Por la Lic. Irma Verónica Gutiérrez Avella
Catedrática del Tec de Monterrey Campus Zacatecas y Estudiante de Posgrado (MAD-AE)



Sucedió en el último semestre de la carrera. Llevábamos la materia de Sociología con un profesor al que solo recuerdo como Limones. Era el típico profesor que le gusta vestir de jeans, playera negra, tenis y saco, con una tupida barba negra que solo se afeita cada año bisiesto.

La dinámica de la clase era prácticamente solo dictar y dictar. A toda costa evitaba las confrontaciones o las explicaciones de las teorías por lo que nuestra formación, a esas alturas de la carrera, no era la más adecuada. Siempre le solicitábamos material para leer antes de la clase y comprender mejor los términos. Su respuesta era que nos dejaría el material con la secretaria del director, que como ya sabíamos, nunca sucedía.

Era yo de las primeras que al terminar la clase, le pedía que me proporcionara material para leerlo pues se me dificultaba llevar su ritmo, el profesor solo sonreía diciendo que sí, que era seguro que para la siguiente sesión los tendría completos.

Cuando íbamos a mitad del semestre, empezó a faltar a sus clases, cuando por fin regresaba, nos mencionaba que había estado enfermo. Nos organizamos como grupo y nos presentamos con el director para solicitarle que nos cambiara de profesor porque considerábamos que no estábamos aprendiendo. Inmediatamente el director lo mandó llamar para establecer compromiso con nosotros y con la dirección. Efectivamente no volvió a faltar sin embargo su estilo seguía siendo el mismo, llegaba, tomaba lista y se ponía a dictar.

Pronto comprendí que no iba a modificar su método, por lo que me di a la tarea de investigar algunos de los términos que él nos mencionaba en los dictados, y en las siguientes clases, empecé a preguntar sobre los conceptos, pronto el grupo empezó a hacer lo mismo, en especial una compañera a la que llamábamos Mares. Ella era muy abierta y le gustaba confrontar a los profesores por cualquier motivo. Por lo que varias veces hubo discusiones fuertes entre ellos.

Me empecé a sentir presionada, pues me había propuesto graduarme con mejor promedio y sentía que no estaba aprendiendo. Ocurrió que, cuando se acercaba el examen final, finalmente nos dio el material que tanto le habíamos pedido y nos anunció que el examen sería en dos días. Esos días casi no dormí por leer todo lo que nos había dado, me presenté al examen sintiendo que era mi día, pues mejor preparada no podía estar. Contesté el examen y lo entregué, y al dárselo en la mano me pregunta: “Fácil, ¿no? Ya ves tanto que te preocupaste, ahora solo falta ver que calificación te quiero poner”. Lo tomé a broma, pues nunca había tenido un solo problema con los profesores.

Pasó una semana y la calificaciones no aparecían en las vitrinas de la escuela. A mí me estaban solicitando mis documentos en una institución de gobierno donde estaba haciendo el servicio profesional, y que ahora que graduaba, me querían ofrecer un empleo. Habían pasado ya tres semanas cuando fui a ver si ya estaban las calificaciones y… ¡Oh sorpresa! Estaban ya puestas las calificaciones, pero el cuadrito donde debía aparecer el numerito mágico de mi calificación estaba en blanco junto con el de la compañera Mares y otros tres compañeros. Pensé que aún no terminaba de revisar los exámenes por lo que me dirigí a la dirección para ver cuando tendría mi calificación.

Le pregunté a la secretaria donde estaba el profesor y me dijo: “el profe Limones ya está de vacaciones, viene hasta dentro de un mes” Le rogué que me dijera dónde podía localizarlo pero no, ahí se tenía la política de que los profesores tenían vida particular. Durante el siguiente mes, estuve yendo prácticamente diario para ver si el profesor venía a poner las calificaciones. Estaba yo molesta, triste y frustrada pues el empleo que me habían ofrecido se lo dieron a otra compañera, la cual había expresado que no le interesaba mucho, pero que lo tomaba hasta ver que otro trabajo le salía (a la fecha mi amiga sigue trabajando ahí), en cambio a mí me interesaba mucho pues era uno de los lugares donde yo había hecho practicas y sabía perfectamente que era lo que debía hacer, me gustaba ese trabajo.

