Por el Mtro. Fernando Reyes Baños


La Teoría de la praxis, propuesta científica surgida en México a finales del siglo XX, critica la ahistoricidad de las teorías que la preceden o de las que resultan contemporáneas a ella (Murueta, 2008), porque con su pretensión de establecer leyes y principios representan algunas (pero no todas) las facetas de los fenómenos que estudian, con lo que sacrifican la historicidad que circunscribe a éstos (Astudillo, 2010). Ejemplos de lo anterior sería cualquier teoría del desarrollo psicológico, como las de William Perry, Lawrence Kohlberg y Arthur Chickering (Evans, Forney y Guido, 1998), debido a que proponen modelos que pretenden ser más o menos aplicables a poblaciones con ciertas características.

Dicha teoría, considerada por quienes la representan como una síntesis (y superación) de otras teorías y filosofías, dado el diálogo crítico y respetuoso que ha procurado con todas ellas, implica una manera distinta de entender la salud psicológica y, en esos términos, quienes abogan por ella la visualizan conceptualmente como una revolución científico-filosófica, como una propuesta con alcances prácticos, técnicos y sociales con la capacidad de absorber y superar las aportaciones de otros científicos, aún cuándo en términos prácticos (si se equipara lo científico con la actividad que los científicos hacen) no sea compartida todavía por la mayoría de quienes integran la comunidad científica correspondiente, que en este caso correspondería a la formada por los psicólogos clínicos y los psicoterapeutas principalmente (Bunge, 1989).

Atendiéndose al último planteamiento del párrafo anterior, cabría preguntarse si con solo algunos miembros de la comunidad científica respaldando esta nueva propuesta es suficiente para referirse a la Teoría de la praxis como una revolución en algún sentido.

Una primera consideración al respecto tiene que ver con lo que en lógica matemática se denomina cuantificador existencial (Э), presente en el planteamiento en cuestión por incluir la palabra “algunos”, lo que significa que: al menos un miembro de la comunidad científica respalda las implicaciones concernientes a la Teoría de la praxis (lo que podría referirse también a la mayoría de sus miembros, pero no a todos).

Expresado en tales términos, el dilema en cuestión se resolvería fácilmente si se estableciera un criterio que permitiera categorizar ésta o cualquier otra teoría como revolucionaria por el número de adeptos que lograra tener, con lo que estaría implicándose que una revolución científica sería equiparable a una revolución social, comparación que obviamente resultaría injustificada porque lo revolucionario no es irreductible al impacto que una propuesta nueva logre generar en una comunidad científica determinada (y cuya consecuencia obvia se traduciría en transformaciones metodológicas, teóricas y prácticas acordes con dicho reconocimiento), porque contempla también (y dándole mayor peso, quizá) el grado en que una propuesta logra comprender de otra manera los fenómenos que estudia y que, seguramente, han sido objeto de estudio durante años de otras teorías enmarcadas en la misma disciplina. Bolaños (2012) complementa esta última anotación de la siguiente manera:

Revolución significa giro, un giro progresivo, un salto cualitativo, pasar a otro nivel. Entonces, un paradigma que logra una comprensión mayor de un tipo de fenómenos constituye una revolución, un giro, un salto cualitativo, un paso a otro nivel, aún cuando esto no haya sido difundido ampliamente. Basta con que demuestre su potencialidad. Eso ha ocurrido con diferentes eventos científicos a lo largo de la historia, que solamente fueron valorados después de mucho tiempo. Hay muchas teorías revolucionarias que aún no se comprenden por la gran mayoría de los científicos, entre ellas la de Hegel, la de Kierkegärd, la de Nietzsche y la Teoría General de la Relatividad, de Einstein (que hay que distinguir de su Teoría Especial de la Relatividad, que sí ha sido comprendida por los físicos).

Retomando la concepción de Bunge (1989) sobre la ciencia, en la que concibe a ésta como un sistema de ideas, pero también como una actividad productora de nuevas ideas, independientemente de que sean más de 600 psicólogos los que han cursado hasta la fecha algún proceso académico en torno a la Teoría de la praxis y de que psicoterapeutas de distintos países hayan incursionado en ella para utilizarla en su trabajo, resulta claro que la consolidación de esta propuesta como un nuevo paradigma en psicología, y de manera particular en la psicoterapia, no depende solamente de los adeptos que pueda tener, del salto cualitativo que parezca representar o de la potencialidad que sea capaz de demostrar, sino también (y con mayor énfasis, quizá) de que se convierta en conocimiento científico y en investigación científica, simultáneamente.

Un comentario final sobre la revisión efectuada es que la Teoría de la praxis, al evitar el eclecticismo y el dogmatismo, tiene muy en claro lo que no necesita para quedarse en el camino rumbo a su consolidación, lo que representa una ventaja fundamental con respecto a otros enfoques teóricos, que al llegar a cierto punto entre la práctica pre-científica y la científica se consideran ya consolidadas cuando quizá solamente se hallen estancadas en un obstáculo epistemológico (Braunstein, Pasternac, Benedito y Saal, 1990). Cabría preguntarse, qué debería entenderse por “consolidado” (y, obviamente, por “no consolidado”) cuando se hace referencia a la ciencia. Eso dependerá probablemente de cómo se defina el concepto “ciencia”, además de que sería conveniente desligar este término de otros con los que a veces se confunde, por ejemplo, con lo “no-científico” y lo “acientífico” (para saber un poco más sobre la distinción de tales términos, puede consultarse este otro artículo), lo que requeriría quizá un ensayo extra, por lo que bastará por ahora decir que dicha consolidación representa una apuesta por la actividad social implicada con la ciencia cada vez que ésta representa, simultáneamente, conocimiento e investigación.


Referencias

  • Astudillo Pizarro, F. (2010, 5 de abril). La ahistoricidad. Innecesaria complejidad cotidiana. Recuperado el 11 de junio de 2012 de http://franciscoastudillop.blogspot.mx/2010/04/la-ahistoricidad.html
  • Bolaños García, M. E. (20 de junio de 2012). Re: En torno al aspecto revolucionario de la Teoría de la praxis [Comentario en un foro en línea]. Recuperado de http://amapsi.org/distancia/mod/forum/discuss.php?d=1598
  • Braunstein, N. A., Pasternac, M., Benedito, G. y Saal, F. (1990). Psicología: ideología y ciencia. México: Siglo XXI
  • Bunge, M. (1989). La ciencia, su método y su filosofía. México: Nueva visión.
  • Evans, N. J., Forney, D. S. y Guido-DiBrito, F. (1998). Student Development in college. United States: Jossey-Bass.
  • Murueta, M. E. (2008). Epistemología y conceptos básicos de la teoría de la praxis en psicología. Alternativas en psicología, 13(18), pp. 13-22.



El contenido plasmado en este blog es producto de la reflexión de su autor, de sus colaboradores y de los pensadores que en él se citan. Cualquier semejanza con la realidad o alguna ficcón literaria, televisiva, psicótica paranoide o de cualquier otra índole es mera coincidencia

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