De lo ruidoso...

0

Por Rodrigo Juárez Ortiz



Todos tenemos la noción de lo que es el sonido, así como también lo que significa el ruido, que Larousse nos lo define como sonido o fenómeno acústico, mas o menos irregular, confuso y no armonioso, pero cuando esto se magnifica estamos en la presencia de lo ruidoso, o sea, que causa mucho ruido, es decir, algo desagradable, molesto, incómodo y, en su caso, verdaderamente insoportable e, incluso, productor de daños en la salud ya que causa trastornos auditivos, sociales y nerviosos cuando supera los niveles soportables de los oídos, siendo causante, también, de estrés, insomnio, faltas de atención, irritabilidad nerviosa, así como alteración en la audición.

Este fenómeno que estamos padeciendo en la actualidad nos afecta especialmente a quienes vivimos en las zonas urbanas, habida cuenta de que estamos inmersos en un mundo cubierto por la tecnología con la cual se producen artefactos de toda índole a cual mas ruidoso, díganlo, si no, los electrodomésticos (licuadoras, lavadoras, etc.), sin perjuicio de los automotores y los aviones, así como toda clase de maquinaria industrial y los que recuerde o conozca.

Solo por curiosidad científica recordemos que el oído capta el sonido y lo transmite en una señal nerviosa que capta el cerebro. Y los niveles de presión sonora se miden en decibeles (dB) y otro parámetro es la frecuencia (No de vibraciones por segundo, en el aire a través del cual se propaga y se mide en hertz, Hz). Cuando mayor es la potencia de un sonido, menor es el tiempo que se puede soportar.

De esta suerte, la O.M.S. dice que los sonidos soportables son los que no superan los 80 dB, y los sonidos ambientales no deben superar los 55 dB en el día y 45 en la noche. De esta guisa, sepamos que, por ejemplo, un taladro neumático produce 100 dB; un claxon 120 dB; un concierto de rock de 90 a 130 dB y que respecto a los auriculares no deben superar los 85 dB por mas de una hora ininterrumpida de audición.

Con estos parámetros dígame si es válido que en nuestro entorno vivamos en medio de un ruido ensordecedor producido por todos los taxistas y operarios de vehículos del servicio público, quienes en busca de pasaje tocan el claxon para llamar la atención de sus posibles clientes, ya no digamos lo infernal de esta execrable práctica de los operadores de los colectivos amarillos y por los particulares; que los expendedores del gas en tanques circulen por las calles tocando las cornetas de aire, intermitentemente (como si fueran la llorona gimiendo por sus hijos) y si alguien quisiera comprarles, no es posible pues siguen su camino y no voltean ni oyen los llamados de sus clientes; lo mismo pasa con, ahora, los vendedores de tortillas que lo hacen en motocicletas, a cual mas ruidosas y tocando el agudo claxon, también intermitentemente por todo su recorrido, sin escuchar a alguien que los haya llamado; y como cerezota del pastel, el ruido infernal que producen los aparatos de sonido que “amenizan” las fiestas de todo jaez, con bocinas inmensas y que los operadores ( me imagino son sordos) las ponen A TODO VOLUMEN, a pesar de algunos conscientes que ruegan por que les bajen el volumen, pero no hacen el menor caso y ante ello lo suben mas; ya no digamos en los restaurantes y en especial los jueves pozoleros en donde el escándalo es verdaderamente demencial y es que imaginan que si en las discotecas los decibeles son altísimos, ellos también pueden hacerlo, solo que la diferencia es que en los antros corre la especie de que a mayor sonido, mayores son las ganas de bailar y a mayor baile, la sed es mayor y, por ende, el consumo de bebidas se agranda, pero en los restaurantes en donde la gente se reúne para platicar y entrar en comunicación verbal, simplemente no puede porque a uno o varios babosos crónicos se les ocurre poner sus sonidos a todo lo que dan y lo grave es que los parroquianos no solo no se quejan, sino que piden mas volumen. Me doy.

Estamos en un mundo en donde la sordera y las consecuencias del ruido, son palpables. Los jóvenes que son la mayoría de los que abusan de los sonidos muy altos, cada vez requieren mas volumen porque, en serio, están perdiendo su capacidad auditiva y quienes tienen una audición normal deben de pagar las consecuencias de la galopante sordera de los mas, lo cual se traduce en que vivimos en ciudades totalmente invadidas por la contaminación no solo del aire, sino del agua, la lumínica, y ahora la del sonido.

Seamos conscientes del deterioro ambiental que estamos produciendo por nuestra insensatez, a pesar de las normas que protegen a nuestro entorno, pero lo importante es respetarlas y que nuestros “próceres” las hagan respetar. Urge. O usted, ecologista lector, ¿qué opina?

De la anarquía...

