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Construyendo caminos nuevos

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Por Fernando Reyes Baños



Vayamos al grano: la masculinidad actualmente, ¿está en crisis? No, la masculinidad no está en crisis, lo que está tambaleándose es el modelo hegemónico que la ha conformado hasta ahora. Esto, obviamente, representa un paso previo e inevitable para que los hombres de hoy asumamos nuevas formas de ser masculinos.

El momento que muchos hombres estamos viviendo ahora nos coloca ante una aparente encrucijada: vivir el desconcierto de cómo tratar hoy a las mujeres y definir el papel que nos toca interpretar durante esta etapa de transición. Obviamente, las cosas nunca son fáciles: se ha previsto desde hace tiempo (y, de hecho, se vive desde entonces) una fricción acérrima entre valores antiguos y nuevos. Justamente se apela a esta clase de choque para explicar algunos problemas que se han presentado en hombres “rezagados” en la transición referida como podrían ser, por ejemplo, despuntes estadísticos que hacen notoria la presencia de violencia machista y manifestación de conductas que reflejan una fuerte dosis de homofobia.

Con los estudios sobre la mujer y los movimientos por los derechos civiles y de liberación homosexual, el escenario para representar la caída de los grandes mitos en torno a la masculinidad hegemónica quedó casi listo; sin embargo, tales circunstancias generan en muchos varones gran desconcierto, estancamiento del devenir vital y conflictos con los nuevos roles, razón por la cual, el papel que representan por ahora, ese avanzar trastrabillando por ese escenario social, merecería ser considerado como un acto previo, cuyo título sería (al margen, quizá, de su imprecisión) “crisis de la identidad masculina”.

Según Antonio Boscán, la mayoría de hombres no desean ser sexistas, pero, al mismo tiempo, no quieren dejar de ser masculinos (tal y como se ha descrito en otros artículos, refiriéndonos a la masculinidad hegemónica), por lo que les preocupa asumir su masculinidad de otro modo y caer, en consecuencia, en una especie de red caracterizada por la indefinición y la incertidumbre. Según Angels Carabí, la mejor manera de afrontar este temor es comenzar con que el hombre reconozca su situación real, haciéndose consciente de hasta qué punto ha sido configurado por la construcción tradicional de la masculinidad y como ésta ha supuesto, de igual modo, una especie de trampa para él. Boscán concluye que, dotarle de conciencia de género hará que también se descubra como víctima. Tras ese reconocimiento, el hombre descubrirá (como la mujer ya lo hizo) que la masculinidad no deriva de un concepto esencialista, sino de uno culturalmente construido y que los varones, tradicionalmente, se han definido no partiendo de sí mismos, sino perfilándose a través de alteridades culturalmente creadas.

Descubrir que la masculinidad se ha definido a partir de lo que no es, debería impulsar la búsqueda de su construcción en positivo. Quizá así, la obra que se escenificara en la sociedad tendría que ver con la aventura de experimentar nuevas formas de vivir la masculinidad, buscando siempre caminos más creativos, satisfactorios y justos para todos.

Lo increíble de ser verdes

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Por Fernando Reyes Baños



A mediados del año pasado, aproximadamente, por mayo de 2015, se difundió en algunos medios electrónicos y redes sociales, la noticia de un joven brasileño de 25 años, Romario Dos Santos Alves, que estuvo a punto de perder sus brazos por la obsesión de parecerse a Hulk, el increíble hombre verde de los comics. La historia es como sigue:

Resulta que Romario asistía al gimnasio con frecuencia para ejercitarse, pero al percatarse de que su esfuerzo no parecía redituarle en acercarlo a su propósito “marveliano” mientras que otros aumentaban su musculatura notoriamente (y sin tanto esfuerzo), comenzó a indagar con sus compañeros cómo podía lograr él mismo tales resultados, descubriendo así que ellos complementaban sus rutinas con esteroides y otras sustancias, entre ellas, el Synthol, un aceite que se inyecta localmente para aumentar la masa muscular, por lo que el joven brasileño decidió inyectarse Synthol en los bíceps, lo que ocasionó un gran problema: "Mis músculos _explica Romario para el diario británico Mirror_ comenzaron a solidificarse y no podía siquiera inyectarme los brazos, estaban llenos de piedras. Decidí que lo único que podía hacer era comprar agujas de especialistas para poder inyectarme. Sé que suena estúpido, pero era lo único que podía hacer para tener mi Synthol".

Cuanto más se inyectaba Synthol y consumía esteroides, Romario iba perdiendo fuerza, además de sufrir terribles dolores en los brazos que iban in crescendo, hasta que su esposa lo internó en una clínica, en la que después de valorar su estado, le informaron que la única solución era amputarle ambos brazos. "Finalmente _declara Romario_, el médico me dijo que no habría que amputar. Podrían remover el Synthol solidificado que se había formado en mis brazos". Está alternativa, claro, tuvo sus bemoles: el relleno tóxico debía salir por medio de la orina, lo que le causó un dolor constante e intenso, y que casi padeciera una insuficiencia renal debido a las toxinas en el aceite.

¿Cuál podría ser la moraleja de la anécdota anterior? Al margen de todo lo que podría acotarse sobre el uso, pero sobre todo del abuso, de sustancias con las que muchos hombres (y algunas mujeres) pretenden en los gimnasios alcanzar límites que superan, evidentemente, la condición física promedio de quienes integran nuestra sociedad (que, por supuesto, es un tema relevante en vista de la afluencia actual a tales establecimientos), resulta más pertinente para nuestros fines, dada la línea que hemos estado siguiendo a lo largo de estos artículos, preguntarnos por el significado que implica para los hombres seguir (o no seguir) ciertos comportamientos que, en ningún momento, deben concebirse como aislados o no implicados con lo que la sociedad espera de los hombres, principalmente, si el modelo de masculinidad que impera en el sistema sexo/género, demanda ciertos imperativos/creencias que regulan las notas esenciales de la masculinidad, caracterizándola como si fuera un modelo monolítico y totalizador, que sentencia la única forma en que los hombres pueden ser y estar.

Un refrán de antaño afirma que “el que es verde, es verde en todas partes”. Si el personaje de ficción de Stan Lee es un modelo que pretende emular la imagen prototípica del aspecto físico de la masculinidad, entonces resulta obvio que muy pocos hombres pueden aspirar a alcanzar semejantes medidas. Pero quienes se aproximan, se ganan la admiración de la mayoría: de ellas, porque encarnan, al menos físicamente, lo que “todo un hombre” debe ser; y de ellos, porque es el modelo a seguir, a alcanzar. Después de todo, ¿no se supone que un hombre debe ser fuerte (y no solo serlo, sino también verse fuerte)? Pero… ¿Qué pasa con quienes, por una u otra razón, están lejos de alcanzar las características de este modelo? Cabría suponer que sobrevendría un malestar de alguna clase: conformarse y resignarse con no ser “del tipo fuerte” o hacer mucho ejercicio y, quizá, buscar la asesoría de quienes “lo han logrado”, tener bíceps de más de 60 centímetros como los de Romario y prepararse, si no se jugaron bien las cartas, a sentir dolor, mucho dolor… o, y es aquí donde acude a nuestro encuentro un rayo de esperanza, comprender que la masculinidad no es una y que puede vivirse de muchas formas.

Luis Bonino, autor que ya hemos citado con anterioridad, organizó las problemáticas masculinas que pueden derivarse de intentar cumplir, de manera estricta, con los imperativos que hemos descrito en otros artículos, lo que nos dará la valiosa oportunidad de revisar algunas patologías vinculadas con tales imperativos, mismas que según este autor, son poco conocidas por la mayoría (¿quizá por qué sobre ellas se procura no hacer mucho ruido?).


Referencias:

- Bonino, L. (2000). varones, género y salud mental: desconstruyendo la "normalidad" masculina. En Segarra, M. y Carabí, A. (eds.). Nuevas masculinidades. Barcelona: Icaria.
- Merlo, V. (5 de mayo de 2015). Quiso ser Hulk y casi pierde los brazos. Univisión Salud. Recuperado de: http://salud.univision.com/es-mx/trastornos-mentales-y-de-comportamiento/hulk-m%C3%BAsculos-esteroides-anab%C3%B3licos-romario-dos-santos

Sun Tzu, el rey Helü y sus concubinas

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Por Fernando Reyes Baños


Sima Qian, el “Heródoto chino”, escribió sobre el estratega Sun Tzu, autor de "El arte de la guerra" (escrito 500 años antes de Cristo), la siguiente anécdota:

El rey Helü, gobernante chino de Wu, ante la inminente invasión de Chu, un estado vecino hostil, convocó al estratega para poner a prueba sus principios. Sun Tzu aseguraba, a través de los 13 listones de bambú que guardaban su obra, que era capaz de entrenar con éxito a cualquier tropa. El gobernante reta a Sun Tzu, preguntándole si era capaz de convertir a damas de palacio, concubinas mimadas y delicadas, en una fuerza de ataque. El estratega responde afirmativamente y el rey Helü mandó a traer 180 mujeres para ponerlas a sus órdenes.

Sun Tzu las dividió en dos compañías, colocando al frente de cada una a una de las concubinas favoritas del rey. Haciéndolas tomar lanzas en sus manos, les dio instrucciones para que, a la par de los tambores, ejecutaran maniobras básicas según se los fuera indicando. La función de las mujeres que encabezaban las compañías era liderar a sus compañeras, asegurándose de que la disciplina se mantuviera en cada unidad. Pero cuando Sun Tzu comenzó el ejercicio, dando la primera indicación, las mujeres, simplemente, se echaron a reír. El estratega declaró: “si las voces de mando no son claras e inequívocas, si las órdenes no son comprendidas del todo, es culpa del general”, así que, reformulando la siguiente orden en términos más simples, les indica que cuando los tambores redoblaran ellas debían formarse como soldados, usar las lanzas y cerrar filas, pero las concubinas volvieron a estallar en risas. Sun Tzu declara entonces: “Si las voces de mando no son claras e inequívocas, si las órdenes no son comprendidas del todo, es culpa del general. Pero si las órdenes son claras y aun así los soldados desobedecen, es culpa de los oficiales.” Con estas palabras, Sun Tzu ordenó que les cortaran la cabeza a las líderes de las dos compañías.

