todos los beneficios que se esperan de su implementación llegarán a cumplirse satisfactoriamente.

Por lo pronto, salvo algunas precisiones que probablemente resulten pertinentes en su marcha: más investigación, mediciones más certeras y estrategias que prueben su valía en el campo para fomentar el desarrollo de las habilidades en cuestión, la propuesta de Gardner se apunta como una alternativa a lo que antaño se decía sobre la inteligencia. Su prueba de fuego consistirá, lógicamente, ya no en el diagnóstico, en la posibilidad de predecir y controlar o en la innovación de modelos teóricos, sino en su practicidad a la hora de desarrollar las diferentes inteligencias que caracterizan a los individuos, en su utilidad para explotar, en el buen sentido de la palabra, el potencial humano y ponerlo al servicio de lo que resulte, de manera consiente, libre, responsable y respetuosa, mejor para todas y cada una de las sociedades.

Nota: para realizar un test en línea sobre inteligencias múltiples haga clic AQUÍ.



El contenido plasmado en este blog es producto de la reflexión de su autor, de sus colaboradores y de los pensadores que en él se citan. Cualquier semejanza con la realidad o alguna ficcón literaria, televisiva, psicótica paranoide o de cualquier otra índole es mera coincidencia

Periplos en red busca crear espacios intelectuales donde los universitarios y académicos expresen sus inquietudes en torno a diferentes temas, motivo por el cual, las opiniones e ideas que expresan los autores no reflejan necesariamente las de Periplos en red , porque son responsabilidad de quienes colaboran para el blog escribiendo sus artículos.



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