Leer más

Por Rodrigo Juárez Ortiz



Todos sabemos que la anarquía, palabra de origen griego, significa sin gobierno, es la situación de un país caracterizada por la ausencia de un gobierno con la autoridad necesaria, y que está sumido en conflictos desordenados o lo que es lo mismo, donde hay desorden, confusión, nos dice Larousse.

Traído a nuestra realidad del momento, el concepto se antoja de tremenda actualidad, habida cuenta de que estamos viviendo etapas como en los tiempos recién anteriores no habíamos experimentado.

Nuestros “ próceres”, de los tres niveles, nos bombardean cotidianamente, ad nauseam, vía los medios, con las acciones que dicen están emprendiendo o que van a emprender para satisfacer los reclamos, por demás cotidianos, justos e insistentes , de una población ya cansada, desilusionada, ahíta de promesas vacuas e incumplidas, insatisfecha, hambrienta, sin justicia, con desigualdad social, sin empleo, con carestía galopante, sin salarios remuneradores, con hambre, analfabeta y sin esperanza aparente alguna de satisfacer sus mínimas necesidades, pero que no han funcionado adecuadamente.

Oyendo dichas acciones emprendidas o por emprender por dichos “próceres”, tal parece que vivimos en un mundo en jauja en donde todo es color de rosa y así se ha venido engañando al pueblo sexenio tras sexenio, trienio tras trienio, en dichos niveles gubernamentales.

Es el caso, sin embargo, que actualmente ya el horno no está para bollos. Esa sociedad ahíta ya se volvió contestataria, ya protesta, ya se inconforma, ya no se pliega al capricho de quienes creen gobernar, se empiezan a ver situaciones de tensión en que si se permite que se siga estirando la liga, ésta puede reventar y no sería la solución idónea para nadie.

De esta guisa, tal parece que también se actualiza, como dicen los clásicos, el principio de que un pesimista no es otro más que un optimista informado y es que siendo realistas, se necesitaría ser un topo para no darse cuenta de la realidad que estamos viviendo por cuanto al deterioro que tienen las instituciones gubernamentales frente a la sociedad que pretenden “gobernar”. Es así que los medios nos informan diariamente de actitudes notoriamente agresivas, arbitrarias y corruptas de las policías, de todo jaez, de la execrable e imparable corrupción de los servidores públicos, como de los gobernados, ambos en busca de su provecho personal.

Es lamentable y además preocupante que la falta de la acción gubernamental basada en la ley, permita los actos de violencia de intereses mezquinos en donde cada quien lleva agua a su molino, sin perjuicio de que se está llegando al extremo, absolutamente inadmisible de quela sociedad civil totalmente cansada de la ineficacia e ineficiencia totalmente probada de los agentes del orden, ya se está manifestando haciéndose justicia por propia mano, porque no hay la certidumbre de que las instituciones ad hoc realmente los protejan en su vida, en su integridad física y en su patrimonio; de ahí que empiezan a abundar los linchamientos, las golpizas, a los presuntos delincuentes por parte de vecinos o de usuarios de transporte público como la internet nos lo muestra actualmente.

Ante la inoperancia de las instituciones encargadas de servir a la población, a los gobernados, son éstos los que protestan y ya sea por la vía de la corrupción o por la vía de la violencia que pretenden resolver sus problemas, habida cuenta de que las autoridades no les hacen caso ya sea por incompetentes o por negligentes sin perjuicio también de su corrupción y así la población se vuelve contestataria y llega a lo que ya resulta alarmante que es la respuesta violenta y lo más grave el hacerse justicia por propia mano, con sus consabidas consecuencias.

Entonces de que han servido las luchas heroicas de estos si, nuestros auténticos próceres, para darnos un país de libertades, de garantías de derechos fundamentales y del marco normativo suficiente para hacer un estado próspero, susceptible de ser habitado con vehemencia, con amor y con el deseo sano y justificable para ser felices.

Todo ello es consecuencia de la falta del respeto irrestricto a la ley por parte de gobernantes y gobernados; de tal suerte que si nadie respeta la ley y actúa de acuerdo con sus intereses ya sea personales o de grupo para llevar agua a su molino, vemos que las fuerzas del orden obligadas a prevenirlo y aplicarlo, son omisas o de plano corruptas; la separación Iglesia-Estado resulta un mito en tanto que ahora los clérigos, metiéndose en política, indican al Estado lo que tiene que hacer y cómo hacerlo en flagrante contravención a la normatividad constitucional; las instalaciones gubernamentales, de los tres niveles, están tomadas por pseudo “anarquistas”, que no son sino vándalos al servicio de intereses ajenos a los que pretenden defender; así tenemos Ayuntamientos tomados, oficinas de gobierno vandalizadas, policías en huelga, y toda vez que no se aplica la ley, que no se impone la norma jurídica, ello ha propiciado que grupos sociales vulnerados en sus derechos fundamentales ante la complacencia de la autoridad, ahora se manifiesten públicamente atentando contra derechos de terceros, seguros de la impunidad de la que van a gozar.

