Sinfonía nocturna

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Por Sergio A. Amaya Santamaría


La antigua escuela de música se fue quedando en silencio, las últimas clases de la noche terminaban y los alumnos recogían sus instrumentos y salían en grupos ruidosos y parlanchines. Al salir el último de los Maestros, el conserje empezó a recorrer uno a uno los salones, apagando las luces y echando llave o candado a las puertas, las sillas y atriles en desorden serían acomodados por los encargados de la limpieza con las primeras luces de la mañana.

Era una escuela centenaria, de sus aulas habían salido músicos que habían llevado a las alturas del mundo musical el prestigio de la escuela. Allá arriba, en lo alto de la vieja construcción, en el desván lleno de polvo, arañas y ratones, se fueron almacenando instrumentos que estaban a la eterna espera de algún artesano que pudiera repararlos. Cuando el silencio envolvió aquellas viejas paredes y los tenues rayos de la luna penetraron por las ventanas de la buhardilla, se empezó a escuchar un riz-raz que bien podían ser los roedores o, tal vez, algún murciélago atrapado en ese aislado recinto. En cierto momento se escuchó una aguda voz.

—¡Calla, niño!, -dijo una viola con una cuerda reventada a un raspado violín.

—Deja en paz al pequeño, -dijo con modulada voz el violonchelo- pues debe estar entumido de tantas horas en silencio.

—Paren su cháchara, -se escuchó la grave voz del fagot- mejor esperen que todos despertemos para poder charlar como sabemos.

Entonces se dejó escuchar como un piar a aves y el suave sonido envolvió las tinieblas, poniendo a danzar a los ratones, que estaban expectantes, asomando las naricillas por los huecos de las paredes. Una voz metálica y sonriente se dejó escuchar, tarareando un do-re-mi-fa-sol. Era la abollada trompeta, a la que le faltaba la tecla de una llave.

En respuesta a ese entonado llamado, se oyeron las gruesas notas de la tuba, acompañadas por las más melodiosas del trombón de caña, mientras que perezoso se enderezaba el contrabajo y dejaba escuchar unas rítmicas y graves notas.

—¡Bueno, bueno, chicos!, vamos a empezar, pues en discutir se nos pasa la noche.

Entre carraspeos y toses, estirar de parches y rascar de cuerdas, los instrumentos fueron tomando su lugar en la orquesta. Cerca del banco del Director, cojeando de una pata, se colocaron las cuerdas: arpa, violines, violas y violonchelos, un poco atrás el contrabajo. Luego formaron las maderas: clarinetes, fagots y flautas de caña. En seguida los instrumentos de viento, flautas transversas, cornos franceses e ingleses, trompetas, trombones de caña y de llaves y los imponentes pabellones de las tubas. Finalmente tomaron su lugar las percusiones: Tambores, triángulos y xilófonos. Ya listos todos para empezar, voltearon a ver hacia el piano de concierto, que aún sin su tapa superior, se miraba imponente. El contrabajo entonó la nota más baja y desafinada que encontró y eso fue suficiente para despertar al perezoso piano, quien de inmediato se puso a tocar arpegios como si fuese su abuelo, el clavecín, lo que todos festejaron con cacofónicas notas. Finalmente todos estaban listos. Se escucharon tres toques de batuta y los violines y las violas dejaron escuchar las bellas notas de un alegro.

El conserje, quien tomaba su café en una habitación bajo el desván, pensaba que soñaba, cuando por las noches se iba a dormir a las dulces notas de esa sinfonía nocturna. A nadie molestaba y a él le agradaba, por lo que nunca reportó nada extraño por la noche. Cuando la luna dejaba de brillar, las notas se iban disolviendo entre los aplausos del viento nocturno.


Agosto 28 de 2012 - Ciudad Juárez, Chih.

2 Comentarios:

Sergio A. Amaya Santamaría dijo...

Querido Fernando, en respuesta a tu amable correo, pongo este cuentecillo de reciente creación. En referencia a la falta de colaboraciones, te repito algo que te dije hace tiempo, en tanto los lectores no comenten lo leído, los escritores no nos damos cuenta si somos leídos y si nuestros escritos son del agrado de algunos o de ninguno, pues en el comentario se deben hacer críticas fuertes, pero siempre atentas, para que ellas nos sirvan de crecimiento. Te mando un cordial abrazo.

fdoreyesb dijo...

Hola Sergio: te agradezco tu aportación, así como también por la aclaración que me haces sobre tu colaboración en el blog y los comentarios de los lectores. Esto último no sé como explicarlo: quizá el blog no tenga lectores, quizá sea leído por unas cuantas personas y solo de vez en cuando algunas de ellas se animen a comentar o quizá nuestras aportaciones representen en la red un susurro, apenas audible en la inmensidad virtual que nos circunscribe, por lo que solo esporádicamente algunos escritos puedan congraciarse con la recepción de tales comentarios, no lo sé (aunque tal vez sea buen tiempo para investigar empíricamente esto, por lo que quizá me comprometa en lo sucesivo a diseñar una estrategia que satisfaga esta inquietud), pero coincido contigo respecto al crecimiento que el autor puede tener debido a las opiniones de quienes lo leen, ya que... ¿de qué otra manera puede saber quien escribe si lo que plasma en la superficie electrónica es objeto de atención de alguien más aparte de él mismo? Por ello, entiendo tu ausencia en el blog. Yo, por otra parte... ¿Qué te puedo decir? Si me permites compartir mi postura, mi comentario sería el siguiente: escribo porque me gusta escribir, quizá no sea bueno y quizá no me lea nadie, pero lo hago porque es una actividad que me satisface en muchos sentidos; en última instancia, creo que escribo para mí, ya si lo que plasmo en el blog le gusta a alguien más o le resulta de utilidad a otra persona, considero que es un plus, una nota especial que se le adhiere a mis escritos, creo que por eso he evitado, a lo largo de estos años que llevo de administrar Periplos en red, meter publicidad al blog. No checa conmigo, pero, bueno... ese soy yo, una opinión tan respetable como la tuya o la de cualquiera. En cualquier caso, me alegra que hayas compartido una vez más una aportación tuya aquí, en nuestro blog. Yo, cada vez que puedo, visito tus sitios y me da gusto que hayan crecido tanto a lo largo de los años. Gracias nuevamente. ¡Saludos!



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