Solo fue un instante (Parte II)

2

Por Zaidena


No podía creer que había pasado la noche con ella. Era de madrugada cuando despertó y la vio a su lado. Su corazón comenzó a latir tan fuerte que sentía los latidos en su cuello. Su mente comenzó a retroceder: se encontró en la puerta de entrada y ella recibiéndolo con un simple y profundo ¡llegaste! ¡Te estaba esperando desde hacía tanto!...

Luego, todo fue una vorágine de besos, ternura, sexo, de sensaciones jamás sentidas, de un placer tan profundo que de sólo recordarlo le producía escalofríos.

Y ahí estaba, su pelo negro, largo, formaba un abanico sobre la almohada, su respirar era sereno, acompasado, dormía profundamente y, en su boca, le parecía descubrir un rictus de felicidad, de placer.

Su mano le acarició suavemente la mejilla y el contacto con esa piel suave, tersa, joven, le produjo placer y desazón. Acercó su boca y besó sus cabellos. Al acercarse, el aroma de su piel le movilizó los sentidos de tal manera que decidió levantarse.

Así lo hizo. Se fue al baño, prendió la luz, miró el reloj y ahí se dio cuenta que debía volver a su casa, que el sueño comenzaba a volverse pesadilla.

Un ruido le hizo mirar hacia la puerta y ahí, apoyada contra el marco estaba ella desnuda, dejándole ver ese cuerpo perfecto, puro, que se le mostraba con la inocencia de la entrega total.

El la miró embelesado y sólo musitó: ¿descansaste?, ella se acercó lentamente y aferrándose a él, llevó la boca a su oído y le musitó suavemente: “He descansado bien porque he dormido a tu lado. Me has hecho recorrer todos tus caminos, has recorrido los míos como nadie, deteniéndote en cada curva, en cada recoveco, en cada sinuosidad, has cabalgado estas llanuras como el mejor amazona y has vuelto a cabalgarlas incansablemente hasta agotar tus fuerzas y las mías…”

No podía creer lo que estaba viviendo. ¿Esto era realidad… o era producto de sus ansias desmedidas, de su pasión desbordada, o de este amor loco que lo envolvía con un aura donde nadie podía penetrar? Porque ella era “su amor”, el amor de su vida, el que sentía dentro de su sangre y que hacia que ésta burbujeara con sólo nombrarla o pensarla; su corazón era su bunker donde escondía millones de mariposas volando sobre rosas y libando en sus jardines que olían a siemprevivas, a jazmines, a magnolias.

Sus ojos eran los ascensores que recorrían el cuerpo de ella; que penetraban por sus ventanas y ella “sentía” cómo la miraba; cómo la acariciaba con su sonrisa, con su voz, que no necesitaba tocarla para hacerla sentir suya, que la recorría íntegra viendo como toda ella florecía con sólo verla, cómo su interior producía espasmos muy íntimos cuando él la saludaba diciéndole “hola bebé”, porque él sentía que ella era un bebé a su lado, él llevaba la carrera con bastantes kilómetros recorridos; ella recién había iniciado su andar; ¡Era tan joven!, tan…tan especial, que no podía entender cómo se había fijado en él, cómo podía estar a su lado.

Pero todo eso ya no importaba en este momento: ¡Ellos se habían amado!

El logró sentir lo que nunca, porque nunca sus sensaciones habían tenido esa intensidad, ese fuego, esa pasión, ese sentir que por un instante el mundo se detiene y una fuerza eléctrica va penetrando en tu cuerpo haciéndote retorcer del placer hasta incluso lagrimear sin encontrarle el sentido a esas lágrimas, que ruedan por tus mejillas surcándolas como plumas mecidas por el viento.

No se cansaba de mirarla. Ella lo invitó a bañarse, abrió el grifo, al rato su mano tocó el agua y seguro la encontró placentera porque entró a la ducha y desde ahí le hizo un mohín con su boca invitándolo a seguirla.

Y él entró a la ducha.

Ya era demasiado, el agua tibia corriendo por su cuerpo, ella acariciándolo íntegramente sin dejar de hacerlo en ninguna parte de su recorrido, los perfumes que exhalaban, los besos en sus hombros, en su espalda, el jadeo de ella que cada vez se hacía más intenso… todo… todo hizo que, nuevamente, su cuerpo estallara en busca del placer que le domaba el razonamiento y los sentidos.

Y todo sucedió tan simple, tan natural, tan volcánico, tan intenso, que se sentía desfallecer y ella seguía acariciándolo, mimándolo, mientras él seguía gozando dentro de ella amándola.

Pero como todo llega a su fin, también llegó a su fin el momento de estar juntos.

El comenzó a vestirse lentamente mientras ella, envuelta aún en la toalla húmeda, se secaba sus largos cabellos con un ademán que rayaba más en la demora que en la coquetería.

Sólo se miraban. Cada uno hacia lo suyo, pero sus ojos estaban atrapados; las miradas se hablaban, se decían lo mismo, pero en su interior ambos pensaban cosas diferentes.

Él no podía evitar la angustia que le producía su ida. Deseaba volver a verla, quería tenerla para siempre, ya no podía imaginar su vida sin ella, ahora sí que no tendría sentido si no la tenía a su lado, si no la sabía suya, si no la amaba como loco.

Había probado el paraíso, había conocido el amor… ¡El amor le había llegado a ese corazón seco y gastado por las indiferencias, por la costumbre, por la falta de incentivo! Pero de pronto todo fue diferente, fue único, maravilloso, genial. Se sentía como el adolescente que se abre a la vida con ese primer amor que lo graba a fuego.