No es exageración hablar de la anarquía que está privando en nuestro medio, en nuestro país, pero estos son solamente los síntomas y no debemos perdernos en ello, toda vez que las causas, siendo objetivos, están en la implantación del Nuevo Orden Mundial planeado y ejecutado por los grandes y poderosos grupos financieros que rigen al mundo y cuya matriz, está en los E.U.A. Ahí está el origen de todos estos males que aquejan a nuestros países.

Todo ello merece una solución de fondo y esta se empieza con el respeto irrestricto a la ley por parte de gobernantes y de gobernados. Es imperativo e insoslayable. O usted, legalista lector, ¿qué opina?

Reflejos

Leer más

Por Fernando Reyes Baños


Hace algunas semanas interrumpí mi rutina habitual para hacer un viaje a la Ciudad de Puebla. La fecha me fue asignada desde el año pasado por la universidad en la que estudié mi primer posgrado, del cual egresé hace catorce años, dejando pendiente desde entonces mi titulación, ese bendito proceso que después de muchos sufrimientos, desembolsos y angustias desemboca en la feliz obtención de un par de papelitos.

La historia de cómo después de tanto tiempo decidí retomar, costara lo que costara, mi proceso de titulación resulta más fácil de explicar obviamente, que aventurarme a explicar el por qué dejé pasar tanto tiempo: un día, que visitaba el colegio donde estudié hasta la preparatoria para apoyar una actividad de promoción de la universidad en la que trabajo, me topé con un módulo de la misma institución educativa donde había cursado el posgrado en cuestión, y después de hacerles varias preguntas a quienes muy amablemente me atendieron, simplemente se me ocurrió que podría investigar cuán difícil resultaría intentar titularme de una maestría que, sin papel que la validara, no había podido sacar a relucir en mi curriculum vitae.

Al regresar con mis compañeros de trabajo ya no era el mismo: llevaba referencias de las personas que podrían informarme y una inquietud profunda de seguir adelante con ese fortuito propósito. Después de algunas llamadas y consultas en línea, supe que alcanzar mi titulación no era un sueño imposible, obviamente no estaba tampoco como muy fácil la cosa, pero de que se podía... ¡Se podía!

El resto, como dicen, es historia. Quedando todo en regla desde finales del año pasado, solo tenía que esperar hasta un viernes de mayo para presentarme en la universidad ubicada en la Ciudad de Puebla, firmar mis documentos y participar en una ceremonia de rigor, acto con el que daría inicio mi larga espera, para que el título y la cédula de ese posgrado llegaran finalmente a mis manos.

El día de mi partida tuve trabajo hasta mucho después de que terminara mi jornada laboral, ya que coincidió con una reunión de trabajo que terminó hasta las diez de la noche. Como salía hasta la una de la mañana, me dio tiempo para asearme, cenar y llegar a la terminal, quedándome todavía como veinte minutos para que fuera la hora de la salida. Así que, mientras esperaba, me la pasé mirando de reojo el programa que estaban exhibiendo en las pantallas y a las personas que sentadas, me rodeaban, evadiendo retomar la lectura del libro que estaba leyendo en esos días, El amor en los tiempos del cólera, por temor a quedarme dormido y que se me pasara el típico aviso de las terminales de autobuses anunciando el autobús que me llevaría a mi destino.

A pocos minutos de la hora de partida, y sospechando que mi autobús estaría listo en cualquier momento, me paré muy cerca del acceso a los andenes y me dispuse a esperar a que llamaran para el arribo. Enfrente de mí otras personas estaban de pie también, quizá, impacientes por acomodarse en el asiento que los esperaba y dormir lo más plácidamente que fuera posible en un autobús, que aunque fuera de lujo no se equiparaba con la cama a la que uno está acostumbrado.

Me llamó la atención que uno de los pasajeros estuviera vestido con saco y corbata. Debía de estar muriéndose de calor, pensé extrañado. Daba la impresión de que estaba a punto de entrar a una reunión muy formal. Joven, moreno y con lentes de moderado aumento, cargaba una mochila del hombro y observaba a su alrededor con cierto aire de superioridad, con una postura que dejaba entrever su incomodidad causada, indudablemente, por una vestimenta tan poco apropiada para el clima húmedo y caluroso que suele caracterizar a la ciudad y puerto de Acapulco. Durante mi observación del joven de traje, reflexionaba: ¿será de aquí?, no, lo más seguro es que esté de paso, ¿estaría siendo prejuicioso al creer que alguien de aquí no podría estar trajeado a esa hora en una terminal de autobuses?, tal vez, pero al margen de que todo lo anterior, admitámoslo, lo más probable es que no sea de aquí, y que por asuntos de trabajo, tenga que recorrer diferentes ciudades del país con ese atuendo.

En tales cavilaciones me encontraba, a fuerza de pensar en cualquier otra cosa menos en el tiempo que faltaba para partir y el cansancio que comenzaba a hostigarme, cuando anunciaron la próxima salida. Era hora de partir.

