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Tersura

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Por Guillermo Ezequiel Tibaldo



Está sentada junto a sus palomas, hace tiempo que nadie le habla y mucho más que alguien se predisponga a escucharla. Creo se ha olvidado del idioma, de lenguaje natural que usamos. Sé que algo la ha desconcertado, y aunque intento comprenderlo, no hay imaginación suficiente que me ayude a entender.

Decido acercarme, y es entonces que las palomas que la acompañan, revolotean a mi alrrededor hasta desaparecer de mi vista, refugiándose cerca, pero alejadas de mi presencia. Ella ni siquiera se inmuta. Agacha la cabeza porque solo encuentra perdón en el silencio, y solo paz con las manos sobre sus mejillas.

Pero yo insisto, le toco el hombro y le digo unas palabras complacientes. No recibo nada a cambio, tan solo siento una respiración llorosa, y una de sus lagrimas rodar por entre sus dedos hasta finalmente caer sobre la tierra. Las palomas regresan entonces a su hombro, y se posan en sus manos: me han perdido el temor, o es que  acaso se sienten en defensa de su dueña y me están advirtiendo. Hago unos pasos atrás, desilucionado por tener que volver otra vez a casa con el corazón vacío.

Cuando finalmente decido marcharme, saco de mi bolsa unos granos de arroz para dejarlos sobre la palma de su mano, que parece esperar paciente, aunque con cierta resignación.

Pero antes de soltarlos, me apreta la mano con dulzura, y agradeciéndome entre sonrisas, me invita a estar a su lado.

Ensueño

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Por Guillermo Ezequiel Tibaldo


Un pequeño lago lo separa de su objetivo. Está con los pies descalzos, y por más que lo intente, no puede dejar de sentir el frío que atraviesa por al barro y se mete entre sus dedos. Está ciertamente desconsolado.

Perdido en sus pensamientos, de pronto desvía la vista hacia abajo, y ve una barca algo antigua que se balancea por el ritmo que trae el agua. Al verla su esperanza se renueva, y decide bajar lentamente entre las rocas para llegar a la orilla, y finalmente alcanzar la embarcación. Se siente dichoso, pero ahora le preocupa que sea demasiado tarde, aunque esto no le impide seguir su labor, está tan convencido de lo que tiene que hacer que no hay nada que le pueda quitar el valor.

Se sube entonces a la barca, y ayudado con uno de sus remos decide comenzar la travesía. El frío ya no le intimida, tal vez porque su corazón marcha a un ritmo indescriptible, cada centímetro que avanza por el agua es una oleada de oxígeno para sus pulmones.

Finalmente, ve a través del trasluz que deja la luna, que la otra orilla está cerca. Descubre unos montículos de piedra y arena blanca que los rodea. Y allí lo ve, con los pies todavía embarrados, bajando delicadamente por entre aquellas piedras, con la alegría de haber encontrado aquella barca que lo lleve a su destino.

El alfarero

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Por Sergio A. Amaya Santamaría


Vicente era un niño común, bueno, tan común como cualquier otro niño nacido en el campo, donde por la noche, en verano alumbran los cocuyos y en invierno, la escarcha hace crujir las ramas de los árboles. Este niño tan común, vio la luz primera en una comunidad de Guanajuato llamada El Aposento, del Municipio de San Felipe.

El padre del niño era alfarero, por lo que cada semana iba a Dolores Hidalgo a vender sus productos. Digamos que “iba a vender fruta a la huerta”, pero eran tan apreciadas sus vajillas, que en pocas horas realizaba su mercancía.

A temprana edad, Vicente se convirtió en ayudante de su padre y se ponía a mezclar la arcilla, pues era el primer paso para un aprendiz. Pero además de todo, el niño era un soñador, y por las noches, sentado en una piedra afuera de su casa, luego de hacer sus tareas escolares, soñaba con poder poseer un poco de la luz de la luna, que a cara llena parecía sonreírle, escondiéndose coqueta detrás de alguna nube.

En ese sueño, el niño pensaba hacer una vasija digna de guardar los argentinos rayos de Selene. Pasaron los años y al cumplir los diez y siete, el joven pudo al fin sentarse en el banco del torno y empezó su aprendizaje en esa, la etapa creativa.

Cuando aprendió a hacer girar el torno de manera regular, colocó en la mesa una bola de arcilla; se humedeció las manos y trató de darle forma, como veía hacerlo a su padre, quien sonriente lo observaba.

—Sube la masa, -le pedía su padre.

El muchacho entonces presionaba la pasta entre sus manos y se formaba un cilindro. —Dale forma cónica, -decíale el mentor.

Vicente movía las manos hasta darle la forma ordenada. El ejercicio se repetía una y otra vez, hasta obtener la aprobación paterna. Cansado de la pierna impulsora del torno, sudoroso y satisfecho, Vicente salía del taller a observar a su anhelada luna, que unas veces se mostraba de perfil, cual tímida doncella; otras de frente y lejana, como dama indiferente, pero la que más disfrutaba era esa luna plena, brillante, cercana, que le permitía caminar por el bosque sin necesidad de una lámpara. Entonces, en silencio le prometía fabricar la más fina pieza de alfarería para guardar sus rayos luminosos.

El joven se afanaba en conseguir las más finas tierras para lograr la mezcla ideal para su soñado recipiente. En alguna parte leyó que los antiguos alfareros chinos, habían logrado piezas de delicada finura, por lo que empezó a explorar en cada lugar que le fue posible.

Un domingo, vagando a solas por el bosque, le sorprendió la noche y salió la luna en el momento que él llegaba al manantial. Sintió en ese instante que había una real comunicación entre su alma y la diosa de la noche. Cerró los ojos y deseó ardientemente poder escuchar la voz de Selene. Cuando los abrió, un manto nuboso cubría parcialmente a la luna y un rayo plateado incidía en un punto donde la tierra parecía ser más brillante.

Ansioso, pensando que ese podría ser el mensaje esperado, sacó su herramienta para tomar muestras, dejando a la vista unas piedras muy blancas; con cuidado extrajo algunas que no se veían contaminadas con la tierra vegetal y las envolvió cuidadosamente en un lienzo. Las llevó a su casa y esa misma noche las pulverizó, agregó agua y a la luz de la luna, fue amasando, hasta formar un barro maleable. Cuando estuvo satisfecho de su consistencia y pasticidad, colocó la masa en la mesa de torneado y empezó a modelar una vasija, se maravilló de la ductilidad de la pasta y formó un ánfora de pared delgada; cuando la separó de la mesa, mediante un cordel humedecido, con cuidado y paciencia modeló el borde como una hoja de acanto.

La única diferencia que notaba contra las vasijas hechas de barro común, era el color blanco de la pasta. La puso a secar sobre una mesa, cubierta con un paño húmedo y se fue a dormir. No se dio cuenta que los rayos de la luna iluminaron la vasija durante varias horas.

A la mañana siguiente, el padre de Vicente se acercó a la mesa y descubrió la pieza que su hijo había hecho, asombrándose gratamente de la belleza de la vasija, que era de un blanco brillante; cuando se le unió su hijo, le preguntó acerca del material empleado, respondiendo el muchacho del sitio dónde lo había obtenido.

El resto del día, Vicente lo empleó en bruñir la superficie de la vasija, cuando se sintió satisfecho, encendió el horno para la primera quema, rogando a Dios que la temperatura fuese la adecuada para no ir a dañar su pieza.

Horas después la extrajo del horno y la examinó con mucho cuidado, buscando alguna fisura ocasionada por la temperatura en el secado; suspiró aliviado al constatar que la vasija estaba en buen estado.

Pasó luego a la siguiente etapa: El decorado. Con finos pinceles y pintura azul tenue, pintó un cielo medio brumoso, dejando un círculo en blanco, la luna, que luego detalló con una gama de azules, negros y grises. La miró con detenimiento en todos sus detalles, todo iba bien, faltaba el último paso, el quemado del color. Encendió nuevamente el horno, colocó la pieza en su lugar, cerró la puerta y esperó varias horas. Cuando fue oportuno, apagó el horno y volvió a esperar pacientemente a que se enfriara.

El sol se puso y las sombras empezaron a cubrir el taller. Pasado el tiempo suficiente, el alfarero abrió la puerta del horno, tomó con delicadeza el jarrón y lo depositó sobre la mesa; en ese preciso instante, un brillante rayo de luz de luna penetró en la vasija, llenando de plateado brillo el recipiente, Vicente creyó escuchar una voz cristalina…

—Vicente, soy Selene y me siento alagada y feliz por ese jarrón que has hecho para guardar uno de mis plateados rayos; en pago de ese cariño que me profesas, cumpliré tu deseo y no habrá un jarrón más hermoso que este.

Un rayo de luna ocupó cada espacio inter molecular de la vasija, otorgándole una brillantez nunca vista. Vicente miraba asombrado el resultado de su trabajo.

Cuando su padre vio el jarrón, se quedó maravillado, pero solamente lo entendía por ese nuevo material hallado por su hijo. Muchos visitantes, atraídos por la noticia, acudían al taller a admirar el singular jarrón; no faltó quien ofreciera atractivas cantidades de dinero, pero Vicente nunca lo vendería. Uno de tantos visitantes, quien había viajado por todo el mundo, contó que en China, al material usado para hacer el jarrón, le llamaban Kao-Lin, que significa rayo de luna. Cierto o no, así se llamó al jarrón a partir de entonces. Han pasado los años y hay quien dice que en las noches de luna, se escuchan en el jarrón algo como murmullos de voces y risas cristalinas. Vicente se convirtió en un famoso alfarero, aunque no ha vuelto a encontrar el blanco material.

Junio 27 de 2012 - Ciudad Juárez, Chih.

Padre verdugo

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Por Guillermo Ezequiel Tibaldo


El hombre se quitó el sombrero cuando vio que ella se acercaba. Estaba dispuesto a decirle toda la verdad a favor de convencerla de que estaba haciendo lo correcto. Ella lo reconoció enseguida, pero sin dirigirle más que una mirada de triste inquisición, dobló en la primer esquina y se perdió en la oscura calle que se ahogaba segundo a segundo tras el sonido de sus tacos negros.

El hombre se emocionó de repente perseguido por la turbación, y como un actor de telenovela presionó suavemente sus ojos con el pulgar izquierdo para intentar conseguir una lágrima. En el fondo sabía que aunque hubiese querido, no hubiese podido revertir los sucesos, tal vez porque en el fondo no le interesaba más que su propio egoísmo y su propia conciencia intranquila que no le dejaba dormir pero que trataba de consolar de todos modos.

