Ante las urnas... ¿Voto rosa?

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Por Xabier Lizarraga Cruchaga


Ante la cada vez más frecuente postulación de mujeres y hombres homosexuales y transexuales a puestos de elección, y en la medida en que en varios países ya hay primeros ministros y cargos así ocupados por homosexuales-lesbianas totalmente fuera del clóset, desde hace ya unos cuantos años se repite constantemente la pregunta, invitando a veces al debate: ¿Debemos optar por el "voto rosa"? ¿Decantarnos por aquellos candidatos abiertamente lesbianas o gays?

Y la respuesta no es en absoluto sencilla, porque tales puestos de elección demandan no sólo intenciones sino capacidades, porque para ocupar tales puestos sería deseable que hubiera personas no sólo comprometidas con los objetivos libertarios del colectivo LGBTTTI (y lo que se le añada con el tiempo), sino comprometidos con los países o las ciudades o las provincias, con los ciudadanos... y comprometidos con vista en el ahora y en el mañana, y no sólo viendo hacia dentro, sino hacia el horizonte en el que hay otros pueblos, unas culturas, otros países y, nos guste o no, otras ideologías, religiones, economías y aspiraciones. Un craso error, en mi opinión, es votar sólo pensando en lo que personalmente no interesa: el mundo y las realidades son mucho más amplias que nuestras inquietudes, aspiraciones y necesidades individuales o domésticas.

Por otra parte, también es necesario reconocer que desde la perspectiva de otro sexo, de otra preferencia sexo-erótica u otra identidad sexo-genérica, las cosas se ven siempre diferentes; lo que somos también influye en lo que vemos y cómo lo vemos; y además desde nuestra perspectiva se significan importantes y urgentes algunas cosas que para otro, no sin malas intenciones necesariamente, pueden ser considerables, pero "pueden esperar". De hecho, las mujeres, los homosexuales en general, los transgéneros, transexuales y hermafroditas, como muchas etnias y grupos en el mundo, siempre hemos estado en el casillero de lo "no urgente". Por lo que, sin duda, nuestras demandas, reivindicaciones, derechos y requerimientos son cada vez más urgentes.

Sin embargo, quizás sea necesario detenernos un poco a reflexionar, más aún cuando tenemos elecciones federales y algunas locales a la vuelta de la esquina –en México, el 1º de julio de 2012–. Y a reflexionar sobre varios aspectos: que como bien reza el refrán manido y manoseado: "no es oro todo lo que reluce", que "prometer" no significa "llegar y hacer" porque como bien apuntan otros refranes: "prometer no empobrece" y "de buenas intenciones está empedrado el camino al infierno"; y algo que es imprescindible no olvidar, que "querer hacer" no es necesariamente "poder hacerlo", porque sin duda hay muchas fuerzas opositoras, circunstancias desfavorables, azares que desmoronan las ilusionadas expectativas como un viento un castillo de naipes.

Personalmente, pienso que es sumamente importante que hombres y mujeres del colectivo LGBTTTI intenten incidir desde dentro en los partidos políticos, para combatir la homofobia en ellos y en la sociedad, pero no sólo para eso: un país tiene numerosas problemáticas que abordar y los LGBT debe intentar por lo menos en una cosa que la inmensa mayoría de los demás políticos no tienen la menor intención de modificar: incidir en las entrañas mismas del orden heterocentrista con el fin de ir desmontándolo –algo que tampoco interesará a muchos homosexuales y transexuales–. Es probable que un candidato homosexual considere que la meta de las aspiraciones del colectivo LGBT está en ser incluídos, asimilados por el orden hegemónico actual: heterocéntrico y heteronormativo; un orden que para otros muchos –incluso no heterosexuales– se significa como un orden de exclusión, y por lo mismo las aspiraciones apuntan hacia la construcción de un nuevo orden social y político de inclusión; lo que también puede significarse como terminar con el sistema partidocrático. En lo personal, estoy totalmente en contra de un sistema partidocrático que obliga a estar vinculado o hacer alianzas con un determinado partido para poder buscar un puesto de elección; y también estoy por una nueva perspectiva legal y social que acabara con la necesidad de incluir en las actas de nacimiento, en los documentos oficiales, escolares y laborales el sexo (o el sexo-género, que es lo que se toma en cuenta) de los individuos, con lo que a la postre, palabras como "mujer", "hombre", "intersexual", "hermafrodita", "transexual" y "transgénero" tendrían el mismo peso emocional que otras palabras menos cargadas de valor ideológico como "árbol", "paisaje" o "ciudadano".

Considero no sólo importante sino imprescindible y urgente, que haya candidaturas coherentes con un discurso LGBT de transformación y no de asimilación e integración a un sistema misógino y homófono. Estoy en contra de ceder ante mínimas concesiones y prebendas, ante humillantes limosnas; no soy de los que piensan que sólo hay que buscar una igualdad de derechos civiles –lo que sin duda ello es importante y debe hacerse–, pero dejar de lado derechos políticos y sociales en general: ¿un plantón LGBT en el Zócalo capitalino sería tratado igual a como han sido tratados los plantones de AMLO o del SME? Mientras no tengamos garantía alguna de que nuestras demandas y protestas valen tanto como las de un sindicato, un político o un grupo étnico, seguiremos siendo ciudadanos de segunda o tercera categoría. Por otra parte, ser votado como candidato, por el hecho de pertenecer al colectivo LGBT, también tendría que significar que, aunque no sea posible conseguir todo lo que se requiere, es imprescindible reconocer que los requerimientos de derechos no sólo son los demandados por los y las homosexuales, bisexuales, trans y hermafroditas urbanos o clasemedieros...