Abordamos el autobús. A pesar del sueño que hace solo unos minutos amenazaba con vencerme, como típico pasajero, intenté ver una película del catálogo que aparecía en el monitor pegado en la parte posterior del asiento delantero, pero no logré que funcionara el audio por más veces que lo intenté por lo que, frustrado, me dispuse a dormir. En el asiento que estaba a mi lado, pero del otro lado del pasillo, el joven de traje, claramente resignado a ponerse más cómodo, se quitó el saco y se aflojó la corbata para dormir. Algunas personas _pensé_ ni dormidas quieren perder el glamour.

El autobús llegó a la capital poblana alrededor de las seis de la mañana como, supongo, todos los que veníamos abordo lo esperábamos.

Sin pensarlo dos veces, mi primera escala fue el sanitario. Siempre me ha parecido inexplicable como muchos pasajeros, después de viajes más o menos largos, salen del autobús frescos como una lechuga mientras que yo, invariablemente, salgo _como dirían algunos_ hecho todo un energúmeno. De pie frente al espejo, me ocupé de lo que consideraba una tarea titánica: arreglarme, buscando lograr “mi mejor cara” para el evento que en pocas horas me aguardaba.

Al parecer no era el único que me preocupaba por lucir bien ese día: coincidiendo otra vez, el joven de traje buscó también su reflejo para arreglarse. Lavándonos los dientes, la cara y peinándonos casi al unísono, parecíamos haber ensayado tales acciones hasta lograr la sincronización perfecta como en aquella escena en la película de Gemelos con Danny DeVito y Arnold Schwarzenegger. Yo terminé primero y, aunque casi me pareció una descortesía no despedirme, me retiré sin más miramientos, como cabría esperar en tales circunstancias.

El resto de la mañana transcurrió con tranquilidad. Tomé un taxi que me llevó a la universidad. Desayuné en una de sus cafeterías y, como todavía tenía tiempo de sobra antes de la ceremonia, visité la librería universitaria, compré un par de libros y, haciendo una última parada en otra cafetería, me tomé un café capuchino mientras revisaba los textos que acababa de adquirir.

Llegado el momento, me presenté en las oficinas de Servicios Escolares donde unas señoritas muy amables me atendieron para que firmara los documentos correspondientes y después me dirigí al auditorio donde se realizaría la ceremonia para los egresados como yo. El evento en cuestión fue un acto sencillo, pero solemne, lo cual agradecí mucho para mis adentros, porque los eventos de mucha pompa y sumamente protocolarios me resultaban sumamente fastidiosos.

Al final, después de muchos apretones de manos, fotos y aclaraciones de dudas sobre los tiempos de entrega de los documentos, tomé nuevamente un taxi que me llevó a la terminal de autobuses, compre mi boleto, algunas cosas para comer algo en el camino y esperé, de nueva cuenta, a que llegara la hora de arribar el autobús que me llevaría de regreso a casa.

Curiosamente, el mismo joven de traje que había visto en la terminal de Acapulco estaba también ahí, comiéndose una pequeña pizza antes de abordar el autobús. Supongo que volvernos a ver, tanto en el viaje de ida como de regreso, resultó para los dos una gran coincidencia, ya que ambos nos miramos sorprendidos y nos reímos de buena gana. Me atreví incluso a acercármele y comentarle, de la manera más jovial que pude, que parecía que nos habíamos puesto de acuerdo para viajar al mismo tiempo. Él, con la misma jovialidad, respondió que ni habiéndonos puesto de acuerdo habríamos podido coincidir como lo habíamos hecho. Lo anterior quedó más que confirmado cuando, al revisar la hora de nuestras salidas, comprobamos que ambos regresaríamos a Acapulco en el mismo autobús.

Platicando, me enteré de que el joven de traje estaba ahí por la misma razón que yo: firmar los documentos y estar presente en la ceremonia de titulación de la maestría que había estudiado en una universidad poblana. Además de que algunas de sus circunstancias eran muy diferentes a las mías (él era contador, trabajaba para una empresa cuyo giro no tenía nada que ver con la educación y era originario de Zihuatanejo), la principal diferencia entre ambos era la edad: yo estaba por cumplir los cuarenta y dos años, mientras que él tenía solamente veinticuatro (curiosamente, los mismos números, pero invertidos). Nuestra conversación duró unos cuantos minutos porque, a diferencia de la noche anterior, esta vez la hora de abordar el autobús estaba muy cerca. Nos despedimos. Ninguno de los dos creyó, supongo, que la coincidencia fuera tanta que incluso nos tocara sentarnos juntos durante el viaje de regreso. Efectivamente, mientras que yo me senté en la parte de en medio del autobús, con dos asientos a mi completa disposición, él se sentó en la parte delantera, justo detrás del conductor.