El rey Helü, que observaba todo desde lo alto de un pabellón cercano, alarmado por la inminente ejecución de dos de sus concubinas favoritas, envió un mensaje a Sun Tzu para que detuviera la orden, pero para el estratega, cuya prioridad era demostrar que la guerra es un asunto de vida y muerte y que entenderlo así era vital para que todos, desde el líder hasta el soldado raso, estuvieran motivados para ganar, no había marcha atrás, por lo que de cualquier manera hizo decapitar a las dos líderes, sustituyéndolas inmediatamente por otra pareja de concubinas. Habiéndose efectuado lo anterior, el tambor del ejército sonó una vez más y las concubinas, en sincronía con las indicaciones de Sun Tzu, ejecutaron las maniobras militares en cuestión, con exactitud, precisión y sin risas, con lo que el estratega demostró su punto, razón por la cual, el Rey Helü finalmente lo nombró comandante del ejército de Wu (comunicación personal, 15 de diciembre, 2015).

La historia anterior parece describir un acontecimiento perteneciente a un pasado remoto. Muchos opinarán que describe un castigo cruel y desproporcionado cuyo único objetivo era infundir en los subordinados miedo a perder la vida si no seguían las órdenes de sus superiores. Otros apelarán al contexto y a las circunstancias, por lo que dirán que la crueldad estaba “justificada”, entre otros factores, por la época (antes no había, por ejemplo, el menor reconocimiento de los derechos humanos, la gente era menos civilizada, etc.) o porque se trataba de que el estratega militar preparara (en tiempo record) un ejercito que se enfrentaría a una fuerza invasora que lo aventajaba por mucho numéricamente hablando, pero…así como los principios de Sun Tzu, en opinión de algunos expertos, siguen siendo vigentes para la implementación de estrategias no solo militares, sino también comerciales, políticas y hasta deportivas, ¿no vale la misma consideración para la crueldad y la violencia que actualmente se manifiesta entre nosotros, especialmente, de los hombres hacia las mujeres?

Solo consideremos lo siguiente: ¿por qué el Rey Helü escogió a las mujeres de su palacio para que Sun Tzu demostrara la efectividad de sus estrategias si, de cualquier manera, nunca consideró la posibilidad de enviarlas a batalla? La respuesta es simple, pero desconcertante porque es una idea que prevalece en nuestras sociedades hasta nuestros días: porque, pareciera, que las mujeres “están hechas” para hacer ciertas cosas (por ejemplo, trabajo doméstico), y no otras (por ejemplo, la guerra); siendo lo mismo, para los hombres y, por supuesto… ya sabemos que esto y la realidad son cosas bien distintas.


Referencia:

Grimaldo, M. (2012, Junio 25). El arte de la guerra-Sun Tzu (Completo) [Archivo de video]. Recuperado de https://www.youtube.com/watch?v=3ubEfZG0qU

La tribulación de un anarquista corresponsable

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Por Fernando Reyes Baños

Enzensberger escribió en 1998 un texto biográfico sobre Buenaventura Durruti (1896 – 1936), un sindicalista y revolucionario español, que con su vida y obra se convirtió en una figura emblemática del anarquismo de ese país. En El corto verano de la anarquía, Enzensberger (1998), ubicándose en 1936 (año en que Durruti no encontraba trabajo en ninguna parte por figura en la lista negra de los empresarios y que su compañera Émilienne trabajaba como acomodadora en un cine para mantener a toda la familia), escribió:

"Una tarde fuimos a visitarle y lo encontramos en la cocina. Llevaba un delantal, fregaba los platos y preparaba la cena para su hijita Colette y su mujer. El amigo con quien había ido trató de bromear: «Pero oye, Durruti, ésos son trabajos femeninos.» Durruti le contestó rudamente: «Toma este ejemplo: cuando mi mujer va a trabajar yo limpio la casa, hago las camas y preparo la comida. Además baño a la niña y la visto. Si crees que un anarquista tiene que estar metido en un bar o un café mientras su mujer trabaja, quiere decir que no has comprendido nada.»" (p. 61).

No es que todos los españoles fueran en ese entonces (o incluso ahora) corresponsables con sus parejas en lo que atañe al trabajo doméstico y, a juzgar por la respuesta dada por Durruti, tampoco los anarquistas. La misma Émilienne Morin, la compañera francesa del revolucionario español, brinda su testimonio al respecto cuando en la misma obra expresa, con frases representativas, lo que españoles y anarquistas (con excepción de su compañero a quien elogia por no tolerar la injusticia) pensaban acerca del papel que la mujer debía desempeñar con relación a los quehaceres del hogar: “¡La mujer en casa”, dirían los primeros; “…la anarquía es una cosa y la familia es otra, así es y así será siempre”, dirían los segundos. Lo anterior, obviamente, no representa una crítica para los españoles o lo anarquistas… ¡Es una crítica para todos en general!

¿En qué consistía entonces la lección que Durruti dejó entrever con la ruda respuesta dada a su interlocutor? Desde mi perspectiva, diría: primero, que no hay “trabajos femeninos” (y, por consiguiente, “trabajos masculinos”), sino trabajos que pueden realizarse en un ámbito público o en un ámbito doméstico; segundo, que esta clasificación no justifica considerar que un ámbito sea privativo de hombres o de mujeres con exclusión del otro, siendo la asignación anterior históricamente arbitraría y a favor del hombre; y tercero, que el trabajo doméstico (incluyendo, por supuesto, la crianza de los hijos) siga siendo considerado como “algo propio de las mujeres” (y no de los hombres) representa una situación injusta para las mujeres, por eso es duramente criticada por Durruti y por eso él actúa en consecuencia, es decir, no solo apoyando a su compañera, sino también responsabilizándose con ella de los quehaceres de su hogar. ¿Qué es lo que no ha comprendido su interlocutor? Que el anarquismo, en última instancia (y en este caso en particular), pretende generar el cambio social para alcanzar una mejor sociedad y que la no corresponsabilidad del hombre con la mujer respecto al trabajo doméstico y a la crianza de los hijos representa el resabio de una situación injusta inherente al status quo que debe ser criticado para que, una vez convertido en objeto de nuestro cabal escrutinio, sea revertido para servir a la justicia que, hoy por hoy, tanto se necesita entre los hombres y las mujeres que integran nuestra sociedad.


Referencia:

Enzensberger, H. M. (1998). El corto verano de la anarquía. Vida y Muerte de Buenaventura Durruti. Barcelona: Anagrama.

Una rebana de pastel y un café

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Por Fernando Reyes Baños


El fin de semana pasado, me reuní con dos maestras (amigas y colegas) en un conocido café de la ciudad para organizar algunas de las actividades que haríamos en la universidad el próximo semestre. Medio en broma, le recordé a una de ellas si ahora sería el momento en que el universo tuviera equilibrio otra vez. Explico: hace algunos meses, reunidos en ese mismo café, yo pague la comida que ella estaba consumiendo, por lo que “el equilibrio” al que yo me refería consistía en que ahora le correspondía a ella pagar lo que yo consumiera. La aludida aceptó, de inmediato, hacerlo como si esperara, justamente, que se presentara la ocasión para “estar bien con su karma”. Yo, entre apenado y risueño, le hice saber que ya había comido, pero ella, que parecía estar decidida a balancear las fuerzas cósmicas a nuestro alrededor propuso entonces que pidiera un postre. ¿Qué tal una rebana de pastel?, ofreció y… ahí fue cuando yo no pude negarme más.

Así pues, entre lo que comían ambas y mi postre, fuimos estableciendo acuerdos sobre varios puntos a realizar para el próximo ciclo escolar. Mientras comíamos y dialogábamos, me fue imposible ignorar esa vocecita en mi interior que me decía: ¡Pero si serás bruto! ¿Cómo te atreviste a aceptar esa rebanada de pastel? Debiste haberle dicho que no. ¡Que karma, equilibrio universal ni que la fregada! La respuesta correcta era no. ¿Cómo crees que se verá cuando pagues? ¿Qué crees que pensará ella? Porque júralo que no solo ella, sino también la otra maestra, gracias a esa comunicación críptica con la que se confabulan entre sí para compartir opiniones acerca de los hombres, ya habrá sacado sus propias conclusiones… en eso y en todo lo demás estaba, cuando finalmente llegó el momento de pagar.

Debo aclarar en este punto que solo una rebanada de pastel era suficiente para equilibrar el universo, por lo que la taza de café que había pedido para acompañarla correría por mi cuenta… o al menos eso creía yo. Resultó entonces que, buscando cambio para pagarle a la maestra los veintitantos pesos de mi café, entre mis cosas no encontraba cambió que me sacara del apuro. No es por presumir, pero justo en ese momento llevaba solamente billetes grandes conmigo. Busqué y volví a buscar (¡Gulp!). Nada. Al cabo de un minuto, cuando estaba a punto de sacar la Mastercard, la otra maestra, en un acto de generosidad supremo (por mi cumpleaños, dijo), se ofreció a dispararme el café. Yo, con una mezcla de alivio y pena, le agradecí por su amable gesto. Esa vocecita en mi cabeza, mientras les comentaba a las dos que escribiría sobre esta experiencia en mi próximo artículo, más colérica que antes, protestó otra vez: ¡Pero que $%&*@# estás haciendo! ¡Primero el pastel y ahora también el café! ¿No quieres también que te saquen cargando para que no te vayas a cansar mientras caminas? ¡Te pasas de veras!

