Por el Psic. Fernando Reyes Baños


En general, del trabajo que los docentes universitarios realizan cotidianamente en las aulas escolares se espera un alto grado de profesionalismo, que ponga solución inmediata a muchas situaciones problemáticas implicadas en torno a los alumnos: los padres de familia, por ejemplo, delegan en ellos parte de la educación que, por diversas razones, no pudieron aportar a sus hijos, en tanto que los directivos esperan que estos cumplan con todo lo que se les encomienda con puntualidad, supervisando, de manera indirecta, sus horas de entrada y salida y tomando nota, constantemente (en la medida en que sus recursos así se los permite), del modo cómo administran su tiempo para impartir en clase los temas y subtemas de sus programas de estudios por medio de los avances programáticos que se les pide.

Lo más extraño de todo esto es que, si bien al docente se le exige tanto profesionalismo, pocas veces se le retribuye económicamente, o en cualquier otro sentido, como el profesional que todos esperan que sea. No constituye por eso una rareza encontrar docentes que, al mismo tiempo que sacan provecho de la profesión que estudiaron y que actualmente ejercen, trabajan en más de una institución escolar o, inclusive, en actividades diferentes a las que supuestamente les correspondería por su formación académica y su experiencia laboral.

En muchas instituciones de educación superior, principalmente en las de carácter privado, suele considerarse que todo docente es antes que nada un profesional, y que como tal “colabora” con la universidad únicamente, para aportar a los estudiantes algo de lo mucho que sabe. Esta consideración pretende que la práctica docente sea concebida, por los mismos docentes que a ella dedican gran parte de su tiempo, como la forma más noble de devolver a la sociedad lo mucho que ésta ha hecho por ellos, correspondiéndole a la institución educativa otra pretensión: la de aportar el espacio oportuno para que los profesionales de la educación, los expertos en las materias que se imparten en las aulas escolares, puedan hacer esta contribución, motivados tan sólo por su responsabilidad social y su deber para con la educación; sin embargo, independientemente del trabajo que pueda tener (o no) el docente relacionado con su profesión y de cualquier otra disquisición que pudiera hacerse sobre consideraciones y pretensiones tan matizadas por la ideología de quienes dirigen la institución, resulta del todo válido objetar también que: al fin y al cabo, un trabajo es un trabajo, y que como tal merece una retribución económica adecuada al grado de exigencia que se le pide y las muchas funciones que se le asignan… si éste, claro está, satisface plenamente tales expectativas.

Nada de esto resulta ajeno para la mayoría de los que se hayan involucrados con la educación, como tampoco la forma en que actualmente se valora a los docentes en comparación con otras épocas, pues de aquel personaje que fuera respetado por toda la comunidad con la que día a día interactuaba, lo que sobrevive ahora es un personaje que, o bien luce distante para la comunidad con la que esporádicamente interactúa debido a lo “profesional” de su misma actividad, o bien luce como el eterno inconforme con las condiciones salariales que implica su trabajo; sin faltar por supuesto, la apreciación cada vez más evidente acerca de la complejidad que implica su rol ante la sociedad: por un lado, encarnando al maestro recto y formal que dignamente cumple al pie de la letra con los preceptos institucionales que (parcialmente) contextualizan su práctica, y por otro, manifestándose como un profesionista que también es humano y que, por lo mismo, piensa, siente y actúa como muchos de sus semejantes, pudiendo ser a veces también un profesional en lo que hace, pero otras conformándose tan sólo con ser un profesionista a secas.

2 Comentarios:

Anónimo dijo...

Hola Fernando!!

Les has cambiado el contorno alrededor de donde se escriben los mensajes o me parece a mi? jeje; está lindo este amarillito.. me gusta

Bueno llendo a tu artículo, me ha parecido muy interesante, porquue según veo hablas del profesionalismo como frente de educación, pero a la vez de una retribución justa referente a este profesionalismo logrado.

Ahora bien, si nosotros consideráramos que el problema principal reside en que los profesionales a cargo de las cátedras estudiantiles tienen bajos salarios y decidiéramos aumentarles el mismo luego de que ellos lo han pedido desde hace mucho tiempo (al menos asi sucede frecuentemente en mi País), ¿Les alcanzará esto?

Creo que si uno les aumenta el salario, evidentemente estarán contentos. Pero no tardará demasiado hasta que algún sector de profesionales, aquellos que no tienen demasiado incentivo por trabajar (cualquiera sean sus razones o motivos) pedirán más de lo que ya se las ha dado; pues seguramente creen posible que esto suceda, habiendo suceddido esta última vez. Entonces yo creo que llegar a un conformismo no es siempre lo más real, aunque sea lo más esperado, justamente porque hay diferentes pensamientos en en el ámbito profesional que no creen que les alcance... Evidentemente, cuanto uno más tiene, más gasta. Dichoso sistema capitalista!

Pero al margen de eso, creo que es muy cierto que los prrofesionales deben tener una retribución justa, ya que es sumamente importante valorar los esfuerzos que han realizado para alcanzar esa meta; cuando en la políttica, muchos (por tener contactos ahi) logran ascender rapidamente ganando muchisimo más que cualquier profesional.

Una distribución de las riquezas, y un mayor aprovechamiento de estas para los países creo que serán factores claves para salir adelante.

Un abrazo Fernando, muy buen artículo. Mañana (Miercoles) te envío algo.

Adios

Guillermo E. Tibaldo

Fdo. R. Baños dijo...

Guillermo: efectivamente, he insertado una textura alrededor del formulario de comentarios para que "enchularlo" y también un gif, en forma de signo de admiración, con el que pretendo llamar más la atención de los lectores a recurrir al 2° recurso disponible en el blog para publicar los comentarios. En cuanto a lo que comentas acerca de mi escrito, primero que nada: gracias por hacer el comentario y con él, la reflexión que expones en él (pues ese era, en realidad, mi propósito al publicar estos cuantos párrafos: incentivar la reflexión de los lectores); en segundo lugar, si bien es cierto que el pago justo por el trabajo que desempeñan los docentes en las aulas escolares es un aspecto del artículo en cuestión, me parece que no es el único aspecto digno de analizarse, es decir, ¿cuántos de nuestros docentes son profesionales en lo que hacen y cuántos de ellos son sólo profesionistas?, ¿cómo hace una institución escolar la distinción entre uno y otro (si es que la hace)?, ¿tenemos en claro, en la docencia o en cualquier otro ámbito, cuál es la diferencia entre un "profesional" y un "profesionista"?, ¿cuáles son las características del docente que genera en sus estudiantes, de un modo profesional, el aprendizaje?, ¿basta con que un profesionista sea un profesional en el ejercicio de su profesión para que también lo sea como docente?, ¿Cómo manejan las instituciones de educación superior, de manera diferencial, todos estos aspectos?, etc. Como podrás ver, son muchas las aristas que podemos tener en juego alrededor de este tema y, si el pago de un salario justo para un sector de la sociedad implica consideraciones sociales para otros sectores que viven también una situación de injusticia, tendríamos que preguntarnos cuán justa o injusta es esa sociedad, bajo la advertencia clara (desde luego) de que un trabajo profesional hace referencia a lo que se hace bien, a lo que se hace de manera eficaz y eficiente, a lo que se hace de manera clara y honesta, en contraposición a lo que puede no hacerse de esa forma, aún cuando se supone que se cuenta con el título, la licencia y la experiencia para hacerlo. ¡Saludos y gracias por comentar!



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