Durante el trayecto, además de seguir leyendo a Gabriel García Márquez y de ver (¡Ahora sí!) una película, me quedé pensando en el joven del traje, sobre todo, en lo que había logrado y en la edad a la que había conseguido alcanzar esos logros. ¿Qué seguiría en su camino? Lógicamente, un camino ascendente al éxito profesional. En algunas ocasiones, les decía a mis alumnos: “cada cosa en su momento y cada momento para una cosa”. Parecía una regla muy simple, pero practicarla en la vida personal parecía sumamente compleja, ya que nuestro entorno actual se caracteriza cada vez más por la saturación de la información, por la falta de referentes que nos orienten a tomar buenas decisiones, por la falta de credibilidad en nuestras autoridades y por el tejido social endeble que predomina en cada una de nuestras sociedades, todo lo cual dificulta que muchas personas visualicen, cuando corresponde hacerlo, el proyecto de vida que podría resultarles más conveniente para su futuro; dicho proyecto de vida requiere aprender a vivir con cierta disciplina, discernir lo que es bueno para uno (y lo que no lo es), tener en claro que hay momentos más propios que otros para hacer ciertas cosas y que siempre hay un valor implicado que nos hace priorizar ciertas aspectos en lugar de otros.

Mi hermano mayor solía decir: “los años saben cosas que los días ignoran”. Si cada uno de nosotros pudiera saber ahora lo que hará en el futuro y las consecuencias de tales acciones, seguramente, todos haríamos muchas de esas cosas de otra forma para prevenir y/o cambiar algunas de esas consecuencias. Lo anterior, quizá, podría ser válido para cualquier persona, ya que al no ser perfectos, al no contar con una forma certeza de predecir lo que ocurrirá en el futuro, mucho de lo que hacemos producirá resultados que no siempre serán todo lo que esperábamos; otra forma de decir lo anterior es que todos los seres humanos, sujetos a la imperfección que caracteriza a nuestra naturaleza, tenemos algo de qué arrepentirnos: ¿qué habría pasado si en lugar de haber estudiado la carrera “x”, para la cual no tenía mucho interés o aptitudes (pero me convenía más), hubiera estudiado la carrera “y”, que era la que realmente me interesaba? ¿Habría destacado igual? Podía pensar en cientos de ejemplos al respecto, tanto personales como de otras personas que conocía de manera directa o indirecta, pero al final de cuentas cualquier recapitulación resultaría irrelevante, porque todos, tarde o temprano, aprendemos a vivir con las decisiones que tomamos en el pasado. De las buenas decisiones que tomamos obviamente, disfrutamos sus consecuencias. Nos regocijamos cuando lo que hicimos produjo efectos positivos en las personas que nos importan, en nuestro entorno inmediato y en nosotros mismos. El problema son, justamente, las malas decisiones que tomamos en el pasado, sobre todo, porque algunas de sus consecuencias son reversibles, mientras que otras no lo son. Con las consecuencias reversibles, por breves o superficiales que sean sus efectos nocivos, nos habría gustado cambiar de decisión a tiempo o haber encontrado una solución más efectiva para salir del predicamento rápidamente; con las consecuencias irreversibles en cambio, cuyos efectos nos acompañarán de manera permanente, en algún momento aceptamos que tales son las circunstancias que viviremos y aprendemos a vivir con ellas y a vivir a pesar de ellas.

Si nadie puede saber su futuro no significa afortunadamente, que estemos a la deriva como una hoja a merced del viento. Es en sí una decisión de cada quién asumirlo así (y aunque parezca absurdo muchos de nuestros jóvenes viven “al día” su presente), o aceptar en cambio, que las decisiones y acciones que hagamos diariamente construirán nuestro camino hacia adelante. Alguien preguntaría en este punto: ¿lo anterior significa que no hay un futuro preestablecido, es decir, cada uno de nosotros puede construir el futuro que desee? Pensé entonces en el joven de traje… No, esa pregunta no es lo relevante aquí. La cuestión es: ¿cómo preferimos vivir: visualizando un mejor futuro y actuando en consecuencia con ello a través de las decisiones y acciones más acordes con el plan que proyectamos para nuestro porvenir o vivir sin visualizar dicho futuro, ateniéndonos a las circunstancias que “nos toque vivir”, dejándonos llevar a dónde la vida nos lleve? Además habría que considerar el factor tiempo: hay un tiempo para estudiar, para trabajar, para estudiar y trabajar al mismo tiempo, para obtener títulos y alcanzar puestos laborales, pero también hay un tiempo para descansar, para distraerse y bobear, para reventarse, para ejercitarse, para amar y estar con la familia. La sensatez, en todo caso, consiste en pensar racionalmente cuándo es el tiempo más conveniente para hacer cada cosa y en estar lo más seguros que sea posible de que, ocupándonos en algo, deberemos concentrarnos con cierta dosis de pasión y disciplina, para hacer lo que nos propongamos y concluirlo a cabalidad. Un profesor dijo en cierta ocasión ante sus alumnos: “cada quien hace lo que puede y, en su momento, cada quien hizo lo mejor que pudo con los recursos que tenía a su alcance”. Tales palabras son reconfortantes porque, aunque nos podamos exigir perfección, no debemos olvidar que somos humanos, y que en tanto seres perfectibles, siempre contaremos con áreas de oportunidad para trabajar con nosotros mismos, para intentar ser mejores personas y alcanzar, si lo hemos podido visualizar, el futuro que deseamos.