Así estaba él, grabado a fuego por ella, ya en su corazón tenía la marca, el tatuaje, la imagen, la forma, ya era imposible sacarlo de ahí.

Sólo la angustia lo estaba oprimiendo pensando en esta separación que estaba llegando lenta, pero firme.

Ella pensaba que él la dejaría nuevamente. Que no podía pelear por él porque sería una pelea con desventajas, y si por casualidad llegara a ganar, la victoria se transformaría en derrota porque él era… él y sus consecuencias, y ella no figuraba en “esas consecuencias”.

Pero ya había ganado en su corazón porque lo había conocido, lo había amado y había sido la mujer más plena y feliz del mundo.

Ya vestidos, él se acercó y le dijo: “ya me tengo que ir bebé“. Lo sé, dijo ella, lo sé.

Le tomó la cara entre sus manos, la atrajo suavemente hacia sí y le dio un beso en la boca, dulce e interminable. Ella cerró los ojos y se dejó llevar, sus oídos comenzaron a oír una dulce melodía que sólo ella sabía que salía de su corazón.

Él se fue apartando lentamente: ¡Nos vemos!, le dijo, y despacio… muy despacio, abrió la puerta y se fue.

Ella cerró, puso la llave y volviéndose hacia el sillón, repitió con la voz ronca por la opresión que sentía en su garganta: ¿Nos vemos amor?

Llegó a su casa y su mujer lo estaba esperando furiosa, enojadísima: ¿me podés decir donde estuviste hasta esta hora?

Reconoció que no podía decirle a su esposa que estaba enamorado de otra mujer, no de esa manera, no ahora, el momento no había llegado aún; entonces, se limitó a mirarla y a decirle: estuvimos acompañando a Juan, un compañero de trabajo que no conocés, su mujer está internada y no tienen familia, así que le hicimos el aguante con los muchachos… y ahora me voy a dormir…. ¡Estoy fusilado!

¿Vos pretendés que yo te crea eso?, le dijo su esposa, hacé como quieras, es tu problema, le contestó mientras lentamente, se encaminaba hacia la habitación donde hacía varios años dormía solo. Su cuerpo estaba agotado, su mente era una interrogante.

¿Qué haría? ¿Qué debía hacer?

Pensar en ella, en su boca, en sus caricias, en su voz, le producía un dolor tan agudo y punzante que le era imposible controlar, ¡la amaba!, la extrañaba, la necesitaba, la deseaba, y por otro lado: su esposa, la madre de sus hijos, sólo eso… la madre de sus hijos. Ya nada lo unía a ella, NADA, pero la respetaba y no quería hacerla sufrir. Ahora hasta pensaba que nunca la había amado, porque esto que sentía jamás lo sintió ni por ella ni por nadie.

El sabía perfectamente lo que quería.

Lo que no sabía era la manera de solucionarlo, de conseguirlo. ¿Cómo decirle a su esposa? ”Mirá, desde hace muchos años que no siento nada por vos y ahora que encontré al amor de mi vida no quiero perderlo, tampoco quiero dañarte, pero no puedo seguir más a tu lado, quiero estar con ella, quiero vivir con ella… ¡Quiero morir con ella!

Sus ideas giraban, él sabía que era eso lo que debía hacer, pero no se animaba. Sin darse cuenta, sus párpados fueron cerrándose suavemente y un sueño profundo y reparador lo invadió.

Se despertó sobresaltado, le parecía que había dormido un siglo, pero sólo eran las siete treinta de la mañana. Entraba a trabajar a las ocho, así que se cambió rápido. Se tomaría un café en el trabajo. Cuando estaba saliendo de su casa, vio a su esposa asomada por la ventana de la cocina, la saludó con la mano y ella le contestó con un ligero movimiento de cabeza; no es que estuviera enojada, era sólo la indiferencia con que siempre lo trataba.

El trabajo le pareció más agotador que nunca.

Las horas corrían raudas y él no quería que llegara el mediodía porque le había prometido llevarla a almorzar. ¿Qué hago?, pensó.

Así estuvo toda la mañana, peleando íntimamente con el amor, la cobardía, el miedo, la desazón, la incertidumbre, el miedo al fracaso, el dolor a la soledad, el recuerdo de esa mujer que lo había hecho vivir nuevamente y así… llegaron las doce.

Salió de su oficina, no sabía hacia dónde lo llevarían sus pasos, pero de pronto se vio sentado en el bar de siempre, pidiendo la comida de siempre, la bebida de siempre y con el corazón cansado… ¡Como siempre!


MAR - enero de 2009

2 Comentarios:

FaunO dijo...

Hola Zaidd

Aquí te dejo mi comentario..

Me ha encnatado tu publicación, que tan maravillosas que son las palabras de los sentimientos que tan perfectamente describes

EXCELENTE

Guillermo E. Tibaldo

Anónimo dijo...

Me encantó, es una historia tan real, es la vida, me gustó mucho su relato, y los sentimientos que están tan bien descriptos.



El contenido plasmado en este blog es producto de la reflexión de su autor, de sus colaboradores y de los pensadores que en él se citan. Cualquier semejanza con la realidad o alguna ficcón literaria, televisiva, psicótica paranoide o de cualquier otra índole es mera coincidencia

Periplos en red busca crear espacios intelectuales donde los universitarios y académicos expresen sus inquietudes en torno a diferentes temas, motivo por el cual, las opiniones e ideas que expresan los autores no reflejan necesariamente las de Periplos en red , porque son responsabilidad de quienes colaboran para el blog escribiendo sus artículos.



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