Así pues, camino despacio regresando por donde había venido; pero ya no miró atrás ni pensó en aquella muchacha de labios sonrosados que huía angustiada por tener que soportar en su vida las decisiones ajenas. Tal vez el hombre intentaba justificar su modestia con una actitud arrogante al sentirse humillado por el desprecio de sus disculpas.

El hombre no le dio importancia a esto. Una vez en su casa y con un cigarrillo en su boca, tomó de nuevo los apuntes que había dejado sobre la mesa y leyó una y otra vez las últimas líneas, cada vez más convencido de lo que estaba haciendo.

Sonrió junto a una bocanada de humo mientras leía por última vez cómo en aquellas calles húmedas y oscuras, la muchacha de ojos grises y labios sonrosados, que caminaba sola en un callejón vacío, intentaba detener la hemorragia que la llevaría hasta su muerte.

Sinfonía nocturna

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Por Sergio A. Amaya Santamaría


La antigua escuela de música se fue quedando en silencio, las últimas clases de la noche terminaban y los alumnos recogían sus instrumentos y salían en grupos ruidosos y parlanchines. Al salir el último de los Maestros, el conserje empezó a recorrer uno a uno los salones, apagando las luces y echando llave o candado a las puertas, las sillas y atriles en desorden serían acomodados por los encargados de la limpieza con las primeras luces de la mañana.

Era una escuela centenaria, de sus aulas habían salido músicos que habían llevado a las alturas del mundo musical el prestigio de la escuela. Allá arriba, en lo alto de la vieja construcción, en el desván lleno de polvo, arañas y ratones, se fueron almacenando instrumentos que estaban a la eterna espera de algún artesano que pudiera repararlos. Cuando el silencio envolvió aquellas viejas paredes y los tenues rayos de la luna penetraron por las ventanas de la buhardilla, se empezó a escuchar un riz-raz que bien podían ser los roedores o, tal vez, algún murciélago atrapado en ese aislado recinto. En cierto momento se escuchó una aguda voz.

—¡Calla, niño!, -dijo una viola con una cuerda reventada a un raspado violín.

—Deja en paz al pequeño, -dijo con modulada voz el violonchelo- pues debe estar entumido de tantas horas en silencio.

—Paren su cháchara, -se escuchó la grave voz del fagot- mejor esperen que todos despertemos para poder charlar como sabemos.

Entonces se dejó escuchar como un piar a aves y el suave sonido envolvió las tinieblas, poniendo a danzar a los ratones, que estaban expectantes, asomando las naricillas por los huecos de las paredes. Una voz metálica y sonriente se dejó escuchar, tarareando un do-re-mi-fa-sol. Era la abollada trompeta, a la que le faltaba la tecla de una llave.

En respuesta a ese entonado llamado, se oyeron las gruesas notas de la tuba, acompañadas por las más melodiosas del trombón de caña, mientras que perezoso se enderezaba el contrabajo y dejaba escuchar unas rítmicas y graves notas.

—¡Bueno, bueno, chicos!, vamos a empezar, pues en discutir se nos pasa la noche.

Entre carraspeos y toses, estirar de parches y rascar de cuerdas, los instrumentos fueron tomando su lugar en la orquesta. Cerca del banco del Director, cojeando de una pata, se colocaron las cuerdas: arpa, violines, violas y violonchelos, un poco atrás el contrabajo. Luego formaron las maderas: clarinetes, fagots y flautas de caña. En seguida los instrumentos de viento, flautas transversas, cornos franceses e ingleses, trompetas, trombones de caña y de llaves y los imponentes pabellones de las tubas. Finalmente tomaron su lugar las percusiones: Tambores, triángulos y xilófonos. Ya listos todos para empezar, voltearon a ver hacia el piano de concierto, que aún sin su tapa superior, se miraba imponente. El contrabajo entonó la nota más baja y desafinada que encontró y eso fue suficiente para despertar al perezoso piano, quien de inmediato se puso a tocar arpegios como si fuese su abuelo, el clavecín, lo que todos festejaron con cacofónicas notas. Finalmente todos estaban listos. Se escucharon tres toques de batuta y los violines y las violas dejaron escuchar las bellas notas de un alegro.

El conserje, quien tomaba su café en una habitación bajo el desván, pensaba que soñaba, cuando por las noches se iba a dormir a las dulces notas de esa sinfonía nocturna. A nadie molestaba y a él le agradaba, por lo que nunca reportó nada extraño por la noche. Cuando la luna dejaba de brillar, las notas se iban disolviendo entre los aplausos del viento nocturno.


Agosto 28 de 2012 - Ciudad Juárez, Chih.

News

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Por el Mtro. Fernando Reyes Baños




Hace muchas primaveras ya, cuando estudiaba el primer año de preparatoria, observé un hecho (insignificante en verdad) que, por asociación con algunas cosas que veo actualmente en la Red, regresa a mi memoria de vez en vez: un compañero de banca que a mitad de la clase empeñado dibujaba, con todo detalle, el logotipo de una discoteca de moda en los años ochenta.

Ahora como entonces, sin saber qué fue de dicho compañero (cosa que, por otra parte no me quita el sueño y que, siendo optimista, espero se haya convertido en un brillante diseñador gráfico o en un destacado mercadólogo), pienso que ante un hecho semejante cabría suponer dos cosas: o que hay formas muy sencillas de darnos cuenta desde pequeños de cuál es nuestra vocación en la vida o formas verdaderamente estúpidas de perder el tiempo.

Estertor

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Por Guillermo Ezequiel Tibaldo


El silencio asoma como rey elegido. No quiero sentirlo, no lo necesito, pero me están obligando a que lo haga para que recuerde con mi propia voz interior.

Tomo con una de mis manos el candelabro y lo acerco al espejo. Necesito reconocerme una vez más, confirmar mi existencia a través de un reflejo y descartar que todo sea un sueño. El aire está  tan contaminado que arruina mi vejez, me hace perder la candidez de mi experiencia y la estabilidad de mis emociones. Me observo por solo unos segundos y desvío la mirada al acertar que aquel rostro inexpresivo no puede ser el mío.

Se que no estoy solo en la habitación. No se trata de fantasmas ni de seres extraños, pero puedo percibir que me conocen más que mi aturdida conciencia, puedo notar a través de mis suspiros que ellos ríen al descubrirlo y presiento que son aquellos innombrables que invoqué con juramentos lo que vienen a cumplir el trato.

Me siento extraño, de otro mundo. El espejo se opaca con mi aliento cansado y la tierra sobre la que mis rodillas asientan comienza a temblar. El fuego también responde a mi pasado envolviéndome en el mismo círculo que una vez construí con el para alejar a mis oponentes. Empiezo a sudar y siento que la boca se me reseca, no hay nada que pueda hacer para controlar mis pecados y no encuentro palabras que puedan perdonarme. El fuego me envuelve por completo y la tierra me devora a cada segundo. El polvo sobre mi piel me ahoga por completo y no me deja agonizar.

Es que jugar con tus demonios, no tiene absolución.

La negra Damiana

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Por Sergio A. Amaya Santamaría

Era el día de reunión de aquellos buenos amigos, quienes al calor de la charla y de una humeante taza de café luego de sus horas de trabajo, se encontraban a platicarse sus incidencias, aunque nunca faltaba alguien que llevara una historia interesante. En esa ocasión fue Jesús quien solicitó la atención de todos para narrar una historia; tal vez sea una leyenda, pero no olvidemos que las leyendas siempre tienen parte de alguna verdad, como quiera que sea, se las contaré como me la relató mi abuela cuando yo era chamaco. Cabe decir que mi familia tiene su origen en algún lugar de la Costa Chica y las situaciones que se narran, son frecuentes por aquellos rumbos.

Esta historia se desarrolló aquí mismo, en Acapulco, durante los años de la Colonia, cuando regularmente llegaba a Acapulco, dos veces al año la llamada Nao de China, que realmente hacía su viaje regular entre Manila, y Acapulco. En uno de tales viajes, desembarcó en Acapulco un joven y rico comerciante, don Joaquín Armendáriz, acompañado de su joven y bella esposa, doña Beatriz de Zúñiga. El hombre era comerciante en telas y llegaban a Nueva España luego de un largo periplo, que había iniciado en su natal Madrid, cruzando Europa y Asia hasta llegar a China y Japón, buscando siempre las mejores telas para abastecer a una aristocrática clientela. De Japón sed embarcaron a Filipinas, donde deberían abordar la Nao que los llevaría a Acapulco, teniendo como destino final la Capital de Nueva España.

Cuando echaron anclas en el puerto de Acapulco, estaba iniciando la temporada de ciclones, lo que hacía imposible viajar tierra adentro. Con el fin de esperar el mejoramiento del clima, don Joaquín rentó una amplia casa, donde su esposa pudiese sentirse cómoda, pues el calor era agobiante; mientras tanto, el comerciante hacía negocios en el floreciente mercado que propiciaba la llegada del barco.

La casa era amplia, con el estilo propio de la región, de muros de adobe y revoque de cal apagada y techo de tejamanil. Una fresca galería miraba hacia la calle y al fondo, hacia abajo, el puerto. Al fondo de la casa, una agradable huerta proporcionaba fresco a las habitaciones. Por medio de otros comerciantes y Autoridades de la ciudad, el matrimonio se hizo de suficiente personal para el servicio; don Joaquín adquirió un par de buenos caballos para pasear por el pueblo y sus alrededores.

El personal estaba compuesto por un mayordomo criollo, Anselmo Arriaga, un mozo de espuela, indígena de la tierra, al igual que dos doncellas para el cuidado personal de doña Beatriz; una cocinera negra y para el aseo de la casa, la negra Damiana, ambas negras, originarias de la Costa Chica y descendientes de antiguos esclavos africanos. El pueblo de origen de estas mujeres, estaba cerca ya de los límites con Oaxaca.

Sin que mediara motivo alguno, Damiana fue acumulando rencor en contra de su ama, doña Beatriz, no obstante que la dama era amable y paciente con el personal de la casa, desde luego que don Rodrigo era ajeno a la administración interna del hogar. Empezó con un torcimiento de boca ante una orden de trabajo impartida por la señora, luego fueron incrementando de a poco, sin que los patrones lo notaran. Practicante de viejas tradiciones, heredadas de sus antepasados llegados de África, la negra Damiana era dada a echar los huesos para escrutar el futuro, desde luego que lo hacía a espaldas de sus patrones, quienes eran devotos católicos y, de saberlo, no hubieran dudado en denunciarla al Santo Oficio. La cocinera, desde luego, estaba al corriente de loo que hacía Damiana y ella misma era fiel creyente.

—La niña Beatriz tiene una sombra negra, dijo misteriosa la negra al echar los huesos, Babalú Ayé la quiere para él.