El autobús llegó a su destino antes del anochecer. Como la universidad en la que trabajo se encontraba cerca de la terminal y todavía acudiría a ella ese día para estar presente en la quema de libros de un grupo de alumnos de la facultad, decidí irme caminando, considerando que todavía tenía tiempo de sobra para llegar con ellos y acompañarlos un rato en su festejo. A la salida de la terminal vi de lejos al joven de traje esperando a alguien cerca del sitio de taxis. Por un segundo se me ocurrió la idea de despedirme, de compartirle algunas de las reflexiones que “nuestro viaje”, por así decirlo, me había inspirado y hasta (por qué no) de felicitarlo por lo que había logrado a tan corta edad y que mucho me hubiera gustado, en lo personal, haber tenido su iniciativa, perseverancia y arrojo a la edad que él tenía ahora, pero me abstuve de hacerlo porque consideré que el significado que tenían las coincidencias que vivimos durante el viaje era el resultado, básicamente, de mi interpretación personal, por lo que su relevancia no tenía por qué ser compartida de la misma forma por otras personas, incluyendo desde luego, al joven de traje.

Mientras caminaba rumbo a la universidad, se me ocurrió una cosa más, una última acotación a la reflexión que había hecho durante el viaje de regreso: nuestras decisiones y acciones, inmersas en un cierto contexto espacio – temporal capaz de dotarlas de mayor o menor pertinencia, relevancia y efectividad, implican siempre una dimensión ética, razón por la cual, siendo imperfectos como somos, dicha cualidad no nos exenta de responsabilidad cada vez que tomamos una decisión, lo que también es válido cuando actuamos sin pensar, cuando tomamos una decisión y después buscamos desentendernos de nuestra responsabilidad cuando las consecuencias no fueron las que esperábamos o cuando, a sabiendas de que nuestra decisión no fue la más acertada, buscamos culpar a otros de lo que hicimos (o no hicimos). Yo empecé mi primera maestría a los veinticinco años (un año después del joven de traje), a los veintisiete la terminé y hasta el año pasado inicié el proceso de titulación, es decir, trece años después de haber egresado. Las consecuencias que viví a causa de este retraso las padecí como cabría esperarse. Habría podido dejarlo así. Habría sido muy cómodo para mí dejar ese ciclo inconcluso. Después de todo ya tenía otra maestría, de la cual me titulé en tiempo y forma, aleccionado por mi experiencia anterior con el primer posgrado. Entonces, ¿por qué preocuparme y ocuparme por titularme de una maestría que parecía, desde hace tiempo, un proyecto perdido?

Justo en ese momento, montado en una moto con un compañero a sus espaldas, paso por la calle el joven de traje. Llamarlo así todavía era correcto, ya que seguía vestido de traje mientras, acelerando la marcha, iba pasando coche tras coche circulando por una avenida que a esa hora de la tarde se hallaba saturada de automóviles. En ese momento supe la respuesta a lo que anteriormente me estaba cuestionando. Inicié mi proceso de titulación el año pasado, fui a Puebla ese día y haría varias cosas más después hasta alcanzar lo que me había propuesto porque obedecía una decisión que tomé el mismo día que visité el colegio donde había estudiado hasta la preparatoria: porque dejar así las cosas implicaba dejar un ciclo inconcluso en mi vida (un cabo suelto), lo que equivalía a desechar años de haber invertido tiempo, dinero y esfuerzo en mi preparación, razón por la cual, conseguir ese título representaba cerrar un círculo que había quedado abierto en el tiempo. Para algunas personas ésta podría ser una interpretación errónea de las cosas: un título no equivale a lo que sabe alguien, no garantiza el éxito, solo es un papel, etc., pero tales aspectos no son los que estoy poniendo a discusión ahora. A lo que me refiero, y por supuesto que nuevamente es una interpretación muy personal, es que un título (o lo que sea que la persona elija para representar la terminación de un ciclo) representa, simbólicamente, el final de una intención que inició en algún momento. Lo que importa no es el papel en sí, sino que la intención inicie y tenga un fin, y por supuesto, que sea parte de un para qué más amplio que la incluya en un proyecto de vida.

El joven de traje se perdió en la lejanía. En su lugar solo quedaron a la vista coches y más coches tratando de llegar a su destino. Es curioso _pensé cuando lo vi alejarse en la avenida_ la vida parece darte lecciones de extrañas maneras. ¿Será también que nosotros mismos debemos extraer de las coincidencias que se nos presenten las lecciones que necesitamos para seguir creciendo como humanos?