Moraleja 1.- Descubrí que si ignoraba las objeciones, críticas y protestas de mi lado machista, al fin “bendito entre dos mujeres” que esa tarde me invitaron una rebanada de pastel y un café a pocos días de mi cumpleaños, podía disfrutar mejor el momento, aceptando que a veces nos tocará a los hombres invitar y, ¿por qué no?, a veces a las mujeres, por lo que la diferencia no tiene por qué significar desigualdad, sino todo lo contrario: representa una oportunidad para “consentirnos” con lo que mejor que unos y otros podemos hacer por los demás, sobre todo, por las personas que nos importan y a quienes les importamos.

Moraleja 2.- Tal y como lo expresara Simone de Beauvoir en 1949: ningún colectivo se define nunca como Uno sin enunciar inmediatamente al Otro frente a sí. De esta manera, lo masculino (lo Uno) se define en contra de lo femenino (lo Otro). La masculinidad como normalidad, como razón, como elemento neutro, es pensada en contraposición a lo femenino, lo enigmático, lo maleable, lo despreciable.


Referencia

Beauvoir, Simone de (1999). El segundo sexo. Buenos Aires: Sudamericana

7 áreas de lo masculino

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Por Fernando Reyes Baños


Janet Saltzman Chafetz (1942–2006) formó parte del Departamento de Sociología de la Universidad de Houston, cofundadora de Sociologists for Women in Society y miembro del consejo de la Asociación Americana de Sociología (ASA, por sus siglas en inglés). A lo largo de su trayectoria profesional escribió 11 libros, entre los cuales, cuatro de ellos fueron significativos para moldear el campo de los roles del género sexual, siendo un rasgo característico de esta teórica feminista su convicción de que el género debía incorporarse a la corriente principal de la teoría sociológica.

Una de las aportaciones más memorables de esta socióloga es el tema de las 7 áreas de la masculinidad (Saltzman, 1974), mismas que a continuación describiré y complementaré con algunos comentarios alusivos a cómo se manifiestan tales áreas en la cotidianidad:

  1. Física. El hombre es viril, atlético, fuerte y valiente. No le preocupan ni su apariencia ni el envejecimiento. Por eso alguien lo describió, en algún momento, como el poseedor de las 3 F (efes): feo, fuerte y formal. Sin embargo, la realidad puede ser también contradictoria, ejemplo: los jóvenes que invierten varias horas al día ejercitándose en los gimnasios, aprovechando cualquier oportunidad para ver cómo lucen en los espejos que suelen abundar en estos establecimientos.
  2. Funcional. El hombre sale todos los días de casa para ganarse el pan y proveer a su familia. Pero… la realidad es más compleja que esto ¿no?, sobre todo ahora que el papel de la mujer en la sociedad ha cambiado tanto: ella también trabaja, a veces gana más que el hombre y eso, sin mencionar, que también puede ser ama de casa, madre y esposa al mismo tiempo.
  3. Sexual. El hombre es sexualmente agresivo y experimentado. Él es el que toma la iniciativa, quien tiene toda la experiencia y de quien se espera que tome, de un modo u otro, lo que “le corresponde y/o pertenece”. Con él inicia y acaba la fiesta, por eso justamente suele ser difícil para cualquier hombre fallar, del modo que sea, en esta área: va de por medio “su hombría”.
  4. Emocional. El hombre no es emocional. No es cosa de hombres llorar, expresar o establecer contacto con sus sentimientos y decir “cosas bonitas”. Un hombre es estoico y ya.
  5. Intelectual. El hombre es lógico, intelectual, práctico, racional, determinado. En una discusión los hombres se dan con todo: se alzan la voz, se insultan, se gritan y se golpean, pero al rato se calman y siguen tan amigos como siempre.
  6. Interpersonal. El hombre es líder, dominante, disciplinado, independiente, libre, individualista. Como lo expresó alguna vez un entrevistado en un estudio de género que realicé hace años: “el hombre erige sociedades”, razón por la cual, no es el que sigue, sino al que siguen.
  7. Otras características personales. El hombre está encaminado al éxito, es ambicioso, agresivo, orgulloso, egoísta, moral, confiable, decidido, competitivo y aventurero.

Como resultará evidente, las siete áreas establecidas por Saltzman (1974) coinciden con los imperativos propuestos en 1976 por Brannon y David que hemos revisado antes: ambas vertientes abordan la masculinidad desde “un deber ser” ad hoc con los valores imperantes en una sociedad que todavía concibe la diferencia como una excusa para la desigualdad.


Referencia

Chafetz, J. S. (1974). Masculine/feminine or human? An overview of the sociology of sex roles. Mishawaka, IN, U.S.A.: F. E. Peacock Publishers, Itasca, Ill.

¿Quién es el líder?

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Por Fernando Reyes Baños



El pasado fin de semana, durante un curso de actualización al cual asistí, tuve la oportunidad nuevamente de observar un hecho curioso, vinculado con los temas que hemos tratado en artículos anteriores. El hecho, en sí, es el siguiente:

Estábamos por iniciar un ejercicio, para lo cual, el instructor debía primero informarnos sobre las reglas que debíamos seguir para poder participar. Nuestro grupo estaba integrado por dieciocho personas: tres hombres y quince mujeres. Entre las reglas, dos resultan relevantes mencionar para entender el hecho que a continuación quiero describir: la primera, es que el grupo debía dividirse en dos equipos (con igual número de miembros), y la segunda, que cada equipo que se conformara debía nombrar un líder para dirigir la actividad que estábamos a punto de comenzar. Tan pronto terminó el instructor de darnos todas las reglas, el grupo se dividió en dos equipos, obviamente, de nueve personas cada uno.

Mi equipo quedó conformado por dos hombres y siete mujeres. Ahora tocaba el turno de elegir a nuestro líder. Para mí, resultaba evidente quién debía dirigirnos. Desde que el instructor dijo que comenzáramos, una joven se levantó de su asiento y, con mucha seguridad, se dirigió a todo el grupo y nos solicitó que nos dividiéramos en dos equipos. El grupo no dudó, ni por un segundo, en hacerle caso. Esa joven estaba en nuestro equipo, por lo que yo no tenía, ninguna duda, de que el grupo asumiera que ella sería nuestro líder. Para mi sorpresa, los miembros de mi equipo, y para ser más claro, las mujeres que lo integraban, nos voltearon a ver ipso facto, primero a mí y luego a mi compañero. Yo, sin poder reaccionar a tiempo, las miraba con incredulidad observándonos como si fuera de lo más natural que él o yo fuéramos quienes lideráramos al equipo. Como ninguno de los dos decía nada, una de ellas dijo súbitamente: “¿por qué no votamos? Y así, sin más, la mayoría de ellas votó y eligió a mi compañero. Organizados así, y contra reloj, mi equipo intentó hacer el ejercicio, el cual consistía en resolver una especie de acertijo, pero la solución nos evadía y el tiempo que nos habían otorgado para encontrar su solución llegaba a su fin. Todavía advertí que, ya cuando parecía que habíamos agotado todas las opciones a elegir, volteaban a mirarme después de toparse con el silencio de nuestro “líder”, como esperando que el otro hombre del equipo aportara la solución que ninguna de ellas había sido capaz de encontrar. Al final no pudimos resolver el acertijo, así que nuestro único consuelo consistió en comprobar que tampoco el otro equipo lo había logrado.

Más tarde, después de que el ejercicio terminara, el grupo fue a receso, por lo que tuvimos la oportunidad de relajarnos un poco. Me senté cerca de algunas de las compañeras que habían estado en mi equipo y me quedé pensando en el incidente. ¿Se habían dado cuenta de lo que pasó en esos breves instantes que duró la elección del líder? Cómo saberlo si no se los preguntaba, ¿verdad? Así que me levanté y, aprovechando una pausa en su plática, les comenté sobre lo que había visto y, justamente la joven que yo había perfilado como la candidata más adecuada para ser nuestra líder, expresó su acuerdo conmigo y entonces ocurrió otro hecho maravilloso: ese grupo de cinco mujeres que estaban sentadas ahí y un servidor nos pusimos a platicar sobre el machismo imperante en nuestra sociedad y como éste se mantiene arraigado en cada uno de nosotros: no solo por los hombres, sino también por las mismas mujeres, quienes esperan que los hombres nos comportemos de acuerdo a ciertos cánones sociales.

Justo cuando nuestra plática se encontraba en su mero apogeo, terminó el receso y tuvimos que regresar al curso. ¿Este es el final del hecho que deseaba relatarles ahora? No, porque después de que el curso terminó hubo la necesidad de nombrar nuevamente a un líder, esta vez para todo el grupo, para que organizara las actividades de seguimiento posteriores a este primer proceso y… ¿quién suponen resultó ser ese líder? ¡Obviamente, la joven que desde el ejercicio del acertijo se había perfilado para serlo! No cabe duda: los grandes cambios empiezan por pequeños cambios.

Igualmente diferentes

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Por Fernando Reyes Baños

Con frecuencia nos hemos topado, de un modo o de otro, con expresiones del tipo “¡Todos los hombres son iguales!” o “¿Quién entiende a las mujeres?”, como parte de una conversación que escuchamos, quizá, cuando pasamos cerca de otras personas, cuando disfrutamos de algún programa en la televisión o video en la Internet o cuando, incluso, estamos conversando nosotros mismos, relajadamente, con alguien más y de pronto, cuando el clímax de lo discutido se acerca al momento más álgido, termina por infiltrarse alguna de estas expresiones, casi siempre como el último eslabón en la conversación, como si fuera una máxima cuya enunciación representara el martillazo de un juez que, de manera irrefutable, cerrara el caso, de ordinario, dándole la razón a quien la exclama.