Si, debemos dirigir nuestras baterías a construir un nuevo orden en el que, por ejemplo, no se anote en actas de nacimiento, certificados de estudios o contratos de trabajo el sexo de la persona, porque ello obliga a un orden binomial en el que los hermafroditas quedan excluidos, cuando no obligados a ajustarse a una de las partes del binomio; y genera problemas civiles, políticos y sociales a los transexuales y transgéneros. Desde diversas trincheras, lo que incluye los puestos de elección (poderes legislativos y ejecutivos) es imperante construir un orden social en el que no sólo ante la ley sino también en los hechos, hombres, mujeres, hermafroditas, homosexuales, bisexuales, trans en general seamos realmente iguales, y no vistos como minorías o grupos vulnerables.

Es importante que todo candidato LGBT a un puesto de elección tenga presente las desigualdades en términos de condiciones de vida, sociales, políticas y culturales que tienen los homosexuales y demás en las cárceles, las comunidades étnicas más alejadas de las urbes –con frecuente asfixiados por los llamados "usos y costumbres"–, en fábricas, pueblos y rancherías, e incluso en el extranjero, sea o no en su calidad de migrantes ilegales. Es por ello que pienso que el hombre o la mujer homosexual, trans o bisexual que pretenda ocupar un puesto de elección, debe pensar que tiene que trabajar no sólo para un grupo o colectivo, sino para hacer de México (o de cualquier país en el que se dé el proceso) un lugar de equidad y justicia, un país con miras a un futuro distinto al actual... ¡Ya basta de poner como excusa, ridícula por lo demás: México, la sociedad mexicana no está preparada para esto o aquello! El cambio se provoca, el movimiento se demuestra andando.

Ahora bien, mucho se habla hoy –y no poca farsa se realiza en México– con relación a la equidad de género, estableciéndose incluso cuotas, en términos porcentuales. Pero ¿realmente es adecuada esa pretendida solución? ¿Por qué no se establecen también cuotas en términos étnicos, de preferencia sexo-erótica o incluso profesionales o de oficios? ¿Les parece ridículo? Pues igualmente ridícula es la de una cuota de género... porque además en ella no se contemplan a mujeres transexuales ni a hombres transexuales. ¿Es que también hay géneros de primera y se segunda? Si los políticos realmente estuvieran por favorecer las condiciones de vida de los ciudadanos todos, tales cuotas sólo serían aceptables en la medida en que permitirían, más que un equilibrio numérico de hombres y mujeres en el Congreso o los gabinetes –por poner dos ejemplo–, un equilibrio de perspectivas de análisis y de propuestas, de sensibilidades... a partir de experiencias, de las diferentes formas de percibir, sentir y vivir el mundo en el día a día: las mujeres menstrúan, algunas se embarazan y paren, los hombres no sabemos prácticamente nada de lo que ello significa y de cómo repercute incluso a nivel social, nacional.


Pero no, no nos engañemos, el hecho de ser mujer no hace que quien ocupa una curul u otro puesto de elección no sea misógina, machista, sexista; como tampoco el que sea homosexual, lesbiana, bisexual o transexual garantiza que no sea homo-lesbo-bi-transfobo.

Asimismo, considero importante que los homosexuales (hombres y mujeres) que ya están metidos en la política vía los partidos con registro (sean o no militantes de los mismos) y que en momentos como éste pretenden algún puesto de elección o formar parte de un gobierno (para la función que sea) deben estar totalmente fuera del closet, con el fin de no avalar la homofobia ni promover los tradicionales engaños y fingimientos. ¿No les demandamos a los políticos honestidad? Y es que resulta lamentable la cantidad políticos "de oficio" que aún están en el clóset, e incluso los muchos que utilizan el matrimonio heterosexual y los hijos como pantalla de respetabilidad.

De hecho, en cada elección hay un número indeterminado de hombres y mujeres homosexuales y bisexuales –quizás no de transexuales y hermafroditas–, pues como tantas veces hemos gritado en Marchas y mítines: "estamos en todas partes", y ya que es así, pues que se vea, pero que no sea la preferencia sexo-erótica o el sexo-género el epicentro de una publicidad electoral. No considero que por “ser homosexual” (lesbiana, trans, etc.) o por el hecho de “ser mujer” un candidato es la opción a votar. En lo personal, estoy totalmente en contra del llamado "voto rosa" o el "voto de género", como siempre estuve contra del lamentable "voto útil" que se promocionaba en el año 2000, ese que hizo llegar a la presidencia de México a Vicente Fox. Reconozcámoslo, hay mujeres y hombres homosexuales, bisexuales y trans incapaces para esos puestos (como los hay entre heterosexuales), así como los hay deshonestos, oportunistas y demás; el ser lgbt no nos hace ni mejores ni peores, las cualidades para acceder a puestos de elección y de gran responsabilidad no tienen nada que ver con el sexo... aunque deben siempre tenerse en cuenta los aspectos sexuales de los individuos.


Personalmente, hoy por hoy, mi recurso electoral es la ANULACIÓN del voto.

Este artículo fue publicado con la autorización de su autor.
Fuente: El Clóset Roto

2 Comentarios:

fdoreyesb dijo...

Agradezco a Xabier, antropólogo físico del comportamiento y defensor acérrimo de la diversidad sexual y los derechos de la comunidad LGBTTTI, por permitirme publicar su artículo en este humilde blog, particularmente, en una etapa en que nuestro país se avecina a un momento importante para estar informados (desde todos los ángulos) y tomar decisiones que, probablemente, cambiarán lo que como mexicanos viviremos en los próximos años. Nuevamente, gracias Xabier por tu valiosa aportación. ¡Salu2!

Xabier Lizarraga Cruchaga dijo...

@fdoreyesb
Gracias, querido Fernando; como te decía, para mi es un honor que consideraras importante difundir el texto. Un abrazo.



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