El deber

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Por Fernando Mena Angelito


Cuando encontramos un billete de cierta cantidad en el suelo, nos ronda alguna de estas ideas: entregarlo, preguntar o quedarnos con él. Quizá lleguemos a pensar que lo más correcto sería preguntar de quién es, lo cual (por absurdo que parezca) no es imposible que suceda pues, siendo optimistas, podemos considerar que nuestra sociedad no está tan en declive como para no hacerlo. Al final, la situación es muy simple: la persona que busque ese billete dirá la verdad y quien mienta cometerá un grave atentado en contra de sí mismo y del deber de hacer lo correcto.

Generalmente reflexionamos si debemos proceder o no de ciertas formas, pero el acto de voluntad y motivación en sí que debería disipar, momento a momento, cualquier duda respecto a este dilema es la certeza de que todo individuo dentro de una sociedad debe cumplir con sus obligaciones para que sus derechos sean inviolables. El deber nos da pertenencia al ser, y el ser, a tener una cultura legal dentro del Estado libre al cual pertenecemos; por esta razón tenemos derecho a la educación, a la salud, a la vivienda, al trabajo y a la recreación, bienes que, en teoría, el mismo Estado nos provee, pero que además coexisten inseparablemente junto a nuestras obligaciones como ciudadanos y como seres humanos. El deber de cumplir con estas obligaciones nos marca y rige desde el momento de elegir a un partido político o a un candidato por medio del voto hasta el deber de hacer lo correcto, ya que es imposible no cumplir con nuestro deber ciudadano y decir que tiramos basura porque hay un sistema de saneamiento. Este pensamiento es ilógico e incorrecto. El deber de tirar lo que dejamos de utilizar al cesto de la basura es un acto que incluso llega a promover concienzudamente lo que estamos haciendo todos los días por nuestra naturaleza.

En los Diálogos de Platón, un filósofo griego de nombre Sócrates, antes de su muerte, hizo una reseña muy propia del deber hablando con su amigo Critón. Sócrates decía: no debemos preocuparnos mucho de lo que vaya a decirnos la mayoría de la gente, sino de lo que diga el que entiende sobre las cosas justas e injustas, aunque sea uno sólo, y de lo que la verdad misma diga. Esto quiere decir que, a la hora de hacer las cosas tratemos de hacerlas con una sola causa que sea imperante a las demás, es decir, hacer lo correcto en orden y con el dogma de haber cumplido con nuestros deberes. A tantos años de haber sido tales ideas expresadas podemos considerarlas como parte de un arte no sólo del vivir, sino del vivir bien, ya que no nos gustaría, me imagino, vivir cómodamente entre la mugre y mucho menos con personajes políticos que nos seduzcan, simplemente, porque pertenecen a un partido político determinado. Es parte de nuestro deber analizar y preguntarnos si la persona que estará al frente de nosotros es la correcta o si dicha persona cumple o no con los deberes y obligaciones que el mismo Estado le confiere. No podemos, en estos tiempos, permitirnos nublar nuestra visión por agentes comunes de pobre pensamiento. Abrir el pensamiento y aceptar el deber de elegir y de comprometernos con nuestra patria es una prueba de lo mucho que podemos avanzar no únicamente como pueblo, sino también como especie libre y razonable.

Es por ello que hago una invitación a cumplir con nuestros deberes y no dejarle todo al gobierno. Hasta ahora, quizá, la relación entre la sociedad y el Estado ha sido de un 20/80, en donde nosotros ponemos un 20% y el gobierno pone el 80% restante. Seamos equitativos y promovamos que esta relación esté en función de 50/50; esto sin dejar de lado, los propios deberes del Estado, es decir, “no adoptando baches” porque tales actitudes propician que seamos victimas de una mala democracia, desmoralizada y soluble, haciendo menos a nuestros impuestos y haciendo flojos a los que nos gobiernan.

Seamos proactivos a lo que dice el Estado. No seamos un grupo de bloqueo simplista sino que dicho bloqueo, en vez de ser escueto y meramente criticón, lance una propuesta que sea de mayor funcionalidad. Mi abuela decía que si no tenemos nada bueno que decir no lo digamos y que si vamos a hablar no más para estar de negativos, mejor a callar la boca. Tratemos de no tirar basura, intentemos trabajar cumpliendo con nuestro deber, de no pasarnos altos, de no ser elitistas con nuestros propios paisanos, de no ser racistas y cumplir con el deber que tenemos no únicamente como ciudadanos de esta tierra, sino como humanos, comprensivos y empáticos hacia otros seres humanos, que al igual que nosotros, también cumplen con sus deberes.


Acapulco, Guerrero, México

1 Comentario:

Sergio Amaya dijo...

Este joven Mena Angelito, no tiene desperdicio, excelente su artículo y casi como obligatorio para jóvenes y adultos, con personas como él, estamos seguros de que tendremos un mejor México.Bien se ve que el gusto por la lectura le ha nutrido en todos sentidos, pues además de escribir con propiedad y claridad, sus verdades son incuestionables. Gelicidades



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