Por Sergio Amaya S.

Los monjes caminaban en procesión, cantando un himno en la obscura mañana. Se dirigían a la Capilla al Oficio de Maitines. Al frente, Fray Justino cantaba con su hermosa voz de barítono; detrás de él, los Padres Formadores, los Frailes Cenobitas y medio adormilados, una docena de Novicios. Un viento frío recorría los pasillos de la abadía, haciendo estremecer a alguno de los menos acostumbrados a las procesiones nocturnas. Las campanas de la capilla sonaban en lo alto del campanario, que se recortaba contra una luna plateada. El hermano campanero, jalaba la cuerda junto al muro del campanario, hacía su labor con alegría, pues para él era una forma de adorar a Dios, enviando al cielo los metálicos sonidos.

Entre los Padres Formadores destacaban Fray Andrés, Decano del convento y compañero de Fray Justino desde España, juntos habían sido enviados a la Nueva España a abrir la Casa de los Hermanos de la Santa Cruz, popularmente conocida como La Hermandad de la Cruz, de gran prestigio en tierras de Europa, principalmente en España; Fray Andrés era muy querido por toda la comunidad, pues era tal su naturaleza de caridad, que se quitaba la comida de la boca para darla a quien se la pidiera. Destacaba también en la casa de América, Fray Nepomuceno, pero él por su energía al impartir la materia de Teología y por su carácter fuerte, en ocasiones intransigente, que distaba mucho de la imagen de bondad y paciencia que se esperaría de un religioso. Otro Maestro muy reconocido era Fray Alfonso, encargado del Scriptorium, hombre estudioso de acrisolada cultura; Fray Alfonso se había ordenado en la Casa que la Orden tenía en Roma, donde había tenido la oportunidad de estudiar antiguos códices y manuscritos de los Padres de la Iglesia. Era de carácter taciturno y reservado, exigía a su clase un silencio absoluto y plena dedicación a la tarea emprendida. Entre sus alumnos destacaba un Novicio de nombre Antonio de María, quien sobresalía como copista e ilustrador y a quien le tenía encomendada la tarea de reproducir un Nuevo Testamento que sería obsequiado al Señor Virrey para la Navidad de 1610, como presente encargado por el Señor Arzobispo.

Pocos meses después de la inauguración de la Casa de Nueva España, se incorporó al equipo de Fray Justino, un religioso llegado de Francia, Fray Michel, de 45 años, cuya especialidad era la farmacopea y la medicina, quien se hizo cargo de organizar la huerta, la farmacia y el dispensario. Seguidor de la enseñanza de Quirón y Esculapio, era un estudioso incansable, siempre metido entre redomas, mecheros y morteros, pero también un hombre de fe, comprometido con su vocación sacerdotal. Fray Michel había sido alumno destacado de Fray Justino, habiéndose dado entre ellos una gran amistad, como la que se podría lograr entre un padre y su hijo.

Fray Michel era completamente feliz hincado y elevando sus oraciones a ese Padre maravilloso que, con su inteligencia infinita y eterna, había creado tal mundo de vida sobre la tierra. El catáogo del mundo vegetal era inmenso y el monje pensaba que tal vez no hubiera ser humano que pudiera conocer toda esa pequeña parte de la Creación. Él mismo, cuyo segundo mayor placer era el estudio de la herbolaria y que a través de los años había logrado catalogar una gran cantidad de plantas, se daba cuenta, al estudiar a los antiguos, que no conocía ni una ínfima cantidad de plantas.

