El cumpleaños de Pacho

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Por Raúl Bernal Samudio


Llegó el gran día: Francisco, Pacho para sus amigos, cumplía sesenta años de vida. Era el momento de retirarse y recoger el fruto de tantos años de lucha e incomprensión. Su esposa y sus hijos le habían organizado un homenaje muy especial: una fiesta de cumpleaños.

En su niñez, vivió en una pobreza extrema con su familia, humildes campesinos venidos de un pueblo cercano a la sabana de Bogotá.

A Pachito le tocó desde el principio, como se dice en el argot capitalino, ¡El dulce a mordiscos! Poco estudio y una vida llena de estrecheces económicas y muchos sacrificios. Escasamente, pudo terminar la educación primaria y… ¡A trabajar se dijo!

Como el muchacho era pobre pero no bruto, paso a paso se fue abriendo camino, trabajando en lo que le salía. Primero ayudó a su padre como ayudante de albañilería, luego fue conductor de un camión de reparto y más tarde carnicero en el mercado del barrio; el caso es que adicto al trabajo si era, educado y servicial, tacaño con su dinero, buen jugador de fútbol, amigo de la cerveza y, lo que no podía faltar nunca, mujeres y muy bonitas.

El domingo era su día especial: la fiesta del fútbol. Organizó su propio equipo. Lógicamente, él era el director técnico y su jugador estrella, en una palabra, ¡El dueño del balón! Después del partido venía la celebración: si se ganaba, se brindaba por el triunfo; y si se perdía, por el dolor de la derrota. El caso es que siempre había un motivo para beber.

Por ese entonces, laboraba en una fábrica de muebles y electrodomésticos, pero el trabajo era muy duro y la paga muy regular. ¡Total! El dinero no alcanzaba sino para los gastos primarios. Así que pensó, que lo mejor era cambiar de actividad; fue así como su primo Juan, lo llevo a trabajar como vendedor en un almacén.

Al empezar su nueva vida laboral, las cosas fueron muy difíciles por obvias razones: la falta de cultura y educación, y una actividad completamente desconocida para él, como era el comercio y tratar con público. Pero pudo más su interés personal y su buena disposición para aprender y, con el tiempo, su desempeño llegó a ser brillante y se convirtió en alguien muy observador y emprendedor, atento y respetuoso con los clientes y sus compañeros de trabajo.

El hombre empezó a ganar dinero, compró ropa nueva _algo estrafalaria y salida de tono_, pero cambió su forma de vestir; sencillamente, inició una nueva vida. Consiguió un carrito y la vida le fue cambiando. Vinieron los negocios, conoció y se relacionó con gente importante en el mundo de los negocios, organizó su propia empresa y… ¡A ganar dinero!, que era lo único realmente importante para él (su dios personal).

La empresa marchaba viento en popa y el dinero fluía a manos llenas. El gran Pachito logró construir su propio imperio. El hombre se llenó de asesores comerciales, financieros y jurídicos, y escuchaba casi todos los consejos que le daban: como invertir, comprar, vender. El único problema fue que se convirtió en el hombre más tacaño y miserable del mundo, el dinero era lo único importante, su entrañable y único amor.

Contrajo matrimonio con Yolanda, su secretaria, una mujer muy bella y virtuosa, pero como no hay dicha completa, el problema era el dinero: no quería gastarse ni un peso, que no fuera absolutamente necesario. Hasta los gastos más indispensables para su familia eran controlados al máximo. Su frase de batalla era “Hay que ahorrar… nunca se sabe, el dinero no se consigue tan fácil”.

A sus hijos les prestaba el dinero para su educación, tenían que pagarle religiosamente hasta el último centavo, trabajando para él como empleados de sus empresas.

Yolanda, su abnegada esposa, una mañana en el desayuno le dijo:

__ Mi amor, en el periódico hay unas promociones vacacionales. Organicemos un paseo y vayámonos con nuestros hijos a descansar una semana en la costa, no sale muy caro y podemos estar juntos y divertirnos un poco.

Pachito pensó un rato, luego contestó:

__ ¡Para qué carajo necesitamos descansar! Ya tendremos tiempo de descansar cuando nos retiremos de toda actividad; entonces si podremos pensar en viajar, pero ahora no es el momento, además sale muy costoso y si los hijos quieren descansar, que lo hagan con su dinero, no con el mío.

Yolanda, casi al borde de un colapso nervioso, preguntó:

__ Si no podemos darnos ningún gusto con la fortuna que tenemos, entonces… ¿Para qué hemos trabajado tanto?

Pachito, con esa sonrisa sarcástica y burlona que tenía, le contestó:

__ ¡Mi amor, el dinero no se da silvestre, hay que ahorrar! A mí nadie me regaló nada.

Francisco nunca tuvo grandes amigos, es decir, gente en la que él confiara plenamente, pues para él lo único que valía eran los “verdes”, que guardaba en el banco todos los días religiosamente con mucho amor. La única persona a la que le admitía que le hablará con alguna confianza era su primo Juan; el que le ayudó a conseguir trabajo cuando era obrero.

Llego el día de su cumpleaños. Se encontró con su primo del alma y gran invitación a almorzar (le encantaban las invitaciones, lógicamente, cuando pagaban otros); pidieron algunos tragos, mientras hablaban del futuro de Pachito. Hoy le comentaría a su familia la decisión de retirase de los negocios, se dedicaría a descansar y harían, al fin, los viajes que Yolanda le había pedido tantas veces.