Parece fácil afirmar que tales expresiones resultan de hacer generalizaciones que, evidentemente, no reflejan la realidad de quienes integran nuestra sociedad y que su consideración, como “verdades sociales irrefutables”, sesgan la concepción de quienes conciben así a cada ser humano, ya sea hombre o mujer, al suprimir, categóricamente, su singularidad, pero… la realidad, nuevamente, impone a nuestra comprensión la complejidad que suele caracterizarla, ya que aun cuando actualmente sean muchas las voces que claman por la diversidad de los seres humanos, también es cierto que, todavía, hay quienes se atrincheran detrás de generalizaciones semejantes, apelando que su experiencia, todo lo que “les ha tocado vivir” hasta ahora, justifica las categorías que usan para dar sentido a su mundo.

Sobre este tema, justamente, me encontré esta semana con una carta escrita por un antropólogo físico, especializado en antropología del comportamiento y sexualidad humana, que describe maravillosamente la cuestión anterior. A continuación, comparto aquí un fragmento de la misma:

“No es cierto que todos somos iguales, somos muy distintos, incluso somos distintos a nosotros mismos dependiendo del lugar, del momento, de la situación en que nos encontremos, de quiénes estén o no al lado nuestro: somos diversos entre la diversidad... Y que uno sea heterosexual, bisexual, transexual, homosexual o partícipe de cualquier otra cualidad sexual o erótica, no nos hace, per se, ni mejores ni peores personas. En lo único en que todos somos iguales es en que podemos ser amorosos y detestables, bellos y horrendos, cómplices y adversarios, según quien nos mire, trate o analice, y según desde dónde y para qué nos califique…No, no somos iguales aunque sin duda entre todos debemos luchar por conseguir los mismos derechos, igualdad legal y aceptación de las diferencias —incluso reconozco que algunas personas deben tener derechos especiales (ciegos, parapléjicos, minusválidos en general… pero nadie más)—, porque sólo así cada uno puede fortalecer su autonomía y es en la consolidación de nuestras respectivas autonomías que conseguiremos ser libres: todos debemos conquistar el derecho a ser sujetos sociales que se arriesgan a vivir lo más plenamente posible y a dar la mano, abrazar y cobijar, apoyar y festejar a quienes aman o dar la espalda o ni siquiera voltear a ver a quienes no ocupan ese preciado rincón en sus afectos, pero sin por ello agredirlos, devaluarlos, insultarlos; como nos recordaba Cuco Sánchez: no somos moneditas de oro para caerles bien a todos.” X. Lizarraga (comunicación personal, 5 de noviembre, 2015).

En este caso, el autor hace hincapié en la diversidad y por qué no es cierto que todos los hombres (y, por ende, tampoco las mujeres) seamos iguales. El dato curioso es que el autor de la carta está dirigiéndose a una activista sexo-política, por lo que, sin atender al resto del contenido de la misiva, es posible intuir que, aun entre expertos, el diálogo claro y esclarecedor siempre será una apuesta segura para que sigamos avanzando en el camino hacia la equidad.

Notas al margen

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Por Fernando Reyes Baños



En artículos anteriores hemos revisado, sirviéndonos de ejemplos de diversa índole, "los cuatro imperativos que definen la masculinidad" propuestos por Brannon y David en 1976, a saber: “No tener nada de mujer” (no Sissy stuff), “Ser importante” (the big wheel), “Ser un varón duro” (the sturdy oak) y “Mandar a todos al demonio” (give'em hell).

Estos imperativos/creencias, de acuerdo a Bonino (2000), conllevan un grado de exigencia para sus destinatarios cuyo cumplimiento está subordinado a una lógica de todo o nada, es decir, o el destinatario cumple con el ideal que propone el mandato, impulsando a éste al lado de lo deseable e idealizado, o no se cumple con él, acción (u omisión) que arrastra al sujeto irremediablemente al extremo opuesto, al lado negativo del ideal propuesto por el imperativo, donde se encontrará con lo temido y lo persecutorio. En suma, la lógica subyacente a los imperativos que definen la masculinidad no admite términos medios: se es o no se es un hombre o, mejor dicho, se valida con un SÍ o un NO categóricos, la masculinidad de los destinatarios a tal asignación.

Además de estos cuatro mandatos, Bonino (2000) propone un quinto imperativo/creencia: “Respetar la jerarquía y la norma”. Al respecto, el citado autor explica:

"La masculinidad se sostiene en el no-cuestionamiento de sí, de las normas y de los ideales grupales (los de la masculinidad incluidos), en el estar contenido en una estructura y en la obediencia a la autoridad o a una causa, obligándose a sacrificar lo propio con la ilusión (casi siempre incumplida) de que algún día el varón será dueño de sí (o al menos de alguien/algo). Lo deseado/temido es, desde esta creencia pertenecer/no pertenecer a un grupo (de varones), ya que ellos (y no las mujeres) son los que avalan con su aplauso la masculinidad" (p. 4).

Según este imperativo, la masculinidad implica lealtad a los valores grupales (incluyendo _como lo menciona el autor_ los coincidentes con la masculinidad), misma que se traducirá en obediencia y sacrificio para con una autoridad o causa avalada por quienes se reconocen como sus legítimos representantes: los mismos hombres, pero… ¿ocurre así en la realidad? La siguiente cita nos hace sospechar, que las cosas son más complicadas de lo que parecen:

"Ninguna mujer y ningún hombre puede identificarse cien por ciento con todas las atribuciones que su propia cultura asigna a cada sexo. Así, algunas personas se resisten a aceptar que su identidad fue construida desde afuera y se aferran a la idea de que son como son, porque así nacieron. Si bien es cierto que nadie puede identificarse totalmente con su género, también lo es que nadie puede honestamente decir que no ha sido marcada/o por él" (Facio y Fries, 2005, p. 270).


Referencias:

Facio, A. y Fries, L. (2005). Feminismo, género y patriarcado. Academia. Revista sobre enseñanza del derecho de Buenos Aires, (6), pp. 259-294.
Bonino, L. (2000). varones, género y salud mental: desconstruyendo la "normalidad" masculina. En Segarra, M. y Carabí, A. (eds.). Nuevas masculinidades. Barcelona: Icaria.

De tiburones y hombres

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Por Fernando Reyes Baños


Estimado lector, apelando a su imaginación, le pido recrear en los ojos de su mente el siguiente escenario: las oficinas de una institución, ya sea pública o privada, en la que trabajan personas que, como usted o como yo, tienen que cumplir con muchas actividades a la vez y casi siempre en tiempo record.

Imagine ahora un personaje que, para efectos de esta historia, llamaremos Sr. Ka (en honor a Bertolt Brech y su famoso cuento “Si los tiburones fueran hombres”). El Sr. Ka no es uno más entre quienes integran esta institución ficticia. Se trata, justamente, de quien dirige al resto del personal en el cumplimiento de los objetivos propuestos por dicha institución.

La imagen pública del Sr. Ka coincide con valores socialmente bien vistos: amable, inteligente y, sobre todo, poseedor de un gran liderazgo. Ha logrado mucho por la institución que encabeza, razón por la cual, cuenta con el apoyo de las autoridades que están más arriba que él en la cadena de mando. Lo anterior significa que, aún cuando ostenta un puesto privilegiado, el Sr. Ka no es libre dentro de la institución que dirige, ya que también tiene que responder a autoridades más altas.

En contraste, al interior de la institución, la imagen del Sr. Ka es diferente. Representa, digamos, el lado oscuro, “la sombra”, del rostro afable que muestra públicamente. Las personas que trabajan con él, lo describen como una persona sumamente autoritaria, que busca controlar a todos y a todo lo que concierna a su esfera de influencia, por medio de palabras que buscan, en todo momento, que las cosas ocurran de acuerdo a sus designios. Con tal de lograr los objetivos institucionales, busca someter a sus subalternos, explotándolos con el argumento de que su salario justifica que les exija dar todo de sí. El Sr. Ka racionaliza su proceder, arguyendo que todo es por el bien de todos, pero el problema no es éste. Lo que hace casi intolerable trabajar bajo su régimen es la forma en que hace sentir a sus subalternos: siempre alertas a que sus acciones (u omisiones) no causen su ira explosiva y esperando que su desempeño no los haga blanco de ser humillados frente al resto de sus compañeros, en una junta inquisitoria, a manos de un jefe iracundo, cuya constante será defender a toda costa su lugar frente a quienes concibe (sin percatarse del todo), dijera Erich Fromm (2008), como “maleable arcilla en las manos del alfarero".

Hasta aquí nuestra historia. Como resultará obvio, la descripción anterior ofrece muchas lecturas. En este caso, se abordó un escenario institucional, pero de la misma forma pudimos haber propuesto imaginar cualquier otro contexto: una familia, una escuela o un barrio, en cuyo caso habríamos descrito un proceder similar, que suele ser característico en muchos hombres o, que por lo menos, la sociedad espera que sea asumido por parte de los hombres, es decir, resolver situaciones haciendo uso de la violencia en cualquiera de sus manifestaciones, incluso física. Por lo anterior, y recordando que estamos en la revisión de los imperativos propuestos por Brannon y David en la década de los 70 para definir el modelo de la masculinidad hegemónica, expresamos ahora el cuarto y último de tales “mandamientos”, según el cual, el hombre (“para ser tal”) debe ser agresivo, es decir, ser valiente, autónomo y capaz de protegerse a sí mismo, hacer lo que desea y utilizar la violencia como forma de resolver los conflictos. El relato anterior fue solamente un ejemplo de cómo se puede manifestar éste, no siendo exclusivo ciertamente de los hombres, pues entre tiburones también puede haber más de un título para Ka.


