A río revuelto..... 9

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Por el Ing. Sergio A. Amaya S.


Antonio descendió del autobús que lo había llevado de la Ciudad de México a Acámbaro, que era su centro de operaciones, ahí se hospedaría en la casa de un miembro del Partido, Pedro, quien a la vez sería su auxiliar en la operación del Guayabal. Su amigo ya lo estaba esperando.

Antonio conocía muy bien a Pedro, aunque era un poco menor que él, dentro de la organización del Partido tenía una posición más destacable, pues estaba encargado de las operaciones en el Bajío. Antonio, por su parte, era cambiado de lugar en cuanto sus servicios ya no eran necesarios. En dos ocasiones había trabajado con Pedro y se habían hecho buenos amigos.

Pedro tenía treinta años, un metro setenta de estatura, fornido, moreno claro y una gran mata de cabello casi blanco por canas prematuras. Usaba un aparato para sordera. Hombre entusiasta, a la primera oportunidad se ponía a silbar o a cantar, lo que hacía con una voz entonada y agradable. Como siempre, lo recibió con una gran sonrisa.

_Hola Toño, ¿cómo estuvo el viaje?

_Tranquilo Pedro, pero estos “cuates” están acostumbrados a transportar pollos y no piensan en la comodidad de los pasajeros. Vente, vamos a buscar los bultos y mi maleta.

Una vez recogido el equipaje, los amigos abordaron un taxi que los condujo a la casa de Pedro. La casa era sencilla, en una calle sin asfaltar localizada a un lado de las vías del ferrocarril, el barrio era humilde, habitado por trabajadores; lugar muy apropiado para sus actividades.

La vivienda estaba integrada por un pequeño patio al frente, en cuyo jardín estaban sembradas algunas plantas con flores. Una pequeña estancia, la cocina, el baño y dos dormitorios, todo amueblado en forma sencilla pero confortable. Sobre todos los muebles había libros, pues Pedro era un hombre que siempre se estaba preparando, no solo en las materias propias de su actividad, sino de hecho en todas las ramas de la cultura. Había también un aparato estereofónico e infinidad de discos, la gran mayoría de la llamada música de protesta Latinoamericana.

Una vez instalados y después de tomar un café que Pedro había preparado, los hombres se dieron a la tarea de desempacar los volantes, a fin de llevarlos esa misma noche al Guayabal. Para ese trabajo contaban con un viejo automóvil que generalmente estaba guardado en una pensión, pues tenían instrucciones de no circularlo por el pueblo. El automóvil era propiedad del Partido, pero a nombre de Pedro, a fin de evitar cualquier relación que pudiese resultar comprometedora.

Ya de noche, los amigos se fueron a buscar el auto. La pensión estaba algo retirada de la casa de Pedro, lo que les venía muy bien, pues así mantenían la vivienda alejada de miradas indiscretas. Ya con el auto, volvieron a la casa y cargaron los volantes, saliendo después por la sinuosa carretera que los llevaría al Guayabal. Fue entonces cuando Antonio preguntó:

_Bien Pedro, ¿qué has averiguado?

_Me he enterado que andan un par de agentes investigando en la fábrica, son gente del Licenciado, parece que ya se lo imaginan.

_No hombre, qué se la van a imaginar, lo que pasa es que no quieren que haya alborotos durante la campaña, por eso mandó a sus sabuesos. ¿Conoces bien a esos cuates?

_Bueno, realmente los he visto una sola vez. No son gente de la región, pero sí los puedo identificar.

_Muy bien, con eso es suficiente, vamos a continuar con el plan establecido, nos meteremos por la parte trasera de la fábrica, llegando por el arroyo a la casa de máquinas. En la noche es mas fácil pasar desapercibidos, como siempre, dejaremos los papeles en diferentes sitios, donde sean fácilmente encontrados por la gente. Después de hacerlo, nos iremos a la casa de Tomás y le dejaremos un recado para que nos busque. Tenemos que arreglar todo para que la gente salga a protestar precisamente el día en que el Licenciado inicie su campaña. Vamos a ver que cara hace.

