Por Fernando Mena Angelito
Egresado de la Carrera de Psicología en la UAA



Quizá la gastritis y la cefalea respondan esta pregunta, sin embargo, es común en todas las licenciaturas contar con tan apreciables premisas. Quizá mi opinión sobre la psicología sea no más que la de un sabio hombre de barra en algún bar y no tan extensa como la de un taxista con titulo que, sin nada mejor que hacer, le cuenta sus problemas a un desconocido. En sí lo aprendido es corto, pese a la industriosidad de la vida, el rasgo de inocencia que se mantiene en todo nuestro cuerpo es precisamente el de ser humanos, y aunque llegamos a tener una visión general de lo que es la mente, procuramos darle mantenimiento y cuidado; quizá aprendimos que ser psicólogo es ser jefe de mantenimiento, probablemente de la parte más alta del edificio, no obstante, nuestra labor aprendida va más allá de domesticar fieras y darle pellas a los ratones, somos guardianes de la mente y, como en reiteradas ocasiones nos dimos cuenta, aunque a nosotros no se nos mueran los pacientes, es desagradable echarle a perder la vida a otro ser humano, quizá por eso me doy cuenta que aprendimos a ser responsables con la vida y a darle valor a la misma.

Un amigo me decía en alguna de esas fiestas en donde no quieres decir qué estudiaste por miedo a que te digan: “fíjate que yo de niño”, “¿y como es que les pagan?”, etc., ahí me di cuenta que no sabemos cobrar y que cuando lo hacemos tendemos a utilizar ciertas leyes de la física que son trasladadas a la calle, es decir: “según el sapo, la pedrada”, pero es noble nuestra labor, a veces se puede dar uno permiso de apreciar la condición humana y sentir qué es lo que está pasando en la persona, quizá me regañen mis maestros por aquello de la empatía, pero es que si hago mucha empatía ya mi trabajo no sirve.

Nuestra directora se preocupó muchas veces por acentuar que “quizá seamos la última o única oportunidad para la persona”, cito esto de la maestra Adriana Gómez, como algo que vino a marcar la vida de muchos, porque ahí fue donde nos dimos cuenta que vale la pena extender la mano y responder a esa preocupación con un poquito de conocimiento, conocimiento que mantiene la esperanza y no se anda con juegos de azar, aunque, siempre estamos a merced de lo que dicte nuestra conducta.

Valió la pena descubrirse indefenso e imperfecto ante un mundo que exige, ha valido también sentirse humano y decadente, esto quizá es algo que te llena de alegría, porque ves que en la propia desgracia se encuentra la llave de lo que te hace levantarte, y darte cuenta que siempre y a pesar de todo, aun con las distintas posturas, como nos decía la profesora Laura Martínez, lo que importa es el aquí y el ahora, esto reafirmado por la profesora Rosa Elia quien abiertamente nos dio el valor para decir que el ser humano, pese a sus debilidades, tiene que ser fuerte, realmente no hubiese sabido qué hacer sin este eje de principios, que han valido tanto la pena como darle valor a las pruebas establecidas, cito, “todo es medible” decía el profesor Fernando Reyes.

Vale la pena por descubrir la sonrisa de los niños, por darse cuenta de la fragilidad de la mente, por encontrar una solución general y propia, por ser a veces motivo para seguir de mucha gente que desconoce de sus propios recursos para mantenerse de pie; vale la pena por una sola cosa: en ninguna otra carrera encontraras tantas respuestas de la vida, como en la licenciatura en psicología, sin embargo, tenemos pocos años, y aún nos falta mucho por sorprendernos.

1 Comentario:

Hugo A.C. dijo...

Orale, es inspirador tu escrito, sobretodo para uno que apenas inicia la carrera.



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