Referencia:

Fromm, E. (2008). El miedo a la libertad. Buenos Aires: Paidós.

En carne propia

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Por Fernando Reyes Baños


En esta ocasión, optaré por relatar una anécdota que viví el pasado fin de semana en la capital poblana cuando asistí a un congreso de psicoterapia. Para ello, los participantes debíamos escoger dos talleres acordes con nuestro interés y gusto. Una de mis elecciones tenía que ver con el tema del apego. No es que pensara, en ese momento, que esa temática tuviera algo que ver conmigo. Lo elegí apostándole al tallerista, psicólogo que ya había tenido ocasión de tener como maestro, por lo que estaba seguro que disfrutaría mucho ser, nuevamente, su alumno. Ya en el taller, llegó la hora de que los asistentes nos presentáramos ante el grupo y expresáramos nuestras expectativas sobre el proceso que viviríamos a continuación. Cuando llegó mi turno recuerdo haber dicho, algo así como: “vengo a ver qué descubro de mí con relación a este tema, no creo estar ‘apegado’ realmente a alguien o a algo, me gusta el estilo del profesor…”. Algo así fue lo que expresé al principio, pero conforme el taller siguió desarrollándose, pude darme cuenta que, al fin y al cabo, mi presencia ahí no estaba de más. Es necesario aclarar, por supuesto, que el taller en cuestión fue, en su mayor parte, práctico y vivencial, lo que facilitaba que los participantes expusiéramos con mayor facilidad nuestras emociones.

Para el último ejercicio, el tallerista nos pidió que, reunidos en parejas, uno fuera A y el otro B, y mientras A se arrodillaría frente a su compañero y le diría palabras como “te quiero, no me dejes”, permitiéndose incluso tomarlo por las piernas para evitar que lo eludiera, B, de pie, le diría palabras como “no, déjame en paz, aléjate de mí”, para lo cual tendría además, que alejarse o escabullirse de A, en caso de que éste lo llegará a sujetar con sus brazos. En mi caso, la situación representaba un desafío mayor, ya que a la hora de elegir pareja o que nos eligieran como pareja, prefiriendo esperar a que alguien me eligiera, fue un hombre el que se colocó ante mí, eligiéndome como pareja para trabajar su apego. Así que, puesto así el escenario, comenzó el ejercicio. De rodillas comencé a rogarle a mi compañero que no se fuera, que no me dejara, y él a su vez, me respondía que lo dejara en paz. Intenté tomarlo, pero él se alejaba, escabulléndose de mis manos. Así estuvimos, yo intentando sujetarlo y él esquivándome, todo el tiempo que duró esa primera parte del ejercicio. Luego, el tallerista anunció que cambiáramos de lugares. Colocados en posición: mi compañero de rodillas ante mí y yo de pie, comenzó el ejercicio otra vez. Todo parecía indicar que las cosas se desarrollarían de forma parecida al primer momento del ejercicio, pero entonces mi compañero se lanzó contra mi pierna y me sujetó fuertemente para que no me le zafara. Le grite, intenté librarme, creo que hasta cosquillas intenté hacerle, pero el tipo estaba aferrado a mi pierna como si de un contrincante de lucha libre se tratara. Comencé a irritarme. Me tiré al suelo y con mis pies intenté apartarlo de mí. No resultó. Me levanté y comencé otra vez mi forcejeo. Estaba sudando y con la camisa casi por fuera. Comencé a darme cuenta que estaba comenzando realmente a molestarme. Casi podía vislumbrar, muy dentro de mí, a “la sombra de mi conciencia” emergiendo. Sin darme cuenta casi, y mientras le gritaba más y más fuente, por fin logré liberar mi pierna de su abrazo de oso y alejarme de él.

El ejercicio terminó en ese momento y el tallerista nos pidió a las parejas juntarnos otra vez y compartir nuestra experiencia. Frente a frente, con la camisa de fuera, sudando y respirando hondamente, encaré al hombre que hace apenas un minuto, se había abrazado a mi pierna con ferocidad. Lo miré por unos instantes sin decir nada. Ese ejercicio y todo lo que habíamos hecho durante el taller: hablar sobre nuestras experiencias con los demás, sobre lo que nos habían hecho sentir y sobre nosotros mismos pasó por mi mente como si se tratara de una película puesta en cámara super rápida y… entonces entendí o, por lo menos, tuve claridad sobre algo acerca de mi persona. Así que, más tranquilo, tomé la iniciativa para compartir con mi compañero lo que estaba pasando por ese momento por mi cabeza. Primero, le pregunté si no lo había lastimado durante el ejercicio. Me contestó que no, que estaba bien. Luego le comenté que, a diferencia de lo que había dicho al principio frente al grupo, que tenía apegos que elaborar y que reconocía _ recuerdo haber respirado profundamente_ que había áreas que debía trabajar en mí.

Sí, que un hombre contacte con sus emociones, con su “historia emocional” es difícil. Para mí lo ha sido y sigue siéndolo, porque afrontarlo significa trabajar con una historia de creencias profundamente arraigadas en nuestra psique. Una historia opuesta, en todo caso, a nuestro reconocimiento como seres incompletos, vulnerables e imperfectos, que nos tiene sujetos (¡bien agarrados!) a ella, historia que por otra parte no es invencible, por lo que cabe la esperanza de decirle, de gritarle NO con toda nuestra fuerza.

El lado oculto de ser un hombre duro

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Por Fernando Reyes Baños


Quienes vieron la película Unforgiven (“Los imperdonables”) sin duda recordarán la escena que encumbra el clímax de la historia dirigida por Clint Eastwood en 1992, cuando William "Will" Munny, después de saber que “Billito” mató a su amigo, entra a la taberna con el único objetivo de vengar su muerte, siendo entonces, después de que su adversario revela ante todos los presentes quién es él, cuando Munny, impasible, confirma su identidad, pronunciando una línea que permanecerá para la posteridad: “Así es, maté mujeres y niños; maté casi todo lo que camina o se arrastra... y vine a matarte, Bill”.Obviamente, la frase no es lo único o lomás impactante de esta escena. Lo que la hace memorable esel hecho de que el asesino se exprese de esa manera, con absoluta frialdad, en circunstancias que parecen estar totalmente en su contra, es decir, Munny, como personaje emblemático del “hombre duro”, entra en escena y, con su pistola por delante, pronuncia, sin titubear, su determinación de lograr su objetivo, por violento que éste sea, pero… sobre todo, se manifiesta ante el espectador como un hombre “sin emociones”, o mejor dicho, sin conexión con ellas, todo con tal de hacer lo que un hombre “debe hacer” (para ser tal). Tal es el imperativo que nos ocupa.

Ahora bien, forjarse una subjetividad coincidente con las representaciones hegemónicas de ser varón demanda que los hombres deban demostrar, en todo momento, que son racionales, agresivos, valientes, fuertes, aguantadores, independientes, viriles y capaces de controlar y dominar sus emociones y afectos (Ponce, 2004), pero hacerse de esta armadura personal repercute en su aislamiento de los demás y también de ellos mismos (Fernández, 2004). Léase, por ejemplo, el siguiente segmento de una entrevista perteneciente a un estudio que realicé a propósito de este tema:

“Hay situaciones en las cuales uno se derrumba o siente que no puede, como tiene el rol de proteger, el rol de ser seguro… bueno, y a mí quién me protege ¿no?... como que quieres tirar la toalla y ser tú el protegido y no el protector, pero no puedes hacerlo porque ya tienes como ese rol y hay que aguantarse, hay que mostrar esa seguridad, aunque por dentro no estés del todo bien, pues yo siento que a veces ese sacrificio se tiene que hacer, son los sacrificios por ser hombre, lo que implica sentirse solo, el sentirse a veces un poco distante… no abandonado, pero sí como incomprendido, porque tienes tú que dar una cara, quizá frente a los demás, para apechugar, por así decirlo, el golpe y quizá necesitas ayuda, necesitas que alguien te conforte, que alguien te apapache, pero… por lo mismo que tú has tomado ese rol, no puedes darte ese lujo… Hay que aguantar” (Reyes, 2011:102)

El comentario anterior comparte elementos similares con las respuestas dadas por otros entrevistados acerca del costo social implicado con el cumplimientode este mandamiento. Por ejemplo,otro entrevistado afirmó que ser un hombre es como “(…) guardarse todo lo que uno tiene para sí mismo y a veces eso duele… pero el problema es que como nos han enseñado a ser fuertes a toda costa, pues nos tenemos que aguantar”.Lo anterior no significa, por supuesto, que todos los hombres sean igualmente conscientes del costo social asociado a esta representación hegemónica de la masculinidad, por lo que es posible encontrar, incluso, posturas diametralmente opuestas a las presentadas anteriormente.


Referencias:

- Fernández Llebrez, F. (2004). ¿"Hombres de verdad"? Estereotipo masculino, relaciones entre géneros y ciudadanía. Foro Interno, (4), 15-43. Recuperado: Septiembre 15, 2010, de Servicio de Publicaciones de la Universidad Complutense.
- Ponce, P. (2004). Masculinidades diversas. Desacatos (16), 7 – 9.
- Reyes Baños, F. (2011). Percepción que los estudiantes universitarios varones de orientación heterosexual tienen de su masculinidad y sus actitudes hacía gays y lesbianas. (tesis de maestría). Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey, México.