El resto del viaje lo hicieron en silencio, cada uno sumido en sus propias reflexiones.

Pedro pensaba en sus años de estudiante, en aquel tiempo era alumno de la Facultad de Derecho, no era mal estudiante, iba en cuarto año y todo parecía indicar que terminaría su carrera; ya trabajaba de Pasante en un despacho de abogados, no ganaba mucho, pero tenía la oportunidad de practicar y pagarse sus estudios. De no haber sido por el problema aquel del alza del precio de los pasajes de autobús, bien hubiera terminado su carrera. Ya para entonces era miembro del Partido y a instancias de ellos, los estudiantes habían secuestrado varios autobuses; cuando esa presión no fue suficiente, habían quemado uno y ahí sí que “ardió Troya”, les echaron encima a los Granaderos y Pedro tuvo la mala fortuna de caer en manos del Servicio Secreto. Eso sí que estuvo feo. El Partido, como siempre, no dio la cara, pero eso ya lo sabía él. Lo trataron mal, por principio de cuentas, a macanazos lo metieron en un auto, después lo llevaron a los separos y ahí lo interrogaron; qué fuerte le habían pegado, aunque tal vez como lo vieron muy joven no fueron tan mandados; eso sí, durante dos días estuvo vomitando sangre. Después lo llevaron a una casa, debe haber estado en algún lugar muy apartado, pues no se oía ningún ruido, las ventanas estaban tapadas con tablas y todo el cuarto forrado de papel periódico. En una de esas ocasiones, un hombrón con manos como raquetas le había dado un bofetón sobre el oído izquierdo y le salió mucha sangre, perdió el conocimiento y cuando despertó solamente sentía un zumbido dentro de la cabeza, desde entonces había tenido que usar un aparato para poder oír, pues el golpe le afectó el tímpano.

Después de varios días le dijeron que lo iban a dejar libre, pero que valía más que no regresara a la escuela, porque si lo volvían a ver lo matarían. Esa noche lo sacaron en un coche y lo fueron a tirar por la carretera de Pachuca; como pudo había vuelto a su casa y después de dos semanas de convalecencia se había presentado en el Partido, ahí le alabaron su hombría al no comprometer a nadie y como premio lo habían mandado a Acámbaro, para organizar los trabajos del Partido, siempre en forma clandestina, en la región del Bajío.

En esos momentos volvió a la realidad, el auto estaba cruzando el puente de entrada al pueblo, eran alrededor de las nueve de la noche, las calles estaban casi desiertas. tomaron rumbo a la fábrica y dejaron el auto estacionado por la parte trasera. Solo había que cruzar una huerta de guayabos y llegar al arroyo, por ahí caminarían para entrar a la subestación eléctrica. Debajo de las chamarras escondieron los volantes y en silencio se dirigieron a cumplir su cometido.

Cerca ya de las once de la noche, les amigos se volvieron a reunir en la huerta, sin cruzar palabra, ambos comprendieron que el trabajo estaba hecho, de tal forma que volvieron al auto y se dirigieron hacia un barrio de la ciudad, lugar donde vivía Tomás y por medio de quien se iban a pasar las instrucciones al resto de los trabajadores comprometidos en el movimiento.

Llegados al punto indicado, los amigos descendieron del auto y caminaron tranquilamente cosa de cincuenta metros, en tanto caminaban, Antonio silbaba una melodía. Al pasar cerca de la casa de Tomás, se detuvieron un instante para encender un cigarrillo y después continuaron la melodía, pero en forma más intensa. Esa era la señal que Tomás esperaba desde hacía varios días, lo que le impedía descansar totalmente cuando estaba en casa; de inmediato salió a la calle y caminó en sentido contrario a que lo hacían Antonio y Pedro. Al llegar a la esquina se detuvo en ella y como cualquier persona tomando el fresco de la noche, volteó descuidadamente hacia todas partes, cuidando que no hubiera miradas indiscretas. No se veía ni un alma, ningún vehículo estacionado o circulando, solamente el auto de los amigos, el que ya le habían descrito, parado frente a él. A lo lejos se oía el monótono silbido del “sereno’. Los amigos llegaron al auto y se subieron, hicieron una señal a Tomás, quien lo abordó rápidamente.