Ya noche, en lo mas profundo de la huerta, el par de negras marcaron un cuadro con cal en el suelo y degollaron una gallina negra, para propiciar la comunicación con los dioses y difuntos, diciendo oraciones en una lengua incomprensible.

En esos momentos el mayordomo salió a la huerta a hacer aguas, mirando un resplandor extraño, pensando en las b rujas, se santiguó y corrió a refugiarse en su habitación.

Pasaron los días y Damiana, puesta de acuerdo con la cocinera, empezó a poner el polvo de cierta planta en los alimentos de doña Beatriz. Luego de algunas semanas, la señora de Armendáriz empezó a ponerse pálida, acusando una debilidad alarmante, por lo que don Joaquín llevó a un médico para que revisara a su esposa; luego de su auscultación, el médico dictaminó que la mujer estaba enferma de los humores, por lo que deberían practicársele tres sangrías. Dispuso lo necesario y realizó la primera, por lo que Beatriz se sintió peor; el médico le hizo llevar un plato de caldo de gallina y fruta fresca.

Mientras la cocinera, siguiendo las instrucciones de Damiana, le administraba a Beatriz pequeñas dosis de los polvos, en tanto la bruja se entretenía echando, los huesos y escudriñando los arcanos. Las lluvias cesaron y se podía viajar, pero ante el estado de salud de su esposa, don Joaquín de Armendáriz no podía disponer su partida a tierras altas, aprovechando la demora en la feria de Acapulco para hacer negocios, coincidiendo con el arribo de la Nao de China. Lo que le permitió reciclar sus existencias e incrementar su fortuna.

El mayordomo, venciendo sus temores, se puso a investigar a la luz del día lo que pudiera originar los resplandores nocturnos, pero ¡oh sorpresa!, encontró la evidencia de prácticas de brujería en el fondo de la huerta: Las marcas con cal, las plumas de ave y cerca del lugar, el enterramiento de animales sacrificados. En un lugar sombrío, ya en los linderos de la propiedad y al abrigo de la alta barda, se miraba tierra removida y sobre ella, una cruz pintada con cal y rastros de velas negras. El hombre se santiguó y mirando en todas direcciones, se alejó rumbo a la casa. Anselmo se fue directamente al despacho de don Joaquín, irrumpiendo sin anunciarse, lo que hizo comprender al comerciante que algo grave ocurría.

—Qué ocurre, Anselmo, que entráis sin llamar, inquirió el comerciante.

De inmediato, el mayordomo le puso al tanto de lo descubierto, ante la sorpresa de Armendáriz.

—¡Cómo es posible!, en mi propia casa, ¿de quien sospecháis?, preguntó ansioso.

—De todos y de ninguno, mi señor, repuso lacónico el sirviente, pero dejadme hacer ciertas investigaciones antes de tomar alguna medida.

El fiel mayordomo recurrió a fray Antonio de María, viejo a migo de su familia, a quien relató todo el asunto.

El religioso escuchó con atención y al final del relato dijo a su amigo:

—Mira Anselmo, pediréis a don Joaquín que, bajo cualquier pretexto, haga salir a toda la servidumbre, tú os quedaréis al cuidado de doña Beatriz, entonces yo entraré a investigar en la huerta; llevaré agua bendita y lo necesario para protegerme. Ya os contaré lo encontrado.

Todos dispuesto, don Joaquín se hizo acompañar por todos los sirvientes, argumentando la necesidad de hacer limpieza en una finca que recién había comprado en las partes altas de la montaña. Fray Antonio de María hizo lo ofrecido y luego de rociar con agua bendita y rezar varias jaculatorias, removió la tierra marcada con la cruz de cal, encontrando un rosario envuelto en un fino pañuelo, el cual tenía una iniciales bordadas con hilo de oro: “BZ”.

—¡Beatriz de Zúñiga!, dijo en voz baja el religioso.

Guardó en su morral los objetos encontrados y luego de revisar los enterramientos, se dirigió a la casa, a fin de inspeccionar las habitaciones de la servidumbre, en busca de alguna conexión de lo hallado, con alguna de las personas habitantes de la casa. Al final de su inspección, llamó a Anselmo, el mayordomo, para compartirle sus conclusiones para que le mostrara los cuartos de los sirvientes.

Doña Beatriz dormía en su lamentable estado de salud, su hermoso rostro, antes fresco y rosado, ahora se miraba gris y apagado, enmarcado por su negra cabellera sobre la blancura de la almohada; el mayordomo salió en silencio a reunirse con fray Antonio.

—Como sospechaba, Anselmo, dijo el religioso, esto es práctica de brujería y le están haciendo un daña a doña Beatriz. Debo revisar las habitaciones de la servidumbre, a fin de encontrar algún indicio que nos lleve al culpable.

—Seguidme, Padre, yo os indicaré el aposento de cada cual.

Una vez en conocimiento, fray Antonio empezó a remover objetos, buscando algo que mostrara alguna inclinación a la magia negra. Finalmente halló algo al levantar el jergón de la negra Damiana; miró un envoltorio sospechoso: Un trapo rojo que al desplegarlo, dejó al descubierto un montoncito de huesos humanos, los pequeños huesos de una mano, blanqueados por el uso, había también unas velas negras. De inmediato llamó al mayordomo, quien le confirmó la pertenencia del jergón. Fray Antonio guardó los objetos en su morral y luego de confirmar que doña Beatriz continuaba dormida, salieron a la galería, a esperar el regreso de don Joaquín. Desde la galería de la casa se tenía una vista espectacular de la bahía, del muelle, donde se encontraba amarrada la Nao y el Fuerte de San Diego, construido como defensa en contra de los piratas; al fondo de la bahía, la isla que parece cerrar la bocana y el sol como un gran disco rojo, hundiéndose en las negras aguas del océano.

Ya obscureciendo se escucharon los cascos de caballos y el rodar de una carreta sobre el empedrado de la calle, era don Joaquín, volviendo del encargo; fray Antonio se paró frente a la comitiva, deteniendo la marcha, se acercó al comerciante para hablarle:

—¿Qué ocurre, fray Antonio, es mi esposa?

—No, no, le tranquilizó el religioso, vuestra esposa duerme ahora, pero creo haber descubierto el origen de su enfermedad. Por favor, don Joaquín, ordenad a vuestros sirvientes que permanezcan aquí, en tanto le pongo al tanto de lo averiguado.

Atendiendo la petición de fray Antonio, Armendáriz pidió al mayordomo ejecutar la orden, en tanto hablaba con el sacerdote. Una vez dentro de la casa, el religioso lo puso al tanto de lo descubierto.

—¡Pero cómo es posible!, ¿la propia sirvienta está perjudicando a mi esposa para hacerla morir?

—Desgraciadamente, don Joaquín, el Maligno no descansa y ocupa a sus acólitos en donde menos se espera.

—Pero entonces, ¿qué vamos a hacer para aliviar a doña Beatriz?, preguntó angustiado el comerciante.

—Lo primero es hacer confesar a la negra Damiana, luego la pondremos en cadenas y daremos aviso al Santo Oficio.

—Pero mi esposa, ¿cómo se aliviará?

—De eso me encargaré yo mismo, pues el mal se ataca con el bien y estamos preparados para ello.

Los dos hombres salieron y se enfrentaron con los sirvientes, quienes temían que algo los implicara con la Ley. En tanto y a indicación de fray Antonio, Anselmo fue en busca del Alguacil Mayor, quien de inmediato se presentó con la Guardia. Puesto al tanto por el propio don Joaquín, se dirigió a los sirvientes.

—Escuchadme todos, existen evidencias ciertas de que uno o varios de vosotros, han realizado prácticas de hechicería para enfermar a doña Beatriz, vuestra ama y señora; sabemos quien es la bruja, pero sus cómplices deberéis confesar. Lo hacen ahora, o todos seréis llevados ante el Santo Oficio y los santos Padres se encargarán de obtener vuestras confesiones.

La negra Damiana y la cocinera se miraron, mostrando la segunda una mirada de terror, Damiana solamente se sonrió. Esa breve mirada no pasó desapercibida para el Alguacil, quien de inmediato ordenó a sus hombres que aseguraran a las dos mujeres. La cocinera se desmayó de la impresión, en tanto que la hechicera se desaparecía en medio de una bola de fuego; un penetrante olor a azufre se percibió en el ambiente, en tanto se escuchaba una horrible carcajada que se fue perdiendo en los callejones del puerto.

Todos los presentes se santiguaron, algunos puestos de rodillas, La cocinera fue llevada a las mazmorras de la Autoridad.

Luego de unos días en que fray Antonio realizó exorcismos y misas, todo fue volviendo a la calma. Doña Beatriz recuperó la salud y el matrimonio siguió su camino rumbo a la Capital. La casa se desocupó y nadie quiso vivir en ella, cayendo en el abandono. Don Joaquín Armendáriz dejó de viajar y se estableció en la Capital de Nueva España; dicen que tuvo un cajón en el Parián, donde acudía la nobleza a proveerse de telas finas.

Esta historia, terminó Jesús su relato, se la escuchaba a mi abuela y ella la recibió de sus antepasados.

Los amigos aplaudieron la historia y se pasaron las horas haciendo comentarios y bebiendo el aromático café.



Febrero 25, 2012 - Ciudad Juárez, Chih.

Un relámpago en la montaña

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Por Sergio A. Amaya Santamaría


En algún sitio, en lo alto de la árida montaña, se escuchó el llanto de un recién nacido, acompañado por la luz de un relámpago y su posterior estruendo, efecto de una tormenta lejana del sitio del feliz advenimiento. La casa era pobre, compuesta de unas cuantas tablas clavadas sobre horcones arrastrados con esfuerzo y paciencia desde lejanos bosques. El padre, hombre entrando a la madurez, era carpintero rural, aunque vivía lejos de los bosques y su mujer, una joven enamorada que no dudó en viajar con su marido hasta ese lejano sitio, donde habían podido construir su incipiente morada.

Los tiempos no eran buenos para la pareja, pues problemas de todo tipo los habían hecho emigrar, a fin de esperar la llegada del primogénito en algún sitio más propicio. En principio habían pensado quedarse a vivir en el pueblo que se encuentra en las faldas de la montaña, pero sus gratuitos enemigos de alguna forma lo habían impedido; solamente cuando llegaron a la parte más inhóspita de la montaña, fueron dejados en paz. Apenas el hombre pudo levantar unas cuantas tablas, cuando ya el esperado niño estaba en brazos de su madre, quien para protegerlo del frío, lo envolvió en trapos y lo acostó entre paja seca.