Los hombres duros pueden bailar... por dentro

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Por Fernando Reyes Baños


El título del presente artículo, inspirado en una novela escrita por Norman Mailer en 1984, alude al tercer imperativo con que Brannon y David definieron la masculinidad en la década de los 70, según el cual todo hombre, “para ser tal”, debe ser un hombre duro, es decir, comportarse siempre con una fortaleza encomiable y ser autosuficiente. Vayamos por partes. Primero que nada, ¿por qué el baile? La connotación viene al caso porque, entre otras cosas, el baile es una forma de comunicación, que usa el lenguaje no verbal de los bailarines, para expresar sus sentimientos y emociones por medio de movimientos y gestos. Implica, pues, un reconocimiento de esa parte sensible que corre al compás del ritmo de la música que acompaña a quienes comparten un baile, aunque también podríamos referirnos a cualquier otra situación que demande interaccionar con alguien más, o inclusive, al acto introspectivo de quien, inmerso en un problema, busca hallar una solución desde su fuero interno, todo lo cual por supuesto implica reconocer por parte de quien lo vive, la importancia que sus emociones tienen como parte de su psique.

Ahora bien, según el imperativo del cual estamos ocupándonos, ¿cómo “debe ser el hombre” para ajustarse a este modelo de masculinidad que, dicho sea de paso, predomina en nuestras sociedades actuales? Básicamente, un hombre insensible, que por ningún motivo muestre sus sentimientos (públicamente al menos). Existen varios ejemplos en el cine, la literatura y la vida real que podrían resultar representativos de este mandamiento. Para muestra un botón. Veamos uno de tantos ejemplos cinematográficos. En la película Unforgiven (“Los imperdonables”, en México), dirigida por Clint Eastwood en 1992, hay escenas que ilustran, de manera muy clara, la forma de ser del hombre duro. En el diálogo entre Bill Daggett, el sheriff local, y el Sr. Beauchamp, biógrafo hasta ese momento del pistolero que estaba tras las rejas (Bob, el inglés), “Billito” instruye al biógrafo sobre lo que se necesita para ser un buen pistolero: "Tener puntería _le dice a éste_, además de ser rápido con la pistola, es cosa importante, pero no tanto como no perder la cabeza y conservar la sangre fría. El hombre que no pierde la cabeza no le teme al fuego y te matará, quizá"; en otras palabras, el hombre duro es impasible, o como define la Real Academia Española esta palabra: imperturbable, sin demostrar emoción alguna ante un estímulo externo que normalmente produciría, sobre todo “si se es mujer” (¡Super sic!), turbación o una determinada emoción.

Obviamente, que los hombres se ajusten a lo que demanda semejante imperativo no significa que carezcan de emociones o sentimientos. Lo anterior es tan falso como pretender generalizar que toda mujer reaccionará con un alarido ante la presencia sorpresiva de un roedor en la habitación (y que ningún hombre podría reaccionar, justamente, de esa manera). Los hombres duros pueden bailar, pueden permitirse sentir, solamente en ciertos momentos, cuando “pierden la cabeza” o cuando la “sangre fría” los abandona, por ejemplo, cuando sus sentidos se hayan embrutecidos por el efecto del alcohol o cuando se encuentran “bajo el embrujo de una fémina”. Desde luego que, resulta un imperativo de peso, ya que con toda esa carga emocional estancada, sin saber cómo hacerla fluir adecuadamente, y sin contar además con el Vo. Bo. de una sociedad patriarcal que censura en los hombres cualquier cosa que los pueda ligar con lo femenino, con “sensiblerías” propias del “sexo débil”, resulta evidente suponer que hay consecuencias nocivas para su salud emocional y hasta física, y desafortunadamente no solo para los hombres que lo viven, sino también para quienes comparten su vida con ellos.

La armadura androcéntrica

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Por Fernando Reyes Baños


En un artículo referido al tema de las nuevas paternidades, Bonino (2003) comparte un caso clínico que nos permitirá ejemplificar, desde una perspectiva distinta a la referida a propósito del caso Donald Trump, el imperativo masculino que revisamos en el artículo anterior: “ser importante”, sobre todo cuando un hombre (no un magnate en este caso, sino alguien más convencional, digamos) se sitúa en una posición que contraviene lo prescrito por dicho mandamiento, básicamente, porque tales circunstancias resultan incompatibles con los atributos asociados a éste. Veamos a continuación, en palabras del autor, el caso mencionado:

"Un paciente, padre de 3 hijos, cuenta en la consulta psicoterapéutica que se encuentra muy angustiado desde que está desarrollando su trabajo profesional en su casa. Trabaja allí por decisión propia desde que decidió montar una consultoría fiscal, luego de dejar el trabajo por cuenta ajena que tenía porque lo estresaba mucho. Indagando el origen de esta angustia, se descubre que no era por haber dejado su trabajo, ni por la ausencia de compañeros laborales en la que se encontraba, ni por no tener gente a su cargo, sino porque fundamentalmente sentía que había dejado de ser la persona importante en su casa, el que llegaba de la calle y traía dinero, el que era recibido por sus hijos con entusiasmo y aplausos. Ahora se sentía 'uno más' en casa, pero para él, serlo significaba verse como uno en menos, insignificante y hasta un poco 'femenino'. Además de estar encerrado en su despacho, tenía que ocuparse de lo cotidiano y él sentía que eso no era para él, puesto que temía verse _y que sus hijos lo vieran_ como una persona poco valiosa y no como 'El' padre, y que su pareja le exigiera arremangarse como ella en lo cotidiano." (Bonino, 2003: 180).

Las circunstancias podrían ser otras, pero lo que resulta interesante, lo que este ejemplo ilustra con claridad, es como el hecho de situarse en circunstancias socialmente incompatibles con el imperativo en cuestión hace que un hombre se perciba no solo como “uno más” ante sus semejantes (lo que en sí mismo parecería bastante negativo si lo que espera es que los demás, su esposa e hijos en este caso, lo vean como alguien “más importante que ellos” por ser hombre nada más), sino también como “uno en menos”, por no ser el hombre exitoso que llega de la calle y provee dinero a “su” familia como resultado de estar por encima de otros, ser competitivo, tener estatus social, etcétera, todo lo cual resulta imprescindible para su re-conocimiento social, al menos en lo que respecta a los atributos asociados con un modelo hegemónico de lo masculino que se define, entre otras cosas, por los atributos asociados con imperativos semejantes, asunción que además le permite deslindarse de actividades cotidianas “y poco valiosas” (categoría en la que caería, según esta posición ideológica, el “quehacer doméstico”), evitando “arremangarse” en lo cotidiano (al mismo nivel que una mujer), para ocuparse de actividades “más importantes” cuya realización parecería ser socialmente legítima para los hombres, no así para las mujeres, por ejemplo: socialmente no significa lo mismo que un hombre salga a pasear solo por la calle a que lo haga una mujer, ya que las implicaciones sociales: interpretaciones, representaciones, atribuciones, etcétera, por lo general, no son las mismas para ambos casos.

Continuaremos con el tema de los imperativos en el próximo artículo.


Referencia:

Bonino, L. (2003). Las nuevas paternidades. The new fatherhoods. Cuadernos De Trabajo Social, 16, 171 - 182. doi:-

El hombre más conocido del mundo

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Por Fernando Reyes Baños


Hace algunos años, en un especial emitido por el canal E! Entertainment Television, un multimillonario estadounidense dijo, con voz segura ante las cámaras del programa E! True Hollywood Store que, según las encuestas (no especifica cuáles), él era el hombre más conocido del mundo. Exitoso en los negocios, conferencista internacional, ganador de premios, autor de libros, conductor de realitys show, nombrado por la revista Forbes como uno de los hombres más ricos del mundo y propietario de varios edificios que llevan el apellido de su familia no es difícil comprender por qué un personaje como Donald Trump ha venido marcando tendencia mundial en la última década hasta el punto que, en la actualidad, se encuentre contendiendo como precandidato republicano a la Casa Blanca.

Al margen de nuestras opiniones sobre sus comentarios en materia de política exterior, o incluso de que pueda seguir adelante en su búsqueda por alcanzar la presidencia del vecino país del norte, lo cierto es que este magnate es un personaje conocido por muchos y que por su forma, digamos, de manejar sus asuntos representa, casi emblemáticamente, el segundo de los cuatro imperativos propuestos por Robert Brannon y Deborah David en 1976 para definir la masculinidad, es decir, ser importante, mandamiento que implica para el hombre tener poder, buscarlo y mantenerlo siempre, cuidar de nunca perderlo y buscar más, siempre más (porque, al parecer, nunca será suficiente); deber susceptible de medirse por ciertos atributos como ser exitoso, estar por encima de otras personas, ser competitivo, tener estatus social, demostrar antes o después que la razón estuvo todo el tiempo de su parte y contar con la admiración de los demás.

Sería innecesario verificar en este artículo los atributos mencionados en la persona de Trump, ya que el lector(a) interesado(a) podrá encontrar mucha información al respecto en la Internet, siendo en cambio más productivo preguntarse: ¿cuál es exactamente el problema con este imperativo? Parecería tentador apelar al aspecto más positivo de este ejemplo y suponer que todos los hombres, “para ser hombres”, deben como descubrir o construir al Donald Trump que “llevan dentro” (y heredar, dicho sea de paso, un imperio a los veintiocho años como lo adquirió él), pero siendo menos ingenuos debemos reconocer que tales atributos promueven la desigualdad entre hombres y mujeres: obviamente, “ser importante” connota “estar por encima”, “tener un estatus superior”, “tener siempre la razón”, etc., con relación a la mujer, para quien se connotaría justamente los atributos opuestos, razón por la cual, el cumplimiento de este imperativo parece justificar “pasar por encima de las mujeres”, concebir su estatus en la sociedad como inferior al del hombre (por ejemplo, como “amas de casa”), pensar que las mujeres siempre son subjetivas a la hora de tomar decisiones (no en balde, cuando la comunicación con las mujeres no parece fluir adecuadamente, los hombres recurren usualmente a la consabida frase “¡Quién entiende a las mujeres!”), etc. A lo anterior habría que agregar también, la desigualdad que tales atributos implican en la relación que los hombres establecen con otros hombres, con quienes tienen que competir, ponerse a prueba y compararse en todo momento, para saber quién tiene más exitoso, por encima de quién deberá pasarse, con quienes deberá competirse y otros aspectos más, que no por casualidad aparecen en los realitys show conducidos o promovidos por Trump (por ejemplo, la serie de televisión The Apprentice y sus muchas versiones alrededor del mundo), así como también en otros programas de televisión.