A una semana de empezar el nuevo semestre, se apareció el profesor y, tratando de mostrarme lo más tranquila y educada posible, le pregunto qué había pasado con mi calificación y me dijo: “¿Tu calificación?, no recuerdo, ven mañana para ver que pasó”. Al día siguiente, me presenté a la hora que me dijo, sólo para que me dijera: “tu examen lo perdí, y tienes hasta hoy para presentar el examen a título (Es la última oportunidad de pasar la materia. Se presenta ordinario, extraordinario y a titulo)”. Le dije que por qué, que él era el responsable de mi examen y que quería ver mi examen, lo cual se negó y se limitaba a decirme: “Tienes hasta las 2 de la tarde para solicitar tu examen y aplicarlo antes de las 3. Tú decides”. Corrí a buscar al director, el cual no estaba, andaba de vacaciones y regresaba hasta el primer día de clases. Lloré de coraje y, en ese momento no encontré otra solución, presenté mi examen, ni siquiera llevaba lápiz, lo aprobé con un desgraciado 8 que me supo a gloria, me quedé presente hasta ver que él hacía el acta y se la entregaba a la secretaria.

Antes de irme, fui a su oficina, acompañada de mi amiga y solo recuerdo que le dije que yo sabía que en la vida me iba a encontrar con situaciones más fuertes que un profesor injusto y que le deseaba que siempre saliera adelante de cualquier situación para que no tuviera que desquitarse con las demás personas. Le di las gracias porque me había enseñado a identificar a un mal profesor.

Después de este suceso, me sentí tranquila pues me di cuenta de que con su actitud me estimuló a ser proactiva y a no quedarme solamente con lo que él quiso enseñarme. A la fecha me lo encuentro, pero él evita verme.

Aunque esta situación la llegué a catalogar como negativa en su momento, por lo mal que me sentí, por lo injusto que se portó el profesor y por la frustración tan grande que experimenté al ver que la única persona que me podía ayudar, el director, no estaba, al pasar el tiempo comprendí que también aprendí a valorar a mis profesores que de alguna manera siempre se habían comprometido con nuestra formación.

Terminé los estudios con un promedio de 9, y aunque entré a la carrera por influencia de mí mamá, ahora considero que fue la mejor decisión que pude haber tomado, ya que no puedo imaginarme siendo otra cosa, además de que fue una etapa maravillosa: me enamoré durante la carrera, tuve excelentes amigos, increíbles profesores, largas, largas caminatas en las que me divertí de lo lindo, conocí personas extraordinarias que aportaron a mi formación, tuve largas desveladas haciendo reportes y propuestas para las instituciones, tareas y proyectos, pero lo mejor de todo, aprendí a escuchar a las personas y de alguna manera, a sentirse acompañadas.

1 Comentario:

fdoreyesb dijo...

Hola Vero: Quiero agradecerte que te hayas animado al fin a compartir con nosotros una de tus experiencias universitarias, que si bien no fue en su momento algo agradable, sembró en ti un aprendizaje que estoy seguro a muchos de nosotros ayudará a cambiar nuestra perspectva sobre lo que vivimos en la universidad, tanto si actualmente nos relacionamos con ella como estudiantes o como docentes. Comparto tu opinión de que esos años siempre resultarán una experiencia inolvidable para quienes vivimos la oportunidad de estudiar una carrera no sólo por los amigos, las primeras vivencias en esto y aquello, y las cosas que compartimos como grupo con quienes estudiamos, sino también porque representa la ocasión de ponernos a prueba a nosotros mismos, de retarnos en más de un sentido, de saber quiénes somos y de que en la vida, seas joven o no, los días pueden representar una aventura por el simple hecho de estar vivos. Muchas gracias por tu colaboración. Para mí es un honor. Atentamente: Fernando



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