Y es que cada planta, en sí misma, era todo un universo de misterios y sorpresas para los estudiosos. Esas frágiles raicillas, tan humildes y delicadas, eran capaces de buscar y absorver la humedad de la tierra y enviarla hasta el último espacio de lo mas alto de un enorme encino. Para Michel era un misterio del Altísimo la forma en que ese agua podía ascender. Y bien claro tenía que las raíces eran las encargadas de esa labor, pues, experimentando sobre ese asunto, había dejado una planta con sus raíces fuera de la tierra y, aunque se ocupó de mantener húmedas las hojas, la planta se marchitó y murió. No era tampoco la tierra, pues él mismo había visto que alguna planta sumergida en un recipiente con agua, lograba vivir mucho tiempo, tal vez no lograra levantar lo que desarrollaría en la tierra, pero se mostraba sana. Definitivamente, ante tales maravillas y misterios, el sencillo monje no aceptaba de ninguna manera la posibilidad de la inexistencia de Dios. Solamente un ciego y tonto, podría argumentar tal cosa. Cuando llegaba a esas conclusiones, irremediablemente caía de rodillas, alabando al Creador.

Después del Oficio de Maitines, todos volvieron a sus celdas a dormir las pocas horas que les quedaban, antes de volver a la Capilla para el Oficio de Laudes.

El edificio del convento de los Hermanos de la Cruz, aunque estaba construido en un terreno sobre la Calzada de Azcapotzalco, muy cerca de la Iglesia de San Hipólito, se hallaba entre un pequeño bosque de eucaliptos, lo que lo mantenía aislado del movimiento de la calle. Los Legos Alfonso y Antonio salían con las primeras luces a buscar al aguador, quien llevaba del agua gorda de la Tlaxpana para los servicios del convento y las aguas delgadas de La Mariscala, para beber. Los Hermanos Legos también llevaban el harina y el azúcar y demás elementos que no producía la huerta del convento, pero deberían siempre estar presente en el Oficio de Laudes y Fray Justino estaba muy pendiente de que cumplieran con ese compromiso, adquirido al ser aceptados en el convento.

_De prisa, Hermano Antonio, _apuraba Alfonso_ que ya pronto estarán llamando para Laudes y si no llegamos a tiempo, Fray Justino nos castigará.

_No os preocupéis, Hermano, que llegaremos a tiempo. Lo que pasa es que por andar buscando al aguador nos hemos retrasado.

Los dos Hermanos Legos, corrían presurosos levantándose el hábito para poder moverse con mayor agilidad. Venían corriendo de la Tlaxpana y ya llegaban a San Hipólito, se santiguaron de carrera aminorando el paso, para luego volver a acelerar. Con la gran llave de hierro forjado que colgaba de su cíngulo, Antonio abrió el sobrio portón de mezquite. Agitados llegaron para entrar los últimos a la Capilla, ante la mirada enérgica de Fray Justino, quien les regañaba siempre que llegaban tarde, aunque en el fondo sabía que los fieles muchachos tenían que caminar grandes distancias para mantener abastecidas las despensas de la abadía, pero consideraba que era su obligación ver que todos estuvieran a tiempo para los servicios religiosos, que era el primer objetivo de los habitantes de la abadía. A todos los miraba con cariño, como un viejo padre mira crecer a su prole.

Su mirada perdida lo llevaba a su niñez, en aquellos verdes campos de su infancia. Don Nuño, Conde del Barrial y su madre, Doña Catalina Rocafuerte, fueron unos padres enérgicos pero amorosos con su crecida familia, diez y siete hijos procreó el matrimonio, aunque nueve de ellos habían fallecido a los pocos días o semanas de nacidos; de los ocho sobrevivientes, Justino era el mayor, tenía tres hermanos y cuatro hermanas que eran su adoración, pues eran también las mas pequeñas, de las cuatro, Doña Beatriz era la mas cariñosa. Justino ya era un jovencito cuando la niña llegó al mundo. Era una mañana espléndida, de un sol radiante, las aguas frescas del Gudalquivir les invitaban a sumergirse en ellas. A temprana hora les habían indicado que sus preceptores no asistirían ese día, por lo tanto les enviaron al campo, a distraerse; a los muchachos no les importaba el por qué, sino la posibilidad de correr grandes aventuras. Las tierras de su padre no eran muy bastas y como el padre trataba muy bien a sus siervos, éstos querían y cuidaban a los muchachos.