Seguiremos abordando este imperativo y sus implicaciones sociales en el siguiente artículo.

Hombres: 100% marcianos, 0% venusinos

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Por Fernando Reyes Baños


En una nota fechada el 5 de septiembre del año en curso, circuló en las redes sociales la noticia de que un colegio de bachilleres restringió el acceso a por lo menos 30 jóvenes por usar pantalones entallados, razón por la cual, se quedaron sin tomar clases ese día. Dice la noticia publicada en un medio informativo veracruzano que las autoridades del plantel, encargadas de poner en acción esta medida disciplinaria, molestos dijeron: "...esta prenda de vestir (los pantalones entallados) es de mujer".

Parece válido que las autoridades de este plantel educativo justificaran su decisión, apelando a la regla de que sus alumnos deben vestir el uniforme oficial, para entrar y permanecer en sus instalaciones, pero implicar también que lo inadecuado en el vestir de tales alumnos fuera el uso de pantalones “de mujer” (y no “de hombre”) resulta controversial con relación al tema que nos ocupa (y ocupará) en estos primeros artículos: los cuatro imperativos que definen la masculinidad, ya que el comentario en cuestión deja entrever una postura acorde con una visión tradicional y monolítica acerca de la masculinidad, en la cual, se conciben roles asociados de manera categórica a lo que es propio de lo masculino y lo que es propio de lo femenino, además de que los términos “sexo” y “género” parecen confundirse, con lo que fácilmente se puede confundir también la “diferencia” con la “desigualdad” (lo primero no tiene por qué implicar lo segundo).

En el caso que nos ocupa, si las autoridades del plantel hubieran mencionado, en lugar del comentario referido, los casos que han sido reportados en algunos medios noticiosos sobre lo perjudicial que ha sido para algunas personas usar pantalones ajustados no habría sido para tanto, pero al declarar que sus alumnos vestían “pantalones de mujer” (quizá por usar prendas que solamente les quedaban ajustadas) y prohibirles el acceso al colegio, perdiendo así un día completo de clases, motiva a sospechar una sanción, aplicada por figuras con cierta autoridad ante la sociedad, que va más allá de lo disciplinar y que pretende denunciar, desde la perspectiva del sistema sexo/género, un “mandamiento” para quienes envisten lo masculino: “no tener nada de mujer”, es decir, que el hombre “para ser hombre” debe alejarse, en todo momento y en toda ocasión, de los valores femeninos, hasta el punto que llegue incluso a despreciarlos. Este es el primero de cuatro imperativos con que Robert Brannon y Deborah David definieron, en 1976, la masculinidad.

No es de extrañar, en congruencia con la postura descrita anteriormente, que las autoridades del mismo plantel restringieran también el acceso a 30 alumnas por usar la falda por encima de la rodilla, ya que (según sus autoridades): "…la falda corta, se presta a malas interpretaciones". Dicha aseveración podría hacer pensar, engañosamente, que los hombres serían los victimarios de lo que pudiera ocurrir después de una interpretación errónea generada por esta situación, pero de acuerdo a los valores imperantes en una sociedad patriarcal sería, justamente, lo contrario (¡Super sic!).

Continuaremos con el tema de los imperativos en el próximo artículo.

A la pesquisa del código masculino

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Por Fernando Reyes Baños


Ser hombre de acuerdo al ideal masculino tradicional, ¿sigue fomentándose en la actualidad? Todo parece indicar que a pesar de los esfuerzos de muchos sectores de la sociedad, todavía hay mucho que hacer para que entendamos que, además de esa visión que pretende ser la única opción valida para ser masculinos, existen (y siempre han existido) otras opciones (igualmente validas) para que el hombre ejerza su masculinidad.

En la actualidad, niños y adolescentes siguen educándose para ser y demostrar que son “lo suficiente hombres”. Sigue fomentándose, por ejemplo, que los chicos sean agresivos, jueguen bien al fútbol, sobresalgan en juegos competitivos, tengan éxito con las chicas (aunque no necesariamente esto signifique que aprecien su amistad con ellas o valoren sus sentimientos e ideas), transgredan el orden establecido (y evadan el castigo), usen palabras o expresiones obscenas, etc. Gil-Calvo escribió en el año 2006 que "No hay mayor prueba para el heroísmo viril que 'enfrentarse a los pares’, ni mejor manera de 'adquirir actitudes agresivas, violentas y machistas' que matando monstruos" (citado por Salazar, 2013, p. 203). Tales acciones están presentes, en todo momento, en la cotidianidad de los jóvenes de hoy, no solo porque formen parte de su socialización en escuelas y colegios, constituyendo una cultura masculina del patio y el aula, sino también porque son extensivas a cualquier otro ámbito social.

Los chicos aprenden el código masculino en cualquier parte: patios, aulas escolares, gimnasios, lugares de encuentro, plazas comerciales, antro, casa y hasta en la iglesia. Se lo explican sus compañeros, amigos, entrenadores, profesores, medios masivos de comunicación, padres… ¡Prácticamente todo el mundo! En el estudio Listening to Boys'Voices, Pollack (2002) describe que incluso los niños más pequeños afirmaban sobre este código que tenían que tragarse las lágrimas, ser duros, ser “guays” (expresión que significa excelente o estupendo). Para este autor, más que sugerencias de conducta, lo que tales expresiones representan es el seguimiento a ultranza de reglas muy estrictas que indican cómo 'debe' comportarse un hombre “para ser un hombre”.

Con lo anterior como punto de partida, en 1976, los psicólogos norteamericanos Robert Brannon y Deborah David propusieron “los cuatro imperativos que definen la masculinidad”: cuatro categorías de estereotipos masculinos o modelos de conducta concebidos como el centro del código masculino de acuerdo al ideal tradicional. Desde luego, como supondrá el lector(a), los procesos socializadores de los varones siguen respondiendo en gran medida a estos imperativos.

Sobre tales imperativos se tratará en el próximo artículo.


Referencias

Pollack, W. (2002). Comprender y ayudar a los chicos de hoy. España: Editorial AMAT.
Salazar Benítez, O. (2013). Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género. Madrid: Editorial Dykinson.

Ser hombre tampoco es fácil

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Por Fernando Reyes Baños


Hace ya un buen número de años, cuando su servidor cursaba los primeros grados de la educación básica, mis compañeros y yo solíamos jugar a la guerra durante el recreo. Para ello, aclaro que la escuela donde estudié la primaria solo admitía niños por lo que, sin reparar en detalles (y teniendo a nuestra disposición una cancha de tierra), con nuestras “guerritas” pretendíamos simular, de la manera más fiel posible, lo que representaba para nosotros dicho concepto. Nuestras armas, pequeñas piedras que podían recogerse de cualquier parte de la cancha donde jugábamos, salían disparadas por los aires a toda velocidad en contra de los miembros del bando contrario hasta que, golpeados, adoloridos y llenos de tierra, alguno de los dos grupos en pugna se daba por vencido.

Lo que nunca olvidaré de nuestras guerras en la cancha de tierra es como una piedra, lanzada con ferocidad por el enemigo, pasó rozando mi antebrazo izquierdo, cortándome su filo con tal eficacia que, con la sangre que brotó de la herida, mi playera quedó repleta de manchas debido a que no contaba en ese momento con otra cosa para limpiar la herida. Hubo cierta alarma, claro, pero nada que no pudiera justificarse, hasta cierto punto, por las consecuencias que cabría esperar de un “juego de niños”. Al fin y al cabo, les escuché decir a los adultos que hablaron sobre el evento (padres, maestros, prefecto, etc.), experiencias así ponían a prueba el valor, la hombría de quienes enfrentábamos una situación de peligro, lo que nos ayudaría, desde temprana edad, a crecer y a forjarnos como los hombres que estábamos destinados a ser.

Obviamente, para mí no resultaba claro de qué se trataba esto en aquel entonces, es decir, viendo cómo había quedado mi playera por tan copiosa herida, recuerdo haberme preguntado por qué las consecuencias de nuestro “juego de niños” no ameritaba algo más que solo un regaño, acompañado de palabras como “¿ya ves?, eso te pasa por estar jugando a las ‘guerritas’, a ver si te quedaron ganas de hacerlo otra vez” y, por último unas palmaditas, como diciéndome: ya, ya, no es para tanto, acuérdate que los hombres no lloran.

Experiencias parecidas: una disputa entre compañeros de clase, un cruce de miradas desafiantes en la calle o el atropello derivado del mero acto de imponerse por la fuerza, me hicieron comprender después que la forma como la sociedad espera que los hombres nos relacionemos con las mujeres y con otros hombres, tiene remanentes con las “guerritas” que en mi infancia jugaba en la cancha de tierra de mi escuela primaria, en el sentido de que mucho de lo que viví entonces presenta aspectos paralelos con acontecimientos diversos que observo a mi alrededor en la interacción cotidiana,misma que deja entrever aspectos que vale la pena rescatar y analizar, bajo el escrutinio teórico de las propuestas actuales, para su reflexión y mejor comprensión, razón por la cual, escribiré en lo sucesivo sobre cómo viven los hombres actualmente su masculinidad, esperando que este tema sea un punto de partida para construir nuevas perspectivas que nos permita vislumbrar cómo ser hombres mejores en un futuro cercano.