Unos pastorcitos que arreaban su rebaño de cabras, únicos animales que sabían encontrar algo de zacate aún en tales páramos, se acercaron a la cabaña al escuchar el estruendo de la tormenta, pensando que podría llegar a ellos. Cuando vieron al recién nacido, se llenaron de asombro y aceptaron gustosos la hospitalidad ofrecida por el matrimonio; ataron al macho, guía del rebaño, logrando con ello que el resto del hato se mantuviera cerca del líder. La cercanía de los niños y de los animales, acrecentó el calor que el recién nacido requería.

Esa fue una noche de alegría, pues para agasajar a sus visitantes, la mujer echó unas tortillas al comal y compartieron una frugal cena que transformó el sitio en un cálido hogar. Al día siguiente los niños se marcharon a seguir en busca de pastos para sus animales. El padre siguió con su trabajo, pues tenía el compromiso de terminar una coyunda y con paciencia retiraba trozos de madera para irle dando forma, haciendo trabajar la azuela con certeros y diestros golpes. Cuando dejaba el trabajo de la coyunda, continuaba con la tarea de fijar tablas para cerrar su choza, ya faltaba poco para terminarla, pero cuando menos ya se cubrían del inclemente viento.

Pocos días después acertaron a pasar unos arrieros que venía del punto donde aparece el sol por la mañana, llevaban varias jornadas de camino y sentían que los alimentos no les alcanzarían, por lo que encontrar esa cabaña inesperada, les llenó de alegría y se acercaron jubilosos en busca de algún alimento. Cuando vieron a la pareja y al recién nacido, los llenaron de parabienes. Esos arrieros tenían fama de adivinadores y eran respetados en todos los pueblos que tocaban. El hombre sintió confianza al verlos y les brindó la hospitalidad que sus costumbres le mandaban, la mujer les compartió de sus escasos alimentos. Antes de partir y ante la renuencia del matrimonio de recibir algún pago por los alimentos, los arrieros dejaron regalos para el recién nacido. Uno comerciaba con productos de barro y dejó unos jarritos policromos; otro, negociante de cobertores y ropas de lana, le obsequió una tibia cobija tejida a mano y el tercero, especializado en productos de bronce, dejó de recuerdo un sol de bronce, pulido y brillante, como el oro.

Esos fueron los primeros días de ese niño, nacido en condiciones no esperadas, pero que mostró a sus padres que el amor es el mejor remedio para las contrariedades.

Los arrieros se encargaron de llevar por su mundo la noticia de ese recién nacido, a quienes auguraban un futuro lleno de glorias.


Queridos amigos de Pedriplos en red, desde esta fría ciudad, envío a cada uno de ustedes un cálido y fraternal abrazo, deseando que el amor navideño los envuelva junto con sus seres amados y que el año 2012 nos llegue en un clima de paz y tranquilidad social.


Diciembre 7 de 2011 - Ciudad Juárez, Chih.

Cosas de marranos

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Por Sergio A. Amaya Santamaría


Nota: Hace 60 años, Gabriel García Márquez escribía en un diario de colombia una columna denominada "La jirafa", escrita de notas que llegaban a la redacción. Con esa idea hice este escrito, basado en una nota que apareció en el periódico, espero sea de su agrado.


Hay granjeros que, además de pobreza, cargan sobre los hombros el mal humor de gobernantes prepotentes. Esto viene a cuento porque en cierto país del mundo, un pobre que completa sus magros ingresos con lo que le pueda reportar una flaca zahúrda, a falta de mejores materiales, aprovechó los carteles publicitarios que promovieron la candidatura de quien, a la postre, resultó electo Presidente del país.

Mala suerte, destino o karma, vaya usted a llamarle como guste, pues a este pobre ciudadano, quien vive alejado de las zonas urbanas importantes, le ha caído la desgracia de ir a dar con sus huesos a la cárcel. Su delito: Utilizar la imagen del señor gobernante para cercar y hacer el techo del chiquero. El pobre criador de cerdos solamente pudo argumentar que no sabía que violaba alguna Ley, por lo demás, los carteles ensuciaban el paisaje urbano y la elección hacía meses había terminado.

Ahora sus cerdos están en mejores condiciones que su criador, aunque no sabemos si los celosos guardianes de la imagen del Presidente, hayan desmantelado la citada zahúrda y ahora los cerdos vaguen sueltos, hozando por esas calles de Dios.

No sabemos si lo echaron a prisión por haber permitido que los marranos usaran la imagen del Presidente para rascarse los lomos, o por algún atavismo escondido que suponen algún parecido con el multicitado gobernante, pero no cabe duda que más de uno de tales líderes merecería estar en el sitio de los cerdos, quienes finalmente no tienen conciencia, más que de la comida que les arriman. Es probable que, a fin de congraciarse con su patrón, los sesudos Congresistas emitan alguna Ley que castigue tal hecho y aunque, dicen, las Leyes no son retroactivas, la mala suerte, el destino o el karma del desdichado criador de cerdos, podría ser la excepción a la regla.

De este hecho concluimos que criar cerdos no siempre es una buena idea, particularmente en donde pudiera darse la elección de seres con más cercanía genética a los marranos, que la generalidad de la raza humana.

Los eficientes funcionarios que apresaron y juzgaron al ciudadano, deben estar ahora sumamente complacidos, haciéndose los encontradizos con el jefe, a fin de recibir su palmada en la espalda, aunque en cierto poblacho perdido en el monte, una familia esté padeciendo con mayor ímpetu los embates del hambre, pues el sostén de la familia es ahora un ejemplo de lo que no deben hacer los ciudadanos.

Tal vez el porquerizo prefirió proteger la zahúrda y no su choza, para que sus hijos no vivieran con la imagen del funcionario y pudieran llegar a tener ideas anarquistas o revolucionarias, o peor aún, se pudieran convertir en filósofos. Por lo pronto y a manera de meter nuestras propias barbas a remojar, dejemos en paz esos millones de cartelones que cuelgan en postes y que a cada momento nos recuerdan que fulano o mengano, además de tener una sonrisa brillante y amistosa, es quien nos sacará adelante del terrible atraso en que sus contrincantes políticos nos tienes atrapados. No vayamos a tener la peregrina idea de cubrir nuestro puesto de tacos con el bonachón rostro de quien, aún a pesar de la población, pudiese ser nuestro siguiente verdugo.

Noviembre 13 de 2011 - Ciudad Juárez, Chih.

Magisterio

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Por Guillermo Ezequiel Tibaldo

Brujo por naturaleza, por deseo propio y por encomienda de quién me ha crió en un mundo aislado para el poder propio. Con este sentimiento abandoné el hogar de todo mi vida y caminé con aires de señor que se merece el respeto adecuado hacia la tierra prometida, hacia mi único objetivo natal.

Atravesé los montes más inhóspitos, las lluvias más heladas. De tanto en tanto, ayudado de mi sabia brujería, logré empañarle la mirada a unos inocentes arrepentidos de sus crímenes cometidos, y enmudecí con un pequeño truco sus ansias de blasfemia. Era entonces el juez prometido.

Pero luchando contra los vientos del oeste y la densa niebla que humedecía mis pasos, caí en la trampa de los obligados. Tenían los ojos como el tiempo y las manos como el oro recién fundido. Y apresado entonces entre aquella jauría glotona, intenté con mis hechizos deshacerme del infortunio que anidaba en mi garganta los pasos que me seguían, pero su magia era superior. Me sentía hiena entre leones.

Pronto olvidé lo que me había enseñado mi maestro, entonces me liberaron y dejaron ser de mi lo que ellos eran. Comí de su pan y bebí del mismo vino. Dormí entre sus mujeres y anidé una familia. Atrapé a mis semejantes y los enterré conmigo.


El halcón

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Por Sergio A. Amaya Santamaría


Era una tarde borrascosa, con esos vientos fuertes, que arrastran la arena del desierto y cubren la ciudad. Los autos, a pleno día, circulaban con las luces encendidas. Un hombre joven, solitario camina por la calle, con el cuello de la chamarra subido hasta las orejas y deteniéndose la gorra de beisbolista con una mano, para evitar que el viento se la arrebate; por lo demás, la calle se encuentra vacía de viandantes, todos a cubierto, en espera de que amaine el viento para volver a las actividades regulares.

El joven alcanza la entrada del enorme templo de la Divina Misericordia y se refugia en él. Ocupa una banca del fondo y mira en todas direcciones, esperando no haber sido seguido. Acaba de escapar milagrosamente de un ataque de sicarios, dos de sus compañeros cayeron abatidos por los “cuernos de chivo”, entonces piensa:

«Por qué razón me metí en esos asuntos de pandillas, yo era muy chamaco, pero eso no es justificación. En mi casa mi madre me pedía dinero para los gastos, pero yo no trabajaba y había dejado los estudios, me pasaba el día en la calle, con los amigos del barrio. Pero qué podía yo hacer, no había dinero para mandarme a la escuela y en las maquiladoras no me daban trabajo, pues era yo menor de edad y no sabía hacer nada. Así fueron pasando los meses, hasta que un buen día se nos acercó un bato, cargaba la pura “feria” y nos invitó unos “burritos” y pues qué, “a la gorra ni quien le corra”; luego nos pagó unas sodas, alguno de mis cuates se tomó una cerveza. El bato era del barrio, solo que de los mayores de edad. Al otro día nos invitó al billar y entonces nos la soltó: Nos ofreció trabajar con él, chamba fácil, unos a vender “grapas”, otros “carrujos” y los mas chavales, como “halcones”, solamente teníamos que aprender a usar un radio y, puestos en el lugar asignado, avisar cuando viéramos a la “chota” o a los militares, eso era todo, estaba sencillo el jale y nos daría, a los halcones como yo, quinientos varos a la semana, una buena lana que nadie nos pagaría. Para que viéramos que era derecho el tiro, nos pagó la primera semana para que aprendiéramos bien la onda. Cuando le llevé a mi madre unos “varos”, no me preguntó de donde los había sacado, así que no le di ninguna explicación; finalmente había feria para comprarle comida a mis carnalitos.