El auto avanzó con lentitud, para no despertar sospechas. Entonces habla Antonio:

_Hola Tomás, buenas noches. Mira, _dijo señalando a Pedro,_ éste es Pedro, es hombre de toda confianza y en algún momento él se podrá dirigir a ustedes para orientarlos o darles instrucciones, avisa a las compañeros para que estén prevenidos.

_Que tal Pedro, gusto en conocerte y ya sabes donde tienes tu pobre casa.

_Gracias Tomás, Antonio me ha hablado de ustedes y me da gusto poder trabajar con hombres decididos.

_Bueno Tomás, _continuó Antonio,_ queremos avisarte que ya se repartieron más volantes en la fábrica. Mañana habrá gran movimiento, tanto entre tus compañeros como con los patrones. Deberán tener cuidado, pues hay un par de agentes investigando dentro de la fábrica, no debemos descartar el hecho de que interroguen a cualquiera de ustedes; en caso de que así suceda, deberán aguantar cualquier cosa a fin de no revelar los nombres de los compañeros. Debes advertir a los amigos.

_Por lo pronto, _intervino Pedro,_ tienen que continuar con la labor de proselitismo, es decir, inculcar las ideas de inconformidad entre el mayor número de trabajadores, a fin de que los respalden en caso de algún movimiento.

_Todo está muy bien, _contestó Tomás,_ pero qué vamos a hacer con Cándido, el representante Sindical, el está de acuerdo con los patrones y no se va a quedar cruzado de brazos; además cuenta con un grupo de trabajadores que más que todo son matones. Hombres que todo lo solucionan golpeando a los trabajadores y los compañeros les temen.

_Bueno, definitivamente, _contestó Antonio,_ ese problema lo seguirán teniendo en tanto ustedes no estén dispuestos a terminar con ese dominio; la forma de responderles es con la violencia, si uno de ustedes no puede solo, háganlo entre varios, pero necesitan decidirse.

_Esta bueno, _accedió Tomás,_ hablaré con los compañeros a fin de formar también nuestro grupo de choque. Ahora los patrones nos tendrán que oír y resolver nuestras demandas. Vamos a ver que cara hace Cándido cuando le digamos que lo desconocemos como representante. Luego veremos qué hacer con la Junta, pues no creo que fácilmente nos vayan a dar el reconocimiento y menos si nos declaramos Sindicato Independiente. Ese es el punto que veo más difícil, pues representa un repudio a las Instituciones establecidas.

_De eso no te preocupes Tomás, _intervino Pedro,_ llegado el momento nosotros los orientaremos para lograr el reconocimiento.

_Reúnanse en grupos pequeños, _dijo Antonio,_ no es conveniente que vean grupos muy numerosos, pues los tratarán de hostigar y buscarán la manera de separarlos. Cuando ustedes sientan que ya están bien organizados y que cuentan con el respaldo de la mayoría, entonces sí podrán hacerlo.

_Una última recomendación, _habló nuevamente Pedro,_ tienen que acelerar el movimiento, pues es importante que si no obtienen resultados satisfactorios durante estos días, deberemos organizar un mitin que coincidirá con el inicio de campaña del Licenciado. Como vendrán invitados de diferentes partes del País, los tendrán que escuchar y buscarle una solución adecuada a sus demandas.

_Bien Tomás, _se despidió Antonio,_ llegamos a la esquina de tu casa, no es conveniente dejarte más cerca, estaremos en contacto.

_Hagan las cosas como les decimos y verán que tienen éxito.

_Adiós muchachos, _se despidió Tomás mientras descendía del auto,_ nos veremos pronto.

Tomás caminó a su domicilio. El auto se perdió en la noche, solamente se escuchaban los pasos del hombre y el monótono cantar de grillos. A lo lejos se escuchó: ¡La uuuna y serenoooooo! El pueblo dormía plácidamente.

1 Comentario:

Fdo. R. Baños dijo...

Estimado Sergio: Sin duda, uno de tus grandes logros literarios, ¡Que siga ese ímpetu! Saludos



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