Esa mañana en particular se había quedado fielmente grabada en la memoria del muchacho. Ireneo, el encargado de cuidar el ganado vacuno, les había invitado un espumoso cántaro de leche recién ordeñada, su esposa les ofreció unas tortas de harina morena recién horneadas, cubiertas con obscura miel de avispa, luego de haber ingerido los alimentos, Ireneo les invitó a que le acompañasen a cuidar al ganado, ofreciéndoles la posibilidad de montar un manso borrico, encantados con la idea, los cuatro chamacos se montaron en el asno, cabalgando alegres, ante la mirada del fiel sirviente. El sitio de pastoreo se encontraba en los límites del Condado, una zona pantanosa a orillas del Guadalquivir, de donde adquiría el nombre el dicho Condado y por extensión, todos los siervos propiedad de Don Nuño. Los chiquillos se apearon del jumento y corrieron a refrescarse en las aguas del río, que aunque aparentemente manso, en el centro solía tener algunas corrientes traicioneras. Ireneo se mantuvo a prudente distancia de los niños, a fin de actuar con presteza en caso de necesidad.

Fray Justino se dio cuenta que estaba terminando el oficio, los Hermanos Legos se reintegraron a sus ocupaciones en la cocina. El desayuno era magro: gachas de avena cocida y pan de mijo; ocasionalmente un vaso de leche para cada persona. Antes de salir en busca del aguador, los Legos dejaban cocida la avena, a fin de poder servir el desayuno a tiempo. El pan lo hacían cada tercer día, por lo que las últimas piezas casi siempre estaban duras, de cualquier forma había que consumirlas, pues no se podían dar el lujo de desperdiciar nada.


El fraile volvió a sus recuerdos. Brincando y retozando se les fue la mañana y cuando volvieron a la casa, las sirvientas se mostraban alegres y activas. Su padre salió de su habitación cuando supo que habían vuelto y les notificó que una nueva niña había llegado a la familia, por lo que les ordenó no hacer mucha bulla y no molestasen a su madre. El Padre Nemesio, Capellán de la Capilla de la finca, los llevó a caminar y a platicar con ellos.


Una vez sentados todos los comensales, Fray Justino hacía la oración de gracias y designaba a uno de los Novicios para que ocupara el lugar del Lector, mientras todos comían, el Lector hacía la lectura del día.

Al salir del refectorio, todos se dirigían a sus actividades cotidianas. Unos Novicios a las aulas, a recibir las enseñanzas de los Padres Formadores, algunos otros a cumplir con ciertas obligaciones, como Antonio María, que se dirigía al Scriptorium a continuar con la copia que tenía encomendada, bajo la exigente guía de Fray Alfonso.

Fray Michel, seguido por dos Novicios, se encaminó a la huerta, a cuidar de las plantas sembradas y a recolectar algunas para las pócimas que debían preparar.

_Apuraos, jóvenes, que debemos cortar las plantas antes de que se evapore el rocío de la mañana…vamos… vamos.

_Tú, Nicolás, _dijo a un joven delgado de pelo castaño claro_ tomad esa canasta y venid junto a mi, para colocar las plantas.

Fray Michel cortó una buena provisión de “gordolobo”, hojas de eucalipto y pétalos de buganvilla, pues tenía que preparar un remedio para la tos, malestar que presentaban varios de los habitantes del convento, incrementado por los fríos que se estaban sintiendo en esos días. El Domus Medicorum, lugar donde prepara las pócimas, se encuentra en un extremo de la huerta, ese mismo sitio es lugar de trabajo y habitación del Monje, pues en ocasiones se pasa la noche entera sumido en sus viejos tratados de farmacia.

Cuando, llevando la recolección de plantas, llegan al Domus, sus ayudantes preparan los morteros, las retortas y los mecheros, donde pacientemente irá separando los compuestos de las plantas, experiencias que irá escribiendo en el “Hortuli” , tan valioso para el estudio de la Botánica y la medicina.