Una semana después, tuve mi primer jale, me dejaron en una esquina del Eje vial Juan Gabriel y solamente debería avisar en caso de ver las camionetas de la chota o los soldados; luego me enteré que calles arriba habían ejecutado a unos compas de la otra banda, pero, me dije a mi mismo, yo no había intervenido ni visto nada, no habría problema. Así pasaron varios meses, nos ocupaban dos o tres días a la semana y nos pagaban los sábados. Cuando me empezó a dar miedo, fue cuando dos de mis cuates fueron baleados, los dos llevaban “grapas” para vender y les cayeron los contras. No nos dejaron ir ni al velorio, pues sabían que nos estaban buscando. Varios días después, el bato nos llevaba en su carro para dejarnos en nuestros puestos de vigilancia, éramos tres halcones; cuando llegamos al primer lugar, en la Valentín Fuentes, se nos emparejó una troca negra y empezaron a rafaguearnos, el bato y dos de mis cuates recibieron los disparos en la cabeza y yo me pude escabullir, me escondí entre los carros y cuando vi que la troca se iba, empecé a correr rumbo a la Ejército, ya se escuchaban las sirenas de las patrullas. Aquí estoy ahora, sin saber qué hacer o a quien buscar. Ayúdame, Diosito, no permitas que me vayan a encontrar»

Sus pensamientos se cortaron con brusquedad cuando una de las puertas se abrió de repente, dando paso a una procesión de personas que portaban velas y flores y que iban cantando al Señor de la Misericordia. «Yo entendí que Dios me estaba dando otra oportunidad. Con los ojos llorosos me integré a la procesión, alguien me pasó una vela encendida y traté de cantar junto al grupo, eran canciones que escuchaba cuando mi madre nos llevaba a la iglesia, ahora ya no, pues tiene miedo de andar por la calle. Me iré unos días a casa de una tía, le pediré que avise a mi madre y seguiré buscando trabajo para volver a la escuela. Espero ahora tener mas suerte. Los cantos cesaron y dio principio una celebración, yo lloré arrepentido y sentí que los rayos de luz que salen de las manos del Señor, me cubrieron con un suave calor»


Noviembre 13 de 2011 - Ciudad Juárez, Chih.

El arcón del abuelo

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Por Sergio A. Amaya Santamaría


En el desván de la vieja casa de los abuelos, durante toda nuestra vida habíamos visto un arcón con cinchos y herrajes de hierro, cerrado con un viejo candado medio oxidado; nuestra curiosidad infantil, nunca fue satisfecha y el trebejo pasó al cajón de los olvidos. Luego nos fuimos casando y haciendo vida en sitios diferentes. Cuando llegaron nuestros hijos, seguimos visitando a nuestros padres en aquella vieja casona tan llena de recuerdos. El jardín de antaño, se había reducido por la apertura de la calle, pero la galería era la misma y los árboles en que hicimos nuestras travesuras, seguían allí, mas añosos, mas nudosos, como manos artríticas, pero siempre presentes, en espera de abrazarnos con nostalgia.

Cierto día de vacaciones, ayudaba a mi padre a hacer limpieza de cosas inútiles y entonces volvió a aparecer el viejo arcón. Verlo mi hijo de ocho años y trepar en él, fue el mismo instante. Emocionado, pensando tal vez en tesoros de piratas, pidió a su abuelo que lo abriera. El viejo se hizo el remolón unos momentos, hasta que finalmente aceptó que no lo había abierto nunca, pues la llave se encontraba perdida desde hacía decenas de años, motivo por el cual nunca lo abrió para nosotros, pues le dolía tener qué romper algo que él consideraba una obra de arte artesanal. Sin embargo, son mas efectivos los ruegos de los nietos que los de los hijos y con una sonrisa de complicidad hacia su nieto, tomó un martillo y un cincel y de dos certeros golpes, el viejo candado cayó al suelo.

Los tres nos quedamos expectantes, tal vez cada uno tuviera el presentimiento de que algo o alguien pudiera salir. El mas decidido resultó mi hijo, quien sin mucho pensarlo levantó la tapa. Una fina capa de polvo cubría un paño rojo que tapaba el contenido, en las esquinas se veían algunas telarañas, pero sin temor alguno, el niño levantó el paño, dejando al descubierto un antiguo casco de acero con incrustaciones de bronce; el niño lo tomó con reverencia y se lo puso decidido, cuando volteó a mirarnos, el chico se desvaneció de nuestra vista. Cuando abrió los ojos, se encontraba en el bosque, cubierto con una capa roja, una camisa de seda y calzones de manta cruda; sus pies estaban calzados con zapatos de cuero con correas que le llegaban hasta las rodillas y portaba una espada de doble filo. Desde luego que no era un niño, sino un hombre de unos 20 años y se movía con cautela, sin hacer ruido para no ser descubierto. A través de los matorrales vio a un hombre que depositaba en un agujero, un pequeño cofre, aunque ya casi anochecía, memorizó el lugar, era junto a un árbol grande, un roble que crecía junto a unas grandes rocas. El hombre terminó de tapar el agujero y luego puso ramas sobre la tierra removida, a fin de que pasara desapercibido. El joven se tiró al piso, sobre la hierba, para no ser descubierto por el hombre, quien pasó a pocos pasos de él, pero ya lo ocultaban las sombras del bosque.

Dando un gran rodeo para no despertar sospechas, el joven volvió a su campamento, donde ya se asaba un cordero, que daba vueltas entre las llamas de la fogata, los soldados, sus compañeros, gritaban y juraban en tanto lanzaban los dados y bebían el vino en copas metálicas. Pasaron los años y sobrevivió a varias guerras; con un brazo casi inútil a resultas de una herida, el muchacho salió del ejército y volvió a aquel bosque de su juventud. Tenía algunos ahorros y pudo comprar las tierras donde estaba el viejo roble; junto con las tierras venía un fuerte macho de tiro y los aperos de labranza. El muchacho trabajó la tierra y se hizo rico, se casó y tuvo cuatro hijos, tan trabajadores como él mismo. Nunca desenterró el cofre, suponiendo que siguiera en el sitio, pero encontró el verdadero tesoro que encerraba esa ilusión. El trabajo constante y honrado, enriquecen al hombre, si no de oro, sí de una fuerte familia.

Cuando se sentía abrumado por los problemas y la responsabilidad, se sentaba sobre las grandes piedras, a la sombra del viejo olmo; el viento movía sus ramas, que parecían querer abrazarle; entonces pensaba en el cofre y llegaba a la misma conclusión: Lo que contuviera ese cofre, no le pertenecía, lo único suyo era esa tierra y esa familia que había formado.

De pronto sintió algo frío sobre la cara y escuchó la voz de su abuelo, quien le preguntaba si no se había hecho daño al caer, pues el peso del casco lo había tirado. El niño se levantó y echando los brazos al cuello de su padre y su abuelo, solamente les dijo: Los quiero mucho.

Agosto 22 de 2011 - Ciudad Juárez, Chih.

Desechos de guerra

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Por Sergio A. Amaya Santamaría


Allá por aquellos años de la guerra de Corea, era frecuente encontrarse en las calles con excombatientes lisiados; algunos heridos del cuerpo, otros lesionados en la mente, todos minusválidos del alma. Tenían el alma rota de ver tanta destrucción y tantas vidas truncadas, al igual que ellos, eran hijos, nietos, padres, hermanos, novios o esposos; unos profesionistas, oficinistas u obreros otros, pero todos entrenados para lo mismo: para matar.

La pandilla de chamacos le rodeaba y la guerra se les figuraba una aventura heroica y siempre estaban a la caza de algún repatriado que les relatara sus aventuras. De los primeros que volvieron, se recuerda a un hombre manco, le faltaba el brazo izquierdo desde la axila, según relataba los primeros días, su pelotón fue sorprendido por francotiradores en una aldea perdida en la selva; en cierto momento, sintió un golpe en el brazo y cayó de espaldas, no le dolía nada pero sabía que había sido herido, el encargado de sanidad del pelotón se arrastró hasta llegar a su lado y le puso una inyección de morfina y le taponó la herida con gasa y algodón, en cuanto fue posible lo trasladaron a un hospital de campaña y luego de una convalecencia de dos semanas, fue repatriado.

Hasta ahí, sería una historia común, con cientos o miles de hombres de vidas destrozadas. Este hombre era soltero, pero había dejado novia antes de partir a la guerra; al volver, la relación se fue enfriando de a poco, hasta llegar al rompimiento. El muchacho, sin empleo, vagaba solitario por el pueblo; en los días de frío, envuelto en su viejo abrigo militar y una gorra de beisbol de los Yankis. En algún momento empezó a quejarse de dolores en el brazo izquierdo, sentía que se le adormecían los dedos y un dolor intenso le iba subiendo hasta llegar al hombro. Algunos lo escuchaban sonrientes, volteando el rostro para que no vieran las sonrisas burlonas; otros lo escuchaban con conmiseración y luego se alejaban de él. Solo había un viejo, tan anciano que parecía que siempre había estado en el pueblo, pues los abuelos lo recordaban ya como un hombre mayor. Este hombre lo escuchaba y hablaba con él, hasta que el dolor de su brazo remitía. Le hablaba del alma, del dolor de su alma al haber visto tantos hechos violentos. Su hablar era mesurado, su voz profunda y cálida, lo iba llevando a un estado de hipnosis y lo llevaba a revivir esos tristes momentos, pidiéndole que los dejara allá, en el pasado, ahora ya no le podían hacer daño. Lego lo iba llevando al momento de su herida, le pedía que viera su cuerpo ensangrentado y la ausencia de dolor al recibir la inyección de morfina. En ese estado, le pedía que observara cómo los médicos le retiraban los restos de su brazo y le hacía comprender la pérdida y la aceptación de ella, por lo tanto, en su vida actual ya no había dolor.

Este proceso se repitió varias veces y la mejoría se fue haciendo notar. El muchacho dejó de vagar, se aseó debidamente y se propuso terminar sus estudios, luego fue a la Universidad y realizó estudios de Leyes en una prestigiosa Universidad, aprovechando las becas que otorgaban a excombatientes heridos en combate. Cuando terminó exitosamente sus estudios, volvió al pueblo. Seguía siendo el mismo manco, pero ahora vestía un sencillo traje, con camisa y corbata y tenía un despacho abierto, donde atendía sin costo a excombatientes, ahora vueltos de Viet Nam.

Del viejo no se supo más, pero algunos aseguran que lo han encontrado en otros pueblos, ayudando a personas con problemas similares a los del Abogado. Mas adelante, el hombre manco se casó con una buena mujer, a la que no le importa que la abrace con un solo brazo, pero sabe bien que lo hago con el alma. Pertenece también a una asociación de pacifistas que pugnan porque no se siga promoviendo la guerra. Si quieres unirte al movimiento, te recibo con un abrazo, si no te importa que lo haga solamente con un brazo.

Agosto 26 de 2011 - Ciudad Juárez, Chih.