Además, hicieron un repaso por la vida de cada uno de ellos; se sentían muy contentos, tenían fortuna y empezaron hacerle un inventario a la vida de sus conocidos.

__ Casi todos están pensionados. Comentó Juan.

__ Si, están viviendo de su pensión __replico Pachito__ ¡Pobres diablos! Incluso algunos andan ahora con una Biblia debajo del brazo. En estos días vinieron a mi oficina a hablarme de Dios y su trono, como si eso dejará plata __y agrego__ estos vagos se dedicaron a gastarse hasta el último peso en criar hijos, pasear con su mujercita, pagar estudios para sus retoños y al final, ¿Qué les quedó? ¡Nada!

__ En cambio nosotros tenemos mucho dinero guardado para gastarla. Confirmó su primo.

La reunión se prolongó hasta pasadas la diez de la noche, hubieran querido seguir hablando, terminar algunos negocios pendientes, pero a Pachito lo estaban esperando en su residencia.

En su hogar, la fiesta era por lo alto: conjunto vallenato y hasta mariachis, que era la música preferida de Francisco. Yolanda estaba feliz; últimamente, Pachito mostraba algún interés en cambiar las relaciones familiares y en la mañana había dicho que tenía nuevos planes para todos.

Ella invito a toda la familia y algunos conocidos y vecinos de ellos. Todo divinamente organizado. Sería una fiesta a lo grande con muchos regalos. Cuando el homenajeado abriera la puerta, los músicos interpretarían el tradicional cumpleaños feliz y se daría inicio al gran baile y al banquete, que sería espectacular (habían _como se decía_ votado la casa por la ventana) porque no siempre se cumplían sesenta años.

Pachito abordó uno de sus tronos más queridos, un automóvil Mercedes último modelo de color blanco, confiado y muy contento, pues pensaba en la reacción de su esposa al decirle que hasta hoy había trabajado, que tenía mucho dinero y que eso le daba toda la seguridad del mundo. Prendió la radio y se fue escuchando las rancheras que tanto le gustaban. Llamó a su esposa y le dijo:

__ Gorda, te tengo una gran sorpresa para hoy… ¡Ya verás!

Yolanda, muy emocionada, casi llorando le contestó:

__ ¡Mi amor, ven pronto, yo también te tengo una sorpresa!

__ ¡Sorpresa la que vas a recibir hoy vas a ver! Ya estoy llegando.

Condujo su automóvil lo más rápido que pudo, pero al llegar a su residencia observó que todas las luces estaban apagadas, como si no hubiera nadie.

“Qué raro”, pensó y llamo de nuevo a su esposa:

__ ¡Ya llegué mi amor!

En ese mismo instante, por el espejo retrovisor, observó que algo muy grande avanzaba a gran velocidad por encima de su automóvil; casi al mismo tiempo, la luces de la residencia se encendieron al unísono y vio que las puertas se abrían...

Pachito empezó a escuchar una música muy hermosa, y pensaba: “¡La música es linda, pero yo nunca la había escuchado!”

De repente, vio que su esposa corría hacia él y que todos sus amigos tenían la cara llena de terror.

__ Pero, ¿Qué les pasa si se presume que están contentos?

Trató de hablarles, pero no le ponían atención… parecía que no lo escuchaban. Intentó abrazar a Yolanda, pero ella pasó de largo, sólo mirándolo angustiada y con mucha preocupación. Pachito ya estaba molesto:

__ Pero, ¿Qué es lo que pasa? __Protestó__ Y mi carro, ¿Por qué está estrellado?

Un “señor” vestido de blanco le dijo:

__ ¡Bienvenido Pacho! ¡Feliz cumpleaños!

__ Y usted, ¿Quién es? Preguntó Pachito con cierta prepotencia.

__ Yo soy el encargado de recibir a los nuevos huéspedes.

-¿Huéspedes… de dónde?

__ Del mundo de los seres vivos... de la tierra; está en el área de espera,
donde en su momento verá al juez supremo, pues acabas de llegar a la presencia del Señor...

2 Comentarios:

Fdo. R. Baños dijo...

Aprovecho la ocasión para darle la bienvenida a Raúl a este espacio y felicitarlo por su historia! No está demás que los lectores de su escrito se remitan a su página personal, alojada en nuestra Red Social, para que conozcan más aspectos del autor. Gracias Raúl y ojalá que sea la primera de otras tantas aportaciones tuyas. ¡Saludos!

FaunO dijo...

Hola Raul??

Primero e Intercuento y luego aqui? jeje que bueno..

Me alegra encontrarte pues se, por lo poco que te conozco, que sos una excelente persona.

A tu cuento lo he leido, y me ha parecido muy bueno como seguro ya sabes.. la idea es muy clara y muy exacta para este cuento..

Te felicito!!

Guillermo Exequiel Tibaldo



El contenido plasmado en este blog es producto de la reflexión de su autor, de sus colaboradores y de los pensadores que en él se citan. Cualquier semejanza con la realidad o alguna ficcón literaria, televisiva, psicótica paranoide o de cualquier otra índole es mera coincidencia

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