De la impunidad…

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Por el Mtro. Rodrigo Juárez Ortiz

La impunidad, entendida como la cualidad de impune y esto, a su vez, significa que queda sin castigo, y la corrupción, entendida como la acción y efecto de corromper y esto, a su vez, significa alterar, echar a perder, pudrir (y figurado, significa viciar, pervertir) y como sinónimo, sobornar y cohechar, son dos de los flagelos imperantes en nuestro país no sólo en años anteriores, sino que se han incrementado en los tiempos que corren.

Si bien es cierto que nadie le ha otorgado a los EUA el carácter de policía del mundo, sí es válido saber que en el informe anual sobre la situación sobre los derechos humanos en México el año pasado (2007), el Departamento de Estado de ese país, en un apartado de 29 páginas, repasa la situación que al respecto priva en México.

Y uno de sus puntos relevantes es que “la impunidad y la corrupción continúan siendo problemas, particularmente en niveles estatal y local.”

Así, el informe indica que se ha informado de asesinatos “ilegales” llevados a cabo por fuerzas de seguridad, secuestros (incluidos algunos a manos de policías), abusos físicos, pobres condiciones en las prisiones, arrestos y de detenciones arbitrarias.

Es de observar que se destaca también como problemas la corrupción, la falta de eficiencia y la ausencia de transparencia en el sistema judicial, así como la intimidación criminal de periodistas que les lleva a autocensurarse. En suma, que en nuestro país persisten problemas de impunidad y corrupción. No olvidemos que organismos de la ONU mencionaron que la corrupción en México aumentó considerablemente en el sexenio 2000-2006 presidido por Vicente Fox, el autodenominado “presidente del cambio”.

Es cierto que resulta un imperativo categórico ineludible el luchar contra el crimen organizado, el narcotráfico y todas las expresiones de la delincuencia, cuenta habida de que con el dinero que manejan han avanzado en el mundo entero por debilidades de los estados y de las sociedades, lo que se presta a la corrupción ya que no habiendo consecuencia convertida en penas en contra de los delincuentes, se propicia la impunidad, con lo cual, se puede concluir que en la actualidad estamos viviendo el peor de los momentos de nuestros tiempos en ese sentido, como dicen los que saben de esto.

Hemos insistido en que el aumento de las sanciones en materia penal, ni evitan la delincuencia ni se aplican con equidad, y será imposible, mientras no se depuren los cuerpos de procuración y administración de justicia.

Estas lacras de nuestra sociedad se han visto alimentadas por la ambición, la falta de ética, de estructura cívica, de honestidad, falta de verticalidad, ausencia de compromiso con la sociedad a la que deberían servir las autoridades.

No se diga de los cuerpos policíacos que cotidianamente los medios nos informan de sus abusos y corruptelas, v. gr.: agentes de tránsito y policías ministeriales manejando vehículos denunciados como robados, policías asaltando turistas y lugareños, servidores públicos autorizando actividades a particulares contrarias a las disposiciones legales y todo un sin fin de acciones corruptas que terminan en la impunidad, situación que enardece a la población y cuyas consecuencias ya se dejan sentir en el fatídico corolario de hacerse justicia por propia mano, que no debería existir en una sociedad civilizada como la nuestra. Dígalo si no la reacción popular en contra de los chóferes de autobuses urbanos al incendiarlos y apedrearlos, por sus permanentes, constantes e inveterados atropellos a la población más vulnerable que son los ancianos y los niños y como no, si ya saben quienes delinquen que no son atrapados y si lo fueran, siempre quedarían impunes gracias a la corrupción imperante. Y como no va ser si la consigna de los propietarios de los urbanos es recomendar que: “en casos de percances se den a la fuga porque así es más fácil arreglar el problema legal.” ¡Me doy!

No se siga deificando a los delincuentes, como en los narco-corridos. No se siga idolatrando al vellocino de oro.

Hay que anteponer la fortaleza ética y la conciencia social.

Hay que acrecentar los valores en el seno de la familia.

Todos somos responsables, gobernantes y gobernados, de acabar con estas lacras, si mantenemos la consigna y compromiso de que debe predominar, siempre, el imperio de la ley. O usted, incorruptible lector, ¿qué opina?

1 Comentario:

Ditaur dijo...

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