Caminando en el pasado

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Por Sergio A. Amaya Santamaria


El hombre descendió del autobús, era la primera vez que estaba en esa ciudad y todo se le hacía nuevo. El viaje desde la ciudad de México les había tomado toda la noche. La mañana era fría, con un viento que calaba los huesos, entro al recinto de la terminal y el ambiente era tibio, recogió su equipaje y salió en busca de un taxi que lo llevara al centro de la ciudad, donde le habían reservado una habitación. Viviría en un hotel en tanto conseguía una casa de huéspedes o una habitación donde vivir de manera permanente. Su trabajo consistía en analizar las posibilidades y conveniencias de establecer una sucursal de la empresa que representaba, Por lo que su trabajo solía tomarle varios meses de investigación. Luego de desempacar sus pertenencias en su habitación, se dio un baño y bajó a desayunar; ya iría buscando sitios más hogareños para hacer sus alimentos. Era domingo y podía dedicar el día a ir conociendo la ciudad, así es que, luego de desayunar, salió a recorrer las calles, animadas a esa hora de la mañana, pues las familias salían a Misa y a pasear a los críos.

En el jardín principal, en un hermoso kiosco de estilo Art Nuvou, se encontraba ya preparada la Banda Municipal para dar principio a la serenata semanal, hermosa y tradicional costumbre que se seguía cultivando en las ciudades medianas de provincia. Por una de las callejas que accedían a la plaza, vio al final de ella una vieja iglesia y de inmediato sintió que ya conocía ese paisaje. Sin pensarlo empezó a caminar en esa dirección. Había construcciones nuevas que no reconocía, como las instalaciones de la telefónica y su horrible torre metálica forrada de antenas repetidoras. Llegó a la calle y miró el nombre, Manuel Doblado, la calle era la misma, pero el nombre no, la recordaba empedrada. Miró el campanario del templo y pisó el atrio. Cuántos recuerdos vinieron a su mente…. Se vio como Sacerdote, ya viejo, arrastrando los pies para llegar al confesonario, escuchando a las beatas de siempre. Entró al templo y casi con los ojos cerrados se llegó a la Sacristía, no había persona alguna y abrió el armario, en el fondo estaba “su” sotana, vieja y descolorida. Salió por la puerta trasera a un patio interior, un joven Sacerdote lo vio y se dirigió a él.

—Buen día, hermano, ¿puedo ayudarte?

—Gracias, Padre, respondió desconcertado, he llegado hasta aquí de forma inconsciente, aunque todo se me hace conocido y nunca había venido. Tal vez piense que estoy loco.

—No, nada de eso, respondió el religioso, entiendo bien de lo que hablas y te sorprendería saber que no me eres desconocido. No es la primera vez que me ocurre, aunque hasta hoy no encuentro explicación a ello.

Los dos hombres se sentaron en una banca de cantera, a la sombra de un manzano y platicaron como dos hermanos que se reencuentran, luego de una larga ausencia. Es la rueda de la vida, de giro infinito e interminable. Los rostros cambian, los tiempos son otros, pero las almas son las mismas y se reconocen a través de las eras.

El hombre salió del templo y echó a caminar por esa vieja calle de sus recuerdos, en esa ciudad en donde nunca había estado…. ¿Nunca?

Compró un helado y se fue a comerlo sentado en una banca, escuchando la amable música de la Banda durante la serenata dominical…

Agosto 14 de 2011 – Ciudad Juárez, Chih.

Una tarde en el museo

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Por Sergio A. Amaya Santamaría


Una tarde de otoño, cuando el viento abusivo deja en huesos a los árboles, me refugié en la tibia soledad de un museo pictórico, tal vez por la hora, casi la hora del almuerzo, las salas estaban desiertas; los vigilantes reposaban en algún rincón. Yo me fui a sentar en una banca, frente a una gran pintura de Velasco, la “Vista del Valle de México, desde el cerro del Tepeyac”. El contemplar esa magna obra siempre me ha parecido relajante. Mi vista se perdió en la lejana ciudad y yo perdí la noción del tiempo.

De pronto miré desconcertado a mi alrededor, pues me encontraba sentado en una vieja banca de un templo desconocido para mi. Eran unas cuantas bancas las que amueblaban la nave, en los muros, algunos frescos desteñidos. Me pareció curioso que el altar estuviese adosado al muro del retablo, pues esta costumbre había cambiado a partir de los 60’s, para que el oficiante estuviera de frente a la asamblea. En el retablo, una imagen de la Virgen de Guadalupe, pero era un cuadro medio ahumado, descolorido, las velas encendidas llenaban de humo y penumbra la casi vacía nave. A un costado, en el muro de la derecha, viendo de frente hacia el altar, un púlpito tallado en madera. Sentados en el suelo, grupos de indígenas de calzón blanco y huaraches, los hombres y niños; las mujeres con faldas de franjas de colores y blusas de manta con bordados rústicos, los rebozos ocultaban los implorantes rostros y los sombreros de palma de los hombres estaban esparcidos a su alrededor. Buscando algún sentido a la situación, salí del templo y miré a lo lejos un extraño paisaje. En un primer plano, una breve arboleda y un caserío, mas bien era como una vieja hacienda, en un segundo plano, un pequeño cuerpo de agua; en un plano intermedio, una ciudad grande donde se podían apreciar las torres de una iglesia; luego de la ciudad el brillo del agua de lo que parecía un gran lago; mas al fondo una serranía y en el horizonte lejano, los volcanes del Valle de México, el Popocatepetl y el Ixtaccihuatl. Entonces reconocí el paisaje, era el mismo que pintó José María Velasco, pero, ¿cómo era posible?

Entonces miré hacia un lado y vi al pintor haciendo bocetos del mismo paisaje, era un hombre de mas de cuarenta años, con una noble barba que le llegaba al pecho, intenté hablarle, pero parecía no mirarme, totalmente concentrado en el paisaje y en su cuaderno de bocetos. El viento tibio acariciaba mi rostro y jugaba con el cabello del maestro. A lo lejos, unas columnas de humo blanco se desprendían, tal vez, de unas ladrilleras ubicadas en las orillas de la ciudad, algunas personas caminaban por el sinuoso camino real con rumbo al cerro de La Villa. Una honda emoción me envolvió al contemplar la ciudad y el famoso Lago de Texcoco. Caminé un poco rumbo al caserío a fin de encontrarme con los caminantes, pero pasaron sin mirarme. El sol del atardecer alargaba las sombras y yo me senté a la sombra de una gran nopalera, pensaba en la locura que estaba viviendo, ¿cómo era posible estar dentro del cuadro?

De alguna manera no sentía miedo, pues la maravillosa vista del Valle ocupaba todo mi entendimiento, levanté la vista hacia el maestro, quien continuaba dibujando en su gran cuaderno. La brisa en el rostro me hizo abrir los ojos y contemplé un ventilador que alguien había encendido. Un guardia pasó enfrente de mi y me lanzó una mirada escrutadora, miré la esfera de mi reloj y vi que iban a dar las cuatro de la tarde; de alguna forma se me habían ido mas de tres horas frente al cuadro de Velasco, me levanté medio entumido y salí del museo. La calle empezaba a tomar el ritmo de actividad vespertino y el viento jugueteaba con las hojas, formando remolinos. Abordé un autobús y me dirigí a mi casa. Nadie me creería esta historia. Era solamente mía.

Julio 11 de 2011 - Ciudad Juárez, Chih.

Averno

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Por Guillermo Ezequiel Tibaldo


A través de un bosquejo, dejó sus ideales enmarcados en su propia historia. No gozaría del respeto merecido ni por un segundo, y tampoco sus pasiones le darían el consuelo necesario para librarse de aquel destino. Pero danzando sobre fuego y alimañas, sabría que en algún momento debería detenerse para acordar con el ángel o el diablo, o quizás con ambos.

Colocó aquel escrito en una sobre blanco pequeño, y con una de sus lágrimas lo selló por completo, dejándolo debajo de una vela consumida y apagada desde el día anterior. Se puso una bata floreada y caminando con los pies descalzos sobre un piso húmedo y cubierto de hojarascas, soportó junto a aquel frío su propia condición.

Algo en el aire se despedía también de ella. Un cierto recelo de humo la desvelaba por completo y le recordaba cada vez con mayor profundidad a dónde llevaba ese camino.

Pronto tomó un frasco pequeño con un líquido violáceo y lo bebió de un solo trago, hasta el punto que sus rodillas reclinaron en el suelo y sus ojos se pusieron pardos hasta apagarse por completo.

Se sienta nuevamente sobre la cama vacía otro nueve de abril, sabiendo que es lo que hará el resto del día como si fuese un muñeco programado. Prepara todo lo necesario y ruega porque sea la última vez en que deba despedirse.

Pero quién decide su propio destino, acepta no tener más causas por las cuales luchar.

Ausencia absoluta

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Por Sergio A. Amaya Santamaría.


El hombre abrió los ojos, pero la obscuridad era total,… ¿en dónde estaba?, no recordaba nada de las últimas horas. Se puso la mano frente a la cara, pero no lograba mirarla, era la ausencia total de luz. Temeroso se incorporó, aparentemente se encontraba acostado, no sabía si en una cama, un catre o una simple tabla. A tientas tocó lo que debería ser la pared del recinto en que se encontraba, fue deslizando la mano hacia arriba, pero la altura superaba su propia estatura. Con cuidado, arrastró un pie hacia el frente, al sentir que el piso continuaba, dio un paso; repitió la operación, pero antes de terminar lo que sería un paso, percibió que el piso terminaba, se hincó y con la mano fue tanteando el piso hasta que llegó al borde. Lentamente palpó con la mano hacia abajo, lo que pensaba sería una banqueta, pero no pudo tocar el fondo. Dentro de su angustia, trataba de imaginarse la geometría que tendría el recinto.

Desesperado buscaba alguna luz que le indicara la salida de esa zona obscura, no se miraba ninguna claridad. Instintivamente se acercó a la pared y se puso en pie. Lleno de miedo ante lo desconocido, empezó a avanzar dando pasos laterales, con las manos extendidas, como en cruz, intentando aferrarse a ese muro liso e invisible a su vista… Paso a paso…., lentamente….. ¿Qué le había ocurrido?.... Como entre brumas le llegaba algún recuerdo. Había dejado a su novia al salir de la escuela y luego se dirigió a su casa. Lo último que recordaba es que había abierto la puerta de la vivienda y dar un paso hacia el interior.... Ahí terminaban sus recuerdos... Luego de un espacio de tiempo indeterminado, empezaba esa pesadilla…., esa obscuridad, pesada, pegajosa, indescriptible, aterradora. ¡Pero qué torpe!...., no contó las pasos dados desde que se separó del lugar donde estaba acostado,… bueno, no importa, de cualquier forma no se percibe nada,… la nada,…. ¿por qué hablo de la nada?, eso no existe, no es mas que un concepto que indica ausencia absoluta,… ¡pero qué tonto!, no es momento para razonamientos filosóficos, debo salir de aquí,… ¿pero cómo?.... Seguía avanzando,… paso a paso. De pronto su mano palpó el final del muro y una sensación de frío le recorrió la espalda, la saliva se le hizo amarga y sintió deseos de llorar; el miedo le estrujaba el estómago. A falta de otra referencia que le diera cierta seguridad, continuó con la espalda en el muro y dobló en esa esquina.