Doblando una esquina, seguí mi camino, y si fuera un observador de mí mismo viéndome desde el lugar donde dejé la avenida, imagino, que también me vería desaparecer en la lejanía.


* Ilustración: "Bond of Union" (1956) de Maurits Cornelis Escher

Del agradecimiento...

Leer más

Por Rodrigo Juárez Ortiz


El retro próximo lunes 22 de los corrientes recordamos a nivel nacional, el CXCIX aniversario luctuoso de una de las figuras más preclaras de la historia de nuestro país, Don José María Morales y Pavón.

Una de las virtudes que considero prioritarias del ser humano es la gratitud, entendida como la acción y efecto de agradecer un beneficio o atención recibidos, nos dice Larousse.

En efecto, resulta muy desagradable y factor de un gran disgusto el encontrar seres humanos mal agradecidos y desentendidos de aquellos gestos y acciones realizadas por personas generosas, altruistas, desprovistas de egoísmos y mezquindades y que no paran mientes en desprenderse de todo, en detrimento de su libertad, sus bienes, su familia y su propia vida, para que, generosamente, realicen acciones que rayen en lo imposible para beneficio de sus congéneres y no solo de sus coetáneos sino pensando con visión de futuro en todos los seres humanos que les sucederán.

Ese fatídico y nefasto 22 de Diciembre de 1815 se dio, en San Cristóbal Ecatepec, en el hoy Estado de México, una de las páginas más oprobiosas del Tribunal del Santo Oficio cuya nefasta presencia causó estragos en todo el mundo donde impuso sus arbitrarias decisiones.

En efecto, recordemos que después de los grandes triunfos políticos y militares de este epónimo e ínclito personaje de nuestra historia, consistentes en la culminación de la creación de un Congreso Constituyente que fue convocado en Chilpancingo, hoy Estado de Guerrero, en donde presentó su documento de 23 puntos denominado Sentimientos de la Nación, en el cual evidenció su proyección y talla de gran estadista y que culminó en la primera Constitución del nuevo país en la ciudad de Apatzingán, actual estado de Michoacán llamado Decreto Constitucional para la Llibertad de la América Mexicana promulgada el 22 de Octubre de 1814; documentos que evidencian los sentimientos de libertad que estaban actualizados después de 300 años de la ignominiosa esclavitud impuesta por España ; la necesidad de una actividad y perspectiva democrática para la nueva nación ; la regulación de la división de poderes y en especial la estructura de un poder ejecutivo colegiado, bajo la hegemonía de un Congreso representante de la voluntad popular, así como sentó los pródromos para una fuerte estructura que permitiera la disminución de la brecha existente entre la insultante riqueza de muy pocos y la siniestra miseria de los más ,sin perjuicio de la predominancia que, por haber sido un fiel creyente y eclesiástico perteneciente al bajo clero católico impuso como religión única la suya ,para la nueva patria.

De esta guisa resulta sádico e incuestionable el prurito neurótico y compulsivo de la alta jerarquía católica, quienes a través del nefasto Santo Oficio, enjuiciaron y condenaron al gran Morelos, después de haberlo atormentado sicológica y emocionalmente obligándolo a descubrir sus planes y haberes militares, sin perjuicio de la denigrante excomunión (fatídica para cualquier católico),así como abjurar de sus “supuestos pecados” con lo cual la justicia civil tuvo “elementos” para condenarlo a muerte e incluso con la ignominia de fusilarlo por la espalda como un símbolo para calificarlo como traidor, siendo de esa manera como terminó la vida física de uno de los próceres y pilares de la Independencia de la reciente Nación.

Si continuamos con el ideario de Morelos vemos que puntos fundamentales de sus propuestas, tuvieron seguimiento en las posteriores constituciones de México como la de 1824,la de 1857(no consideramos los documentos centralistas de 1836 y 1843) incluso en la culminación de la Constitución vigente del 5de Febrero de 1917 con entrada en vigor el 1 de Mayo de dicho año.

Habida cuenta de los principios democráticos y las tendencias igualitarias para nuestro pueblo, así como la innegable y necesaria imposición de la libertad y la justicia en México, debemos entender, comprender, explicar y justificar el pensamiento del gran Morelos.

Gracias a ello gozamos actualmente de muchas de las libertades y garantías de los derechos fundamentales de que debe gozar un ser humano a pesar de los gobiernos ineptos, ignorantes, corruptos e impunes que hemos padecido, cuyas consecuencias se ven reflejadas en la violencia y corrupción galopantes que producen la desconfianza hacia nuestras instituciones(de los 3 niveles),de los partidos políticos, de los políticos y demás fauna que nos circunda.