El Hermano Michel era el encargado de practicar la tonsura a los Hermanos ordenados y también a practicar las sangrías que fuesen menester, para lo que tenía una habitación especialmente señalada. Esta sangría se hacía de forma periódica a los Monjes y Novicios para reducir el exceso de sangre y bajar los humores que podrían llevar al pecado y se hacía después de una oración especial que dirigía el Abad.

En tanto Fray Michel hace sus estudios y sus pócimas, en el Scriptorium se copian las obras de Galeno, Hipócrates, Plinio y Dioscórides, que irán incrementando el acervo de la biblioteca abacial. Aún se siguen las enseñanzas de la Edad Media y faltarán algunos años para conocer los adelantos que El Renacimiento Europeo dejará en las ciencias y en el arte.

Uno de los ayudantes de Fray Michel, Marcelo, macera en un mortero de cerámica las ramas de gordolobo, húmedo aún por el rocío de la mañana, formando una pasta, posteriormente lo pasarán a una redoma que, puesta sobre un mechero, irá soltando las substancias que el monje farmacéutico busca. Luego harán lo mismo con las hojas de buganvilla y finalmente mezclarán estas dos substancias con miel de abeja, que calentada junto con la cera del panal, se incorporarán a los dos compuestos medicinales; el resultado será un remedio contra la tos persistente en algunos de los habitantes del convento.

La botica conserva la mezcla de olores de muchas plantas que han pasado por los morteros y redomas. Ordenados en anaqueles en la pared, había infinidad de recipientes de cerámica conteniendo hierbas, cada frasco identificado con el nombre de la planta y el uso que se le daba:

AGUACATE: semillas, hojas y cáscaras. Cabello reseco, piel, disentería, parásitos e inducción del parto.

ALAMO: yemas, tallo y hojas. Heridas, tos, bronquitis.

ANÍS: hojas. Empacho y dolor de vientre.

AÑIL: hojas, semillas y raíces. Sífilis, fiebre, sarna, heridas.

ÁRNICA: hojas. Hidropesía y fiebre.

BALBORIN: toda la planta. Calentura, fatiga y sarna.

BATAMOTE: ramas, hojas y raíz. Sarna, mal olor de pies, evita la caída del cabello.

BRASIL: madera. Diarrea, nervios y circulación.

CACALOSÚCHIL: látex y corteza. Heridas, mezquinos y torceduras.

CACHANI: raíz. Tos, fiebre y esterilidad.

CALÉNDULA: flor. Tumores y cáncer.

CANDELILLA: raíz y tallo. Purgante, dolores de cabeza y muelas.

CAPULÍN: frutos, hojas, corteza y raíz. Cólicos, estreñimiento, padecimientos respiratorios y tos.

CARDO: toda la planta. Dolor de muelas, diurético.

CARDÓN: tallo. Heridas.

El número de recipientes era grande, algunas plantas las sembraban en la propia huerta, otras eran conseguidas por los Hermanos Alfonso y Antonio, tanto en el mercado local, como en el de Tlaltelolco, así como de sitios mas alejados, como Azcapotzalco, Ixtapalapa o Texcoco. Otros muchos los llevaban los mercaderes que recorrían durante meses los vastos territorios sometidos al antiguo Imperio Azteca y hoy bajo el dominio de la Corona de España.

El Dispensario era atendido por Fray Michel y sus dos ayudantes, Nicolás y Marcelo, quienes lo mismo practicaban una sangría, que arreglaban una torcedura o hasta una fractura. Celoso observante de la Ley, Fray Michel nunca había visto un cuerpo humano por dentro, para su clínica se servía del tacto, el olfato, la vista, el gusto y el oído, además de la descripción que el propio enfermo hacía de sus dolencias, con todo ello se formaba un cuadro clínico del paciente y procedía a prescribirle tales o cuales remedios, complementando el diagnóstico con oraciones y peticiones a determinados intercesores. Fray Justino, quien era su Confesor, siempre le recomendaba prudencia, pues la línea que separaba la medicina aprobada por la Santa Iglesia y la practicada por los idólatras, era muy delgada y el Santo Oficio siempre estaba muy pendiente del actuar de los Farmacéuticos.