Nuevamente se hincó a fin de corroborar el ancho de la banqueta, pero ¡oh, sorpresa!, a menos de un paso su mano topó con otro muro, esa era una especie de callejón. ¿Qué debería hacer?, seguir esa dirección, o intentar continuar en el plano de enfrente. Pero algo estaba cambiando, empezó a escuchar susurros, como voces lejanas….. Voces y otros ruidos apagados,… ¿llantos?,….. ¿rezos? La sensación de miedo creció… Empezaba a recordar…. Pero fue tan repentino….. ahora lo miraba con mas claridad…. Abrió la puerta de su departamento… Dio un paso para entrar…. Fue todo tan violento…. Escuchó un estruendo y sintió un golpe en el pecho. Escuchó gritos y llantos y a alguien corriendo. Empezó a caer, a caer a un pozo profundo, obscuro y silencioso. Obscuridad y silencio y luego esa sensación de encierro, sin oriente, sin presente, intemporal. Luego ¡nada!


Julio 2 de 2011 - Ciudad Juárez, Chih.

El Puente

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Por Sergio A. Amaya Santamaría


Era a finales del siglo XIX, la ciudad de Guanajuato gozaba de una riqueza que iba en decadencia, pues las otrora florecientes minas de oro y plata, se agotaban irremediablemente.

La ciudad disfrutaba de la modernidad del alumbrado público con gas, excepto en el cercano poblado de Tepetapa, donde a partir del ocaso del sol, las calles se tornaban sombrías y peligrosas; el viejo puente de piedra, bajo el cual corrían las aguas de un traicionero arroyo, era refugio de pordioseros, vagabundos y perdularios. Muy temprano cruzaban los carromatos cargados de mercancía, generalmente hortalizas, que se venderían en el recién estrenado mercado Municipal, obra costosa y elegante que Don Porfirio había inaugurado hacía poco, pero para los verduleros poco o nada significaba en sus vidas.

Casimiro era un viejo que sobrevivía arrastrando un carromato de mano cargado de lechugas y rábanos a cambio de unas cuantas monedas y un rincón donde echar un jergón pulguiento. Las viejas beatas procuraban no cruzar por el puente al caer la noche, pues se decía que el demonio, en forma de una bella mujer, rondaba por esos sitios, en espera de almas cándidas que llevar a sus dominios. Casimiro no hacía caso de tales consejas, no es que fuera muy valiente, pero ya estaba cansado de esa vida solitaria y vacía; sus seres amados hacía ya tiempo que se habían marchado, Micaela, su mujer y compañera de toda la vida, tenía mas del año que un día había amanecido muerta a su lado. Sus hijos, ingratos…. Un buen día se cansaron de la vida miserable que llevaban en el pueblo y se habían marchado, solo Dios sabría a dónde, nunca mas volvieron, ni siquiera enviaron un recado para saber que se encontraban bien. ¡A qué pues vivir! ¿A quien esperar?, ¿Quién le esperaría con una sopa caliente al volver por la noche?

En esos pensamientos venía el viejo, empujando el carromato al final del día, ya era tarde, el nuevo alumbrado de gas rompía las tinieblas del pueblo, pero al llegar a Las Crucitas empezaba nuevamente la obscuridad. Hombre acostumbrado a ello, Casimiro no tenía problemas para seguir el camino correcto. La calle se encontraba completamente sola, algún perro ladraba solitario, solamente se escuchaba el rebotar de las ruedas del carromato sobre el empedrado de la calle; el hombre se santiguó frente a la capilla quitándose el gastado sombrero y siguió adelante. En algún momento sintió un viento frío que le sopló en la nuca, se estremeció, pero no dio importancia, pues es común que al caer el sol los vientos tiendan a enfriarse. De pronto, frente a él apareció la mujer, brillante y vestida de blanco, parecía flotar sobre el empedrado; su rostro era hermoso y su cuerpo incitante, aunque hacía tiempo que el demonio de la lujuria había abandonado el viejo cuerpo de Casimiro.

—¿A dónde te diriges, buen hombre?, preguntó la mujer.

—A donde mi Dios me llame, señora, respondió sin levantar la vista.

—¿Sabes que es peligroso andar por estos caminos por la noche?

—La vida toda es peligrosa y por alguna razón mi Dios me ha mantenido durante tantos años.

—¿Será que eres muy valiente?

—Mas bien es que soy muy viejo, señora y si algo me ocurre, santo y bueno; así lo tendrá dispuesto mi Dios y ¡hala, a un lado que tengo prisa!

—Además de viejo, eres insolente, ¿sabes que te puedo llevar al infierno?

—Mas bien sería sacarme de él, lo que te agradecería.

La mujer quedó desconcertada por la respuesta y pensó: «Pues sí que tiene razón el viejo, la vida que lleva ya es un infierno, mejor que siga en él»

—Tienes razón, viejo, sigue adelante, hasta que tu Dios te libre de tu infierno.

Casimiro ya casi ni escuchó lo último que le dijo la mujer, siguió empujando su carromato y salió del puente de piedra y siguió su camino, perdiéndose en las sombras del pueblo.


Junio 5 de 2011 - Ciudad Juárez, Chihuahua.

Fantasma

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Por Guillermo Exequiel Tibaldo


Mis amigos y familiares me hablaban hacía rato de aquel fantasma, decían que consumía a nuestros semejantes y los reducía a la miseria. También decían que cada vez faltaba menos para que también nos encuentre con sus luces fantasmagóricas, y con sus largos brazos para enredarnos sobre su cuerpo.

Supuse que como todas las historias paganas, ésta debía de ser una de las tantas que deben producir en el fondo del alma algún temor hacia lo desconocido y quizás fue por esta inquietud que decidí atreverme a desafiarlo. Marché en la quinta luna del año, luego de haber discutido con los que intentaban detenerme. No podrás regresar, me dijo mi madre con un abrazo.

No los escuché. Quería acabar con aquella farsa y demostrarles hasta dónde había llegado la imaginación de nuestros ancestros. Por otra parte, debo decir que sentía un suave orgullo asomando altivo en mi cabeza cada vez que lo pensaba.

Llegué a la tercer noche, caminando sobre un rocío insoportable que helaba mis piernas. Reconocí la morada de la bestia que con ardua paciencia mi padre me había descrito, le temía a mis espaldas, a un ataque sorpresivo.

Decidí adentrarme por los caminos dibujados y en lo que parecía la entrada a una cueva. Me introduje sin recelo por todos sus pasadizos en busca de la respuesta para aquella incógnita, y entre tantas vueltas olvidé mi camino de llegada.

Entonces lo vi. Con los pies sobre la tierra y las mil bocas fantasmales hablando de sus propios engaños y diversiones. Ya no podía regresar.

El fantasma me había devorado.

Efigie

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Por Guillermo Exequiel Tibaldo



Mis asuntos se perturbaban. Algo extraño, tal vez sobrenatural, acababa de ser percibido por mis sentidos y aquel instinto provocado me invitaba a deshacerme de la duda. Y a pesar de sentirme seguro en mis pasos, no sabía si sabía de esa cosa extraña, tanto como podría saber ella de mí.

Mientras tomaba anotaciones e intentaba relacionar con impaciencia lo que iba descubriendo, sentí bajo la puerta una brisa deslizarse con la suavidad de un asesino. Sentí junto a ella a mi rival, que aunque todavía nebuloso, se hacía cada vez más evidente.

Salté por la ventana como un loco convencido de su perfecto estado de salud, intentando alejarme firmemente para que perdiera mi rastro en el trayecto. Pero fue por haberme escondido en el taller de trabajo que él supo encontrarme; la brisa se expresaba ahora en violentas ráfagas y la puerta parecía querer ceder a sus impulsos.

Luego el viento cesó y noté una sombra en la ventana, quizás dispuesta a prepararme para su festín. En poco tiempo, la tierra cubrió los cristales y un polvo frío se apoderó de mis pies, ascendiendo con lentitud hasta mi cerebro e intoxicándolo con su veneno.

El artista pudo terminar su obra de arte.

Estertor

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Por Guillermo Exequiel Tibaldo


Las olas llegaron luego del canto de las gaviotas. Humedecieron sus pies como lo hacen sobre una hoja de papel las lágrimas de una niña ante una desdicha infantil. Miró en la lejanía del mar y se dispuso preparado para perderse en las profundidades del océano, que aunque sin añoranzas, estaba predestinado a recorrer.

Sus ojos se limitaron a parpadear lo mínimo, para no perder la oportunidad de aquella magnitud solar que se perdía en el horizonte, y se preguntó si acaso algún día volvería a ver un ocaso de semejante belleza. Era inevitable que el también se emocionara y un surco se dibujara en su pálido, aunque sonriente rostro.

Intentó correr unos pasos atrás para disfrutar aquella agonía unos segundos más, cuando la última ola lo arrastró consigo.

Cuando todos aquellos granos de arena dejaron de ser la ilusión de un muchacho, sobre la playa desnuda.

El papalote

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Por Sergio A. Amaya S.

Es una tarde relativamente fresca en la playa de la Bahía de Santa Lucía. El viejo muelle, casi olvidado, se recorta a la derecha, al fondo, la llamada “Punta del elefante”, con sus construcciones que parecen encimadas. La bocana, en apariencia cerrada por “La roqueta”.

A la izquierda se yerguen los grandes hoteles; en la costa del frente, al otro lado de la bahía, los conjuntos de vivienda de las clases pudientes. En esta playa, es lugar de pescadores; en la noche se miran las lámparas de la lanchas como luciérnagas sobre las ondulaciones del mar. Muy de mañana, los pescadores vuelven a tierra y empiezan a jalar las redes por medio de cuerdas interminables. Con suerte, la pesca será buena y podrán obtener lo suficiente para el gasto del día y el pago de los insumos empleados en la labor. Esto ha sido igual para padres e hijos, sin esperanza de cambio.

El niño, recostado en las dunas, mirando el cielo vespertino, con esas nubes que avanzan hacia algún lugar remoto y desconocido. El chico piensa ¿serán las mismas nubes que vi ayer? ¿Cuánto tiempo tardarán en darle la vuelta al mundo? La tarde avanza y el viento arrecia. El muchacho se levanta y va a la sombra de una palmera, donde tiene atado un papalote de color rojo. Esa misma mañana lo había construido y estaba presto a probarlo; le había hecho una larga cola con trozos de tela vieja y disponía de una buena cuerda. Lo desató y sintió luego el tirón del viento, se dio cuenta que el papalote tenía vida.