A pesar de todo somos muchos los que luchamos para conservar y acrecentar los logros de una nación democrática. Mientras tanto con la vehemencia de siempre deseo que sigan disfrutando del amor, de la fraternidad y de la solidaridad social que nos inspiran estos días. Felicidades para el 2015. O usted denodado lector, ¿qué opina?

De lo bueno y lo malo...

Leer más

Por Rodrigo Juárez Ortiz


Lo bueno y lo malo se deriva de conceptos universales como el bien y el mal. Al respecto hay infinidad de concepciones filosóficas cuya disertación profunda unas y otras no tantas, son origen de un concepto de dualidad que se da en todos los ámbitos del conocimiento humano.

En ese orden de ideas, en todas las épocas el ser humano ha tratado de encuadrar conductas desde el punto de vista teleológico, teológico y axiológico, entre otros; de esta dualidad, sin embargo, no existe un criterio objetivo que nos diga qué es lo bueno y qué es lo malo, habida cuenta de que lo que para un pueblo tempo espacialmente determinado puede ser bueno, en el mismo espacio y en otro tiempo este pueblo tendrá una concepción distinta de lo que previamente calificó como bueno o malo, v.gr. : en Roma, en la época del imperio, la esclavitud era una institución “buena” toda vez que a los prisioneros de guerra en vez de matarlos se les sometía a la esclavitud, por lo cual los hacían servidores perennes en donde el paterfamilias disponía del esclavo a plenitud, inclusive pudiendo gozar, en su caso, del perdón y ser convertido en liberto o matarlo si su deseo fuese en ese sentido, sin perjuicio de que si fuese un liberto podía inclusive ser parte de la familia por adopción o por matrimonio con alguien miembro de ella.

La historia nos da muchísimos ejemplos de cómo para una sociedad, una conducta, una acción, incluso cuestiones como la moda, la gastronomía, el arte y otras pueden ser considerados como buenos o malos lo cual nos lleva a considerar seriamente el hecho de que en realidad podríamos considerar como bueno aquello que la comunidad considera aceptable, valioso, enriquecedor o gratificante y malo seria todo lo contrario a estos conceptos, en general.

De esta guisa en la actualidad estamos viviendo procesos que ponen a prueba a la humanidad en tratándose de asuntos globales, como la ecología, la salud, la alimentación, la libertad, la paz, así como el hambre, la desnutrición, la trata de personas, el contrabando de armas, las guerras, la drogadicción, y por lo que hace a nuestro país aunado a todo ello, la pobreza, la miseria, la violencia, los secuestros, la extorsión, los desaparecidos, el contrabando, el analfabetismo, la execrable y rampante corrupción, así como su alma gemela la impunidad.

Sí es cierto que lo seres humanos han sido calificados de origen, como seres buenos, pero también como seres malos y en consecuencia cuando prevalece una de estas dos características es que se predica la bondad o la maldad de las personas y /o de sus actos. Actualmente estamos viviendo momentos difíciles en virtud de los cuales se necesitaría ser un topo (con mis respetos a tan simpáticos animalitos) para no darse cuenta de la grande encrucijada en que estamos metidos.

Por un lado tenemos una sociedad ahíta de los abusos, excesos, ineficiencia e ineficacia de los gobernantes, de los “políticos”, quienes, con sus honrosas excepciones, confunden la acción de gobernar para el beneficio de la comunidad con el propósito de su beneficio personal, de su familia, de su grupo, o de su partido, cometiendo actos evidentes de corrupción tales, que se han magnificado provocando la irritabilidad popular, así como su desprestigio como clase. Sin embargo, las acciones actuales por parte del estado, no han satisfecho los requerimientos de la ciudadanía y así se han dado como consecuencia actos a todas luces atentatorios en contra de la ley siendo esto consecuencia de privilegiar ante la proximidad de contiendas electorales, el impacto político de una decisión en lugar de un aplicación simple y llana de la ley.

En efecto, todo mundo está de acuerdo en la necesidad de resolver el problema de los desaparecidos en nuestro país y en especial los de Iguala; todo mundo está conforme en las facilidades que se dan para no conculcar el derecho de quienes se manifiestan en ese sentido, pero sí hay una reprobación unánime en contra de los encapuchados, violentos, sedicentes anarquistas, que de una forma brutal están provocando una reacción violenta de los organismos estaduales lo que lleva, al no detenerlos y, en su caso, sancionarlos, por temor a ser llamados represores.

En suma están tan manoseadas estas manifestaciones que surge el cuestionamiento de si la disyuntiva entre si es buena o es mala la acción u omisión de los gobiernos de los tres niveles por cuanto a los sucesos que nos impactan, ya que se necesita orden, dirección, contundencia, credibilidad, objetividad y sobretodo resultados que propicien metas tendentes a la consecución de la armonía, de la paz y del progreso que mucha y buena falta nos hace. La voluntad de hacerlo es perenne. O usted, responsable lector, ¿qué opina?

 
Ir Abajo Ir Arriba