Fray Justino se presentó cierta mañana en el Dispensario de Fray Michel, tenía el rostro descompuesto en un rictus de dolor:

_Buenos días os dé Dios, Hermano Boticario.

_Buenos días, también para vos, amado Padre, ¿qué os ocurre que veo vuestro semblante tan gris y descompuesto?

_Es un terrible dolor en el estómago que me ha impedido concentrarme en Laudes, como vos habréis notado.

_Lamento no haberme dado cuenta, Padre, pero acostaos en el camastro para revisaros, si vos lo permitís.

El Boticario acercó la nariz a la boca del enfermo para percibir los olores que salen de las entrañas, palpó con sus dedos sobre el vientre de Fray Justino y notó una distensión; acercó el oído al vientre y escuchó los ruidos intestinales. Luego interrogó al enfermo:

_Perdonad mi atrevimiento, Padre, ¿tenéis seguidillas?

_Ciertamente no he padecido de ello, pero no lo descarto.

Fray Michel se acercó a sus anaqueles y extrajo unos polvos de anís, meticulosamente pesados en una pequeña balanza que reposaba sobre su mesa de trabajo, así como un extracto de jugo de capulín que rebajó con agua y alcohol, luego volvió al lado de su paciente.

_Amado Padre, pedid a la cocina que os preparen una infusión con estos polvos y la tomaréis a tragos breves, cada hora y de este jarabe de capulín, tomaréis una cucharada cada tres horas. Es posible que tengáis que visitar el retrete frecuentemente, pero necesitamos que salga lo que os está enfermando. El dolor pasará en un par de horas. Si persiste la molestia, tendremos que haceros una sangría, con el favor de Dios.

_Alabado sea, espero no tener qué llegar a ello, pues tengo muchos pendientes que atender y no me gustaría estar tendido en vuestro camastro por mucho tiempo.

_Gracias, querido hijo, con solo hablar con vos, creo que hacéis que me alivie. Os veré en el refectorio para la comida. Quedáis con Dios.

_Que Nuestro Señor Jesucristo, os acompañe. _El Fraile se prosternó y besó la mano de Fray Justino, quien salió medio encorvado por la molestia.

2 Comentarios:

Fdo. R. Baños dijo...

¡Hola Sergio! Te felicito por la publicación de este primer capítulo de tu segunda novela publicada en Periplos en red (y aclaro: ¡En periplos en red! Este señor tiene una obra extensísima que el lector puede constatar y seguir en sus blogs). En esta ocasión, como siempre, se nota el trabajo de investigación que respalda tu escrito, la creatividad y esa habilidad para tejer una historia en cuantiosos capítulos que, según me comentaste, los publicarás aquí todos los miércoles, ¿no? ¡En hora buena! Aprovecho para invitar al lector a seguir esta historia, la historia de Los Monjes de la Cruz. ¡Saludos!

Sergio Amaya dijo...

Gracias, querido Fernando, como siempre, tus palabras son un acicate para seguir esforzándome, espero les agrade la historia. Un saludo a todos los participantes de Periplos en Red y, desde luego a los buenos amigos de la Universidad Americana de Acapulco.



El contenido plasmado en este blog es producto de la reflexión de su autor, de sus colaboradores y de los pensadores que en él se citan. Cualquier semejanza con la realidad o alguna ficcón literaria, televisiva, psicótica paranoide o de cualquier otra índole es mera coincidencia

Periplos en red busca crear espacios intelectuales donde los universitarios y académicos expresen sus inquietudes en torno a diferentes temas, motivo por el cual, las opiniones e ideas que expresan los autores no reflejan necesariamente las de Periplos en red , porque son responsabilidad de quienes colaboran para el blog escribiendo sus artículos.



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