En su pueblo, a ese juguete le llaman “culebrina”, sabe que en otras partes les nombran “cometas”, pero él prefiere llamarle “papalote”, pues su padre le dijo alguna vez que esa palabra se deriva de la voz nahuatl papalotl, que quiere decir mariposa.

Ya preparado, lo expone al viento y el juguete se eleva majestuoso, juguetón según las corrientes de aire que lo impulsen…. Y se eleva…., se eleva hasta tocar las nubes, cuando ya es solo un punto en el cielo azul, el niño sabe que está volando, pues siente la tirantez de la cuerda.

Una pandilla de chiquillos amigos de él, se reúnen a su alrededor y uno a uno van probando la fuerza del papalote. Unos ríen divertidos, en tanto que otros hacen gestos de asombro, pues ya no ven el rojo juguete, pero sí lo sienten.

De pronto la cuerda se vuelve fláccida y el niño la enrolla con rapidez, tratando de recuperar su juguete, pero es en vano, el papalote se ha ido. Las caritas de los niños reflejan la tristeza por el bien perdido; pero el dueño del papalote no llora, mira con orgullo hacia el cielo infinito pensando: “El papalote ha recuperado su forma original, ahora es una mariposa que vuela a encontrarse con su familia, vuela hacia donde el viento la lleva. Aquí estaré todos los días, pues, cuando las nubes terminen de volar alrededor del mundo, la mariposa roja volverá a mi”

Desde entonces y de eso ya han pasado varios años, el niño, ahora un joven pescador, llega por la tarde y se acuesta en la arena a mirar el cielo azul, sin perder la esperanza de, un día, ver el regreso de su papalote, o culebrina, como le llaman en mi pueblo.

La tarde va declinando y es hora de hacerse a la mar, en busca del diario sustento, como hizo su abuelo, como lo hizo su padre y como lo harán sus hijos.

Julio 18 de 2010 - Ciudad Juárez, Chih.

Utopía superior

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Por Guillermo Exequiel Tibaldo


Imaginé la vida por primera vez detrás de un cristal creyendo que la conexión entre las cosas debía estar hecha por alguna razón, y afirmando que las desgracias que escuchaba, no podrían existir.

Pero la suerte quiso que mi mundo se convirtiera en una vida resignada. Una hurto hacia mi persona, puso a un lado mis defensas y me dejé caer. Se aprovecharon de mi cuerpo, y tomaron mi figura como el florero de una mesa.

Aquellas personas destruyeron la gracia de mi optimismo, que con tanto dinero y avaricias, se apropiaban como si fueran esenciales. Incluso los niños, cuya infancia debía haberme provocado amor para tolerarlos, no hicieron más que enturbiar mi mente al saber que algún día serían como ellos. Aquello que me tocaba ver, no era lo que yo quería imaginar.

Mi cuerpo rígido solo encontró la paz en las noches, cuando uniendo las estrellas pude tejer un mundo que no podría fallar. Aún disfrazado con esas prendas y convertido en un deseo popular, entendí que nunca nadie imaginaría la vida como lo hace un maniquí.

Valor de invernadero

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Por Guillermo Exequiel Tibaldo

Eran aquellas nubes pardas en la transparencia de mi ventana y una luna sin fuerzas suficientes para superarlas con su luz, las que me atemorizaban aquella noche de niñez en la que la soledad de mis padres, por primera vez, se ahogaba como un nudo en mi garganta.

Escuchaba ruidos sobre las paredes, también en el techo y en las esquinas de mi cuarto. Aunque prendía la lámpara, no se notaba más que mi temor azulado inundando el ambiente. Un hombre, me dijeron, tienes que aprender a ser un hombre.

Entonces cerré los ojos y callé, no grité cuando el viento pegó en las persianas con la misma fuerza que la de un animal enloquecido, ni cuando el vidrio de mi ventana cedió.

Porque imaginaba que estaba creciendo, que mis padres estarían orgullosos de saber que yo era un niño valiente, capaz de superar aquella prueba tan difícil. Todos esos murmullos terribles, los creía ahora un efecto natural. Por eso callé.

Y encerrado en ese silencio, alguien entró por mi ventana y con paso ligero se acercó hasta mi cama. Respiré lentamente y no hice caso a mis impulsos, porque sabía que tenía que aprender a no temer y a ser un hombre.

Pero no puedo olvidar el dolor de las lágrimas de mis padres al día siguiente, cuando vieron las sábanas con sangre, rodeando mi cuerpo desvanecido.


Amores fríos

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Por Guillermo Exequiel Tibaldo


Sabía desde el principio que debía resistir a la tentación. Solo pensar en lo que podría suceder si expresaba mis deseos, me producía unas latentes ansias de dejarme llevar por la locura.

Pero por otro lado, conocía también las desgracias que podrían recaer sobre mi cuerpo si me atrevía a ceder a mis impulsos, a completar la desdicha. No ablandaría mi semblante, ni siquiera con esa mirada cremosa e inevitable espada contra mis principios. No, no podría hacerlo sin temer las consecuencias.

Al fin, despejé mi mente y me propuse luchar contra ese demonio, contra esa injuria que me punzaba el vientre hasta hacerme sentir agonizar: no me derretiría antes que aquella estructura tan fría y cegadora.

Solo cuando hube acabado, me di cuenta de lo feliz que estaba, y lo bien que hacía sentir haber terminado con ese asunto.
En el fondo reconocía que el temor de volver a encontrarme con una textura semejante, no tardaría en regresar.

Porque encontraría incluso en los lugares más perdidos, otra heladería.

Vientos amargos

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Por Guillermo Exequiel Tibaldo



Se puso los zapatos y en menos de diez segundos se dirigía a su objetivo, en esos momentos en donde la melancolía personal atrapa aún más de lo que puede imaginarse, y donde resignarse se vuelve inevitable. El pasado se difundía con más fuerza, porque era de lo que más creía conocer.

A pesar de creer en una seguridad aparente, oyó su voz a la mitad del camino, que lo llamaba con la misma dulzura acostumbrada bajo las velas del anochecer, envueltos ambos en la manta de lana verde donde juraron ser agua y tierra.

Brotó de su mejilla una lágrima fría e interminable, pero no se volteó por temor a que su orgullo decayera para siempre. Su firmeza era débil en lo más profundo de sus sentimientos, por lo que no se atrevería a mirarla a los ojos, no podría hacerlo después de semejante traición. Si sus errores eran tan graves, mejor era que guardara en su memoria la idea de un hombre acostumbrado a superar cada batalla con el orgullo necesario para continuar.

Cerró los ojos, y saltó sin decirle adiós.

Juego de oráculo

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Por Guillermo Exequiel Tibaldo


Me gustaba despertarlos lentamente, para dejar que mi imaginación volara junto a la de ellos. Porque todavía entre sueños, escuchaban mi voz como si les diera una orden. Qué importante me sentía, yo sonreía y creo que era el único momento del día donde encontraba un espacio para completar ese sentimiento.

Era típico que les preguntara qué veían, porque tenía un claro deseo de poder conectar sus respuestas más allá de una interpretación psicológica, pensando en lo que podía llegar a generar si conectara las secuencias de lo que parecía un sueño, con lo que se manifestaba a un costado de la propia realidad. ¿Podía encontrarlo lógicamente? Siempre pensé que la interpretación de un externo podía más que la de uno mismo. Los observaba cada noche, a veces en silencio, a veces en lo oscuro, hasta que los despertaba suavemente.

Me acerqué a uno de ellos con la paciencia de un hombre acostumbrado al mismo trabajo rutinario, abriéndole los ojos a medias para comenzar mi sesión: pero los abrió por completo, al igual que el resto que yacían a su lado. Él me miró fijamente con los párpados desorientados y yo sentía una leve presión en el pecho que alteraba mis movimientos, desfigurando mi rostro sudoroso y dando punzadas a mi cabeza.

Fue la última vez que visité el cementerio.

Libertad eterna

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Por Guillermo Exequiel Tibaldo


Las telarañas que inundaban su corazón, de una manera tan profunda, lo obligaban a ceder a sus principios de voluntad, y a lo más especial de sus deseos.

Cada letra de aquel libro le impulsaban un odio espontáneo, y sacaban de su mente los peores momentos vividos. ¿Quién no hubiera deseado, en este caso, haber descubierto a tiempo aquella araña que con mucho cuidado encontró su lugar al costado de un corazón joven donde tejer sus redes?

Las imágenes lo atrofiaban aún más. Cada una de ellas estaba compuesta por una pasado obtuso e irregular, tal vez incluso hasta despreciable; conocía aquel el final, pero se resistía con miedo a seguir avanzando. Comprendía que no todos los hechos son dignos de recordar, incluso sabiendo que aún no han sucedido, y que uno puede estar equivocado.

El último capítulo humedeció sus ojos. Se estremeció en una triste melancolía, y cayó de rodillas sobre las piedras, agachando la cabeza.

Aquel libro, se había cerrado en el final, arrastrando con la última hoja el último suspiro del creador que le había dado vida.

Ceniza blanca

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Por Guillermo Exequiel Tibaldo

La urna con las cenizas de su abuelo, yacía rota sobre las baldosas moradas del comedor, y aquella brisa casi indiferente, las hacía remolinear hasta sus fosas nasales. No era producto de su imaginación aquel aire turbio.

Quiso pensar que se trataba de un error más, de esos que nos olvidamos en un tiempo, aunque en el fondo creía que a causa de esto estaría condenado a la mala suerte. De hecho, esa misma noche, sintió golpes en su dormitorio, tan fuertes como los de un tambor, junto a cadenas que se arrastraban como tiradas por un caballo.

Se cubrió el cuerpo entero con la manta gris de su cama, y cerró los ojos con fuerza: estaba convencido de que si no veía, jamás existiría realmente.

Pero esto se repitió cada noche. Durante el día podía ver en sus sus baldosas, extrañas rayas, y la madera áspera que habían golpeado con brutalidad; como todo misterio, al que incluso con miedo nos atenemos en desear descubrirlo, quiso averiguar de qué se trataba.

Así pues, una de esas noches en la que el ruido azotaba su sueño, se levantó colérico y abrió la puerta rápidamente: las cadenas, que giraban sobre si mismas, lo apresaron al mismo tiempo que una mano invisible lo sujetaba con fuerza. Las cadenas apretaron su pecho hasta que le rompieron las costillas y el dolor se escapó de aquel cuerpo como la lava de un volcán.

La urna apareció de nuevo en un gran silencio, con más cenizas que antes.

 
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