Evidente,la situación que viven actualmente muchas mujeres a causa de la violencia de género y de otros aspectos relacionados con la sociedad patriarcal no puede compararse con lo que vivimos los hombres, el supuesto “sexo fuerte”, pero habrá que decirlo: ¡Ser hombre tampoco es fácil! Y la cicatriz en mi brazo izquierdo, vestigio de aquellas “guerritas” de mi infancia, es un constante recordatorio de ello.

Del símbolo...

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Por Rodrigo Juárez Ortiz


Todos sabemos lo que es un símbolo o cuando menos tenemos una idea de lo que es, sin embargo para no equivocarnos, le preguntamos a Larousse quien nos dice que es un “ signo figurativo, que representa algo abstracto, que es la imagen de una cosa”.

Desde tiempo inmemorial el ser humano ha hecho uso de los símbolos, tanto en lo individual, como en lo colectivo para distinguirse de los demás, así como para dibujar, en cualquier superficie, la figura plástica de una idea. En la especie, encontramos dentro de la esfera individual, el uso de símbolos que caracterizan a algún guerrero, a un deportista, al miembro de una familia ( en la heráldica)y en lo colectivo pues el símbolo dibujado en un escudo, banderín o lo que sea, de un equipo deportivo, de un club de amigos, de una sociedad mercantil, de tal suerte que siempre ha sido un distintivo que marca la diferencia.

Sin embargo también los símbolos caracterizan a todo un pueblo, a una nación, a un país y esto se manifiesta, básicamente en un escudo, en una bandera y en un himno. En efecto, por lo que hace a nuestro país, tenemos los llamados símbolos patrios y que corresponden a la bandera tricolor, con el escudo del país en el centro de la misma, el propio escudo y el himno nacionales.

Ello tiene el sentido de que el concepto de Patria (entendida como Nación considerada como unidad histórica a la que sus naturales se sienten vinculados) es el reflejo de una convergencia de usos, costumbres, gastronomía, religión, lengua, familia, paisanaje, así como varias características que los unen en común denominador, respetando las diferencias que entre todos existen.

Es el caso que los símbolos son tan especialmente venerados, habida cuenta de que son la expresión mayoritaria de todo un pueblo en su sentido de pertenencia a una nación o país determinado, que la sola falta de respeto a los mismos es causa de indignación colectiva e, incluso, factor de violencia armada en contra de quien osare vejarlos, produciendo guerras y conflictos similares, como se dio en el pasado.

En la actualidad esto se ha tornado un poco mas laxo, producto de la estupidización de las masas vía la televisión comercial, el cine y todos los medios actuales inmersos en la llamada “ globalización” en donde se ha ido minando el concepto de patriotismo y substituyendo por una pseudo universalización, que no es otra cosa que el empoderamiento de los detentadores de la riqueza económica, sobre el infelizaje víctima del consumismo.

Y es en ese contexto que en los últimos tiempos se han dado muestras de una falta de respeto a nuestro lábaro patrio de verdadera indignación, como hace poco una cantante gringa, en un “ concierto” en nuestro país, se hizo pasar por el “trasero” y el “ lomo” nuestra insignia nacional, pero lo mas grave es que el infelizaje que la estaba viendo no solo no la repudió, sino en el colmo de la idiotez total, la aplaudía a rabiar; y en Veracruz, en un festival de música tropical un intérprete se secó el sudor con una bandera nuestra que le acercó un débil mental del público, entre otros casos mas, ya no digamos de unas asociaciones religiosas que les prohíben a sus feligreses rendir culto a nuestra bandera, bajo la estulticia de decir que ellos no veneran a un “ trapo”y sus hijos se resisten a hacerlo en las escuelas a donde van, incumpliendo el mandato del artículo 7 de la Ley Sobre el Escudo, la Bandera y el Himno nacionales, de 8 de Febrero de 1984, cuya última reforma se dio el 27 de Enero del año en curso.

Pero como ceresota del pastel, en el colmo del exceso y la seguridad de la impunidad, el día 24 de los corrientes (día oficial de la celebración del 194 aniversario de la creación de nuestra bandera nacional, símbolo patrio) un grupo de manifestantes identificados como padres de los jóvenes desaparecidos ( muy lamentable) y miembros de su escuela, en exigencias al gobierno, arriaron la insignia nacional, le colocaron (este sí) un trozo de tela de un metro de ancho con la leyenda “ Nos faltan 43” y la volvieron a izar, para posteriormente en un acto totalmente contradictorio, le rindieron “ homenaje” y cantaron el himno de su escuela.

Todo ello con la flagrancia de unas conductas contrarias a la ley, como el caso del artículo 15, segundo párrafo de la norma citada, que prohíbe expresamente poner letreros en la bandera salvo los autorizados por la secretaría de Gobernación a las escuelas u organizaciones pero cuando se trata de rendir el respeto debido al lábaro patrio. ¿ Y dónde están las sanciones impuestas por esta secretaría a todos aquellos que se pasan por la entrepierna las disposiciones jurídicas del caso?

Tal vez ya se agringó demasiado este pueblo nuestro, pues allá los gringos usan su bandera como calzones, camisetas, o en el fondo de los pantalones, amén de otros formas de usarla, aunque existe el contraste de los gringos jingoístas que la izan y la usan en todas partes, hasta los sensatos que lo hacen en el techo o las entradas de sus casas, pero estamos en México y siempre nos hemos caracterizado por ser nacionalistas, patriotas, insisto, sin jingoísmos, de donde no se puede dejar pasar impunemente todo acto de desacato y de falta de respeto a nuestra bandera, entendida como un símbolo de nuestra nacionalidad. Se trata de un crimen de lesa patria que no se debe permitir y las autoridades deben sancionar, como el uso de nuestro himno y nuestra bandera y escudo en eventos deportivos en donde no se está representando a México, aun cuando los participantes sean connacionales. O usted, patriota lector,¿qué opina?

El modelo de Cass sobre la identidad sexual de los homosexuales II

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Por Fernando Reyes Baños


En el artículo anterior revisamos las tres primeras etapas que Vivienne Cass propone como parte de su modelo para comprender cómo se conforma la identidad sexual de los homosexuales; en esta ocasión, abordaremos las tres últimas etapas de dicho modelo, según lo exponen Evans, Forney y Guido-DiBrito (1998), y examinaremos de manera muy breve, algunas de sus limitaciones teóricas.

4. Aceptación (acepta su orientación sexual y comienza a explorar y familiarizarse con la comunidad homosexual).- La característica más destacable son los contactos continuos con otros homosexuales, con los que el sujeto procura establecer vínculos de amistad, ampliando sus relaciones con los miembros de la comunidad. Las actitudes y creencias que tenga el recién aceptado gay o lesbiana resultarán importantes para su evolución posterior por el resto de las etapas, pues en sus encuentros con la comunidad puede considerar legitimar completa o parcialmente sus interacciones con otros homosexuales (Montoya, 2009); cabe agregar que un proceso de aceptación semejante implica, al mismo tiempo, un proceso de duelo por la identidad heterosexual a la que se ha decidido renunciar, lo que casi siempre es un proceso difícil y doloroso (Castañeda, 2000).

5. Orgullo (se hace miembro activo de la comunidad homosexual).- El sujeto adquiere sentido de la incongruencia que existe entre los aspectos positivos que percibe lo llevaron a aceptarse a sí mismo y las estrategias que la sociedad implementa, constantemente, para desvalorar la homosexualidad y a los homosexuales, lo que implica por extensión el desprecio de su propia identidad, por lo que experimenta sentimientos de identidad, colectividad, pertenencia y orgullo con la comunidad a la que pertenece, así como sentimientos de ira, frustración y alienación en contra de las actitudes homofóbicas y heterosexistas de la sociedad, situación que resuelve volviéndose activista de su comunidad y adoptando la divulgación de temática lésbico-gay como un estilo de afrontamiento (Montoya, 2009).

6. Síntesis (se acepta como es y se siente cómodo con su entorno y con la gente que lo rodea, independientemente si ésta es homosexual o no).- Las ideas del sujeto dejan de girar en torno a la frase "ellos contra nosotros" y sus sentimientos de rabia y orgullo terminan por apaciguarse. Independientemente de su orientación sexual, las personas son percibidas en términos del apoyo que puedan brindarle. Ocurre también durante esta etapa una reconstrucción de su historia personal, que procede con base a cuestionamientos acerca de por qué y desde cuándo son homosexuales.

Algunas limitaciones del modelo de Cass señaladas por Montoya (2009) son:
  • Que las muestras de sujetos en las que se basó el desarrollo del modelo no son representativas de toda la población de estudio, básicamente, por la dificultad que implica identificar sujetos disponibles para la investigación en un marco donde la opresión y la estigmatización tienen cierto peso.
  • Que las personas ubicadas en las primeras etapas de desarrollo de la identidad sexual están "sobre presentadas" en la investigación debido, generalmente, a que no se perciben todavía a sí mismos como gays o lesbianas.
No obstante el mismo autor reconoce que resulta valioso contar con un proceso de desarrollo definido, que sirva de guía para comprender como logran construir los homosexuales su identidad sexual.


Referencias
  • Castañeda, M. (2000). La experiencia homosexual. México: Paidós.
  • Evans, N. J., Forney, D. S. y Guido-DiBrito, F. (1998). Student Development in college. San Francisco, CA: Jossey-Bass.
  • Montoya Tajón, M. (2009). Identity Development of Latino Gay Men. Tipo de trabajo no publicado. Psy. D., Antioch University, Antioch Santa Barbara: Clinical Psychology.

 
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